Viaje del Parnaso: 30

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Capítulo VI
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes



    De una de tres causas los ensueños
se causan, o los sueños, que este nombre
les dan los que del bien hablar son dueños:
    primera, de las cosas de que el hombre
trata mas de ordinario; la segunda,
quiere la medicina que se nombre,
    del humor que en nosotros mas abunda;
toca en revelaciones la tercera,
que en nuestro bien mas que las dos redunda.
    Dormi, y soñe, y el sueño la tercera
causa le dio principio suficiente
a mezclar el ahito y la dentera.
    Sueña el enfermo, a quien la fiebre ardiente
abrasa las entrañas, que en la boca
tiene de las que ha visto alguna fuente,
    y el labio al fugitiuo cristal toca,
y el dormido consuelo imaginado
crece el deseo, y no la sed apoca.
    Pelea el valentissimo soldado,
dormido casi al modo que despierto
se mostro en el combate fiero armado.
    Acude el tierno amante a su concierto,
y en la imaginacion dormido llega,
sin padecer borrasca, a dulce puerto.
    El coraçon el avariento entrega
en la mitad del sueño a su tesoro,
que el alma en todo tiempo no le niega.
    Yo, que siempre guardé el comun decoro
en las cosas dormidas y despiertas,
pues no soy troglodita, ni soy moro,
    de par en par del alma abri las puertas,
y dexé entrar al sueño por los ojos,
con premissas de gloria y gusto ciertas.
    Gozé durmiendo quatro mil despojos
(que los conté sin que faltasse alguno)
de gustos que acudieron a manojos.
    El tiempo, la ocasion, el oportuno
lugar correspondían al efecto,
juntos y por si solo cada uno.
    Dos horas dormi y mas a lo discreto
sin que imaginaciones ni vapores
el celebro tuviessen inquieto.
    La suelta fantasía entre mil flores
me puso de un pradillo, que exhalava
de Pancaya y Sabea los olores.
    El agradable sitio se llevava
tras si la vista, que, durmiendo, Viva
mucho mas que despierta se mostraba.
    Palpable vi... mas no se si lo escriva,
que a las cosas que tienen de impossibles
siempre mi pluma se ha mostrado esquiva;
    las que tienen vislumbre de posibles,
de dulces, de suaves y de ciertas,
esplican mis borrones apazibles.
    Nunca a disparidad abre las puertas
mi corto ingenio, y hallalas contino
de par en par la consonancia abiertas.
    ¿Cómo pueda agradar un desatino,
si no es que de proposito se haze,
mostrandole el donaire su camino?
    Que entonces la mentira satisfaze,
quando verdad parece, y está escrita
con gracia, que al discreto y simple aplaze.
    Digo, Bolviendo al quento, que infinita
gente vi discurrir por aquel llano
con algazara plazentera y grita;
    con abito decente y cortesano,
algunos a quien dio la hipocresia
vestido pobre, pero limpio y sano;
    otros, de la color que tiene el dia
quando la luz primera se aparece
entre las trenças de la aurora fria.
    La variada primavera ofrece
de sus varias colores la abundancia,
con que a la vista el gusto alegre crece.
    La prodigalidad, la exorbitancia
campean juntas por el verde prado,
con galas que descubren su ignorancia.
    En un trono, del suelo levantado,
do el arte a la materia se adelanta,
puesto que de oro y de marfil labrado,
    una donzella vi, desde la planta
del pie hasta la cabeça assi adornada,
que el verla admira y el oirla encanta.
    Estava en el con magestad sentada,
giganta al parecer en la estatura,
pero, aunque grande, bien proporcionada.
    Parecia mayor su hermosura
mirada desde lexos, y no tanto,
si de cerca se ve su compostura.
    Lleno de admiracion, colmo de espanto,
puse en ella los ojos, y vi en ella
lo que en mis versos desmayados canto.
    Yo no sabre afirmar si era donzella,
aunque he dicho que si, que, en estos casos,
la vista mas aguda se atropella.
    Son, por la mayor parte, siempre escasos
de razon los juizios maliciosos
en juzgar rotos los enteros vasos.
    Altaneros sus ojos y amorosos
se mostraban con cierta mansedumbre,
que los hazia en todo extremo hermosos.
    Ora fuese artificio, ora costumbre,
los rayos de su luz tal vez crecian,
y tal vez davan encogida lumbre.
    Dos ninfas a sus lados assistian,
de tan gentil donaire y apariencia,
que, miradas, las almas suspendian.
De la del alto trono en la presencia
desplegauan sus labios en razones,
ricas en suauidad, pobres en ciencia.
    Levantavan al cielo sus blasones,
que estavan, por ser pocos, o ningunos,
escritos del olvido en los borrones.
    Al dulce murmurar, al oportuno
razonar de las dos, la del asiento,
que en belleza jamas le igualó alguno,
    luego se puso en pie y, en un momento,
me parecio que dio con la cabeça


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