Viaje del Parnaso: 16

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Capítulo III
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes



que tanto por el mire, ni en el piense.
    Del contador Gaspar de Barrionuevo
mal podra el corto flaco ingenio mio
loar el suyo, assi como yo deuo.
    Llenó del gran baxel el gran vazio
el gran Francisco de Rioja, al punto
que saltó de la nuve en el navio.
    A Christoval de Mesav vi allí junto
a los pies de Mercurio, dando fama
a Apolo, siendo del propio trasumpto.
    A la gavia un grumete se encarama,
y dixo a bozes: «la ciudad se muestra,
que Genoua del dios Iano se llama.»
    «Dexese la ciudad a la siniestra
mano, dixo Mercurio, el baxel vaya,
y siga su derrota por la diestra.»
    Hazer al Tiber vimos blanca raya
dentro del mar, aviendo ya passado
la ancha romana y peligrosa playa.
    De lexos viose el aire condensado
del humo que el Estrombalo vomita,
de azufre y llamas, y de horror formado.
    Huyen la isla infame, y solicita
el suave poniente assi el viage,
que lo acorta, lo allana y facilita.
    Vimonos en un punto en el paraje,
do la nutriz de Eneas piadoso
hizo el forçoso y ultimo passaje.
    Vimos desde alli a poco el mas famoso
monte que encierra en si nuestro emisfero,
mas gallardo a la vista y mas hermoso.
    Las zenizas de Titiro y Sinzero
estan en el, y puede ser por esto
nombrado entre los montes por primero.
    Luego se descubrio donde echó el resto
de su poder Naturaleza, amiga
de formar de otros muchos un compuesto.
    Viose la pesadumbre sin fatiga
de la bella Partenope, sentada
a la orilla del mar, que sus pies liga,
    de castillos y torres coronada,
por fuerte y por hermosa en igual grado
tenida, conocida y estimada.
    Mandome el del aligero calçado,
que me aprestasse y fuesse luego a tìerra
a dar a los Lupercios un recado,
    en que les diesse cuenta de la guerra
temida, y que a venir les persuadiesse
al duro y fiero assalto, al cierra, cierra.
    «Señor, le respondi, si a caso huuiesse
otro que la embaxada les llevasse,
que mas grato a los dos hermanos fuesse
    »que yo no soy, se bien que negociasse
mejor». Dixo Mercurio: «no te entiendo,
y has de ir antes que el tiempo mas se passe.»
    «Que no me han de escuchar estoy temiendo,
le repliqué, y asi el ir yo no importa,
puesto que en todo obedecer pretendo,
    »que no se quien me dize y quien me exorta,
que tienen para mí, a lo que imagino,
la voluntad, como la vista, corta;
    »que si esto assi no fuera, este camino
con tan pobre recamara no hiziera,
ni diera en un tan hondo dessatino,
    »pues si alguna promessa se cumpliera
de aquellas muchas que al partir me hizieron,
lleveme Dios si entrara en tu galera.
    »Mucho esperé, si mucho prometieron,
mas podia ser que ocupaciones nuevas
les obligue a olvidar lo que dixeron.
    »Muchos, señor, en la galera llevas
que te podran sacar el pie del lodo.
Parte, y escusa de hazer mas pruevas.»
    »Ninguno, dixo, me hable desse modo,
que, si me desembarco y los envisto,
boto a Dios, que me traiga al conde y todo.
    »Con estos dos famosos me enemisto,
que, aviendo levantado a la Poesía
al buen punto en que está, como se ha visto,
    »quieren, con perezosa tirania,
alçarse, como dizen, a su mano
con la ciencia que a ser divinos guia.
    »¡Por el solio de Apolo soberano,
juro!... y no digo mas»; y, ardiendo en ira,
se echó a las barbas una y otra mano.
    Y prosiguio diziendo: «el dotor Mira,
apostaré, si no lo manda el conde,
que tambien en sus puntos se retira.
    »Señor galan, parezca, ¿a que se asconde?
¡Pues afee, por llevarle, si el no gusta,
que ni le busque, asseche, ni le ronde!
    »¿Es esta empresa a caso tan injusta,
que se esquiven de hallar en ella quantos
tienen conciencia limitada y justa?
    »¿Carece el cíelo de poetas santos,
puesto que brote a cada passo el suelo


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