Viaje del Parnaso: 26

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Capítulo V
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes



    Oyo el señor del humido tridente
las plegarias de Apolo, y escucholas
con alma tierna y coraçon clemente.
    Hizo de ojo y dio del pie a las olas,
y, sin que lo entendiessen los poetas,
en un punto hasta el cielo levantolas.
    Y el, por ocultas vias y secretas,
se agaçapo debaxo del navio,
y usó con el de sus traydoras tretas.
    Hirio con el tridente en lo vazio
del buco, y el estomago le llena
de un copioso corriente amargo rio.
    Advertido el peligro, al aire suena
una confusa voz, la cual resulta
de otras mil que el temor forma y la pena.
    Poco a poco el baxel pobre se oculta
en las entrañas del ceruleo y cano
vientre, que tantas animas sepulta.
    Suben los llantos por el aire vano
de aquellos miserables, que suspiran
por ver su irreparable fin cercano.
    Trepan y suben por las xarcias; miran
cual del navio es el lugar mas alto,
y en el muchos se apiñan y retiran.
    La confusion, el miedo, el sobresalto
les turba los sentidos, que imaginan
que desta a la otra vida es grande el salto.
    Con ningun medio ni remedio atinan,
pero, creyendo dilatar su muerte,
algun tanto a nadar se determinan.
    Saltan muchos al mar de aquella suerte
que al charco de la orilla saltan ranas,
quando el miedo o el ruido las advierte.
    Hienden las olas del romperse canas,
menudean las piernas y los braços,
aunque enfermos estan, y ellas no sanas,
    y, en medio de tan grandes embaraços,
la vista ponen en la amada orilla,
deseosos de darla mil abraços.
    Y se yo bien que la fatal quadrilla,
antes que alli, holgara de hallarse
en el Compas famoso de Sevilla.
    Que no tienen por gusto el ahogarse
(discreta gente al parecer en esto);
pero valioles poco el esforçarse,
    que el padre de las aguas echó el resto
de su rigor, mostrandose en su carro
con rostro airado y ademan funesto.
    Quatro delfines, cada qual bizarro,
con cuerdas hechas de texidas obas
le tiraban con furia y con desgarro.
    Las ninfas en sus umidas alcobas
sienten tu rabia, ¡o vengativo nume!,
y de sus rostros la color les robas.
    El nadante poeta, que presume
llegar a la ribera defendida,
sus ayes pierde y su teson consume;
    que su corta carrera es impedida
de las agudas puntas del tridente,
entonces fiero y aspero omicida.
    Quien ha visto muchacho diligente,
que en goloso a ssi mesmo sobrepuja
(que no ay comparacion mas conveniente),
   picar en el sombrero la granuja
que el hallazgo le puso alli, o la sisa,
con punta alfileresca, o ya de aguja,
    pues no con menor gana o menor prisa,
poetas ensartava el nume airado,
con gusto infame, y con dudosa rissa.
    En carro de cristal venia sentado,
la barba luenga y llena de marisco,
con dos gruesas lampreas coronado.
    Hazian de sus barbas firme aprisco
la almeja, el morsillon, pulpo y cangrejo,
qual le suelen hazer en peña o risco.
    Era de aspecto venerable y viejo,
de verde, azul, y plata era el vestido,
robusto al parecer y de buen rejo,
    aunque, como enojado, denegrido
se mostraba en el rostro, que la saña
assi turba el color como el sentido.
    Airado contra aquellos mas se ensaña
que nadan mas, y saleles al passo,
juzgando a gloria tan cobarde hazaña.
    En esto, (¡o nuevo, y milagroso caso!,
digno de que se quente poco a poco,
y con los versos de Torcato Taso.


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