Vergara : 18

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Vergara
Capítulo XVIII

de Benito Pérez Galdós



No se habría conformado D. Fernando con la ociosidad en aquella tierra hospitalaria, si la frecuente correspondencia con su madre no vigorizara su espíritu. No cesaba la noble señora de recomendarle que prolongase su permanencia en Logroño, que fuese agradecido a las bondades de Espartero y su familia, pues le convenía ciertamente estar al arrimo de quien, por su autoridad militar y la política que iba adquiriendo, parecía llamado a ser en breve tiempo el árbitro de los destinos de la Nación. «Doloroso es para mí -le decía-, el verme privada de tu presencia; pero me consuela de mi soledad el saber dónde y con quién estás, el considerar reconocido y apreciado tu mérito, principio quizás de las grandezas que deseo para ti». Y contestando a la carta en que se le manifestaba el deseo de Doña Jacinta de traerla a Logroño, decía: «La impresión primera ha sido de regocijo; pero después la reflexión me ha hecho conocer que mi presencia podría perjudicarte. Tú no lo creerás así; yo veo las cosas con frialdad, y no puedo desechar la idea de que por algún tiempo debes permanecer sin mí al lado de esos señores. Bien sabe Jacinta cuánto le agradezco sus afectos cariñosos. Pero en su buen juicio comprenderá que a todos nos conviene mi obscuridad, y que esta es necesaria para que tú brilles». Contestaba D. Fernando a estas razones que él no quería brillar; que ningún bien social podía compensarle de la ausencia de su querida madre, y que, por tanto, persistía en ir en su busca en cuanto los caminos se hallasen despejados, para mayor seguridad del regreso.


Notó el caballero que constantemente llegaban a Logroño y conferenciaban con el General personas diversas, venidas unas de Madrid, otras de Pamplona, como emisarias del Virrey, general Alaix; otras, de pinta muy extraña, parecían procedentes del Cuartel de D. Carlos. Entre las caras madrileñas, algunas reconoció Fernando como significadas en la patriotería más ardiente. Creyó ver también a D. Antonio González, a Ferraz, a Sancho y a otros partidarios juiciosos del progreso. Indudablemente, el General apoyaba con decisión la idea que empezó a llamarse progresista, declarándose enemigo del bando moderado y disparando contra él bala rasa, sin reparar en las manifiestas concomitancias de este partido con la Gobernadora. Le traía muy inquieto la protección que esta y su camarilla daban a Ramón Narváez, permitiéndole organizar el ejército de reserva, como un medio indirecto de hacer sombra a Espartero y de levantar frente a él un nuevo ídolo militar. No le gustaban a D. Baldomero estos ídolos secundarios, que podrían ser dioses mayores el día menos pensado, y la influencia política que alcanzado había con su victoria no se la dejaría arrancar ¡vive Dios!, a dos tirones. Un día y otro mandaba a Madrid quejas del abandono del Gobierno; hacía responsables a ciertos y determinados ministros de las privaciones del ejército; amenazó con su dimisión si no dejaban sus puestos Mon y Castro, y al fin, con este modo de señalar, dio cuenta del Ministerio del Conde de Ofalia. Nombrado Presidente el Duque de Frías, poeta y diplomático, Espartero le exigió que desmembrase el ejército de reserva formado por Narváez, agregando dos divisiones al de Castilla la Vieja, para contener las facciones de Merino y Balmaseda; pidiole que, en reemplazo de Oraa, fuese nombrado Van-Halen general del Centro. A regañadientes, cediendo a la presión del que dueño se hacía de todos los resortes, quia nominor leo, el buen D. Bernardino, excelente hombre, prócer ilustre, y ante todo poeta insigne, se doblegaba y sucumbía por su propio miedo y por los altos miedos palatinos.

Nunca habló de estas cosas Calpena con el General, quien, en sucesivos coloquios, fue menos reservado respecto a la índole de la comisión que confiarle pensaba. Uno de los primeros días de Septiembre, a punto que el Cuartel General se movía para emprender operaciones de que nadie tenía conocimiento, dijo Espartero a su amigo, en forma que no admitía réplica ni excusa, que a seguirle se preparase. Llevado de la fascinación que el héroe sobre él ejercía, y cediendo además a una extraña querencia del misterio y a ideas de elevada ambición que le rondaban la mente, no vaciló en obedecer. Despidiole la Condesa con afecto maternal, asegurándole que en compañía de su marido no podía correr ningún riesgo; afirmó él gozoso que nada le importaba exponer su vida, con tal de ser grato a su ilustre amigo, y partió entre la comitiva del Cuartel General, llevando a uno solo de sus criados, Urrea.

Por toda la orilla derecha siguieron, sin parar hasta Lodosa, y era general la persuasión de que se preparaba un ataque a Estella. Al anochecer de aquel día, 3 de Septiembre, las avanzadas de Espartero se tirotearon con guerrillas carlistas; pero estas desaparecieron durante la noche, y el ejército liberal siguió hasta Artajona. Nueva detención, que en este punto fue más larga, porque recibió el General noticia de un descalabro de las tropas de Alaix, virrey de Navarra, el cual, empeñado en duro combate con los carlistas, en el Perdón, fue rechazado con bastantes pérdidas, resultando heridos el mismo Virrey y su segundo, Espeleta. Esto y la noticia de que Cabrera, ensoberbecido con el triunfo de Morella, mandaba una división a engrosar las fuerzas de Navarra, detuvieron a Espartero en su marcha, si es que esta tenía por objeto atacar a Estella, lo que no se sabe, pues a nadie comunicó su pensamiento. Humor endiablado tenía el General en aquellos días, y su indecisión revelaba la crisis de su ánimo. Dio instrucciones para que D. Diego de León, que operaba en la Solana, ocupase determinados puntos, y para que la división de Hoyos hiciese un reconocimiento hacia Los Arcos, y otras disposiciones tomó, cuyo alcance nadie podía penetrar. Al quinto día llamó a Calpena, y sin encerrarse con él, paseándose juntos en un abandonado huertecillo de la casa donde el General se alojaba, hablaron. La conversación, oída de lejos, habría podido pasar por insignificante, pues carecía de toda solemnidad y de tonos graves y misteriosos.

-Yo me vuelvo a Logroño a darme otra descansadita -dijo D. Baldomero con jovialidad-; pero usted, amigo D. Fernando, aquí se queda, y por de pronto se incorpora a las fuerzas de Diego León. Luego hará usted lo que le mandaré ahora mismo en pocas palabras. Oído: dentro de un rato se va usted a su alojamiento, y no se mueve de allí hasta que reciba un recado mío.

-Bien, mi General.

-Mi recado es lo que menos puede usted figurarse. Consiste en un mazo de puros habanos, y se lo llevará un arriero... No sé si usted le ha visto... Le encontramos en Lodosa con su recua... Todo el ejército le conoce.

-En efecto, le vi, y me dijeron su nombre; pero no me acuerdo.

-Se llama Martín Echaide. Es popular y muy querido en estas tierras. Tanto nosotros como el enemigo le permitimos franquear las líneas, y recorrer libremente el país, porque se ha declarado neutral, y sostiene su neutralidad como un caballero.

-Pero no lo será realmente.

-Me figuro que no -dijo Espartero con acento de marrullería fina-. El objeto de llevarle los cigarros es para que le conozca a usted y se fije en su rostro... ¡Ah!, no haya miedo de que se le despinte. Nada le dirá a usted, ni usted a él tampoco, como no sea el mandarme las gracias por los cigarros.

-Hasta ahora, mi General, la misión que usted quiere encargarme es facilísima.

-Después no lo será tanto. Se queda usted, como digo, con Diego León, y en el momento en que Echaide se le presente y le diga: «D. Fernando, vámonos», le obedece usted como si yo se lo mandara.

-¿Y para esto, mi General, tendré que disfrazarme de arriero?

-Justo; procurando, naturalmente, la mayor perfección en cara y ropa. Disfrazará usted también a su criado, que me ha parecido de un tipo muy para el caso. Con Echaide va usted a donde él le lleve, que le llevará bien seguro a donde debe ir.

-Faltan ahora las instrucciones fundamentales, mi General, pues presumo que mi misión no es tan sólo arrear las caballerías del Sr. Echaide.

-Ciertamente que no. Ya no es un secreto para usted que este bueno de Echaide me pone en comunicación con una persona del campo enemigo; pero las cosas graves que entre una y otra parte se han de tratar no son para expresadas por Echaide, ni es prudente fiarlas al papel. En estas embajadas, amigo, no se cruzará ningún papel escrito.

-Ya entiendo, mi General: el papel soy yo, mi buena memoria, y mi palabra la escritura.

-Justamente. Con su comprensión rápida de todas las cosas me ahorra usted largas explicaciones. Echaide no es más que el... el...

-El vehículo; la idea soy yo.

-Exacto. Como nada se escribe, como todo ha de ser verbal, he tenido que escoger una persona muy inteligente, instruida, que se penetre bien de mis condiciones, que reciba las del contrario, que las discuta si es preciso, que transmita fielmente lo que uno y otro digan... También he tenido en cuenta su caballerosidad, su conocimiento de la historia y de la política. Para decirlo todo, su falta de ambición me agrada, y su independencia es para mí una garantía de fidelidad. Con que...

-Comprendido todo, mi General. Ahora falta que escriba usted en mi mente su pensamiento con signos bien claros, de modo que yo me penetre bien y no padezca ningún error al transmitirlo.

-Tengo la seguridad de que ni escrito iría con más claridad. Esta noche se viene usted por aquí, y le diré mis condiciones para la paz. Son tan sencillas y tan breves, que caben en un papel de cigarro. Procure el hombre fijarse bien. Mañana vuelve usted. Paseamos un rato en este jardinillo y repetiré las condiciones para que se graben en su memoria. No me escriba usted ni una letra, por los clavos de Cristo... Y por último, nada he de decirle de la reserva, de la absoluta reserva...

-¡Por Dios, mi General...!


-No, no; si estoy bien seguro.

-Pero falta una cosa. Al llegar yo donde está esa persona, ¿cómo acredito mi calidad de embajador?

-Todo está previsto. Las credenciales que usted ha de presentar son una sola palabra. Ya lo hemos convenido él y yo: desde Burdeos me lo propuso.

-¿Una sola palabra?

-El nombre de un pueblo del Perú donde él y yo nos conocimos. Fácilmente lo grabará usted en su memoria. Mañana se lo diré. Cuando llegue usted al punto donde ha de celebrar su primera conferencia, Echaide será su introductor de embajadores. Con que...

-¿Me retiro?

-Sí. Hasta la noche.

Retirose Calpena en un grado de excitación indescriptible, la mente pletórica del sin fin de ideas que en ella despertaba el grave asunto en que iba a ser actor, y actor histórico con visos de novelesco. Era un mundo que se le metía en el pensamiento, con imágenes mil fabulosas, con representaciones de actos en que probaría su valor y su inteligencia, con ideas elevadas, con fin nobilísimo como era el de la paz. Adelante: no se avenía con las seguridades que el General le dio de que en su misión no correría peligro. Sí, sí, que los hubiera, pues los peligros y la gloria de vencerlos satisfacían los anhelos de su alma generosa más que una campaña fácil y sin accidentes. Ningún fin alto y grande se alcanza sin sacrificio, y es forzoso ver en las penalidades la consagración de toda labor benéfica.

Recibió puntualmente los cigarros; repitió las visitas al General por la noche y mañana siguiente. Oyó dos veces las instrucciones, mejor dicho, las condiciones, que estampadas con letras de fuego quedaron en su memoria; tomó el santo y seña, o mejor, signo de inteligencia; vio partir al caudillo para Logroño; incorporose al ejército de León, y ya no hizo más que esperar, clavados los ojos en la imagen borrosa de su destino.

El diálogo que se transcribe es exacto en sus ideas y sentido-, el arriero Echaide, rigurosamente histórico.