Viaje del Parnaso: 42

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Adjunta al Parnaso
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes


Algunos dias esTuve reparandome de tan largo viage, al cabo de los quales sali a ver, y a ser visto, y a recebir parabienes de mis amigos, y malas vistas de mis enemigos, que, puesto que pienso que no tengo ninguno, todavia no me asseguro de la comun suerte. Sucedio pues que, saliendo una mañana del monesterio de Atocha, se llegó a mi un mancebo, al parecer de veinte y quatro años, poco mas o menos, todo limpio, todo asseado, y todo crugiendo gorgaranes, pero con un cuello tan grande y tan almidonado, que crey que, para llevarle, fueran menester los hombros de otro Adlante. Hijos deste cuello eran dos puños chatos, que, començando de las muñecas, subian y trepauan por las canillas del braço arriba, que parecia que yuan a dar assalto a las barbas. No he visto yo yedra tan codiciosa de subir, desde el pie de la muralla, donde se arrima, hasta las almenas, como el ahinco que llevavan estos puños a ir a darse de puñadas con los codos; finalmente, la exorbitancia del cuello y puños era tal, que en el cuello se escondia y sepultaua el rostro, y en los puños los braços.

Digo, pues, que el tal mancebo se llegó a mi y, con voz grave y reposada, me dixo: «¿Es por ventura V. m. el señor Miguel de Cerbantes Saauedra, el que ha pocos dias que vino del Parnaso?» A esta pregunta creo sin duda que perdi la color del rostro, porque en un instante imaginé, y dixe entre mi: «¿Si es este alguno de los poetas que puse, o dexe de poner en mi Viage, y viene aora a darme el pago que el se imagina se me deve?» Pero, sacando fuerças de flaqueza, le respondi: «Yo, señor, soy el mesmo que V. m. dize; ¿qué es lo que se me manda?» El luego, en oyendo esto, abrio los braços, y me los echó al cuello y, sin duda, me besara en la frente, si la grandeza del cuello no lo impidiera, y dixome: «V. m., señor Cerbantes, me tenga por su seruidor y por su amigo, porque ha muchos dias que le soy muy aficionado, assi por sus obras, como por la fama de su apazible condicion.» Oyendo lo qual respiré, y los espiritus que andavan alborotados se sossegaron; y abraçandole yo tambien, con recato de no ahajarle el cuello, le dixe: «Yo no conozco a V. m. si no es para seruirle, pero por las muestras bien se me trasluze, que V. m. es muy discreto y muy principal, calidades que obligan a tener en veneracion a la persona que las tiene.»

Con estas passamos otras corteses razones, y anduvieron por alto los ofrecimientos, y de lance en lance me dixo: «V. m. sabra, señor Cerbantes, que yo, por la gracia de Apolo, soy poeta, o [a] lo menos desseo serlo, y mi nombre es Pancracio de Roncesualles.»


Mi. Nunca tal creyera si V. m. no me lo huuiera dicho por su mesma boca.

Pan. Pues ¿por qué no lo creyera V. m.?

Mi. Porque los poetas, por marauilla andan tan atildados como V. m. y es la causa que, como son de ingenio tan altaneros y remontados, antes atienden a las cosas del espiritu, que a las del cuerpo.

«Yo señor, dixo el, soy moço, soy rico, y soy enamorado: partes que deshazen en mi la floxedad que infunde la poesia. Por la mocedad, tengo brio; con la riqueza, con que mostrarle; y con el amor, con que no parecer descuydado.»

«Las tres partes del camino, le dixe yo, se tiene V. m. andadas para llegar a ser buen poeta.»

Pan. ¿Quales son?

Mi. La de la riqueza y la del amor. Porque los partos (de los partos) de la persona rica y enamorada, son assombros de la auaricia y estimulos de la liberalidad, y en el poeta pobre, la mitad de sus divinos partos y pensamientos se los llevan los cuydados de buscar el ordinario sustento. Pero dexeme V. m., por su vida, ¿de qué suerte de menestra poetica gasta o gusta mas?


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