Vergara : 7

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Vergara
Capítulo VII

de Benito Pérez Galdós


Del mismo a la misma


Vitoria, Diciembre.

Madre amadísima: Doy y usted me da los parabienes por la mejoría de nuestro capellán, ya bien manifiesta, y la informo de la segunda aparición del tal Pertusa, en el cual veo ya claramente un pájaro muy sutil. Añado que es agradable, de rostro moreno, con vivísimos ojos de ratón, sonrisa de pícaro redomado, mediano de cuerpo, de palabra fácil y graciosa. Un detallito para concluir de pintarle: estudió para cura; hasta recibir las primeras órdenes. Dejando la Iglesia por las armas, recibió en las filas de los urbanos primero, en las de Cabrera después, la última mano de la educación social con borla de doctor en toda humana picardía. En filas le dieron el mote de El Epístola, que ostenta como recuerdo glorioso de sus campañas.

Voy a mi asunto. En la de hoy interesante visita (trasposición tenemos), empezó por suplicarme el suministro de cuatro onzas para proseguir su viaje, de que han de resultar notorios beneficios a la Causa pacífica, y antes de saber mi conformidad con este audaz expolio, me doró la píldora, notificándome que en Vitoria se hallaba la cuadrilla de Uva, en la cual hay personas que podrán darme informes preciosos de lo que más vivamente me interesa. ¿He dicho algo a usted de la cuadrilla de Uva? Creo que sí. En efecto, la banda de cantineras ha entrado en Vitoria con la división de Buerens. Y puedo decirlo por propio conocimiento, pues cuando escribo esta ya estoy de vuelta de la posada de San Blas, donde, guiado por el amigo Pertusa, he podido ponerme al habla con los apreciables vagabundos que surten de aguardiente a nuestros soldados. El primero que me saltó a la vista, por conocerle de antiguo, fue Churi, el endiablado sordo, que se manifestó descontento de verme, y no empleaba, como otras veces, el lenguaje de sus garatusas expresivas. Su estado de ropa y carnes es lastimoso. Me causó mucha pena; díjele como pude que a Bilbao volviese con su familia, y el Sr. Uva, un sujeto que afecta gravedad impropia de su condición y oficio, respondiome por él que eso mismo le recomendaba la cuadrilla toda, sin conseguir quitársele de encima. Una mujer a quien llaman Seda, huesuda, larguirucha y muy charlatana, pegó la hebra; y como notase en mí no poco agrado de oírla, me llevó aparte, y entre sacos de paja y dornajos, me largó esta página biográfica, que extracto para no cansar a usted.

El tal Churi, que padece la enfermedad o monomanía del amor, con la contrariedad de que su sordera le imposibilita para satisfacer su espiritual anhelo, se prendó locamente de una hermosa mujer llamada Saloma la navarra; rechazado por esta, y brutalmente apaleado por un tal Galán, al parecer marido, recayó el infeliz en su dolencia, eligiendo para dama de sus pensamientos a otra graciosa mujer, también llamada Saloma, con el aditamento diferencial de la Baturra, y tanto la persiguió el pobre bilbaíno con sus galantes obsequios, tales muestras le dio de la fineza de su inclinación, que hubo la moza de sentir, si no amor, compasión, accediendo a concederle su cariño. Si este satisfizo en los primeros días al desgraciado joven, pronto hubo de encontrar que el forzado afecto de la baturra no colmaba la ilusión de su alma enamorada, ávida de inefables consuelos. Se advierte que las aspiraciones amorosas de Churi son elevadísimas, no contentándose con la fácil conquista de la mujer, sino pretendiendo la suprema comunión, el himeneo ideal...

Ya comprenderá usted, querida madre, que con los datos que me da la señora Seda, en su rudo y deslavazado estilo, compongo yo mi historia, procurando la mayor fidelidad en lo sustancial. Sigo, con el recelo de que usted verá en lo que escribo antes la novela que la historia. Lo mismo da: adelante... Pues a las dos semanas, Saloma no podía resistir ni la persona ni las extremadas demostraciones patéticas del pobre Churi. No pocos anduvieron en compañía de dos individuos de la cuadrilla de Galvana, trayendo y llevando recados a una señora que se apareció medio loca en Orduña, y anduvo desatinada por los caminos, hasta que su familia la recogió en Salinas de Oñoro. Con los enredos que de dicha señora se traían, fueron Saloma, Churi y sus dos compañeros a La Guardia; siguieron hacia la Bastida, y como la baturra no se recatase en manifestar su preferencia por uno de los de Galvana, guapo mozo, cabal en todos sus sentidos, trabáronse el tal y Churi en grande pelea, primero a puño limpio, luego con navajas, de la cual porfía resultó la dama más estropeada que los galanes; volvió el sordo lleno de achuchones y puntazos al corral pacífico de Uva, y de Saloma no se supo más sino que en Miranda terminó su turbada existencia, recibiendo cristiana sepultura en el camposanto de aquella villa.

Madre mía, oigo a usted exclamar: «novela, novela», y yo digo: «historia, historia». Pulimentando la forma del texto, por el maldito vicio de corrección a que nos induce la llamada cultura, sé que echo a perder el pintoresco relato de la señora Seda. Pero ya no tiene remedio. ¿Cuándo inventarán un daguerrotipo de los sonidos que nos permita sorprender la palabra humana en toda su espontánea belleza...? Pues sigo...

No, no sigo, que estoy cansado. Hasta mañana.

Viernes.- ¿Se fijó usted en la muerte de la Baturra? He aquí un enigma descifrado. Yo mismo empiezo a dudar, y digo con usted: «¿novela...?». Adelante. Agregado Churi otra vez a esta cuadrilla, no pasó mucho tiempo sin que aparecieran nuevas erupciones del volcán de su pecho. No habiendo por allí hembras del buen ver de las dos Salomas, navarra y baturra, ofreció su alma a una viuda que vendía tabaco, la cual le doblaba la edad, conservando restos apenas perceptibles de una destruida hermosura, contemporánea de Talavera y Arapiles. Díjome Seda con discreción que si no había logrado el sordo poner digno remate a su conquista, no debía de andar muy lejos de ello, a juzgar por ciertas blanduras que notaba en el arisco carácter de la Pringosa, que así llamaban al nuevo ídolo. Lleváronme a verles en un corral donde el galán y la dama, con otros de la partida, se ocupaban en los poéticos menesteres de limpiar él los borricos, y ella de remendar los aparejos. Hallé en la dama notoria semejanza con una característica que hemos visto en Madrid mil veces haciendo papeles de patrona o de Celestina en piececillas y sainetes; pero no puedo recordar cómo se llama. Traté de interrogar a Churi para que me aclarase el punto (convengamos en que la verdad se tuerce y descompone en mis pobres manos, convirtiéndose en novela), el punto obscuro, digo, de la señora trastornada, de la señora que vagaba por la Peña de Orduña, de la señora... en suma, de la que habría tenido un dramático fin, si no la recogiera su familia en Salinas de Oñoro; mas nada pude obtener del desgraciado mozo, que parece ya tan corto de inteligencia como de oído, y es un arca cerrada con las llaves de la imbecilidad. Sus ojos, antes tan vivaces, ya se cuajan atónitos y mortecinos; su boca ha perdido los mohines que sustituían la palabra; su cuerpo languidece. No hay manera de entenderse con él ni de que pronuncie dos conceptos acordes. Parece que sólo le entiende la Pringosa, y que su alma, aislada de todo el Universo, sólo para ella tiene lenguaje y expresión de alma humana. Dejele al fin, cansado de sacudir golpes en aquella puerta para que se abriese. Está enmohecida, y las ideas que guarda también son roña y podredumbre. ¡Infeliz Churi!

Antes que se me olvide: el gran presbítero entra en convalecencia franca. Come y bebe con mediano apetito. Le permito el uso de lápiz y papel para que satisfaga el deseo de escribir a usted participándole su resurrección. Pues sigo: me ha parecido que el servicio del Epístola, dándome a conocer la sociedad de los aguardenteros, a quienes debo tan útiles informes, bien merece una recompensa. He puesto en su mano tres onzas, asegurándole que disfrutará de otras tres si cuando regrese de Vizcaya, para donde parte sin dilación, me trae noticias auténticas de todos los individuos de la familia de Arratia.

Sábado.- Me ha turbado toda la noche, quitándome el sueño, el recelo de que usted no apruebe el encargo que di al condenado Epístola. Lo primero que hoy hice, al levantarme, fue mandarle venir a mi presencia para retirar mis órdenes y deseos de nuevas noticias. Con otra pelucona completo lo que me pidió, y le advierto que no quiero saber nada, que no se acuerde más del santo de mi nombre. Pero mientras corto comunicación con un pasado triste, veo que se adhiere más y más a mi espíritu la idea que ya manifesté. Quiero libertar a Zoilo Arratia, quiero emplear en aquel desgraciado enemigo mío los sentimientos de justicia que llenan mi corazón. Nada haré sin el consentimiento de usted. ¿Cree que me conviene guardar para otra ocasión mi sed de justicia, y que mi cristiana idea no debe tener aplicación por ahora? Dígamelo: que no hay para mí mayor gozo que someter mi criterio al de mi buena madre, y expresar con mi subordinación mi grande amor. ¡Oh, que no fuera mañana mismo el venturoso suceso que usted me anuncia, reunirnos en una casa que comprará en Burgos, Briviesca, o Medina de Pomar! ¿Dónde? Si usted no me lo dice, me encariñaré con el sitio antes de conocerlo. Puesto que usted aguarda sólo a que calmen los fríos para venir cerca de mí, a mi lado quizás, yo al lado suyo, contaré los días que restan de Diciembre, los del próximo Enero, calculando que al término de ellos comenzará la mayor dicha de mi vida. Y cierro esta: ya es bastante. El tiempo mejora; la nieve se derrite; el frío es tolerable. Que pase, que pase pronto. Días asoleados y placenteros, venid, venid. Abrazos mil de su amante hijo - Fernando.