Viaje del Parnaso: 03

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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes


En otro romance (fol. 316 v.), habla Cueva de «cómo los poetas conquistaron el Parnaso y lo ganaron, y Apolo y las Musas huyeron del».

Si todavía se pretendiese hallar otros precedentes españoles más antiguos, no sería difícil dar con ellos en las visiones literarias del Marqués de Santillana, como El Infierno de los enamorados o El Triunphete de Amor.

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Pero, si el punto de partida de Cervantes fue bien definido: la lucha de Apolo y su cohorte de buenos poetas, contra los malos cultivadores de la Poesía, el desarrollo y la conclusión distan mucho de corresponder al principio. Él quiso hacer (diríamos, empleando símiles más modernos) una combinación de la Derrota de los pedantes con el Laurel de Apolo; pero ni su genio era hondamente satírico, como el de Quevedo, ni su crítica literaria estaba bastante afinada para trazar las características de los personajes a quienes loa. De ahí la monotonía del relato (muy semejante a la del Canto de Calíope); de ahí la indecisión del plan; de ahí las frases hechas de sus elogios, y la falta de orden de sus enumeraciones, donde los nombres parecen arrastrados muchas veces por la exigencia de la rima y no por el deliberado propósito del autor. Rey de Artieda es «magno», y nada más ni menos; Enciso, «claro honor de Manzanares»; Casanate, «poeta insigne de mayor cuantía»; Cristóbal de Mesa, «trasunto de Apolo»; Juan Antonio de Herrera, «docto»; Don Juan Bateo, «bravo irlandés»; el abad Maluenda, de «grave aspecto»; Góngora, «tiene de escribir la llave»; Juan de Ochoa, «poeta y cristiano verdadero»; Godínez, «florido ingenio»; Miguel Cid, «poeta santo»; Villamediana, «famoso»; Lope de Vega, «poeta insigne» (como Casanate)... y así los demás, con raras excepciones. Grandes y chicos, viejos y jóvenes, eclesiásticos y seglares, historiadores y jurisconsultos, médicos y gramáticos, guerreros y poetas, todos andan mezclados, como en ensalada, sin que alcancemos a comprender, en la mayoría de los casos, en qué consista el peculiar mérito de ninguno. Las excepciones son contadísimas: Góngora, Quevedo, los Argensolas, Vélez de Guevara, figuran, por ciertos conceptos, entre aquéllas; los demás poetas mencionados en el Viage, tienen en los tercetos del poema la misma representación que la que ostentarían en una mera lista de nombres propios. Añádese a esto la poca maña del catalogador, el cual, careciendo de los recursos poéticos de un Lope, para dar variedad y encanto al inventario, recurre a la inaguantable repetición del pronombre demostrativo: en solas tres páginas (28, 29 y 30), figura 21 veces «este», como primera palabra para presentar a un nuevo soldado de la armada poética.

Cervantes mismo debió de percatarse de lo deshilvanado de la traza: el Sueño se apodera de él (como, sin duda, de sus lectores) y le transporta a las fiestas de Nápoles. Desde allí, sin saber cómo, llega a Madrid, y el poema acaba sin que nos hayamos dado cuenta de su verdadera finalidad. Hay en él, no obstante, admirables tercetos, y en especial aquellos en que Cervantes nos descubre su alma, y con sincero y legítimo orgullo habla de sus mejores producciones. La Adjunta al Parnaso es un apéndice encantador, y en algún sentido vale más que el poema. En aquélla, Cervantes se encuentra en su elemento, haciendo gala de su hermoso y discretísimo «romance»; en el poema, no puede ocultar su lucha con las dificultades de la rima.

No faltan reminiscencias clásicas en el Viage del Parnaso: Virgilio (en la traducción de Gregorio Hernández de Velasco), Homero (en la versión de la Vlyxea por el Secretario Gonzalo Pérez) y Horacio (en la de Villén de Biedma), suministran a Cervantes alusiones mitológicas (como las relativas a los montes Acroceraunios, a la morada de Alcinoo y al paso del estrecho) y aun epítetos y frases (como las referentes a Eneas en el cap. III). Y es de notar que, en el terreno literario, se permite Cervantes libertades análogas a las que Velázquez usó en pintura: Venus, con saya y verdugado, parécese al Marte con morrión del gran artista sevillano. En ambos casos hay briznas de ironía, que demuestran la transformación de los valores clásicos.

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Tres eruditos realizaron, años hace, la ímproba tarea de anotar el Viage: Cayetano Alberto de la Barrera, en el tomo XII (Madrid, 1864) de la edición de las Obras completas cervantinas, impresa por Rivadeneyra; J. M. Guardia, en su versión francesa del poema, publicada en París, en la misma fecha de 1864; y James Y. Gibson, que en 1883 (London), publicó una deliciosa versión inglesa del Viage, con muy discretas notas. El que se haga cargo del número e importancia de los trabajos bibliográficos publicados en los últimos años y de que no pudieron disfrutar aquellos beneméritos investigadores, comprenderá el extraordinario valor de sus esfuerzos, y se sentirá inclinado a disculpar deficiencias, de las que ningún humano se exceptúa. Nosotros nos hemos aprovechado de sus trabajos, rectificándolos cuando hemos podido, y guardándonos bien de puntualizar los errores en que incurrieron (tarea tan fácil como innecesaria). Al lector le importa la exactitud; pero le enfada malgastar el tiempo en leer listas de equivocaciones. Sin ellas, no hubiésemos dado, en hartos casos, con la verdad; y es vanidad ridícula, y aun irritante injusticia, deleitarse en señalar los descarríos de «honrados varones», cuando, gracias a ellos, nos hemos ahorrado pasos inútiles en el áspero camino de la investigación literaria.

Madrid, abril de 1922.


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