Una noche de vela: 01

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I
El enfermo
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Una noche de vela Ramón de Mesonero Romanos


¡Oh variedad común, mudanza cierta!

¿quién habrá que en sus males no te espere,

quién habrá que en sus bienes no te tema?


Argensola.


Doy por supuesto que todos mis lectores conocen lo que es pasar una noche en un alegre salón, saboreando las dulzuras del Carnaval, en medio de una sociedad bulliciosa y partidaria del movimiento; quiero suponer que todos o los más de ellos comprenden aquel estado feliz en que constituyen al hombre la grata conversación con una linda pareja, el ruido de una orquesta armoniosa, el resplandor de la brillante iluminación, la risa y algazara de todos aquellos grupos, que se mueven, que se cruzan, que se separan, y que luego se vuelven a juntar. Quiero igualmente sospechar, que concluido el baile y llegada la hora fatal del desencantamiento, alguno de los concurrentes lleno el corazón de fuego y la cabeza de magníficas ilusiones, reconcentrado su sistema vital en el interior de su imaginación, no haya hecho alto en la exterioridad de su persona; no haya reparado en la humedad de su frente, en la dilatación de sus poros, en el ardor exagerado de su pulmón; y que tan sólo ocupado en sostener una blanca mano para subir a un coche, o en aguardar el turno para reclamar su capa en un frío callejón, apenas haya reparado que el sudor del rostro se ha enfriado, que su voz se ha enronquecido, que su pecho y su cabeza van adquiriendo por momentos cierta pesadez y mal estar.

Doy por supuesto que el tal, de vuelta a su casa, sienta unos amables escalofríos amenizados de vez en cuando con una tosecilla seca, sendos latidos en las sienes, y un cierto aumento de gravedad en la parte superior de su máquina, que apenas le permite tenerse en pie. Quiero imaginar que le asalten las primeras sospechas de que está malo; y que tiene que transigir por lo menos con una fuerte constipación; que se mete en la cama, donde le coge un involuntario y frío temblor, y luego un ardor insoportable; pero se consuela con que, merced a un vaso de limonada o un benéfico sudor, bien podrá estar a la noche en disposición de repetir la escena anterior. Supongo por último que esta esperanza se desvanece; pues ni el sudor ni el sosiego son bastantes a devolverle la perdida salud, con lo cual, y sintiéndose de más en más agravado, hace llamar a su médico, quien después de echarle un razonable sermón por su imprudencia, le dice que guarde cama, que se abstenga de toda comida, y que beba no sé qué brebajes purgativos, intermediados de cataplasmas al vientre, y realzado el todo con sendos golpes de sanguijuelas donde no es de buen tono nombrar. Remedios únicos en que se encierra el código de la moderna escuela facultativa; y que parecen ser la panacea universal para todos los males conocidos.

Pues bien; después de supuesto todo ello, quiero que ahora supongan mis lectores, que el sujeto a quien acontecía aquel desmán era el condesito del Tremedal, sujeto brillante por su ilustre nacimiento, sus gracias personales, su desenfadada imaginación y una cierta fama de superioridad, debida a las conquistas amorosa a que había dado fin y cabo en su majestuosa carrera social. Cualidades eran éstas muy envidiables y envidiadas; pero que para el paso actual no le servían de nada, preso entre vendas y ligaduras, inútil y agobiado, ni más ni menos que el último parroquiano del hospital.

Mediaba sin embargo alguna diferencia en la situación exterior de nuestro conde, si bien su naturaleza interior revelaba en tal momento su completa semejanza con los seres a quienes él no hubiera dignado compararse. Hallábase, pues, en su casa, asistido más o menos cuidadosamente, en primer lugar por su esposa, joven hermosa y elegante, de veinte y cuatro abriles, que si no recordaba a Artemisa, por lo menos era grande apasionada de las heroínas de Balzac.

Luego venía en la serie de sus veladores un íntimo amigo, un tercero en concordia de la casa; militar cortesano; cómplice en las amables calaveradas del esposo; encargado de disimular su infidelidad y tibieza conyugal; de suplir su ausencia en el palco, en el salón, en las cabalgatas; depósito de las mutuas confianzas de ambos consortes, y mueble, en fin, como el lorito o el galgo inglés, indispensable en toda casa principal y de buen tono.

En segundo término del cuadro, ofrecíase a la vista una hermana solterona del conde, que según nuestras venerandas sabias leyes, estaba destinada a vegetar honestamente, por haber tenido la singular ocurrencia de nacer hembra, aunque fruto de unos mismos padres, e igual a su hermano en sangre y derechos naturales. Añádase a esta injusticia de la ley, la otra injusticia con que la naturaleza la había negado sus favores, y se formarán una idea aproximada de la cruel posición de esta indefinida virgen, con treinta y dos años de expectativa, y dotada además de un gran talento, que no sé si es ventaja al que nace infeliz y segundón. En compensación, empero, de tantos desmanes, todavía podía alimentarse en aquel pecho alguna esperanza, hija de la falta de descendencia del conde, esperanza no muy moral en verdad, pero lo suficientemente legal para prometerse algún día ocupar un puesto distinguido en la sociedad.

Rodeaban, en fin, el lecho del enfermo varios parientes y allegados de la casa. -Una tía vieja, viuda de no sé qué consejero, y empleada en la real servidumbre; archivo parlante de las glorias de la familia; cadáver embalsamado en almizcle; figura de cera y de movimiento; tradición de la antigua aristocracia castellana; y ceremonial formulado de la etiqueta palaciega. -Un ayuda de cámara, secretario del secreto del señor conde, su confidente y particular favorito para todas aquellas operaciones más allegadas a su persona. -Varias amigas de la condesa y de su cuñada, muchachas de humor y de travesura, con sus puntas de coquetería. -Un vetusto mayordomo disecado en vivo, vera efigies de una cuenta de quebrados; con su peluca rubia, color de oro; su pantalón estrecho como bolsillo de mercader; su levita de arpillera; su nudo de dos vueltas en la corbata; el puño del bastón en forma de llave; los zapatos con hebilla de resorte, un candado por sellos en el reloj; y éste sin campanilla, de los que apuntan y no dan; persona, en fin, tan análoga a sus ideas, que venía a ser una verdadera formulación de todas ellas, un compendio abreviado de su larga carrera mayordomil.

El resto del acompañamiento componíanlo tal cual elegante doncel que aparecía de vez en cuando para informarse de la salud de su amigo el condesito; tal cual vecina charlatana y entrometida que llegaba a tiempo de proponer un remedio milagroso, o verter una botella de tisana, o destapar distraída un vaso de sanguijuelas; el todo amenizado con el correspondiente acompañamiento de médicos y quirúrgicos; practicantes y gentes de ayuda; criados de la casa, porteros, lacayos, niños, viejas y demás del caso.

¡Ah! se me había olvidado; allá en lo más escondido de la alcoba, como el que se aparta algunos pasos de un cuadro para contemplar mejor su efecto de luz, se veía un hombre serio, triste y meditabundo, que apenas parecía tomar parte en la acción, y sin embargo moderaba su impulso; el cual hombre, según lo que pudo averiguarse, era un antiguo y sincero amigo de la familia, a quien el padre del conde dejó encomendado éste al morir; que le quería entrañablemente; pero que más de una vez llegó a serle enojoso con sus consejos francos y desinteresados; pero en aquella ocasión el pobre enfermo se hallaba naturalmente más inclinado a él, y no una vez sola, después de recorrer la desencajada vista por todos los circunstantes, llegaba a fijarla largo rato en aquella misteriosa figura, la cual correspondía a su mirada con otra mirada, y ambas venían a formar un diálogo entero.


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