Una mujer sin importancia: Acto II

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Decoración: Salón en Hunstanton, después de la cena. Las lámparas están encendidas. Puerta en el lateral de la izquierda y otra en el de la derecha. Las damas sentadas en sofás.


MISTRESS ALLONBY.- ¡Qué alivio siente una al encontrarse por un instante libre de los hombres!

LADY STUTFIELD.- Sí, los hombres nos persiguen de un modo terrible, ¿verdad?

MISTRESS ALLONBY.- ¿Que nos persiguen? Eso quisiera yo.

LADY HUNSTANTON.- ¡Querida!

MISTRESS ALLONBY.- Lo peor del caso es que los muy perdidos pueden ser perfectamente felices sin nosotras. Por eso considero deber de toda mujer no dejarles tranquilos ni un solo momento, excepto durante este breve intervalo después de comer, sin el cual creo que nosotras, las pobres mujeres, nos veríamos reducidas en absoluto a la categoría de sombras. (Entran los criados con el café.)

LADY HUNSTANTON.- ¿Reducidas a sombras, querida?

MISTRESS ALLONBY.- Sí, lady Hunstanton. ¡Requiere un gran esfuerzo mantener a raya a los hombres! Están siempre intentando escapársenos.

LADY HUNSTANTON.- A mí me parece que somos nosotras las que intentamos escapar de ellos sin cesar. Los hombres carecen por completo de corazón. Conocen su poder y hacen uso de él.

LADY CAROLINA.- (Cogiendo una taza de café que la presenta un criado.) ¡Cuántas tonterías y disparates sobre los hombres! Lo que se debe hacer es mantener a los hombres en su lugar adecuado.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Pero cuál es su lugar adecuado, lady Carolina?

LADY CAROLINA.- Tener toda clase de miramientos con sus mujeres, mistress Allonby.

MISTRESS ALLONBY.- (Cogiendo su taza de manos del criado.) ¿De verdad? ¿Y si no están casados?

LADY CAROLINA.- Si no están casados, deben buscar mujer. Es un verdadero escándalo el número de solteros que bullen en sociedad. Debieran votar una ley obligándoles a todos a casarse dentro del año.

LADY STUTFIELD.- (Rechazando su taza de café.) Pero, ¿y si aman a una mujer que quizá está casada con otro?

LADY CAROLINA.- En ese caso, lady Stutfield, deberían casarse en el plazo de una semana con alguna solterona fea y respetable, a fin de enseñarles a no desear el bien del prójimo.

MISTRESS ALLONBY.- Yo creo que no se debe hablar de nosotras como si fuéramos propiedad de alguien. Todos los hombres casados son propiedad de las mujeres. Esta es la verdadera definición de lo que es realmente la propiedad de las mujeres casadas. Pero nosotras no pertenecemos a nadie.

LADY STUTFIELD.- ¡Oh, qué dichosa, qué dichosa me siento oyéndola decir eso!

LADY HUNSTANTON.- ¿Pero crees realmente, querida Carolina, que la legislación es capaz de aportar alguna mejora a nada? Me han dicho que hoy día todos los hombres casados viven como solteros y todos los solteros como casados.

MISTRESS ALLONBY.- La verdad es que no he podido nunca distinguirles a unos de otros.

LADY STUTFIELD.- ¡Oh! Creo, por el contrario, que es muy fácil reconocer a primera vista si un hombre tiene o no a su cargo una familia. ¡He notado una expresión triste, tan triste, en los ojos de tantos hombres casados!

MISTRESS ALLONBY.- Yo todo lo que he notado es que cuando son buenos maridos, son atrozmente aburridos, y cuando no lo son, resultan de una vanidad abominable.

LADY HUNSTANTON.- Pues bien; supongo que el tipo de marido ha debido cambiar completamente desde mi juventud, pero estoy obligada a proclamar que mi pobre y querido Hunstanton era el ser más encantador, de oro puro y del mejor.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah! Mi marido es una especie de pagaré; estoy cansada de saldarlo.

LADY CAROLINA.- ¿Pero le consiente usted una renovación de vez en cuando, no?

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh, no!, lady Carolina. No he tenido más que un marido hasta ahora. Supongo que a sus ojos debo parecer enteramente una aficionada.

LADY CAROLINA.- Con su manera de considerar la existencia, me extraña inclusive que se haya usted casado.

MISTRESS ALLONBY.- A mí también.

LADY HUNSTANTON.- Hija mía, creo que es usted muy feliz en su matrimonio, pero que se complace en disimular su felicidad ante los demás.

MISTRESS ALLONBY.- Le aseguro a usted que Ernesto me ha desilusionado de una manera horrible.

LADY HUNSTANTON.- ¡Oh, espero que no, querida! He conocido íntimamente a su madre. Era una Stratton, Carolina; una de las hijas de lord Crowland.

LADY CAROLINA.- ¿Victoria Stratton? La recuerdo perfectamente. Una mujer tonta, pelirrubia y sin mentón apenas.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah, pues Ernesto tiene mentón! Tiene el mentón recio, cuadrado. El mentón de Ernesto es demasiado cuadrado.

LADY STUTFIELD.- ¿Pero cree usted realmente que un hombre puede tener el mentón demasiado cuadrado? Opino que los hombres deben tener un tipo fuerte, muy fuerte, y un mentón cuadrado, muy cuadrado.

MISTRESS ALLONBY.- Entonces, lady Stutfield, reconocería usted seguramente a Ernesto. Pero debo decirla lealmente por adelantado que carece en absoluto de conversación.

LADY STUTFIELD.- Adoro los hombres silenciosos.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh! Ernesto no es un hombre silencioso. Habla sin cesar. Pero no tiene conversación. Sobre qué habla, no lo sé. Hace ya años que no le escucho.

LADY STUTFIELD.- Entonces no le ha perdonado usted nunca ¡Qué triste resulta eso! Pero la vida es triste, muy triste, ¿verdad?

MISTRESS ALLONBY.- La vida, lady Stutfield, es sencillamente un mal cuarto de hora, compuesto de momentos exquisitos.

LADY STUTFIELD.- Sí, hay momentos, efectivamente. Pero entonces, míster Allonby ha sido culpable, muy culpable con usted. ¿Se ha encolerizado contra usted o le ha dicho algo que fuese grosero o cierto?

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh, no, por Dios! Ernesto es inalterable. Precisamente es ésta una de las razones por las cuales me ataca a los nervios. No conozco nada tan insufrible como la calma. Hay algo verdaderamente brutal en el buen genio de la mayor parte de los hombres modernos. Me sorprende que nosotras, las mujeres, les aguantemos como les aguantamos.

LADY STUTFIELD.- Sí, el buen genio de los hombres demuestra que no poseen nuestra sensibilidad, nuestra delicada nerviosidad. Esto levanta con frecuencia una barrera infranqueable entre marido y mujer, ¿verdad? Pero quisiera saber cuál ha sido la culpa de míster Allonby.

MISTRESS ALLONBY.- Pues bien, voy a decírselo, con tal de que me prometa usted solemnemente repetirlo a todo el mundo.

LADY STUTFIELD.- Gracias, gracias. Será para mi un deber de conciencia repetirlo.

MISTRESS ALLONBY.- Cuando Ernesto y yo éramos novios, me juró de rodillas que hasta entonces no había amado a ninguna mujer en su vida. Yo era entonces muy joven y por eso comprenderá usted que no le creí. Desgraciadamente, no hice realmente, sin embargo, indagatoria alguna, para enterarme de ello, hasta cuatro o cinco meses después de casarnos. Entonces descubrí que lo que me había dicho era completamente cierto. Y ésa es una cosa que quita todo interés a un hombre.

LADY HUNSTANTON.- ¡Querida!

MISTRESS ALLONBY.- Los hombres quieren siempre ser el primer amor de la mujer. En ello cifran toda su grosera vanidad. Nosotras, las mujeres, poseemos un instinto mucho más sutil de las cosas. Lo que nos agrada es ser la última novela de un hombre.

LADY STUTFIELD.- Ya veo lo que quiere usted decir. Es hermoso, muy hermoso.

LADY HUNSTANTON.- Hija mía, no querrá usted sostener que no perdona a su marido por no haber amado nunca a otra. ¿Has oído nunca una cosa semejante, Carolina? Me deja completamente sorprendida.

LADY CAROLINA.- ¡Oh! Las mujeres se han educado tanto, Juana, que nada puede sorprendernos en los tiempos presentes, excepto los matrimonios felices. Según parece, van siendo extraordinariamente raros.

MISTRESS ALLONBY.- Sí, están completamente pasados de moda.

LADY STUTFIELD.- Menos en la clase media, según me han dicho.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Qué propio de la clase media es eso!

LADY STUTFIELD.- ¿Sí, verdad? Es, realmente, lo que la corresponde.

LADY CAROLINA.- Si lo que nos dice usted a propósito de la clase media es cierto, lady Stutfield, en honor suyo va. Es lamentabilísimo que en nuestra clase la mujer se obstine en seguir siendo frívola, imaginándose quizá que así debe ser. A eso atribuyo los matrimonios desgraciados, que tanto abundan y que todos conocemos en sociedad.

MISTRESS ALLONBY.- Ya ve usted, lady Carolina; yo no creo que la frivolidad femenina tenga nada que ver en eso. Más matrimonios echa a perder en nuestros días el sentido común del marido que nada. ¿Cómo esperar que una mujer sea feliz con un hombre que se empeña en tratarla como si fuera un ser perfectamente racional?

LADY HUNSTANTON.- ¡Querida!

MISTRESS ALLONBY.- El hombre, ese pobre ser zafio, confiado, necesario, pertenece a un sexo que ha sido racional durante millones y millones de años. No podría ser de otro modo. Le viene de casta. La historia de la Mujer es muy diferente. Nosotras hemos sido siempre pintorescas protestas contra la mera existencia del sentido común. Vimos sus peligros desde el principio.

LADY STUTFIELD.- Sí, el sentido común de los maridos es, realmente, muy fastidioso, muy fastidioso. Dígame usted su concepto del Marido Ideal. Creo que será utilísimo, utilísimo.

MISTRESS ALLONBY.- ¿El Marido Ideal? No puede existir semejante cosa. La institución es disparatada.

LADY STUTFIELD.- El Hombre Ideal, en ese caso, en relación con nosotras.

LADY CAROLINA.- Lo más probable es que fuese en extremo realista.

MISTRESS ALLONBY.- ¡El Hombre Ideal! ¡Oh! El Hombre Ideal nos hablaría como si fuéramos diosas y nos trataría como si fuéramos niñas. Contestaría con negativas a todas nuestras peticiones serias y satisfaría cada uno de nuestros antojos. Nos incitaría a tener caprichos y nos prohibiría ejercer misiones. Diría siempre mucho más de lo que pensase y pensaría siempre mucho más de lo que dijese.

LADY HUNSTANTON.- ¿Pero cómo lograría hacer ambas cosas a la vez, querida?

MISTRESS ALLONBY.- No debería nunca perseguir a las otras mujeres bonitas. Esto probaría que carecía de buen gusto o haría sospechar que tenía demasiado. No; se mostraría muy galante con todas, pero diría al mismo tiempo que por un motivo o por otro no le atraían.

LADY STUTFIELD.- Sí, es siempre muy divertido, mucho, oír hablar de otras mujeres.

MISTRESS ALLONBY.- Si le preguntamos sobre cualquier cosa, tiene que contestarnos siempre hablándonos de nosotras. Debe hacer invariablemente nuestro panegírico a propósito de cualquier cualidad que sabe no tenemos. Pero debe ser inexorable, absolutamente inexorable para reprocharnos virtudes que no hayamos soñado nunca en poseer. No debe pensar jamás que conocemos el uso de las cosas útiles. Esto sería imperdonable. Pero debe hacer llover sobre nosotras todo lo que no necesitemos.

LADY CAROLINA.- Por lo que veo, no haría más que pagar cuentas y dirigirnos elogios.

MISTRESS ALLONBY.- Debe siempre comprometernos en público y tratarnos con un respeto absoluto a solas. Y además debe estar siempre dispuesto a tener una escena perfectamente terrible cuando se nos antoje, dispuesto a quedarse en un estado miserable, absolutamente miserable al primer aviso, a abrumarnos con justos reproches a los veinte minutos y a ponerse verdaderamente violento al cabo de media hora y dispuesto a abandonarnos para siempre a las ocho menos cuarto, cuando tenemos que ir a vestirnos para la cena. Y cuando después de esto se le haya visto realmente por última vez, cuando se haya una negado a recoger los pequeños regalos que nos hubiese hecho, cuando haya jurado no dirigirnos nunca más la palabra o no volver a escribirnos nunca cartas desatinadas, debe mostrarse perfectamente abatido, telegrafiarnos durante todo el día, enviarnos cada media hora cartitas por un recadero y comer completamente solo en el club, de manera que todo el mundo pueda ver lo desventurado que es, y después de una terrible semana entera así, durante la cual no se habrá separado de nuestro marido, para demostrar ostensiblemente el completo abandono en que se halla, se le puede conceder una tercera despedida final a la caída de la tarde, y entonces, si su conducta ha sido absolutamente irreprochable y en realidad se ha portado una muy mal con él, puede permitírsele confesar que la culpa ha sido suya por completo, y una vez confesado esto, será deber de una mujer perdonarle, y todo esto podrá comenzar otra vez desde el principio con variaciones.

LADY HUNSTANTON.- ¡Qué inteligente es usted, querida! No cree usted nunca ni una palabra de lo que dice.

LADY STUTFIELD.- ¡Gracias, gracias! Ha estado usted verdaderamente estupenda. Procuraré recordarlo todo. ¡Hay innumerables detalles que son importantísimos!

LADY CAROLINA.- Pero no me ha dicho usted aún cuál será la recompensa del Hombre Ideal.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Su recompensa? ¡Oh! Una espera infinita. Con eso tiene bastante.

LADY STUTFIELD.- Pero los hombres son horriblemente exigentes, ¿no?

MISTRESS ALLONBY.- Eso no importa. No debe una entregarse nunca.

LADY STUTFIELD.- ¿Ni siquiera al Hombre Ideal?

MISTRESS ALLONBY.- Ni a él, ciertamente. A menos, como es natural, que quiera una cansarse de él.

LADY STUTFIELD.- ¡Oh... sí! Comprendo. Es utilísimo. ¿Cree usted, mistress Allonby, que encontraré yo alguna vez al Hombre Ideal? ¿O es que hay más de uno?

MISTRESS ALLONBY.- Hay justamente cuatro en Londres, lady Stutfield.

LADY HUNSTANTON.- ¡Oh, querida!

MISTRESS ALLONBY.- (Dirigiéndose hacia ella.) ¿Qué sucede? Dígamelo.

LADY HUNSTANTON.- (En voz baja.) Había olvidado por completo que la joven americana estaba aquí en el salón, todo este rato. Temo que algunas de las frases de esta charla la hayan chocado un poco.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah, le harán mucho bien!

LADY HUNSTANTON.- Esperemos que no haya comprendido mucho. Creo que será mejor ir a hablarla. (Se levanta y va hacia ESTER WORSLEY.) ¿Qué hay, mi querida miss Worsley? (Sentándose junto a ella.) ¡Qué tranquila ha permanecido usted en su buen rinconcito todo este rato! ¿Supongo que leía usted algún libro? Hay muchos libros aquí en la biblioteca.

ESTER.- No; he escuchado la conversación.

LADY HUNSTANTON.- No hay que creer todo lo que se ha dicho, sabe usted, querida.

ESTER.- No he creído nada.

LADY HUNSTANTON.- Ha hecho usted perfectamente bien, querida.

ESTER.- (Prosiguiendo.) No he podido creer que haya mujeres capaces de tener sobre la vida ideas como las que he oído emitir esta noche a algunas de sus invitadas. (Pausa embarazosa.)

LADY HUNSTANTON.- Según han dicho, ¡tienen ustedes una sociedad tan agradable en América! Muy parecida a la nuestra en algunos sitios, según me ha escrito mi hijo.

ESTER.- Hay tertulias en América como en todas partes, lady Hunstanton. Pero la verdadera sociedad americana consta sencillamente de todas las mujeres y de todos los hombres honrados que hay en el país.

LADY HUNSTANTON.- ¡Qué sistema tan sensato y al mismo tiempo tan agradable! Temo que en Inglaterra tengamos demasiadas barreras sociales, puramente ficticias. No conocemos como debiéramos a las clases media y baja.

ESTER.- En América no tenemos clases bajas.

LADY HUNSTANTON.- ¿De verdad? ¡Qué cosa más rara!

MISTRESS ALLONBY.- ¿Qué es lo que dice esa terrible muchacha?

LADY STUTFIELD.- Es de una ingenuidad lamentable, ¿verdad?

LADY CAROLINA.- Hay muchas cosas que no tienen ustedes aún en América, según he oído, miss Worsley. Dicen que no tienen ustedes ruinas ni curiosidades.

MISTRESS ALLONBY.- (A LADY STUTFIELD.) ¡Qué disparate! ¿No tienen a sus padres y a sus madres?

ESTER.- La aristocracia inglesa nos surte de curiosidades, lady Carolina. Nos las envía todos los veranos, regularmente por los steamers, y las somete a nuestra elección al día siguiente de su desembarco. Y en cuanto a ruinas, nos obstinamos en construir algo más duradero que el ladrillo o la piedra. (Se levanta para coger su abanico de la mesa.)

LADY HUNSTANTON.- ¿Y qué es ello, querida? ¡Ah, sí! Una Exposición de hierro en esa ciudad de nombre tan raro, ¿verdad?

ESTER.- (De pie junto a la mesa.) Nos obstinamos en construir la vida, lady Hunstanton, sobre una base mejor, más verdadera, más pura que la base sobre la que aquí se apoya. Esto les parecerá a todas ustedes extraño, sin duda. ¿Cómo no iba a parecerlas extraño? Ustedes, los ricos de Inglaterra, no saben la clase de vida que hacen. ¿Cómo iban a saberlo? Cierran ustedes su sociedad a lo que es noble y bueno. Se ríen ustedes de la gente sencilla y pura. Viviendo de ese modo, por encima de los demás y a costa suya, se mofan ustedes del sacrificio de sí mismo, y si arrojan ustedes pan a los pobres es sólo para tenerlos tranquilos una temporada. Con toda su fastuosidad, su opulencia y su arte, no saben ustedes cómo viven, ni siquiera que viven. Aman ustedes la belleza que pueden ver y tocar y manejar, la belleza que pueden ustedes destruir y que destruyen en efecto; pero la belleza invisible de la vida, la belleza invisible de una vida más elevada, de ésa no saben ustedes nada. Han perdido ustedes el secreto de la vida. ¡Oh! Su sociedad inglesa me parece frívola, egoísta, necia. Se ha arrancado los ojos y se ha tapado los oídos. Yace como un leproso vestido de púrpura. Permanece inmóvil como una cosa muerta embadurnada de oro. Es inicua, completamente inicua.

LADY STUTFIELD.- No me parece que sea imprescindible saber esas cosas. No son muy, muy agradables, ¿verdad?

LADY HUNSTANTON.- ¡Mi querida miss Worsley, y yo que creía que le agradaba a usted tanto la sociedad inglesa! ¡Ha tenido usted tanto éxito! ¡Y ha sido usted tan admirada por lo más escogido de ella! No recuerdo ya lo que ha dicho de usted lord Enrique Weston, pero era algo muy halagador, y ya sabe usted que es una autoridad en materia de belleza.

ESTER.- ¡Lord Enrique Weston! Ya le recuerdo, lady Hunstanton. Un hombre de sonrisa horrible y de horrible pasado. Le invitan en todas partes. No hay comida de sociedad que esté completa sin él. ¿Pero qué dicen de aquéllas cuya desgracia causó? Son las parias. No tienen nombre. Si se las encontrase usted en la calle, volvería la cabeza. No me quejo de su castigo. Que todas las mujeres que pecaron sean castigadas. (Entra MISTRESS ARBUTHNOT, que llega por el fondo de la terraza, envuelta en una capa y con un velo de encaje sobre la cabeza. Oye las últimas palabras y se estremece.)

LADY HUNSTANTON.- ¡Mi querida niña!

ESTER.- Es justo que sean castigadas, pero que no sufran ellas solas. Si un hombre y una mujer han pecado, que vayan los dos al desierto para amarse o aborrecerse. ¡Que ambos sean estigmatizados! Imprímase una marca sobre ellos, si se quiere, pero que no castiguen al uno mientras dejan al otro en libertad. Que no haya una ley para los hombres y otra para las mujeres. Son ustedes injustos con la mujer en Inglaterra. Y hasta el día en que comprendan que lo que es una vergüenza en una mujer es una infamia en un hombre, serán ustedes siempre injustos y el Bien, esa columna de fuego, y el Mal, esa columna de nubes, aparecerán obscuramente ante sus ojos o serán invisibles del todo, o si los ven, no los apreciarán.

LADY CAROLINA.- ¿Podré, mi querida miss Worsley, ya que está usted de pie, pedirla mi algodón, que está precisamente detrás de usted? Gracias.

LADY HUNSTANTON.- ¡Mi querida mistress Arbuthnot! ¡Estoy encantada de que haya usted venido! Pero no he oído anunciarla.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Oh! He venido directamente por la terraza, lady Hunstanton, y tal como estaba. No me dijo usted que recibía hoy.

LADY HUNSTANTON.- No recibo. Son tan sólo algunos invitados que pasan una temporada en casa, y que va usted a conocer. Permítame. (Quiere ayudarla. Toca el timbre.) Carolina, mistress Arbuthnot, una de mis mejores amigas. Lady Carolina Pontefract, lady Stutfield, mistress Allonby y mi joven amiga americana, miss Worsley, que acaba precisamente de decirnos lo poco que valemos.

ESTER.- Temo que le haya parecido a usted que me expresaba con demasiada fogosidad, lady Hunstanton. Pero hay en Inglaterra cosas que...

LADY HUNSTANTON.- Mi querida niña, hay una gran parte de verdad en lo que usted ha dicho, convengo en ello, y resultaba usted muy bonita al decirlo, lo cual es aún más importante, como nos diría lord Illingworth. El único punto sobre el cual la he encontrado a usted un poco dura, ha sido cuando ha hablado usted del hermano de lady Carolina, de ese pobre lord Enrique. ¡Es de un trato realmente tan agradable! (Entra un lacayo.) Llévese la capa de mistress Arbuthnot. (Sale el lacayo con ella.)

ESTER.- Lady Carolina, no tenía idea de que era su hermano. Siento la pena que he debido causarla... Yo...

LADY CAROLINA.- Mi querida miss Worsley, el único pasaje de su pequeño discurso, si puedo llamarlo así, en que estoy de acuerdo con usted, ha sido el que trataba de mi hermano. No hubiese usted podido decir nada que fuera demasiado severo para él. Considero a Enrique infame, absolutamente infame. Pero es deber mío reconocer, como lo hacías notar tú, Juana, que es de un trato excelente y que tiene uno de los mejores cocineros de Londres: y después de una buena comida, se puede perdonar a cualquiera, hasta a los parientes cercanos.

LADY HUNSTANTON.- (A MISS WORSLEY.) ¡Vaya! Y ahora, querida, hágase amiga de mistress Arbuthnot. Es una de esas personas buenas, dulces y sencillas que, según usted, no admitimos aquí nunca en sociedad. Siento realmente que mistress Arbuthnot venga tan raras veces a verme. Pero no es mía la culpa.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Qué molesto es que los hombres permanezcan tanto tiempo alejados de nosotras después de comer! Supongo que estarán diciendo cosas horribles de nosotras.

LADY STUTFIELD.- ¿Cree usted eso realmente?

MISTRESS ALLONBY.- Estoy segura.

LADY STUTFIELD.- ¡Oh, es atroz, es atroz por su parte! ¿Vamos a la terraza?

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh! ¡Todo con tal de huir de las viudas y de las marimachos! (Se levanta y se dirige con LADY STUTFIELD hacia la puerta de la izquierda.) Vamos solamente a contemplar las estrellas, lady Hunstanton.

LADY HUNSTANTON.- Encontrarán ustedes muchísimas, querida, muchísimas. Pero no cojan frío (A MISTRESS ARBUTHNOT.) Vamos todos a sentir mucho la falta de Gerardo, mi querida mistress Arbuthnot.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Pero lord Illingworth ha ofrecido realmente a Gerardo tomarle de secretario?

LADY HUNSTANTON.- ¡Oh, sí! Se ha mostrado completamente encantador en esta ocasión. Tiene la mejor opinión de su hijo. ¿Creo que no conoce usted a lord Illingworth, querida?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No le he visto nunca.

LADY HUNSTANTON.- ¿Le conocerá usted de nombre indudablemente?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me temo que no. ¡Vivo tan retirada del mundo y veo a tan poca gente! Recuerdo haber oído hablar, hace años de esto, de un viejo lord Illingworth, que vivía, según creo, en Yorkshire.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah, sí! Debía ser el penúltimo conde. Era un hombre muy singular. Quería casarse con una mujer de clase inferior a la suya. O no quería casarse, creo. Hubo algo de escándalo sobre eso. El lord Illingworth actual es por completo diferente. Es muy distinguido. Se dedica a... bueno, a no hacer nada, y temo que nuestra linda invitada americana encuentre eso muy mal en cualquiera, sea el que fuese; y no sé si a él le preocupan mucho las cosas por las cuales se interesa usted tanto, mi querida mistress Arbuthnot. ¿Te parece a ti, Carolina, que lord Illingworth se interesa por el alojamiento de los pobres?

LADY CAROLINA.- Me imagino que no del todo, Juana.

LADY HUNSTANTON.- Todos tenemos gustos diferentes, ¿verdad? Pero lord Illingworth ocupa una posición elevadísima y no hay cosa que no pueda obtener, por poco que la solicite. Claro que es todavía relativamente joven y ha entrado tan sólo en posesión de su título desde hace.... ¿cuánto tiempo hace con exactitud, Carolina, que heredó lord Illingworth?

LADY CAROLINA.- Creo que hará unos cuatro años, Juana. Sé que fue el mismo año en que dio mi hermano su último escándalo en los periódicos de la noche.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah! Ya recuerdo. Sí, debe hacer aproximadamente cuatro años. Naturalmente, se interponían muchas personas entre el lord Illingworth actual y el título, mistress Arbuthnot. Había... ¿quiénes había, Carolina?

LADY CAROLINA.- El niño de la pobre Margarita. Recordarás cuánto deseaba tener un niño; y niño fue el que tuvo, pero murió, y al poco tiempo su marido murió también, y ella se casó de nuevo, casi en seguida, con uno de los hijos de lord Ascott, que la pega, según me han dicho.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah! Eso es de familia, querida; es de familia. Recuerdo que también había un sacerdote que quería que le tomasen por loco o un loco que quería que le tomasen por sacerdote, no sé bien, pero lo que sé es que el tribunal de la Cancillería abrió una información sobre el asunto y falló que estaba perfectamente sano de la cabeza. Después, le vi en casa del pobre lord Plumstead, con pajas o con algo raro, no recuerdo bien qué, en el pelo. Muchas veces lamento, Carolina, que aquella pobre lady Cecilia no haya vivido lo suficiente para ver a su hijo en posesión del título.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Lady Cecilia?

LADY HUNSTANTON.- Mi querida mistress Arbuthnot, la madre de lord Illingworth era una de las bellas hijas de la duquesa de Jerningham; se casó con sir Tomás Harford, a quien entonces no consideraban como un buen partido para ella, aunque pasase por ser uno de los hombres más guapos de Londres. Les conocí a todos íntimamente, así como a sus dos hijos: Arturo y Jorge.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Fue el mayor, naturalmente, el que heredó, lady Hunstanton?

LADY HUNSTANTON.- No, querida; le mataron en una cacería. ¿O fue en una partida de pesca, Carolina? Lo he olvidado. Pero Jorge heredó todo. Siempre le digo que no ha habido nunca un hermano menor con tanta suerte como él.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Lady Hunstanton, quisiera hablar inmediatamente con Gerardo. ¿Podría verle? ¿Pueden ir a buscarle?

LADY HUNSTANTON.- Ciertamente, querida. Voy a enviar a un criado al comedor, para que le llame. No sé cómo tardan tanto esos caballeros. (Toca un timbre.) Cuando conocí a lord Illingworth, en la época en que se llamaba Jorge Harford sencillamente, era un muchacho listo, muy considerado en sociedad y sin un céntimo, aparte de lo que le daba la pobre lady Cecilia. Le quería muchísimo. Me imagino que, sobre todo, porque él estaba en muy malas relaciones con su padre. ¡Oh! Aquí está el querido Archidiácono. (Al criado.) Nada ya. (Entran SIR JUAN y el DOCTOR DAUBENY. SIR JUAN se dirige hacia LADY STUTFIELD, y el DOCTOR DAUBENY hacia LADY HUNSTANTON.)

EL ARCHIDIÁCONO.- Lord Illingworth ha estado muy ocurrente. Nunca me había divertido tanto. (Viendo a MISTRESS ARBUTHNOT.) ¡Ah, mistress Arbuthnot!

LADY HUNSTANTON.- (Al DOCTOR DAUBENY.) Como usted ve, he conseguido al fin que viniera mistress Arbuthnot.

EL ARCHIDIÁCONO.- Es un gran honor, lady Hunstanton. Mistress Daubeny va a estar muy celosa de usted.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah! ¡Cuánto siento que mistress Daubeny no haya podido acompañarle esta noche. Supongo que habrá sido su jaqueca habitual.

EL ARCHIDIÁCONO.- Sí, lady Hunstanton. Es una verdadera mártir. Se siente mucho más dichosa cuando está sola. Es muy dichosa sola.

LADY CAROLINA.- (A su marido.) ¡Juan! (SIR JUAN cruza la escena para dirigirse hacia su mujer. El DOCTOR DAUBENY habla con LADY HUNSTANTON y MISTRESS ARBUTHNOT. Esta tiene los ojos fijos durante todo el tiempo en LORD ILLINGWORTH. Este atraviesa la escena sin fijarse en ella y se acerca a MISTRESS ALLONBY, que está de pie con LADY STUTFIELD en la puerta que da a la terraza.)

LORD ILLINGWORTH.- ¿Cómo está la mujer más encantadora del mundo?

MISTRESS ALLONBY.- (Cogiendo a LADY STUTFIELD del brazo.) Estamos muy bien las dos, gracias, lord Illingworth. ¡Qué poco tiempo han estado ustedes en el comedor! Cualquiera diría que acabábamos de salir de él.

LORD ILLINGWORTH.- Me aburría mortalmente. No he abierto los labios en todo el tiempo. Sentía verdadera impaciencia por estar con ustedes.

MISTRESS ALLONBY.- Debía usted haber estado. La americanita ha pronunciado un sermón.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Sí? Eso es lo que hacen todos los americanos, según creo. Supongo que debe ser algo de su clima. ¿Y cuál era el tema de ese sermón?

MISTRESS ALLONBY.- El puritanismo, como es natural.

LORD ILLINGWORTH.- Voy a convertirla, ya verán ustedes. ¿Cuánto tiempo me conceden?

MISTRESS ALLONBY.- Una semana.

LORD ILLINGWORTH.- Una semana es más tiempo del que necesito. (Entran GERARDO y LORD ALFREDO.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- Gerardo, no me encuentro del todo bien. Acompáñame a casa. No debía haber venido.

GERARDO.- ¡Cuánto lo siento, mamá! Voy a acompañarte; pero es preciso que antes conozcas a lord Illingworth. (Cruza el salón.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- Esta noche, no, Gerardo.

GERARDO.- Lord Illingworth, desearía vivamente presentarle a mi madre.

LORD ILLINGWORTH.- Con el mayor gusto. (A MISTRESS ALLONBY.) Dentro de un instante vuelvo. Las madres me fastidian siempre mortalmente. Todas las mujeres acaban por ser como sus madres. Y en eso consiste su tragedia.

MISTRESS ALLONBY.- No sucede así en los hombres. Y en eso consiste la suya.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué admirable buen humor tiene usted esta noche! (Da media vuelta y cruza la escena con GERARDO, dirigiéndose hacia MISTRESS ARBUTHNOT. Al llegar frente a ella y verla, se estremece y retrocede lleno de asombro. Entonces vuelve los ojos lentamente hacía GERARDO.)

GERARDO.- Mamá, aquí tienes a lord Illingworth, que me ha ofrecido tomarme de secretario particular suyo. (MISTRESS ARBUTHNOT se inclina con frialdad.) Es un maravilloso comienzo para mí, ¿verdad? Espero que no le causaré ninguna decepción. ¿Vas a darle las gracias a lord Illingworth, no es cierto, mamá?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Lord Illingworth es realmente muy bueno al demostrarte interés, en este momento.

LORD ILLINGWORTH.- (Poniendo la mano en el hombro a GERARDO.) ¡Oh!, Gerardo y yo somos ya grandes amigos, mistress... Arbuthnot.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No puede haber nada de común entre usted y mi hijo, lord Illingworth.

GERARDO.- ¿Qué dices, querida mamá? ¡Claro que lord Illingworth es tan inteligente, y sabe tantas cosas! No hay nada que lord Illingworth no sepa.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Hijo mío!

GERARDO.- Sabe más de la vida que todos cuantos he conocido hasta hoy. ¡Me siento tan lleno de inexperiencia cuanto estoy con usted, lord Illingworth! ¡He tenido, claro es, tan pocas ocasiones de instruirme! No he estado en Eton ni en Oxford, como otros muchachos. Pero me parece que lord Illingworth no le da a eso importancia. Ha sido extraordinariamente bueno conmigo, mamá.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Lord Illingworth puede cambiar de opinión. A lo mejor no te necesita verdaderamente de secretario.

GERARDO.- ¡Mamá!

MISTRESS ARBUTHNOT.- Debes recordar, como tú mismo decías, que has tenido tan pocas ocasiones de instruirte.

MISTRESS ALLONBY.- Lord Illingworth, desearía hablarle un instante. ¿Quiere usted venir?

LORD ILLINGWORTH.- Perdóneme usted, mistress Arbuthnot. Y ahora no deje a su encantadora madre que ponga más dificultades, Gerardo. La cosa está ya convenida por completo, ¿verdad?

GERARDO.- Eso espero. (LORD ILLINGWORTH cruza la escena, para volver al lado de MISTRESS ALLONBY.)

MISTRESS ALLONBY.- Creí que no se separaba usted nunca de la dama del terciopelo negro.

LORD ILLINGWORTH.- Es extraordinariamente bella. (Contempla a MISTRESS ARBUTHNOT.)

LADY HUNSTANTON.- Carolina, ¿vamos a la sala de música? Miss Worsley va a tocar. Usted también vendrá, ¿verdad?, mi querida mistress Arbuthnot. No sabe usted qué placer le espera. (Al DOCTOR DAUBENY.) No tengo más remedio que llevar a miss Worsley una de estas tardes al presbiterio. ¡Me gustaría tanto que nuestra querida mistress Daubeny la óyese tocar el violín! ¡Ah, me olvidaba! Mi querida mistress Daubeny es un poco sorda, ¿no?

EL ARCHIDIÁCONO.- Su sordera representa una gran privación para ella. Ahora: ya ni siquiera puede oír mis sermones. Pero encuentra en sí misma muchos, muchos recursos.

LADY HUNSTANTON.- ¿Supongo que leerá, mucho?

EL ARCHIDIÁCONO.- Nada más que los libros impresos en gruesos caracteres. Su vista desaparece rápidamente. Pero no está nunca, nunca enferma.

GERARDO.- (A LORD ILLINGWORTH.) Lord Illingworth, hable usted a mi madre antes de ir a la sala de música. No sé por qué parece creer que no tiene usted intención de hacer lo que me ha dicho.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Viene usted?

LORD ILLINGWORTH.- Dentro de unos instantes. Lady Hunstanton, si mistress Arbuthnot quiere permitírmelo, desearía decirla algunas palabras y en seguida nos reuniríamos con ustedes.

LADY HUNSTANTON.- ¡Oh, es muy natural! Debe usted tener muchas cosas que decirla y ella querrá también expresarle su agradecimiento. No a todos los hijos les hacen semejante ofrecimiento, mistress Arbuthnot. Pero estoy segura de que usted sabrá estimularlo, querida.

LADY CAROLINA.- ¡Juan!

LADY HUNSTANTON.- Pero no retenga usted demasiado a mistress Arbuthnot, lord Illingworth. No sabríamos estar sin ella. (Sale seguida de los otros invitados. Óyese sonar el violín en la sala de música.)

LORD ILLINGWORTH.- ¡De modo que es nuestro hijo, Raquel! Pues bien, estoy orgulloso de él. Es un Harford hasta las uñas. Y a propósito, ¿por qué ese apellido de Arbuthnot, Raquel?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Es igual ese apellido u otro cualquiera cuando no se tiene derecho a ninguno.

LORD ILLINGWORTH.- Sin duda... ¿Pero por qué Gerardo?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Es el de un hombre a quien hice morir de pena: el de mi padre.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Ah, Raquel! Lo pasado, pasado está. Todo lo que puedo decir hoy es que estoy encantado, muy encantado de nuestro hijo. El mundo no le conocerá más que como mi secretario particular, pero para mí será algo muy cercano y muy querido. Es curioso, Raquel; mi vida me parecía realmente completa. No era así.. Faltábale algo: faltaba un hijo. Ahora he encontrado a mi hijo y estoy contento de ello.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No tiene usted el menor derecho sobre él. Mi hijo es enteramente mío y mío seguirá siendo.

LORD ILLINGWORTH.- Mi querida Raquel, le has tenido para ti sola durante más de veinte años. ¿Por qué no dejármele ahora un poco? Es mío tanto como tuyo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Habla usted del hijo que abandonó, del hijo que hubiese muerto de hambre y de miseria si no hubiera tenido más que a usted en el mundo?

LORD ILLINGWORTH.- Olvidas, Raquel, que eres tú la que te fuiste de mi lado. Yo no me separé de ti.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me separé de usted porque le negó a dar un nombre al niño. Antes de que mi hijo viniese al mundo, le supliqué a usted que se casase conmigo.

LORD ILLINGWORTH.- Entonces tenía yo porvenir. Y además, Raquel, era aproximadamente de la misma edad que tú. Tenía solamente veintidós años, veintiuno, me parece, cuando empezó nuestro amorío en el jardín de tu padre.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Cuando un hombre tiene edad bastante para hacer el mal, debiera tenerla también para obrar bien.

LORD ILLINGWORTH.- Mi querida Raquel, en materia intelectual, generalizar resulta siempre interesante, pero en moral, generalizar no significa absolutamente nada. En cuanto a lo que dices de que dejé morir de hambre a nuestro hijo, es, naturalmente, falso y tonto al mismo tiempo. Mi madre te ofreció seiscientas libras al año. No quisiste aceptar nada. Te contentaste con desaparecer, llevándote el niño.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No hubiese aceptado un penique de ella. Su padre era diferente. Delante de mí le dijo a usted, cuando estábamos en París, que era su deber casarse conmigo.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Oh! El deber es lo que se exige al prójimo y no lo que hace uno mismo. Claro es que yo estaba influenciado por mi madre. Igual nos sucede a todos los hombres cuando somos jóvenes.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me alegro de oírselo decir. Gerardo no se irá, ciertamente, con usted.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué disparate, Raquel!

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Y usted cree que dejaré a mi hijo?

LORD ILLINGWORTH.- Nuestro hijo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Mi hijo... (LORD ILLINGWORTH se encoge de hombros.) ¿Marcharse con el hombre que echó a perder mi juventud y deshizo mi vida, manchando las horas de mi existencia? ¡No puede usted darse cuenta del sufrimiento y de la vergüenza que hay en mi pasado!

LORD ILLINGWORTH.- Mi querida Raquel, debo confesar ingenuamente que considero el porvenir de Gerardo mucho más importante que tu pasado.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Gerardo no podría separar su porvenir de mi pasado.

LORD ILLINGWORTH.- Pues, precisamente, es lo que debería hacer. Precisamente eso es lo que deberías tú ayudarle a hacer. ¡Qué típicamente femenina eres! Hablas sentimentalmente y eres al mismo tiempo ferozmente egoísta. Pero es inútil que tengamos una escena. Te ruego, Raquel, que consideres la cuestión desde el punto de vista del sentido común, desde el punto de vista de lo más ventajoso para nuestro hijo, colocándonos, tú y yo, fuera de la cuestión. ¿Qué es ahora nuestro hijo? Un empleadillo mal retribuido de un pequeño Banco de provincia, en una ciudad de tercer orden. Si crees que es perfectamente feliz en semejante situación, te equivocas. Está profundamente disgustado con su suerte.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No lo estaba antes de encontrarle a usted. Usted ha hecho que esté así.

LORD ILLINGWORTH.- Claro que he sido yo. El descontento es el primer paso en el progreso de un hombre o de un pueblo. Pero no le he abandonado únicamente a la aspiración de cosas que le era imposible lograr. No; le he hecho una proposición seductora. Como es natural, la ha aceptado en seguida con entusiasmo. Cualquier muchacho hubiese hecho lo mismo. Y ahora resulta que sólo por ser yo el padre del muchacho y él mi hijo, intentas en realidad destruir su porvenir. Es decir, que si fuera yo un perfecto extraño para él, entonces permitirías a Gerardo que estuviese a mi lado; pero como es de mí misma carne y de mi misma sangre, te niegas a ello. ¡Qué perfectamente ilógica eres!

MISTRESS ARBUTHNOT.- No permitiré que le siga a usted.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Y cómo podrás impedirlo? ¿Qué pretexto puedes darle para que rechace un ofrecimiento como el mío? No le diré los lazos que con él me unen, no necesito hacerlo. Pero tú no te atreverás tampoco a revelárselos. Bien lo sabes. Considera cómo le has educado.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Le he educado para que sea un hombre honrado.

LORD ILLINGWORTH.- Exactamente. ¿Y cuál es el resultado? Le has educado para que sea tu juez si alguna vez descubre lo que eres. Y será un juez cruel e injusto para ti. Desengáñate, Raquel. Los hijos empiezan por amar a sus padres. Más tarde los juzgan. Rara vez, si acaso, les perdonan.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Jorge, no me quites mi hijo. He sufrido durante veinte años y sólo le he tenido a él para amarme, sólo a él a quien amar. Tú has tenido una vida de alegría, de placer y de triunfos. Has sido completamente feliz, no has pensado nunca en nosotros. Dadas tus ideas sobre la vida, no había razón alguna para que te acordases de nosotros en absoluto. Si nos has encontrado, ha sido por simple casualidad, por una horrible casualidad. Olvídala. No vengas a arrebatarme lo único que poseo en el mundo entero. ¡Tú eres tan rico de otras cosas! Déjame la pequeña viña de mi vida; déjame el jardín cercado, y el manantial; el cordero que Dios me envió en su piedad o en su cólera. ¡Oh, déjame esto, Jorge, no me quites a Gerardo!

LORD ILLINGWORTH.- Raquel, en este momento tú no eres necesaria al porvenir de Gerardo; yo, sí. No hay más que hablar sobre el asunto.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No le dejaré marchar.

LORD ILLINGWORTH.- Ahí está Gerardo. Él tiene derecho a decidir por sí propio. (Entra GERARDO.)

GERARDO.- ¿Qué, mamá, espero que lo habrás arreglado todo con lord Illingworth?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No, Gerardo.

LORD ILLINGWORTH.- A su madre parece no agradarla que venga usted conmigo, por alguna razón.

GERARDO.- ¿Por qué, mamá?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Te creía completamente feliz conmigo, Gerardo. No sabía que estuvieses tan deseoso de abandonarme.

GERARDO.- ¡Mamá! ¿Cómo puedes hablar así? Naturalmente que he sido feliz en absoluto contigo. Pero un hombre no puede permanecer siempre al lado de su madre. Ninguno de mis compañeros lo hace. Quiero crearme una posición por mí mismo, hacer algo. Yo creí que te sentirías orgullosa al verme de secretario de lord Illingworth.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No me parece que seas el secretario particular indicado para lord Illingworth. No tienes cualidades para ello.

LORD ILLINGWORTH.- No quisiera yo intervenir en este momento, mistress Arbuthnot, pero en lo referente a su última objeción, seguramente soy yo el mejor juez. Y me limitaré a decirla que su hijo reúne todas las cualidades que podía yo esperar. En realidad, tiene muchas más de las que hubiera creído. Muchas más. (MISTRESS ARBUTHNOT permanece silenciosa.) ¿Tiene usted, mistress Arbuthnot, alguna otra razón para desear que su hijo no acepte este puesto?

GERARDO.- ¿Tienes alguna, mamá? Contesta.

LORD ILLINGWORTH.- Si tiene usted alguna, mistress Arbuthnot, se lo ruego, sí, se lo ruego, dígala. Estamos aquí enteramente en familia. Sea lo que sea, no necesito decirla que no lo comunicaré a nadie.

GERARDO.- ¿Mamá?

LORD ILLINGWORTH.- Si quiere usted quedarse a solas con su hijo, me marcharé. Puede ser que tenga usted alguna otra razón que no quiere que oiga yo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No tengo ninguna otra razón.

LORD ILLINGWORTH.- Entonces, hijo mío, podemos considerar la cosa como terminada. Venga usted conmigo a fumar un cigarrillo a la terraza. Y usted, Arbuthnot, la ruego que me permita decirla que ha obrado usted, a mi juicio, sensatamente, muy sensatamente. (Sale con GERARDO. MISTRESS ARBUTHNOT se queda sola. Permanece inmóvil, con una expresión de dolor indecible en su rostro.)


BAJA EL TELÓN


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