Una mujer sin importancia: Acto IV

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Decoración: Salita en casa de MISTRESS ARBUTHNOT. Amplia puerta acristalada en el fondo, que da al jardín. Puertas en las laterales, a derecha e izquierda. GERARDO ARBUTHNOT escribe ante una mesa. Entra ALICIA por la derecha, seguida de LADY HUNSTANTON y MISTRESS ALLONBY.


ALICIA.- Lady Hunstanton y mistress Allonby. (Sale por la puerta de la izquierda.)

LADY HUNSTANTON.- Buenos días, Gerardo.

GERARDO.- (Levantándose.) Buenos días, lady Hunstanton. Buenos días, mistress Allonby.

LADY HUNSTANTON.- (Sentándose.) Venimos a preguntar por su querida madre, Gerardo. ¿Supongo que estará mejor?

GERARDO.- Mi madre no ha bajado aún, lady Hunstanton.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah! Temo que hiciera demasiado calor para ella, anoche. Me pareció que tronaba. O quizá era la música. ¡La música produce sensaciones tan románticas!... Por lo menos obra siempre sobre los nervios.

MISTRESS ALLONBY.- Hoy día, música y tormenta son lo mismo.

LADY HUNSTANTON.- Me alegro mucho de no comprender lo que quiere usted decir, querida. Temo que quiera decir algo malo. ¡Ah! Veo que observa usted la linda salita de mistress Arbuthnot. ¿Verdad que es muy agradable con su aire antiguo?

MISTRESS ALLONBY.- (Examinando la salita con sus ojos impertinentes.) Tiene completamente el aspecto del hogar inglés feliz.

LADY HUNSTANTON.- Esa es la palabra exacta, querida; la describe exactamente. Siente una la buena influencia de su madre en todo cuanto la rodea, Gerardo.

MISTRESS ALLONBY.- Lord Illingworth dice que toda influencia es mala, pero que una influencia buena es lo peor que hay en el mundo..

LADY HUNSTANTON.- Cuando lord Illingworth conozca mejor a mistress Arbuthnot, cambiará de opinión. Debía haberle traído aquí, realmente.

MISTRESS ALLONBY.- Me gustaría ver a lord Illingworth en el hogar inglés feliz.

LADY HUNSTANTON.- Le haría mucho bien, querida. Actualmente la mayor parte de las mujeres en Londres parece que decoran sus salones únicamente con orquídeas, con extranjeros y con novelas francesas. Pero aquí estamos en casa de una mujer dulce y santa. Lozanas flores naturales, libros que no escandalizan, cuadros que puede una mirar sin ruborizarse.

MISTRESS ALLONBY.- Pero si a mí me gusta ruborizarme.

LADY HUNSTANTON.- Sí, hay mucho que decir en pro del rubor, cuando sabe una ruborizarse en el momento preciso. Mi pobre y querido esposo me decía muchas veces que no me ruborizaba yo lo bastante. ¡Pero era él entonces tan particular! No quería que conociese yo a ninguno de sus amigos íntimos, excepto a los que habían pasado de los setenta, como el pobre lord Ashton, el cual, dicho sea de pasada, tuvo que comparecer ante el Tribunal de Divorcio. Un asunto sumamente desdichado.

MISTRESS ALLONBY.- Me encantan los hombres que han pasado de los setenta. La ofrecen a una siempre una vida de abnegación. Yo creo que los setenta años son la edad ideal para un hombre.

LADY HUNSTANTON.- Es completamente incorregible, ¿verdad, Gerardo? A propósito, Gerardo, espero que su querida madre vendrá a verme ahora más a menudo. Partirá usted con lord Illingworth casi en seguida, ¿no es eso?

GERARDO.- He renunciado a mi proyecto de ser secretario de lord Illingworth.

LADY HUNSTANTON.- ¡No es posible, Gerardo! Sería una gran insensatez por su parte. ¿Qué razón puede usted tener?

GERARDO.- No creo poseer condiciones para ese puesto.

MISTRESS ALLONBY.- Quisiera que lord Illingworth me pidiese que aceptara el puesto de secretaria suya. Pero dice que no soy lo suficientemente seria.

LADY HUNSTANTON.- No debiera usted realmente hablar de ese modo en esta casa, querida, mistress Arbuthnot desconoce por completo la sociedad depravada en que vivimos todos. No querría entrar en ella. Es demasiado buena. Estimo que me ha hecho un gran honor viniendo anoche a verme. Trajo realmente una atmósfera de respetabilidad a nuestra reunión.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah! ¡Eso es lo que la hizo a usted suponer que había una tormenta en el aire!

LADY HUNSTANTON.- ¿Cómo puede usted decir eso, querida? No hay relación alguna entre ambas cosas. ¿Pero quiere usted explicarme, Gerardo, por qué no tiene condiciones?

GERARDO.- Las ideas de lord Illingworth sobre la vida y las mías difieren demasiado.

LADY HUNSTANTON.- ¡Pero si a su edad, mi querido Gerardo, no debía usted tener ideas sobre la vida! Están completamente fuera de lugar. En esta cuestión le convendría a usted dejarse guiar por los demás. Lord Illingworth le ha hecho un ofrecimiento muy halagador, y viajando con él vería usted el mundo, o, por lo menos, todo el que puede verse, bajo los mejores auspicios posibles, y se relacionaría usted con la mejor sociedad, lo cual es tan importante en este momento solemne de su carrera.

GERARDO.- No deseo ver el mundo, ya he visto bastante.

MISTRESS ALLONBY.- Espero que no se imaginará usted haber agotado la vida, míster Arbuthnot. Cuando un hombre dice eso, ya se sabe que es la vida la que le ha agotado a él.

GERARDO.- No quiero separarme de mi madre.

LADY HUNSTANTON.- Pues eso es pura pereza por su parte, Gerardo. ¡No separarse de su madre! Si fuera yo su madre le instaría a que partiese. (Entra ALICIA por la izquierda.)

ALICIA.- Mistress Arbuthnot saluda a las señoras; pero tiene un fuerte dolor de cabeza y no puede ver a nadie esta mañana. (Sale por la puerta de la derecha.)

LADY HUNSTANTON.- (Levantándose.) ¡Un fuerte dolor de cabeza! ¡Cómo lo siento! Quizá pueda usted llevarla a Hunstanton esta tarde, si está mejor, Gerardo.

GERARDO.- Temo que no pueda ir esta tarde, lady Hunstanton.

LADY HUNSTANTON.- Bueno, entonces mañana. ¡Ah! Si tuviera usted padre, Gerardo, no le dejaría malograr su vida aquí. Le obligaría a irse en seguida con lord Illingworth. ¡Pero las madres son tan débiles! Ceden a sus hijos en todo. Somos todo corazón, todo corazón. Vamos, querida, tengo que pasar por la rectoría a preguntar por mistress Daubeny, que no está nada buena. El Archidiácono lo sobrelleva de una manera admirable, enteramente admirable. Es el más simpático de los maridos. Un verdadero modelo. Adiós, Gerardo; transmítale mi cariñosa simpatía a su madre.

MISTRESS ALLONBY.- Adiós, míster Arbuthnot.

GERARDO.- Adiós. (Salen LADY HUNSTANTON y MISTRESS ALLONBY. GERARDO se sienta y relee su carta.)

GERARDO.- ¿Con qué nombre la firmo yo, que no tengo derecho a ninguno? (Firma, mete la carta en un sobre, pone los señas y va a lacrarla, cuando la puerta de la izquierda se abre y MISTRESS ARBUTHNOT entra. GERARDO deja el lacre. Madre e hijo se miran.)

LADY HUNSTANTON.- (A través de la puerta de cristales del fondo.) Adiós, otra vez, Gerardo. Salimos acortando por su lindo jardín. Y ahora acuérdese de mi consejo y márchese en seguida con lord Illingworth.

MISTRESS ALLONBY.- Au revoir. Míster Arbuthnot. No se olvide de traerme alguna cosa bonita de sus viajes, ¡pero no un chal de la India!, ¡por nada del mundo un chal de la India! (Vanse.)

GERARDO.- Mamá, acabo de escribirle.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿A quién?

GERARDO.- A mi padre. Le he escrito para decirle que venga aquí esta tarde, a las cuatro.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No vendrá aquí. No pasará el umbral de mi casa.

GERARDO.- Es preciso que venga.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Gerardo, si quieres marcharte con lord Illingworth, vete inmediatamente. Vete antes de que me muera; pero no me pidas que le vea.

GERARDO.- Mamá, no entiendes. Nada en el mundo me induciría a marcharme con lord Illingworth y a dejarte. Seguramente me conoces lo suficiente para eso. No, le he escrito para decirle...

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Qué tienes tú que decirle?

GERARDO.- ¿No adivinas, mamá, lo que he escrito en esta carta?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No.

GERARDO.- Lo sabes seguramente, mamá. Piensa, piensa en lo que hay que hacer ahora, en seguida, dentro de pocos días.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No hay que hacer nada.

GERARDO.- He escrito a lord Illingworth para decirle que debe casarse contigo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Casarse conmigo?

GERARDO.- Mamá, yo le forzaré a hacerlo. Tiene que reparar el mal que te causó. Debe expiarlo. La justicia quizá es tardía, mamá, pero acaba por llegar. Dentro de unos días serás la esposa legítima de lord Illingworth.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Pero Gerardo....

GERARDO.- Insistiré sobre él hasta que lo haga. Le obligaré a hacerlo. No se atreverá a negarse.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Pero Gerardo, si soy yo la que me niego! No quiero casarme con lord Illingworth.

GERARDO.- ¿Que no quieres casarte con él? ¡Mamá!

MISTRESS ARBUTHNOT.- No quiero casarme con él.

GERARDO.- ¿Pero no comprendes que hablo en interés tuyo y no mío? Ese matrimonio, ese matrimonio necesario, que por razones obvias debe inevitablemente efectuarse, no me ayudará, no me dará, realmente, un nombre que tengo derecho a llevar. Pero seguramente representará algo para ti, el que tú, madre mía, llegues a ser, aunque tardíamente, la esposa del hombre que es mi padre. ¿No es esto ya algo?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No quiero casarme con él.

GERARDO.- Es necesario, mamá.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No quiero. Hablas de reparación del mal hecho. ¿Qué reparación pueden darme? No hay reparación posible. Yo estoy deshonrada; él, no. Eso es todo. Es la historia habitual entre un hombre y una mujer, tal como sucede habitualmente, tal como sucede siempre. Y el final es el final ordinario. La mujer sufre. El hombre se va libre.

GERARDO.- No sé si ése es el final ordinario, mamá; espero que no. Pero tu vida, de todos modos, no acabará así. Ese hombre te dará todas las reparaciones posibles. No es bastante. Eso no borra el pasado, ya lo sé. Pero al menos, hace mejor el porvenir, mejor para ti, mamá.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me niego a casarme con lord Illingworth.

GERARDO.- Si él mismo viniera a rogarte que fueses su esposa, le darías una respuesta diferente. Acuérdate de que es mi padre.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Si él mismo viniera, lo cual no hará, mi respuesta sería idéntica. Acuérdate de que soy tu madre.

GERARDO.- Mamá, haces terriblemente difícil mi tarea hablando así; y no comprendo por qué no quieres considerar esta cuestión desde el punto de vista recto, desde el único punto de vista conveniente. Es para quitar la amargura de tu vida, para hacer desaparecer la sombra que cubre tu nombre, por lo que este matrimonio debe efectuarse. No hay alternativa; y después del matrimonio tú y yo podremos alejarnos juntos. Pero antes debe efectuarse el matrimonio. Es un deber que tienes la obligación de cumplir, no sólo contigo, sino con todas las demás mujeres..., sí; con todas las demás mujeres del mundo, para que él no traicione a ninguna más.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No estoy obligada a nada con las otras mujeres. No hay una sola de ellas que me haya socorrido. No hay una sola mujer en el mundo a quien pueda yo ir a pedir compasión, si quisiera aceptarla, o simpatía si pudiese conquistarla. Las mujeres son crueles, unas con otras. Anoche, esa muchacha, por buena que sea, huyó del salón como si fuese yo una cosa corrompida. Tenía razón. Soy una cosa corrompida. Pero mis culpas son mías exclusivamente, y quiero sufrirlas yo sola. Debo sufrirlas yo únicamente. ¿Qué tienen que ver conmigo las mujeres que no han pecado, ni yo con ellas? No nos comprendemos mutuamente. (Entra ESTER por el fondo.)

GERARDO.- Te suplico que hagas lo que te pido.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Qué hijo pidió nunca a su madre que hiciese un sacrificio tan atroz? Ninguno.

GERARDO.- ¿Qué madre se negó nunca a casarse con el padre de su hijo? Ninguna.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Seré yo entonces la primera. No quiero hacer eso.

GERARDO.- Mamá, tú eres creyente y me enseñaste a ser también creyente. Pues bien, con seguridad tu religión, la religión que me enseñaste cuando yo era niño, mamá, debe decirte que tengo razón. Tú lo sabes, lo sientes.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No lo sé. No lo siento, ni me presentaré jamás ante el altar de Dios a pedirle su bendición para una burla tan horrible como un casamiento entre yo y Jorge Harford. No diré las palabras que la Iglesia nos manda decir. No quiero decirlas. No me atrevo. ¿Cómo podría yo jurar amar al hombre que aborrezco, honrar al que me trajo la deshonra, obedecer al que, con su dominio, me hizo pecar? No; el matrimonio es un sacramento para los que se aman mutuamente. No lo es para los seres como él o como yo, Gerardo, para librarte de las mofas y de los insultos del mundo, he mentido al mundo. Durante veinte años he mentido al mundo. No podía decir al mundo la verdad. ¿Quién puede decírsela siempre? Pero no iré por mi propio interés a mentir y en presencia de Dios. No, Gerardo; ninguna ceremonia, santificada por la Iglesia o sancionada por el Estado, me unirá jamás con Jorge Harford. Puede que esté ya demasiado ligada a él, que al robarme, me ha dejado, sin embargo, más rica, hasta el punto de que en el fango de mi vida he hallado la perla sin precio o lo que yo creía tal.

GERARDO.- Ahora no te comprendo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Los hombres no comprenden lo que son las madres. Yo no soy diferente de las demás, excepto en el mal que me han hecho, y en el mal que hice, y en mi penosísimo castigo y en mi gran desgracia. Y, sin embargo, para defenderte, he tenido que mirar a la muerte. Para criarte, he tenido que luchar con ella. La muerte peleó conmigo por ti. Todas las mujeres tienen que luchar con la muerte para guardar a sus hijos. La muerte no tiene hijos, y quiere los nuestros. Gerardo, cuando estabas desnudo, yo te vestí; cuando tenías hambre, yo te di alimento. Noche y día durante aquel largo invierno, yo velé por ti. No hay servicio demasiado bajo ni cuidado demasiado pequeño para el ser que amamos nosotras, las mujeres... ¡y, oh, cómo te he amado yo! Ni Ana amó más a Samuel. Y tú necesitabas amor, porque eras enfermizo, y solamente el amor pudo sostener tu vida. Sólo el amor puede sostener la vida en cualquiera. Y los niños son, con frecuencia, negligentes e impensadamente hacen sufrir, y nosotras nos figuramos siempre que cuando lleguen a hombres y nos conozcan mejor, nos resarcirán. Pero no es así. El mundo los separa de nuestro lado, y se buscan ellos amigos con los cuales son más felices que con nosotras, y tienen diversiones de las que somos apartadas, y preocupaciones que no son las nuestras; y son injustos con nosotras a menudo, porque cuando encuentran la vida amarga, nos lo reprochan a nosotras, y cuando la encuentran dulce, no saboreamos su dulzura con ellos... Has tenido muchos amigos, has ido a sus casas, te sentías alegre con ellos, y yo, conociendo mi secreto, no me atrevía a acompañarte, y me quedaba en casa, con la puerta cerrada, para no dejar entrar el sol, y sentada en la obscuridad. ¿Qué iba yo a hacer en los hogares honrados? Mi pasado estaba siempre conmigo... Tú me juzgaste indiferente a las cosas gratas de la vida. Y yo te diré que las deseaba, pero no me atrevía a tocarlas, sintiendo que no tenía derecho a hacerlo. Tú pensaste que era yo más feliz trabajando entre los pobres. Te imaginaste que era ésa mi misión. No lo era, ¿pero adónde iba yo a ir? El enfermo no pregunta si la mano que ahueca su almohada es pura, ni al moribundo le preocupa lo más mínimo que los labios que tocan su frente hayan conocido el beso del pecado. Yo pensaba en ti todo el tiempo; les daba a ellos el amor que tu no me pedías; les prodigaba un amor que no era suyo... Y a ti te pareció que pasaba yo demasiado tiempo en la iglesia y en mis deberes religiosos. ¿Pero hacia adónde podía yo volverme? La Casa de Dios es la única casa donde los pecadores son los bienvenidos, y tú estabas siempre en mi corazón, Gerardo, demasiado en mi corazón. Porque, aunque día tras día, a maitines y a vísperas, me arrodillé en la Casa de Dios, no me he arrepentido nunca de mi pecado. ¿Cómo hubiera podido arrepentirme de mi pecado cuando tú, amor mío, eras su fruto? Aun ahora que eres amargo conmigo, no puedo arrepentirme. No me arrepiento. Tú eres para mí más que la inocencia. Prefiero ser tu madre -¡oh, sí, lo prefiero!- que haber sido siempre pura... ¿Oh, no ves, no comprendes? Es mi deshonra la que te ha hecho tan querido para mí. Es mi desgracia la que te ha ligado tan estrechamente a mí. Es el precio que he pagado por ti -el precio del alma y del cuerpo- el que me ha hecho amarte como te amo. ¡Oh, no me pidas esa cosa horrible! ¡Hijo de mi vergüenza, sigue siendo el hijo de mi vergüenza!

GERARDO.- Mamá, yo no sabía que me amabas hasta ese punto. Y seré para ti un hijo mejor de lo que he sido. Y no nos separaremos nunca uno de otro... Pero, mamá...; no puedo evitarlo..., es preciso que seas la esposa de mi padre. Es preciso que te cases con él. Es tu deber.

ESTER.- (Adelantándose y abrazando a MISTRESS ARBUTHNOT.) No, no; no lo hará usted. Esa sería la verdadera deshonra: la primera que conocería usted. Esa sería la verdadera desgracia: la primera que sufriría usted. Déjele y véngase conmigo. Hay otros países que no son Inglaterra... ¡Oh! Otros países allende el mar, mejores, más cuerdos, con pueblos menos injustos. El mundo es muy grande, muy extenso.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No, para mí, no. Para mí, el mundo está reducido a la anchura de mi mano, y por donde camino hay espinas.

ESTER.- No sucederá así. Encontraremos en alguna parte verdes valles y frescas aguas, y si lloramos, pues bien, lloraremos juntas. ¿No le hemos amado las dos?

GERARDO.- ¡Ester!

ESTER.- (Apartándole con energía.) ¡No, no! Usted no puede amarme sin amarla a ella también. No puede usted honrarme sin santificarla a ella. En ella hemos sido martirizadas las mujeres todas. No es ella sola, sino que somos todas nosotras las que estamos heridas en ella.

GERARDO.- Ester, Ester, ¿qué debo hacer?

ESTER.- ¿Siente usted respeto hacia el hombre que es su padre?

GERARDO.- ¿Respeto hacia él? ¡Le desprecio! Es un infame.

ESTER.- Le agradezco que me protegiese usted de él anoche.

GERARDO.- ¡Ah! Eso no es nada. Yo moriría por salvarla. Pero no me dice usted lo que debo hacer ahora.

ESTER.- ¿No le he dado a usted las gracias por haberme protegido?

GERARDO.- ¿Pero qué debo hacer?

ESTER.- Interrogue usted a su corazón y no al mío. Yo no he tenido nunca una madre que salvar o que afrentar.

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Es cruel!... ¡Es cruel! Deje que me vaya.

GERARDO.- (Precipitándose hacia su madre y arrodillándose junto a ella.) Mamá, perdóname; he merecido tus reproches.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No beses mis manos: están frías. Mi corazón está frío; algo lo ha destrozado.

ESTER.- ¡Ah! No diga usted eso. Los corazones viven por sus heridas. El placer puede petrificar un corazón, la riqueza puede insensibilizarle, pero el sufrimiento... ¡oh, el sufrimiento no puede destrozarlo! Además, ¿cuáles son ahora sus sufrimientos? Porque en este momento le es usted más querida que nunca, tan querida como le ha sido antes y ¡cómo la ha amado a usted siempre! ¡Ah! Sea usted indulgente con él.

GERARDO.- Eres mi madre y mi padre en una sola persona. No necesito un segundo padre. Por ti hablaba, por ti únicamente. ¡Oh! Di algo, mamá. ¿Habré encontrado un amor tan sólo para perder otro? No me digas eso. ¡Oh, mamá, eres cruel! (Se levanta y se arroja sollozando sobre un sofá.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- (A ESTER.) ¿Ha encontrado de verdad otro amor?

ESTER.- Ya sabe usted que le he amado siempre.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Pero somos muy pobres.

ESTER.- ¿Quién, siendo amado, es pobre? ¡Oh! Nadie. Detesto mis riquezas. Son para mí una carga. Que la comparta él conmigo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Pero estamos deshonrados. Nuestro sitio está entre los parias. Gerardo no tiene nombre. Los pecados de los padres deben recaer sobre los hijos. Es la ley de Dios.

ESTER.- Estaba yo equivocada. La única ley divina es el amor.

MISTRESS ARBUTHNOT.- (Se levanta, y cogiendo a ESTER de la mano, se dirige lentamente hacia el sofá en que GERARDO está tendido con la cabeza escondida en las manos. Le toca y él levanta los ojos.) Gerardo, no puedo darte un padre, pero te he traído una esposa.

GERARDO.- Mamá, no soy digno de ella ni de ti.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Por eso es ella la que viene a ti, eres digno. Y cuando estés lejos, Gerardo..., con... ella, ¡oh!, piensa en mí algunas veces. No me olvides. Y cuando reces, reza por mí. Debemos rezar cuando somos felices, y tú serás feliz, Gerardo.

ESTER.- ¡Oh!, no pensará usted en separarse de nosotros?

GERARDO.- Mamá, ¿quieres separarte de nosotros?

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Podría atraer la vergüenza sobre vosotros!

GERARDO.- ¡Mamá!

MISTRESS ARBUTHNOT.- Durante una corta temporada, entonces; y si me lo permitís, después, junto a vosotros, siempre.

ESTER.- (A MISTRESS ARBUTHNOT.) Venga usted con nosotros al jardín.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Más tarde, más tarde. (Salen ESTER y GERARDO. MISTRESS ARBUTHNOT se dirige hacia la puerta de la izquierda. Se detiene ante el espejo colgado sobre la repisa de la chimenea y se mira en él. Entra ALICIA por la puerta de la derecha.)

ALICIA.- Un caballero pregunta por la señora.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Dígale que no estoy en casa. Enséñeme su tarjeta. (Coge la tarjeta de la bandeja y la mira.) Dígale que no quiero verle. (Entra LORD ILLINGWORTH. MISTRESS ARBUTHNOT le ve en el espejo y se estremece, pero no se vuelve. Sale ALICIA.) ¿Qué puede usted tener que decirme hoy, Jorge Harford? No puede usted tener nada que decirme. Es necesario que salga de esta casa.

LORD ILLINGWORTH.- Raquel, Gerardo lo sabe ya todo acerca de mí, así es que podemos llegar a un arreglo que nos convenga a los tres. Te aseguro que encontrará en mí al más encantador y generoso de los padres.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Mi hijo puede volver de un momento a otro. Anoche le salvé a usted. No sería capaz de salvarle otra vez. Mi hijo siente mi deshonra con violencia, con una violencia terrible. Le ruego que se marche.

LORD ILLINGWORTH.- (Sentándose.) La noche pasada fue excesivamente desdichada. Esa necia puritanita hizo una escena solamente porque quise besarla. ¿Qué mal hay en un beso?

MISTRESS ARBUTHNOT.- (Volviéndose.) Un beso puede ser la ruina de una vida, Jorge Harford. Lo sé, lo sé demasiado bien.

LORD ILLINGWORTH.- No vamos a discutir eso ahora. Lo que tiene importancia hoy día, como ayer y como siempre, es nuestro hijo. Tengo por él un grandísimo cariño, como sabes, y por extraño que pueda parecerte, admiré enormemente su conducta anoche. Tomó la defensa de aquella bonita mojigata con maravillosa prontitud. Es exactamente lo que había yo deseado que fuese un hijo mío. Fuera de que ningún hijo mío se pondría jamás de parte de los puritanos: esto es siempre un error. Ahora he aquí mi proposición.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Lord Illingworth, ninguna proposición de usted me interesa.

LORD ILLINGWORTH.- Según nuestras ridículas leyes inglesas, no puedo legitimar a Gerardo. Pero puedo legarle mi fortuna. Illingworth está vinculado, como es natural, pero es un barracón inaguantable. Puede quedarse con Ashby, que es mucho más bonito; Harborough, que tiene los mejores montes de caza del norte de Inglaterra y la casa de Saint James Square. ¿Qué más puede desear un gentleman en este mundo?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Nada más, estoy completamente segura.

LORD ILLINGWORTH.- En cuanto a un título, un título es en realidad más bien un impedimento en estos tiempos democráticos. Cuando yo era Jorge Harford, tenía todo cuanto deseaba. Ahora tengo solamente todo lo que los demás desean, lo cual no es ni mucho menos tan agradable. Pues bien, mi proposición es ésta.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Ya le he dicho que no me interesa y le ruego que se vaya.

LORD ILLINGWORTH.- El muchacho pasará seis meses al año contigo, y los otros seis conmigo. ¿Esto es perfectamente justo, no es eso? Tú tendrás la pensión que quieras y vivirás donde elijas. En cuanto a tu pasado, es desconocido para todo el mundo excepto para mí y para Gerardo. La puritana le conoce, claro es, la puritana de la blanca muselina; pero ésa no cuenta. No podrá contar la historia sin explicar que se negó a ser besada, ¿verdad? Y todas las mujeres la considerarían como una tonta y los hombres como una sosa. Y no tienes que temer que Gerardo no me herede. No necesito decirte que no tengo la menor intención de casarme.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Llega usted demasiado tarde. Mi hijo no le necesita. No es usted necesario.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Qué quieres decir, Raquel?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Que no es usted necesario para el porvenir de Gerardo. No le pide nada a usted.

LORD ILLINGWORTH.- No te comprendo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Mire usted hacia el jardín. (LORD ILLINGWORTH se levanta y va hacia el ventanal.) Hará usted mejor en no dejarse ver: trae usted recuerdos desagradables. (LORD ILLINGWORTH mira hacia afuera y se estremece.) Ella le ama. Se aman mutuamente. No tenemos nada que temer de usted y vamos a marcharnos.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Adónde?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No se lo diremos a usted y si nos encuentra no le conoceremos. Parece usted sorprendido. ¿Qué acogida podía usted esperar de la joven cuyos labios intentó manchar, del muchacho a quien preparó una vida de oprobio, de la madre cuya deshonra proviene de usted?

LORD ILLINGWORTH.- Eres dura, Raquel.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Fui demasiado débil en otro tiempo. Afortunadamente para mí he cambiado.

LORD ILLINGWORTH.- Era yo muy joven en aquella época. Nosotros, los hombres, conocemos la vida demasiado pronto.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Nosotras, las mujeres, la conocemos demasiado tarde. Esta es la diferencia entre hombres y mujeres.


(Una pausa.)


LORD ILLINGWORTH.- Raquel, quiero mi hijo. Mi dinero de nada puede servirle ahora. Puede que yo tampoco le sirva de nada, pero quiero mi hijo. Volvamos a unirnos, Raquel. Tú puedes hacerlo si quieres. (Ve la carta sobre la mesa.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- No hay sitio para usted en la vida de mi hijo. Nada de usted le interesa.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Entonces por qué me escribe?

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¿Qué quiere usted decir?

LORD ILLINGWORTH.- ¿Qué carta es ésta? (Coge la carta.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- No es... nada. Démela usted.

LORD ILLINGWORTH.- Está dirigida a mí.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No irá usted a abrirla. Le prohíbo a usted que la abra.

LORD ILLINGWORTH.- Y es letra de Gerardo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No hubiera sido enviada. Es una carta que le escribió esta mañana, antes de haberme visto. Pero ahora está pesaroso de haberla escrito, muy pesaroso. No debe usted abrirla. Démela.

LORD ILLINGWORTH.- Me pertenece. (La abre, se sienta y la lee pausadamente. MISTRESS ARBUTHNOT le observa atentamente durante todo el tiempo.) ¿Supongo que habrás leído esta carta, Raquel?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Sabes su contenido?

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Sí!

LORD ILLINGWORTH.- No admito ni por un momento que el muchacho tenga razón en lo que dice. No admito que sea un deber mío casarme contigo. Lo niego por completo. Pero para recuperar a mi hijo, estoy dispuesto a casarme contigo, Raquel, y a tratarte siempre con la deferencia y el respeto debido a mi esposa. Me casaré contigo en cuanto quieras. Te doy mi palabra de honor.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me hizo usted ya esa promesa en otro tiempo y faltó a ella.

LORD ILLINGWORTH.- Ahora la cumpliré. Y eso te demostrará que amo a mi hijo, al menos tanto como tú. Porque casarme contigo, Raquel, es renunciar a ciertas ambiciones, ambiciones demasiado elevadas, si alguna ambición es elevada.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Me niego a casarme con usted, lord Illingworth.

LORD ILLINGWORTH.- ¿En serio?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Sí.

LORD ILLINGWORTH.- Dime tus razones. Me interesan enormemente.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Se las he explicado ya a mi hijo.

LORD ILLINGWORTH.- Supongo que serán profundamente sentimentales, ¿no es verdad? Vosotras, las mujeres, vivís por vuestras emociones y para ellas. No tenéis ninguna filosofía de la vida.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Tiene usted razón. Nosotras, las mujeres, vivimos por nuestras emociones y para ellas. Por nuestras pasiones y para ellas, si usted, quiere. Yo tengo dos pasiones, lord Illingworth: mi amor a él, mi odio a usted. No puede usted matarlas. Se alimentan la una de la otra.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Qué clase de amor es ése que necesita tener al odio por hermano?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Es la clase de amor que tengo a Gerardo. ¿Considera usted esto terrible? Sí, esto es terrible. Todo amor es terrible. Todo amor es una tragedia. Yo le amé a usted en otro tiempo, lord Illingworth. ¡Oh, qué tragedia es para una mujer amarle a usted!

LORD ILLINGWORTH.- ¿De modo que te niegas a casarte conmigo?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Sí.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Porque me odias?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Sí.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Y mi hijo, me odia tanto como tú?

MISTRESS ARBUTHNOT.- No.

LORD ILLINGWORTH.- Me alegro de eso, Raquel.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Él simplemente le desprecia.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué lástima! Qué lástima para él, quiero, decir.

MISTRESS ARBUTHNOT.- Desengáñese usted, Jorge. Los niños comienzan por amar a sus padres. Después los juzgan. Rara vez, si acaso, los perdonan.

LORD ILLINGWORTH.- (Releyendo la carta muy despacio.) ¿Puedo preguntarte qué argumentos has empleado para convencer al muchacho que ha escrito esta carta, esta hermosa y apasionada carta, de que no debías casarte con su padre, el padre de tu propio hijo.

MISTRESS ARBUTHNOT.- No he sido yo quien se lo ha hecho ver. Ha sido otra.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Quién es esa persona, fin de siècle?

MISTRESS ARBUTHNOT.- La puritana, lord Illingworth.


(Una pausa.)


LORD ILLINGWORTH.- (Los rasgos de su rostro se contraen, luego se levanta despacio y va hacia la mesa, donde están su sombrero y sus guantes. MISTRESS ARBUTHNOT permanece de pie junto a la mesa. Coge él uno de los guantes y empieza a ponérselo.) ¿Entonces no tengo nada que hacer aquí, Raquel?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Nada.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Es, pues, un adiós?

MISTRESS ARBUTHNOT.- Y espero que, esta vez, para siempre, lord Illingworth.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué curioso! En este momento miras exactamente como mirabas la noche que te fuiste de mi lado hace veinte años. Tienes enteramente la misma expresión en la boca. Te doy mi palabra, Raquel, de que ninguna mujer me ha amado nunca como tú. Realmente, tú te entregaste a mí como una flor, para que yo hiciese con ella todo cuanto quisiera. Eras el más bonito de los juguetes, la más encantadora de las novelitas... (Saca el reloj.) ¡Las dos y cuarto! Tengo que volver a Hunstanton. Supongo que ya no volveré a verte. Lo deploro de veras. Es una experiencia divertida encontrarse entre gente del mismo rango de uno y tratados muy seriamente, a su querida y a su... (MISTRESS ARBUTHNOT coge vivamente uno de los guantes y abofetea con él a LORD ILLINGWORTH. Este se estremece. Le ofusca lo insultante del castigo. Luego se reprime, y dirigiéndose hacia el ventanal, contempla a su hijo. Suspira y sale de la habitación.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- (Se desploma sollozando sobre el sofá.) ¡Lo hubiera dicho!, ¡lo hubiera dicho! (Entran ESTER y GERARDO del jardín.)

GERARDO.- Vamos, querida mamá. No has ido por fin. Así es que tenemos que venir a buscarte. ¿Has llorado, mamá? (Se arrodilla a los pies de ella.)

MISTRESS ARBUTHNOT.- ¡Hijo mío! ¡Hijo! ¡Hijo mío! (Acariciándole el pelo con su mano.)

ESTER.- (Acercándose.) Pero tiene usted dos hijos ahora. ¿Me quiere usted por hija?

MISTRESS ARBUTHNOT.- (Alzando los ojos.) ¿Me escogería usted por madre?

ESTER.- Entre todas las mujeres que he conocido. (Se dirigen hacia la puerta de cristales que da al jardín, abrazándose mutuamente por la cintura. GERARDO va hacia la puerta de la izquierda para coger su sombrero. Al volverse ve el guante de LORD ILLINGWORTH en el suelo y lo recoge.)

GERARDO.- ¡Oye, mamá!, ¿qué guante es éste? ¿Has tenido una visita? ¿Quién era?

MISTRESS ARBUTHNOT.- (Volviéndose.) ¡Oh! Nadie. Nadie en particular. Un hombre sin importancia.


TELÓN FINAL


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