Vergara : 35

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Vergara
Capítulo XXXV

de Benito Pérez Galdós



Hasta el día siguiente muy temprano no pudo ver D. Fernando al General, porque se encerró en su alojamiento con órdenes de no dar paso a nadie. ¿Qué hacía?, ¿qué pensaba? Le atormentaba el cruel dilema de obedecer a su señor o volverle la espalda para siempre. Antes de ser recibido, supo Calpena que había pasado la noche en cama con alta calentura, privado a ratos de conocimiento. Al entrar el caballero en la alcoba de Maroto, tardó un instante en conocerle: tan desfigurado estaba por los sufrimientos. Además, acababa de afeitarse quitándose el bigote. Su cara parecía otra, por efecto de esta mutilación, del color cárdeno de sus ojeras, de las arrugas que surcaban su piel amarilla, del desordenado cabello. Había envejecido diez años, perdiendo su gallardía militar. Al ver a D. Fernando, le dijo: «Hola, Inquisivi... ¿Otra vez por acá?».

-Sí, mi General: otra vez aquí con la esperanza de ser a usted útil, y de servir, no a mi partido, sino a mi patria.


Abordando el asunto, notó Fernando un grave desorden en las facultades del Caudillo, que tan pronto expresaba sus anhelos de paz como su repugnancia del dictado de traidor que en el Cuartel Real se le aplicaba. La proposición de entrevista le puso en un estado de inquietud epiléptica. Llevándose las manos a la cabeza, con voces roncas, destempladas, replicó: «No puede ser... Me comprometen... ¡El Rey...! Soy General de Carlos V, soberano legítimo... ¿Usted qué opina? ¿Debo ir a la entrevista?... ¿Acaso irá Simón de la Torre?».

-Creo que sí -dijo Calpena, juzgando de gran efecto la afirmativa.

-Pues que sea suya la responsabilidad. ¿Y asistirán también los ingleses? ¡Malditos ingleses!... Yo no, yo no puedo ir... Lo consultaré con D. Carlos. A nadie conviene más la transacción que a nuestro pobre Rey, ese bendito, ese bendito... Pero no, no: antes tengo que colgar de un alcornoque al Canónigo... Sin eso no hacemos nada... Y de otro alcornoque a D. Basilio, y empalar al malvado Teijeiro...

No había manera de sacarle de este círculo de ideas. Descompuesto y contradiciéndose a cada instante, ordenó que se preparara su escolta, reforzada con la mejor caballería de su ejército, y sin tomar ningún alimento, montó a caballo y se fue al Cuartel Real. Regresó al anochecer; en Villarreal se aseguraba que Maroto había presentado su dimisión al Rey; que este, poco menos que llorando, le había dicho: «¿Con que ahora me vas a abandonar?...». Algo enternecido también, D. Rafael se deshizo en demostraciones de lealtad, manifestándose dispuesto a sacrificarse por la Causa... Esto se decía, y sobre ello endilgaron comentos mil D. Fernando y Pertusa, con los oficiales que les hacían coro en la cantinela de la paz. Convenían todos en que no era fácil entender a Rafael Maroto, monstruoso enigma en que se reunían todas las complejidades psicológicas. Decía el Epístola con sutil ingenio: «Esta mañana, después de una horrible noche de insomnio y fiebre, el General debió de saltar del lecho con una idea salvadora... Así me lo figuro yo, y así tiene que ser... Pues saltando del lecho cogió la navaja de afeitar... Por un momento pensó en degollarse, la mejor solución de sus horribles dudas... Después pensó otra cosa quizás más práctica... escapar a la calladita, vestido de cura... Por eso se quitó el bigote. No tiene otra explicación».

No pareció mal a los amigos presentes la versión del Epístola, y convinieron con Calpena en que todos, Rey, General y Canónigo, habían perdido el juicio. El carlismo había venido a ser un campo de orates. Al día siguiente dio un súbito cambiazo la voluntad indecisa del desdichado caudillo, y en vez de dirigirse a Lesaca, según lo convenido con el Rey, se encaminó a Elgueta. No bien entraron en este pueblo, supo D. Fernando la llegada de su amigo Zabala, ya brigadier, que con el carácter de parlamentario venía de parte del Duque de la Victoria. Negose Maroto a recibirle; trabajó Calpena por lo contrario, empleando más de una hora en argüirle con cuantos resortes lógicos creía propios del caso, y al fin accedió el General gruñendo: «Pues sea, y acabemos de una vez, ¡porra!...». El día 25, a las seis de la mañana, se reunían en la venta de Abadiano, entre Durango y Elorrio, D. Baldomero Espartero con el Brigadier Linaje y el coronel inglés Wilde, representado la idea constitucional, y por la idea absolutista D. Rafael Maroto y el General Urbistondo, jefe de los batallones castellanos. La magna cuestión de los Fueros trajo el desacuerdo de los conferenciantes, porque los carlistas pedían que se reconociese el régimen foral en toda su pureza, y Espartero no quería comprometerse a tanto, dejando el grave asunto a la resolución de las Cortes. Manifestose Linaje contrario a los Fueros, sosteniendo que el fanatismo había sido el único móvil del levantamiento carlista; cruzáronse agrias contestaciones entre Linaje y Urbistondo, y entre el jefe de los castellanos y Maroto, pues este, al llevar a su compañero a la conferencia, le había manifestado que, en las negociaciones preliminares, ambas partes estaban conformes en el reconocimiento incondicional de los Fueros. Negolo Espartero, atribuyendo la idea de su rival a mala inteligencia. Al cabo de tanto discutir se separaron en desacuerdo. No había paz, no podía España disfrutar de este inmenso bien.

Cuando se retiraban, cada cual por su lado, llegó D. Simón de la Torre, que fue en seguimiento de Espartero, y alcanzándole cerca de Durango, se declaró dispuesto, con los ocho batallones de su mando, a transigir resueltamente sin regatear ninguna condición. En tanto, volvió Maroto a Guipúzcoa dando tumbos, que no de otra manera puede expresarse la inseguridad de sus movimientos, reflejo de la horrible lucha de su espíritu, y en la villa de Elgueta se encontró nueva sorpresa y emociones tan vivas, que ellas bastarían a quitarle el seso si alguno en aquella ocasión le quedara. De improviso se presentó el Rey con su escolta en el Cuartel General, y antes de que Maroto pudiese tomar resolución alguna, mandó formar los 14 batallones para pasarles revista y arengarles. Así se acordó en una junta celebrada por Carlos V el día anterior, al tener conocimiento de la entrevista de Abadiano. Había llegado el instante en que el Rey lo era de hecho, y como tal procedería con soberana entereza y celeridad. Pronto vería el mundo si merecía la corona. Revistar a las tropas que formaban el núcleo de su ejército; presentarse a ellas, no sólo como Rey, sino como Generalísimo, asumiendo el mando directo; destituir en el acto al desleal caudillo, y aplicarle sin consideración sumariamente la pena que le correspondía, era un acto propio de Monarca guerrero. Si el programa se cumplía, ¡qué hermosa solución de los enmarañados problemas pendientes, qué gallarda manera de cortar el nudo que en vano con su estira y afloja había querido desatar!

Ante el aparato que en torno al Soberano se desplegaba, Maroto se vio perdido, se sintió fusilado... De su cráneo a su olfato descendía el olor de pólvora. Para mayor solemnidad del acto, presentábase el Rey de gran uniforme, con todas sus cruces, bandas y collares, radiante de inepta vanidad, y le acompañaban su hijo Carlitos, Príncipe de Asturias; el Infante D. Sebastián y los Generales Eguía, Valdespina, Villarreal y Negri... Formaron las tropas. La expectación era para algunos como si esperaran el fin del mundo... Rompió al fin el Rey en una perorata que llevaba bien aprendida; pero su voz no vibraba, no sabía llegar a los oídos lejanos, no era instrumento para conmover y entusiasmar a las muchedumbres. Se observaban en su rostro y en su actitud los inútiles esfuerzos para ponerse en la situación que el grave caso exigía, para desempeñar airosa y noblemente el papel de Rey, para imitar la marcial fiereza, la grandiosa altivez de los más célebres capitanes en circunstancias como las de aquel momento. Oyeron los más próximos algunos conceptos en que el hijo de Carlos IV evocaba las sombras de César y Aníbal; algo dijo luego de los cántabros indomables, de Roma, señora del mundo... No dejó de causar sorpresa que omitiese la rutinaria invocación a la Generalísima, Nuestra Señora de los Dolores. No estaba sin duda la Causa absolutista para tafetanes... Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final. «Hijos míos -exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo-, ¿me reconocéis por vuestro Rey?». La contestación fue un «¡Sí, sí... viva el Rey!» que corrió, extinguiéndose en las filas lejanas. «¿Y estáis dispuestos -añadió-, a seguirme a todas partes, a derramar vuestra sangre en defensa de mi Causa y de la Religión?».

Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El General Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después exclamaciones más claras, por fin estas voces: «¡Viva la paz, viva nuestro General, viva Maroto!».

-¡Voluntarios! -gritó entonces D. Carlos, y en ocasión tan crítica la dignidad brilló en su rostro... Al fin descendía de cien Reyes-. Voluntarios, donde está vuestro Rey no hay General alguno... Os repito: ¿queréis seguirme?».

Silencio sepulcral. El Brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos, acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa situación del Monarca. «Señor -le dijo-, es que no entienden el castellano». Y D. Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política marotista, formuló la pregunta con una alteración grave: ¿Paquia naidezute, mutillac? (¿Queréis la paz, muchachos?) Y con gran estruendo respondió toda la tropa: ¡Bai jauna! (Sí, señor.)

Debió D. Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla. Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica grandeza. D. Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo a los de su escolta: «estamos vendidos»; y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con la reata de Príncipes y Generales y la menguada escolta. Corrieron, corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran en su seguimiento.