Viaje del Parnaso (Versión para imprimir)

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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes


Salió a luz el Viage del Parnaso (ya escrito en 1613) en Madrid, el año 1614, después de las Novelas. Hay dos series de ejemplares de esta primera edición: los unos, como el que reproducimos; otros, que carecen del soneto del autor a su pluma. «Cotejados -dice Rius1- los ejemplares de las dos impresiones, se nota que ambas tienen iguales reclamos so y el en las páginas antepenúltima y penúltima de dichos preliminares, lo cual prueba que, después de una primera tirada de un cierto número de ejemplares, Cervantes o el impresor, por ajenos respetos (lo cual no se sabe), quitaron el soneto, sin cuidarse de cambiar la hoja, la cual quedó con el reclamo el, y la anterior con el reclamo so.» No son estas las únicas diferencias que pueden notarse entre los varios ejemplares conocidos de la primera edición del Viage. El lector verá apuntadas por nosotros, más adelante, algunas de aquéllas. Reproducimos uno de los ejemplares completos, siguiendo el mismo procedimiento que el adoptado en los demás tomos de la presente colección; es a saber: conservando la ortografía; rectificando la puntuación, así como el uso de las mayúsculas; incluyendo entre corchetes ([ ]) nuestras adiciones; encerrando entre paréntesis ( ) las letras o palabras que consideramos superfluas; y realizando, desde luego, todas las enmiendas recomendadas por el corrector de la primera edición en su Fe de erratas.

***

No fue enteramente original de Cervantes la idea de su Viage. Él mismo cita, en el primer capítulo, a «un quidam Caporal italiano», ya mencionado en el Prólogo de las Novelas exemplares, y que no es otro sino Cesare Caporali, de Perusa, cuyo Viaggio in Parnaso se había publicado en 1582. Pero, como ha hecho notar Benedetto Croce, ambos libros difieren bastante, aparte de ser el de Cervantes seis veces más extenso que el de su modelo italiano. Caporali monta en una mula y se dirige al Parnaso, donde logra internarse, merced a una recomendación del Cardenal Fernando de Médicis. Encuéntrase con ilustres poetas italianos, con quienes habla; pero un deshonesto ataque del caballo Pegaso a la mula del poeta, obliga a éste a correr en seguimiento de su fugitiva cabalgadura, con lo cual se halla fuera del Parnaso. El citado Croce advierte que el argumento del Viage cervantino, más que en el Viaggio de Caporali, se inspira en un apéndice de la obra de este último, titulado Avvisi di Parnaso, donde se cuentan los preparativos que Apolo hace para emprender una lucha con los ignorantes. De todos modos, Cervantes no traduce a Caporali; ni siquiera le imita, sino en muy contados casos (como en la descripción de la galera de Mercurio, semejante a la del palacio del Parnaso; en el itinerario marítimo, algo modificado en Cervantes, y en la pintura de la mula). Pero Cervantes tenía otros predecesores en la misma España: recuérdese el Viage de Sannio (1585) de Juan de la Cueva, donde el poeta Sannio, guiado por la Virtud, asciende al Cielo para ver a Júpiter y pedirle el remedio de sus necesidades, siendo rechazado por los dioses, a quienes insulta, y acabando por ser recibido y examinado por Apolo en cosas de Poesía, después de lo cual Sannio es castigado por el desacato que tuvo a los dioses, y la Virtud, para consolarle, le lleva a presencia de Betis, «adonde ve algunos de sus insignes poetas», y es galardonado su mérito con magníficos dones. A las quejas de Sannio, «viéndose pobre, viejo i afligido», no dejan de asemejarse las que Cervantes expone en su Viage, considerando su personal situación. Dos romances hay también en el Coro febeo, de Juan de la Cueva (1587), que pueden figurar entre los precedentes inmediatos del Viage del Parnaso. En uno de ellos,



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«Huyendo va la Poesía,
despavorida y temblando,
de una chusma de poetas
que caça le ivan dando».




Quieren, en efecto, que les otorgue sus favores,


«y con esto, y tu influencia,
subiremos al Parnaso,
y, en medio de sus dos puntas,
nos veremos assentados,
y en la fuente Cabalina
mojar podremos los labios»;




y la Poesía, para librarse de su asedio, les da licencia


«para montar a Pegaso,
y que os coroneis las sienes
de pámpanos y naranjo».





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En otro romance (fol. 316 v.), habla Cueva de «cómo los poetas conquistaron el Parnaso y lo ganaron, y Apolo y las Musas huyeron del».

Si todavía se pretendiese hallar otros precedentes españoles más antiguos, no sería difícil dar con ellos en las visiones literarias del Marqués de Santillana, como El Infierno de los enamorados o El Triunphete de Amor.

***

Pero, si el punto de partida de Cervantes fue bien definido: la lucha de Apolo y su cohorte de buenos poetas, contra los malos cultivadores de la Poesía, el desarrollo y la conclusión distan mucho de corresponder al principio. Él quiso hacer (diríamos, empleando símiles más modernos) una combinación de la Derrota de los pedantes con el Laurel de Apolo; pero ni su genio era hondamente satírico, como el de Quevedo, ni su crítica literaria estaba bastante afinada para trazar las características de los personajes a quienes loa. De ahí la monotonía del relato (muy semejante a la del Canto de Calíope); de ahí la indecisión del plan; de ahí las frases hechas de sus elogios, y la falta de orden de sus enumeraciones, donde los nombres parecen arrastrados muchas veces por la exigencia de la rima y no por el deliberado propósito del autor. Rey de Artieda es «magno», y nada más ni menos; Enciso, «claro honor de Manzanares»; Casanate, «poeta insigne de mayor cuantía»; Cristóbal de Mesa, «trasunto de Apolo»; Juan Antonio de Herrera, «docto»; Don Juan Bateo, «bravo irlandés»; el abad Maluenda, de «grave aspecto»; Góngora, «tiene de escribir la llave»; Juan de Ochoa, «poeta y cristiano verdadero»; Godínez, «florido ingenio»; Miguel Cid, «poeta santo»; Villamediana, «famoso»; Lope de Vega, «poeta insigne» (como Casanate)... y así los demás, con raras excepciones. Grandes y chicos, viejos y jóvenes, eclesiásticos y seglares, historiadores y jurisconsultos, médicos y gramáticos, guerreros y poetas, todos andan mezclados, como en ensalada, sin que alcancemos a comprender, en la mayoría de los casos, en qué consista el peculiar mérito de ninguno. Las excepciones son contadísimas: Góngora, Quevedo, los Argensolas, Vélez de Guevara, figuran, por ciertos conceptos, entre aquéllas; los demás poetas mencionados en el Viage, tienen en los tercetos del poema la misma representación que la que ostentarían en una mera lista de nombres propios. Añádese a esto la poca maña del catalogador, el cual, careciendo de los recursos poéticos de un Lope, para dar variedad y encanto al inventario, recurre a la inaguantable repetición del pronombre demostrativo: en solas tres páginas (28, 29 y 30), figura 21 veces «este», como primera palabra para presentar a un nuevo soldado de la armada poética.

Cervantes mismo debió de percatarse de lo deshilvanado de la traza: el Sueño se apodera de él (como, sin duda, de sus lectores) y le transporta a las fiestas de Nápoles. Desde allí, sin saber cómo, llega a Madrid, y el poema acaba sin que nos hayamos dado cuenta de su verdadera finalidad. Hay en él, no obstante, admirables tercetos, y en especial aquellos en que Cervantes nos descubre su alma, y con sincero y legítimo orgullo habla de sus mejores producciones. La Adjunta al Parnaso es un apéndice encantador, y en algún sentido vale más que el poema. En aquélla, Cervantes se encuentra en su elemento, haciendo gala de su hermoso y discretísimo «romance»; en el poema, no puede ocultar su lucha con las dificultades de la rima.

No faltan reminiscencias clásicas en el Viage del Parnaso: Virgilio (en la traducción de Gregorio Hernández de Velasco), Homero (en la versión de la Vlyxea por el Secretario Gonzalo Pérez) y Horacio (en la de Villén de Biedma), suministran a Cervantes alusiones mitológicas (como las relativas a los montes Acroceraunios, a la morada de Alcinoo y al paso del estrecho) y aun epítetos y frases (como las referentes a Eneas en el cap. III). Y es de notar que, en el terreno literario, se permite Cervantes libertades análogas a las que Velázquez usó en pintura: Venus, con saya y verdugado, parécese al Marte con morrión del gran artista sevillano. En ambos casos hay briznas de ironía, que demuestran la transformación de los valores clásicos.

***

Tres eruditos realizaron, años hace, la ímproba tarea de anotar el Viage: Cayetano Alberto de la Barrera, en el tomo XII (Madrid, 1864) de la edición de las Obras completas cervantinas, impresa por Rivadeneyra; J. M. Guardia, en su versión francesa del poema, publicada en París, en la misma fecha de 1864; y James Y. Gibson, que en 1883 (London), publicó una deliciosa versión inglesa del Viage, con muy discretas notas. El que se haga cargo del número e importancia de los trabajos bibliográficos publicados en los últimos años y de que no pudieron disfrutar aquellos beneméritos investigadores, comprenderá el extraordinario valor de sus esfuerzos, y se sentirá inclinado a disculpar deficiencias, de las que ningún humano se exceptúa. Nosotros nos hemos aprovechado de sus trabajos, rectificándolos cuando hemos podido, y guardándonos bien de puntualizar los errores en que incurrieron (tarea tan fácil como innecesaria). Al lector le importa la exactitud; pero le enfada malgastar el tiempo en leer listas de equivocaciones. Sin ellas, no hubiésemos dado, en hartos casos, con la verdad; y es vanidad ridícula, y aun irritante injusticia, deleitarse en señalar los descarríos de «honrados varones», cuando, gracias a ellos, nos hemos ahorrado pasos inútiles en el áspero camino de la investigación literaria.

Madrid, abril de 1922.


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Licencia

Por comission y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro contenido en este memorial. No tiene cosa contra la Fê ni buenas costumbres; es libro curioso, y se puede imprimir. Fecho en Madrid, a 16 de setiembre de 1614.

El Doctor Gutierre de Cetina.


Licencia

Por mandado y comission de los señores del Consejo, he visto El viage del Parnaso, de Miguel de Ceruantes Saauedra, y despues de no tener cosa contra lo que tiene y enseña nuestra santa Fê catolica ni buenas costumbres, tiene muchas, muy apazibles y entretenidas, y muy conformes a las que del mismo autor honran la nacion y celebra el mundo. Este es mi parecer, saluo, &c. En Madrid a 20 de setiembre, 1614.

El Maestro Ioseph de Valdiuielso


Privilegio

Por quanto por parte de vos, Miguel de Ceruantes Saauedra, nos fue fecha relacion que auiades compuesto un libro intitulado Viage del Parnaso, de que haziades presentacion, y porque os auia costado algun trabajo, y ser curioso y deleytable, nos suplicasteys vos mandassemos dar licencia para le imprimir y Privilegio por veynte años, o como la nuestra merced fuesse: lo qual, visto por los del nuestro Consejo, por quanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la prematica por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado, que deviamos de mandar dar esta nuestra cedula en la dicha razon, y nos tuuimoslo por bien. Por la qual vos damos licencia y facultad para que por tiempo y espacio de seys años cumplidos primeros siguientes, que corran y se quenten desde el dia de la fecha desta nuestra cedula en adelante, vos, o la persona que para ello vuestro poder huviere, y no otra alguna, podays imprimir y vender el dicho libro, que de suso se haze mencion. Y por la presente damos licencia y facultad a qualquier impressor de nuestros Reynos que nombraredes, para que durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro Consejo se vio, que va rubricado, y firmado al fin de Hernando de Vallejo, nuestro escrivano de Camara y uno de los que en el residen: con que antes y primero que se venda lo traygays ante ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea si la dicha impression está conforme a el, o traygays fee en publica forma, cómo por corretor por nos nombrado se vio y corrigio la dicha impression por el dicho original. Y mandamos al dicho impressor que ansi imprimiere el dicho libro, no imprima el principio y primer pliego del, ni entregue mas de un solo libro con el original al autor y persona a cuya costa lo imprimiere, ni a otro alguno, para efeto de la dicha correcion y tassa, hasta que antes y primero el dicho libro estè corregido y tassado por los del nuestro Consejo: y estando echo, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en lo qual inmediatamente ponga esta nuestra licencia, y la aprouacion, tassa, y erratas; ni lo podays vender, ni vendays, vos ni otra persona alguna, hasta que esté el dicho libro en la forma suso dicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la dicha prematica, y leyes de nuestros Reynos, que sobre ello disponen: y mandamos que, durante el dicho tiempo, persona alguna sin vuestra licencia no le pueda imprimir, ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere aya perdido y pierda qualesquiera libros, moldes y aparejos que del tuuiere, y mas incurra en pena de cinquenta mil marauedis por cada vez que lo contrario hiziere, de la qual dicha pena sea la tercera parte para nuestra Camara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo denunciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidente y Oydores de las nuestras Audiencias, Alcaldes, Alguaziles de la nuestra Casa y Corte, y Chancillerias, y otras qualesquiera justicias de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros Reynos y señorios, y a cada uno en su jurisdicion, ansi a los que agora son como a los que seran de aqui adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cedula y merced que assi vos hazemos, y contra ella no vayan ni passen, ni consientan yr ni passar en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil marauedis para la nuestra Camara. Fecha en Ventosilla, a diez y ocho dias del mes de Otubre, de mil y seyscientos y catorze años.

YO EL REY.

Por mandado del Rey nuestro Señor.

Jorge de Tovar.


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Tassa
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Yo, Hernando de Vallejo, escrivano de Camara del Rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo, doy Fe, que aviendose visto por los señores dél un libro que compuso Miguel de Cervantes Saauedra, intitulado Viage del Parnaso, que con su licencia fue impresso, le tassaron a quatro maravedis el pliego: el qual tiene onze pliegos, que al dicho respeto suma y monta quarenta y quatro marauedís cada volumen en papel: y mandaron que a este precio se aya de vender y venda, y no a mas, y que esta tassa se ponga al principio de cada volumen del dicho libro, para que por el se sepa y entienda lo que se ha de pedir y llevar, sin que se aya de exceder, ni exceda della en manera alguna. Y para que dello conste, de pedimiento del dicho Miguel de Cervantes, y mandamiento de los dichos señores del Consejo, di la presente en la villa de Madrid, a diez y siete dias del mes de noviembre, de mil y seyscientos y catorze años.

Hernando de Vallejo.


Este libro, intitulado Viage del Parnaso, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, con estas erratas corresponde con su original. Dada en Madrid, a diez dias del mes de noviembre de 1614.

El Licenciado Murcia de la Llana.


Dedicatoria

Dirijo a V. m. este viaje que hize al Parnaso, que no desdize a su edad florida, ni a sus loables y estudiosos exercicios. Si V. m. le hace el acogimiento que yo espero de su condicion ilustre, él quedarà famoso en el mundo, y mis desseos premiados. Nuestro Señor, &c.

Miguel de Cervantes Saauedra.


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Prólogo al lector
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Si por ventura, lector curioso, eres poeta, y llegare a tus manos (aunque pecadoras) este Viage, si te hallares en él escrito, y notado entre los buenos poetas, da gracias a Apolo por la merced que te hizo, y, si no te hallares, tambien se las puedes dar. Y Dios te guarde.


D. Augustini de Casanate Rojas


EPIGRAMMA

Excute caeruleum, proles Saturnia, tergum,
verbera quadrigae sentiat alma Tetis.
Agmen Apollineum, noua sacri iniuria ponti,
carmineis ratibus, per freta tendit iter.
Proteus aequoreas pecudes, modulamina Triton, 5
monstra cauos latices obstupefacta sinunt.
At caueas tantae torquent quae mollis habenas,
carmina si excipias nulla tridentis opes.
Hesperijs Michael claros conduxit ab oris,
in pelagus vates. Delphica castra petit. 10
Imô age, pone metus, medijs subsiste carinis,
Parnasi in littus vela secunda gere.

   


El autor a su pluma

SONETO


Pues veys que no me han dado algun soneto,
que ilustre deste libro la portada,
venid vos, pluma mia mal cortada,
y hazedle, aunque carezca de discreto.



Hareys que escuse el temerarío aprieto 5
de andar de una en otra encruzijada,
mendigando alabanças, escusada
fatiga e impertinente, yo os prometo.



Todo soneto y rima alla se auenga,
y adorne los vmbrales de los buenos, 10
aunque la adulacion es de ruyn casta.



Y dadme vos que este Viage tenga
de sal un panezillo por lo menos,
que yo os le marco por vendible, y basta.




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Capítulo I
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    Un quidam Caporal italiano,
de patria perusino (a lo que entiendo),
de ingenio griego, y de valor romano,
    llevado de un capricho reuerendo,
le vino en voluntad de yr a Parnaso,
por huyr de la corte el varío estruendo.
    Solo, y a pie, partiose, y, passo a passo,
llegó donde compró una mula antigua,
de color parda y tartamudo passo.
    Nunca a medroso parecio estantigua
mayor, ni menos buena para carga,
grande en los huessos, y en la fuerça exigua,
    corta de vista, aunque de cola larga,
estrecha en los hijares, y, en el cuero,
mas dura que lo son los de una adarga.
    Era de ingenio cabalmente entero;
caía en qualquíer cosa facílmente,
assi en abril, como en el mes de enero.
    En fin, sobre ella el poeton valiente
llegó al Parnaso, y fue del rubio Apolo
agasajado con serena frente.
    Conto quando Bolvio el poeta, solo
y sin blanca, a su patria, lo que en buelo
llevó la fama deste al otro polo.
    Yo, que siempre trabaxo y me desuelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo,
    quisiera despachar a la estafeta
mi alma, o por los ayres, y ponella
sobre las cumbres del nombrado Oeta;
    pues, descubriendo desde alli la bella
corriente de Aganipe, en un saltico
pudiera el labio remojar en ella,
    y quedar del licor, suave y rico,
el pancho lleno, y ser de alli adelante
poeta ilustre, o al menos magnifico.
    Mas mil inconuenientes al instante
se me ofrecieron, y quedó el desseo
en cierne, desualido e ignorante,
    porque [en] la piedra que en mis ombros veo,
que la fortuna me cargó pesada,
mis mal logradas esperanças leo.
    Las muchas leguas de la gran jornada
se me representaron, que pudieran
torzer la voluntad aficionada,
    si en aquel mesmo instante no acudieran
los humos de la fama a socorrerme,
y corto y facil el camino hizieran.
    Dixe entre mi: si yo viniesse a verme
en la dificil cumbre deste monte,
y una guirnalda de laurel ponerme,
    no embidiaría el bien dezir de Aponte,
ni del muerto Galarza la agudeza,
en manos blando, en lengua Rodomonte.
    Mas como de un error otro se empieça,
creyendo a mi desseo, di al camino
los pies, porque di al viento la cabeça.
    En fin, sobre las ancas del destino,
llevando a la eleccion puesta en la silla,
hazer el gran viage determino.
    Si esta caualgadura marauilla,
sepa, el que no lo sabe, que se vsa
por todo el mundo, no solo en Castilla.
    Ninguno tiene, o puede dar escusa
de no oprimir desta gran bestía el lomo,
ni mortal caminante lo reusa.
    Suele tal vez ser tan ligera como
va por el ayre el aguila o saeta,
y tal vez anda con los pies de plomo.
    Pero, para la carga de un poeta,
siempre ligera, qualquier bestía puede
llevarla, pues carece de maleta;
    que es caso ya infalible que, aunque herede
riquezas un poeta, en poder suyo,
no aumentarlas, perderlas le sucede.
    Desta verdad ser la ocasion arguyo,
que tu, ¡o gran padre Apolo!, les infundes
en sus intentos el intento tuyo,
    y, como no le mezclas ni confundes
en cosas de agibílibus rateras,
ni en el mar de ganancia vil le hundes,
   ellos, o traten burlas, o sean veras,
sin aspirar a la ganancia en cosa,
sobre el conuexo van de las esferas,
    pintando en la palestra rigurosa
las acciones de Marte, o entre (las) flores
las de Venus mas blanda y amorosa,


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Capítulo I
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    llorando guerras, o cantando amores,
la vida como en sueño se les passa,
o como suele el tiempo a jugadores.
    Son hechos los poetas de una massa
dulce, suave, correosa y tierna,
y amiga del hogar de agena casa.
    El poeta mas cuerdo se govierna
por su antojo valdio y regalado,
de traças lleno y de ignorancia eterna.
    Absorto en sus quimeras, y admirado
de sus mismas acciones, no procura
llegar a rico, como a honroso estado.
    Vayan pues los leyentes con letura,
qual dize el vulgo mal limado y bronco,
que yo soy un poeta desta hechura,
    cisne en las canas, y en la voz un ronco
y negro cueruo, sin que el tiempo pueda
desbastar de mi ingenio el duro tronco;
    y que en la cumbre de la varia rueda
iamas me pude ver solo un momento,
pues, quando subir quiero, se está queda.
    Pero, por ver si un alto pensamiento
se puede prometer feliz sucesso,
segui el viaje a passo tardo y lento.
    Un candeal con ocho mís de queso,
fue en mis alforjas mi reposteria,
vtil al que camina y leve peso.
    «A Dios, dixe a la humilde choça mía,
a Dios Madrid, a Dios tu Prado y fuentes,
que manan nectar, llueuen ambrosia.
    »A Dios, conuersaciones sufícientes
a entretener un pecho cuydadoso,
y a dos mil desualidos pretendientes.
    »A Dios, sitio agradable y mentiroso,
do fueron dos gigantes abrassados
con el rayo de Iupiter fogoso.
    »A Dios, teatros publicos, honrados
por la ignorancia, que ensalzada veo
en cien mil disparates recitados.
   »A Dios, de San Felipe el gran passeo,
donde si baxa o sube el turco galgo,
como en gazeta de Venecia leo.
    »A Dios, hambre sotil de algun hidalgo,
que, por no verme ante tus puertas muerto,
oy de mi patria y de mi mismo salgo.»
    Con esto, poco a poco llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto.
    A cuyo claro y sin ygual renombre
se postran quantos puertos el mar baña,
descubre el sol y a navegado el hombre.
    Arrojose mi vista a la campaña
rasa del mar, que truxo a mi memoria
del heroyco don Iuan la heroyca hazaña,
    donde, con alta de soldados gloria,
y con propio valor y ayrado pecho,
Tuve, aunque humilde, parte en la vitoria.
    Alli, con rabia y con mortal despecho,
el otomano orgullo vio su brio
hollado y reduzido a pobre estrecho.
    Lleno, pues, de esperanças, y vazio
de temor, busqué luego una fragata
que efetuasse el alto intento mio,
    quando por la, aunque azul, liquida plata,
vi venir un baxel a vela y remo,
que tomar tierra en el gran puerto trata,
    del mas gallardo y mas vistoso estremo
de quantos las espaldas de Neptuno
oprimieron jamas, ni mas supremo.
    Qual este, nunca vio baxel alguno
el mar, ni pudo verse en el armada
que destruyó la vengatiua Iuno.
    No fue del vellozino a la jornada
Argos tan bien compuesta y tan pomposa,
ni de tantas riquezas adornada.
    Quando entraua en el puerto la hermosa
aurora por las puertas del oriente,
salia en trença blanda y amorosa.
    Oyose un estampido de repente,
haziendo salva la real galera,
que despertó y alborotó la gente.
    El son de los clarines, la ribera
llenaua de dulcissima armonia,
y el de la chusma alegre y placentera.
    Entrauanse las horas por el dia,
a cuya luz, con distincion mas clara,
se vio del gran baxel la bizarria.
    Ancoras echa, y en el puerto para,
y arroja un ancho esquife al mar tranquilo,
con musica, con grita y algaçara.
    Vsan los marineros de su estilo;
cubren la popa con tapetes tales,
que es oro y sirgo de su trama el hilo.
    Tocan de la ribera los umbrales,
sale del rico esquife un cavallero,
en ombros de otros quatro principales.


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Capítulo I
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    En cuyo trage y ademan seuero,
vi de Mercurio al vivo la figura,
de los fingidos dioses mensagero.
    En el gallardo talle y compostura,
en los alados pies y el caduzeo,
simbolo de prudencia y de cordura,
    digo que al mismo paraninfo veo
que truxo mentirosas embaxadas
a la tierra del alto Coliseo.
    Vile, y a penas puso las aladas
plantas en las arenas, venturosas
por verse de divinos pies tocadas,
    quando yo, reBolviendo cien mil cosas
en la imaginacion, llegué a postrarme
ante las plantas por adorno hermosas.
    Mandome el dios parlero luego alçarme,
y, con medidos versos y sonantes,
desta manera començo a hablarme:
    «¡O Adan de los poetas, o Cervantes!
¿que alforjas y que traje es este, amigo,
que assi muestra discursos ignorantes?»
    Yo, respondiendo a su demanda, digo:
«señor, voy al Parnaso, y, como pobre,
con este aliño mi jornada sigo.»
    Y el a mi dixo: «¡o sobre humano y sobre
espiritu cilenio levantado!
¡toda abundancia y todo honor te sobre!
    »Que, en fin, has respondido a ser soldado
antiguo y valeroso, qual lo muestra
la mano de que estas estropeado.
    »Bien se que en la Naual dura palestra
perdiste el mouimiento de la mano
yzquierda, para gloria de la diestra.
    »Y se que aquel instinto sobre humano,
que de raro inuentor tu pecho encierra,
no te le ha dado el padre Apolo en vano.
    »Tus obras los rincones de la tierra,
llevandola[s] en grupa Rozinante,
descubren, y a la embidia mueuen guerra.
    »Passa, raro inuentor, passa adelante
con tu sotil disinio, y presta ayuda
a Apolo, que la tuya es importante,
    »antes que el esquadron vulgar acuda
de mas de veynte mil sietemesinos
poetas, que de serlo estan en duda.
    »Llenas van ya las sendas y caminos
desta canalla inutil contra el monte,
que aun de estar a su sombra no son dignos.
    »Armate de tus versos luego, y ponte
a punto de seguir este viage
conmigo, y a la gran obra disponte.
    »Conmigo, segurissimo passage
tendras, sin que te enpaches, ni procures
lo que suelen llamar matalotage.
    »Y por que esta verdad que digo apures,
entra conmigo en mi galera, y mira
cosas con que te assombres y assegures.»
    Yo, aunque pense que todo era mentira,
entré con el en la galera hermosa,
y vi lo que pensar en ello admira.
    De la quilla a la gavia, ¡o extraña cosa!,
toda de versos era fabricada,
sin que se entremetiesse alguna prosa.
    Las ballesteras eran de ensalada
de glossas, todas hechas a la boda
de la que se llamó mal maridada.
    Era la chusma de romances toda,
gente atrevida, enpero necessaria,
pues a todas acciones se acomoda.
    La popa, de materia estraordinaria,
bastarda, y de legitimos sonetos,
de labor peregrina en todo y varia.
    Eran dos valentissimos tercetos
los espalderes de la yzquierda y diestra,
para dar boga larga muy perfectos.
    Hecha ser la cruxia se me muestra
de una luenga y tristissima elegia,
que no en cantar, sino en llorar es diestra.
    Por esta entiendo yo que se diría
lo que suele dezirse a un desdichado
quando lo passa mal: «passó cruxia.»
    El arbol, hasta el cielo levantado,
de una dura cancion prolixa estava
de canto de seys dedos embreado.
    El y la entena, que por el cruzaua,
de duros estrambotes la madera
de que eran hechos claro se mostraba.
   La racamenta, que es siempre parlera,
toda la componian redondillas,
con que ella se mostraba mas ligera.
    Las xarcias parecian seguidillas,
de disparates mil y mas compuestas,
que suelen en el alma hazer cosquillas.
    Las rumbadas fortissimas y honestas
estancias, eran tablas poderosas,
que llevan un poema y otro a cuestas.


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Capítulo I
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    Era cosa de ver las bulliciosas
vanderillas que al ayre tremolavan
de varias rimas, algo licenciosas.
    Los grumetes que aqui y alli cruzavan,
de encadenados versos parecian,
puesto que como libres trabaxaban.
    Todas las obras muertas componian,
o versos sueltos, o sestinas graves,
que a la galera mas gallarda hazian.
    En fin, con modos blandos y suaves,
viendo Mercurio que yo visto auia
el baxel, que es razon, lector, que alabes,
    junto a si me sento, y su voz embia
a mis oydos, en razones claras,
y llenas de suauissima armonia,
    diziendo: «entre las cosas que son raras
y nuevas en el mundo, y peregrinas,
veras, si en ello adviertes y reparas,
    »que es una este baxel de las mas dignas
de admiracion, que llegue a ser espanto
a naciones remotas y vezinas.
    »No le formaron maquinas de encanto,
sino el ingenio del divino Apolo,
que puede, quiere, y llega y sube a tanto.
    »Formole, ¡o nuevo caso!, para solo
que yo llevasse en el quantos poetas
ay desde el claro Tajo hasta Pactolo.
    »De Malta el gran Maestre, a quien secretas
espias dan aviso que en oriente
se aperciben las barbaras saetas,
    »teme, y embia a conuocar la gente
que sella con la blanca cruz el pecho,
porque en su fuerça su valor se aumente;
    »a cuya imitacion Apolo ha hecho
que los famosos vates al Parnaso
acudan, que está puesto en duro estrecho.
    »Yo, condolido del doliente caso,
en el ligero casco, ya instruydo
de lo que he de hazer, aguijo el passo.
    »De Italia las riberas he barrido,
he visto las de Francia y no tocado,
por venir solo a España dirigido.
    »Aqui, con dulce y con felice agrado,
hara fin mi camino a lo que creo,
y sere facilmente despachado.
    »Tu, aunque en tus canas tu pereza veo,
seras el paraninfo de mi assumpto
y el solicitador de mi desseo.
    »Parte, y no te detengas solo un punto,
y, a los que en esta lista van escritos,
diras de Apolo quanto aqui yo apunto.»
    Sacó un papel, y en el casi infinitos
nombres vi de poetas, en que auia
yangueses, vizcaynos, y coritos.
    Alli famosos vi de Andaluzia,
y entre los castellanos vi unos hombres
en quien viue de assiento la poesia.
    Dixo Mercurio: «quiero que me nombres
desta turba gentil, pues tu lo sabes,
la alteza de su ingenio con los nombres.»
    Yo respondi: «de los que son mas graves
dire lo que supiere, por mouerte
a que ante Apolo su valor alabes.»
El escuchó, yo dixe desta suerte:


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Capítulo II
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    Colgado estava de mi antigua boca
el dios hablante, pero entonces mudo
(que, al que escucha, el guardar silencio toca),
    quando di de improviso un estornudo,
y, haziendo cruzes por el mal aguero,
del gran Mercurio al mandamiento acudo.
    Miré la lista, y vi que era el primero
el licenciado Juan de Ochoa amigo,
por poeta y christiano verdadero.
    Deste varon en su alabança dígo,
que puede azelerar y dar la muerte
con su claro discurso al enemigo,
    y que, si no se aparta y se divierte
su ingenio en la gramatica española,
sera de Apolo sin igual la suerte,
    pues de su poesia al mundo sola,
puede esperar poner el pie en la cumbre
de la inconstante rueda o varia bola.
    Este que de los comicos es lumbre,
que el licenciado Poyo es su apellido,
no hay nuve que a su sol claro deslumbre;
    pero, como está siempre entretenido
en traças, en quimeras e invenciones,
no ha de acudir a este marcial ruydo.
    Este que en lista por tercero pones,
que Hipolito se llama de Vergara,
si llevarle al Parnaso te dispones,
    haz quenta que en el llevas una xara,
una saeta, un arcabuz, un rayo,
que contra la ignorancia se dispara.
    Este que tiene como mes de mayo
florido ingenio, y que comiença aora
a hazer de sus comedias nuevo ensayo,
    Godinezes; y estotro que enamora
las almas con sus versos regalados,
quando de amor ternezas canta, o llora,
    es uno que valdra por mil soldados,
quando a la estraña y nunca vista empressa
fueren los escogidos y llamados;
    digo que es don Francisco, el que professa
las armas y las letras, con tal nombre,
que por su igual Apolo le confíessa.
    Es de Calatayud su sobrenombre;
con esto queda dicho todo quanto
puedo dezir con que a la ínvidia assombre.
    Este que sigue es un poeta santo,
digo famoso, Miguel Cid se llama,
que al coro de las musas pone espanto.
    Estotro que sus versos encarama
sobre los mismos ombros de Calisto,
tan celebrado siempre de la fama,
    es aquel agradable, aquel bien quisto,
aquel agudo, aquel sonoro y grave
sobre quantos poetas Febo ha visto,
   aquel que tiene de escrivir la llave,
con gracia y agudeza en tanto estremo,
que su ygual en el orbe no se sabe;
    es don Luys de Gongora, a quien temo
agraviar en mis cortas alabanças,
aunque las suba al grado mas supremo.
    ¡O tu, divino espiritu, que alcanças
ya el premio merecido a tus desseos,
y a tus bien colocadas esperanças,
    ya en nuevos y justissimos empleos,
divino Herrera, tu caudal se aplica,
aspirando del cielo a los trofeos!
    Ya de tu hermosa Luz, y clara y rica,
el bello resplandor miras seguro,
en la que [el] alma tuya beatifica;
    y arrimada tu yedra al fuerte muro
de la inmortalidad, no estimas quanto
mora en las sombras deste mundo escuro.
    Y tu, don Iuan de Xaurigui, que a tanto
el sabio curso de tu pluma aspira,
que sobre las esferas le levanto,
    aunque Lucano por tu voz respira,
dexale un rato y, con piadosos ojos,
a la necessidad de Apolo míra,
    que te estan esperando mil despojos
de otros mil atrevidos, que procuran
fertíles campos ser, siendo rastrojos.
    Y tu, por quien las musas asseguran
su partido, don Felix Arias, siente
que por su gentileza te conjuran
    y ruegan que defiendas desta gente
non sancta su hermosura, y de Aganipe
y de Hipocrene la inmortal corriente.


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Capítulo II
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    ¿Consentiras tu a dicha participe
del licor suavissimo un poeta
que al hazer de sus versos sude y hipe?
    No lo consentiras, pues tu discreta
vena, abundante y rica, no permite
cosa que sombra tenga de imperfecta.
    Señor: este que aqui viene se quite,
dixe a Mercurio, que es un chacho necio,
que juega y es de satiras su embite.
    Este si que podras tener en precio,
que es Alonso de Salas Barbadillo,
a quíen me inclino, y sin medida aprecio.

    Este que viene aqui, si he de dezirlo,
no ay para que le embarques, y assi puedes
borrarle. Dixo el dios: «gusto de oillo.»
    Es un cierto rapaz que a Ganimedes
quiere imitar, vistiendose a lo godo,
y assi aconsejo que sin el te quedes.
    No lo haras con este desse modo,
que es el gran Luis Cabrera, que, pequeño,
todo lo alcança, pues lo sabe todo.
    Es de la historia conocido dueño,
y en discursos discretos tan discreto,
que a Tacito veras si te le enseño.
    Este que viene, es un galan, sugeto
de la varia fortuna a los baibenes,
y del mudable tiempo al duro aprieto;
    un tiempo rico de caducos bienes,
y aora de los firmes e inmudables
mas rico, a tu mandar firme le tienes.
    Pueden los altos riscos siempre estables
ser tocados del mar, mas no movidos

de sus ondas en cursos variables;
    ni menos a la tierra trae rendidos
los altos cedros Boreas, quando airado
quiere humillar los mas fortalecidos.

    Y este que vivo exemplo nos ha dado
desta verdad con tal filosofia,
don Lorenço Ramirez es de Prado.
    Deste que se le sigue aqui, diria
que es don Antonio de Monrroy, que veo
en ello que es ingenio y cortesia;
    satisfacion al mas alto desseo,
puede dar de valor heroyco y ciencia,
pues mil descubro en el, y otras mil creo.
    Este es un cavallero de presencia
agradable, y que tiene de Torcato
el alma sin alguna diferencia;
    de don Antonio de Paredes trato,
a quien dieron las Musas sus amigas,
en tierna edad, anciano ingenio y trato.
    Este que por llevarle te fatigas,
es don Antonio de Mendoça y veo
quanto en llevarle al sacro Apolo obligas.
    Este que de las Musas es recreo,
la gracia, y el donayre y la cordura,
que de la discrecion lleva el trofeo,
    es Pedro de Morales, propria hechura
del gusto cortesano, y es asilo
adonde se repara mi ventura.

    Este, aunque tiene parte de Zoylo,
es el grande Espinel, que en la guitarra
tiene la prima, y en el raro estilo.
    Este, que tanto alla tira la barra,

que las cumbres se dexa atras de Pindo,
que jura, que vozea, y que desgarra,
    tiene mas de poeta que de lindo,
y es Iusepe de Vargas, cuyo astuto
ingenio y rara condicion deslindo.
    Este, a quien pueden dar justo tributo
la gala, y el ingenio que mas pueda
ofrecer a las musas flor y fruto,
    es el famoso Andres de Balmaseda,
de cuyo grave y dulce entendimiento
el magno Apolo satisfecho queda.
    Este es Enciso, gloria y ornamento
del Tajo, y claro honor de Mançanares,
que con tal hijo aumenta su contento.
    Este, que es escogido entre millares,
de Gueuara Luis Velez es el bravo,
que se puede llamar quitapesares;
    es poeta gigante, en quien alavo
el verso numeroso, el peregrino
ingenio, si un Gnaton nos pinta, o un Dauo.

    Este es don Iuan de España, que es mas digno
de alabanças divinas que de humanas,
pues en todos sus versos es divino.
    Este por quien de Lugo estan ufanas
las musas, es Silveyra, aquel famoso,
que por llevarle con razon te afanas.
    Este que se le sigue, es el curioso
gran don Pedro de Herrera, conocido
por de ingenio elevado en punto honroso.
    Este, que de la carzel del olvido
sacó otra vez a Proserpina hermosa,
con que a España y al Dauro ha enrriquezido,



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Capítulo II
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    cada qual de por si sera coluna
que sustente y leuante el idificio
de Febo sobre el cerco de la luna.
    Este, puesto que acude al grave oficio
en que se ocupa, el lauro [y] palma lleva
que Apolo da por honra y beneficio.
    En esta ciencia es marauilla nueva,
y en la jurispericia unico y raro;
su nombre es don Francisco de la Cueva.
    Este, que con Homero le comparo,
es el gran don Rodrigo de Herrera,
insigne en letras, y en virtudes raro.
    Este que se le sigue, es el de Vera
don Iuan, que, por su espada y por su pluma,
le honran en la quinta y quarta esfera.
    Este, que el cuerpo y aun el alma bruma
de mil, aunque no muestra ser christiano,
sus escritos el tiempo no consuma.
    Cayoseme la lista de la mano
en este punto, y dixo el dios:«con estos
que has referido, está el negocio llano;
    haz que con pies y pensamientos prestos
vengan aqui, donde aguardando quedo
la fuerça de tan validos supuestos.»
    «Mal podra don Francisco de Quevedo
venir», dixe yo entonces, y el me dixo:
»pues partirme sin el de aqui no puedo.
    »Esse es hijo de Apolo, esse es hijo
de Caliope Musa; no podemos
irnos sin el, y en esto estare fijo;
    »es el flajelo de poetas memos,
y echará a puntillazos del Parnaso
los malos que esperamos y tenemos».
    «¡O señor, repliqué, que tiene el passo
corto, y no llegara en un siglo entero!»
«Desso, dixo Mercurio, no hago caso,
    que, el poeta que fuere cavallero,
sobre una nuve, entre pardilla y clara,
vendra muy a su gusto cavallero.»
    «Y el que no, pregunté, ¿qué le prepara
Apolo? ¿qué carroças? o ¿qué nuves?
¿qué dromerio o alfana en passo rara?»
    «Mucho, me respondio, mucho te subes
en tus preguntas; calla, y obedece.»
«Si hare, pues no es infando lo que jubes».
    Esto le respondi, y el me parece
que se turbó algun tanto, y en un punto
el mar se turba, el viento sopla y crece.
    Mi rostro entonces, como el de un difunto
se devio de poner, y si haria,
que soy medroso, a lo que yo barrunto.
    Vi la noche mezclarse con el dia,
las arenas del hondo mar alçarse
a la region del aire, entonces fria.
    Todos los elementos vi turbarse,
la tierra, el agua, el aire, y aun el fuego
vi entre rompidas nuves azorarse,
    y, en medio deste gran desassossiego,
llouian nuves de poetas llenas
sobre el baxel, que se anegara luego,
    si no acudieran mas de mil sirenas
a dar de azotes a la gran borrasca,
que hazia el saltarel por las entenas.
    Una, que ser pense Iuana la Chasca,
de dilatado vientre y luengo cuello,
pintiparado a aquel de la tarasca,
    se llegó a mi, y me dixo: «de un cabello
deste baxel estava la esperança
colgada, a no venir a socorrello.
   »Traemos (y no es burla) a la bonança,
que estava descuydada, oyendo atenta
los discursos de un cierto Sancho Pança.»
    En esto, sossegose la tormenta,
Bolvio tranquilo el mar, sereno el cielo,
que al regañon el zefiro le ahuyenta.
    Bolvi la vista, y vi en ligero buelo
una nuve romper el aire claro,
de la color del condensado yelo.
    ¡O marauilla nueva, o caso raro!
Vilo, y he de dezillo, aunque se dude
del hecho que por bruxula declaro.
    Lo que yo pude ver, lo que yo pude
notar, fue que la nuve, diuidida
en dos mitades, a llouer acude.
    Quien ha visto la tierra preuenida
con tal disposicion que, quando llueue
(cosa ya averiguada y conocida),
    de cada gota, en un instante breue,
del polvo se levanta o sapo, o rana,
que a saltos, o despacio, el passo mueue.
    Tal se imagine ver, ¡o soberana
virtud!, de cada gota de la nuve
saltar un bulto, aunque con forma humana.
    Por no creer esta verdad estuve
mil vezes, pero vila con la vista,
que entonces clara y sin legañas tuve.



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Capítulo II
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    Eran aquestos bultos, de la lista
passada los poetas referidos,
a cuya fuerça no ay quien la resista.
    Unos por hombres buenos conocidos,
otros de rumbo y hampo y Dios es Christo,
poquitos bien, y muchos mal vestidos.
    Entre ellos pareciome de aver visto
a don Antonio de Galarza el bravo,
gentilhombre de Apolo, y muy bien quisto.
    El baxel se llenó de cabo a cabo,
y su capacidad a nadie niega
copioso assiento, que es lo mas que alabo.
    Llovio otra nuve al gran Lope de Vega,
poeta insigne, a cuyo verso o prosa,
ninguno le aventaja, ni aun le llega.
    Era cosa de ver, maravillosa,
de los poetas la apretada enjambre,
en recitar sus versos muy melosa.
    Este muerto de sed, aquel de hambre,
yo dixe, viendo tantos, con boz alta:
«¡cuerpo de mi con tanta poetambre!»
    Por tantas sobras, conocio una falta
Mercurio, y, acudiendo a remedialla,
ligero en la mitad del baxel salta,
    y con una zaranda que alli halla,
no se sí antígua, o sí de nuevo hecha,
zarandó mil poetas de gramalla.
    Los de capa y espada no desecha,
y destos zarandó dos mil y tantos,
que fue neguilla entonces la cosecha.
    Colavanse los buenos y los santos,
y quedavanse arriba los granzones,
mas duros en sus versos que los cantos.
    Y, sin que les valiessen las razones
que en su disculpa davan, daua luego
Mercurio al mar con ellos a montones.
    Entre los arrojados, se oyo un ciego,
que murmurando entre las hondas yua
de Apolo con un pesete y reniego.
    Un sastre, aunque en sus pies floxos estriva,
abriendo con los braços el camino,
dixo: «¡Suzio es Apolo, assi yo Viva!»
    Otro, que al parecer yua mohino,
con ser un zapatero de obra prima,
dixo dos mil, no un solo dessatino.
    Trabaxa un tundidor, suda, y se anima
por verse a la ribera conduzido,
que mas la vida que la honra estima.
    El esquadron nadante, reduzido
a la marina, buelue a la galera
el rostro, con señales de ofendido;
    y uno por todos dixo: «Bien pudiera
esse chocante embaxador de Febo
tratarnos bien, y no desta manera;
    »mas oigan lo que digo: yo me atrevo
a profanar del monte la grandeza
con libros nuevos y en estilo nuevo».
    Calló Mercurio, y a poner empieça,
con gran curiosidad, seys camarines,
dando a la gracia ilustre rancho y pieça.
    De nuevo resonaron los clarines,
y assi Mercurio, lleno de contento,
sin darle mal aguero los delfines,
remos al agua dio, velas al viento.


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Capítulo III
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    Eran los remos de la real galera
de esdruxulos, y, dellos compelida,
se deslizava por el mar ligera.
    Hasta el tope la vela yua tendida,
hecha de muy delgados pensamíentos,
de varios lizos, por amor texida.
    Soplavan dulces y amorosos víentos,
todos en popa, y todos se mostraban
al gran viage solamente atentos.
    Las sirenas en torno navegavan,
dando empellones al baxel loçano,
con cuya ayuda en buelo le llevavan.
    Semejavan las aguas del mar cano
colchas encarrujadas, y hazian
azules visos por el verde llano.
    Todos los del baxel se entretenian,
unos glossando pies dificultosos,
otros cantavan, otros componian.
    Otros de los tenidos por curiosos,
referian sonetos, muchos hechos
a diferentes casos amorosos.
    Otros alfeñicados y deshechos
en puro açucar, con la voz suave,
de su melifluydad muy satisfechos,
    en tono blando, sossegado y grave,
eglogas pastorales recitavan,
en quien la gala y la agudeza cabe.
    Otros de sus señoras celebravan,
en dulzes versos, de la amada boca
los escrementos que por ella echavan.
    Tal huvo a quien amor assi le toca,
que alabó los riñones de su dama
con gusto grande, y no elegancia poca.
    Uno cantó que la amorosa llama
en mitad de las aguas le encendía,
y como toro agarrochado brama.
    Desta manera andava la Poesia
de en uno en otro, haziendo que hablasse
este latin, aquel algaravia.
    En esto, sesga la galera, vase
rompiendo el mar, con tanta ligereza,
que el viento aun no consiente que la passe.
    Y en esto descubriose la grandeza
de la escombrada playa de Valencia,
por arte hermosa y por naturaleza.
    Hizo luego de si grata presencia
el gran don Luis Ferrer, marcado el pecho
de honor, y el alma de divina ciencia.
    Desembarcose el dios, y fue derecho
a darle quatro mil y mas abraços,
de su vista y su ayuda satisfecho.
    Bolvio la vista, y reyteró los lazos
en don Guillen de Castro, que venia
desseoso de verse en tales braços.
    Christoval de Virues se le seguía,
con Pedro de Aguilar, junta famosa
de las que Turia en sus riberas cria.
    No le pudo llegar más valerosa
esquadra al gran Mercurio, ni el pudiera
dessearla mejor, ni mas honrosa.
    Luego se descubrio por la ribera
un tropel de gallardos valencianos,
que a ver venian la sin par galera,
    todos con instrumentos en las manos,
de estilos y librillos de memoria
por bizarria y por ingenio ufanos,
    codiciosos de hallarse en la vitoria,
que ya tenian por segura y cierta,
de las hezes del mundo y de la escoria.
    Pero Mercurio les cerro la puerta,
digo, no consintio que se embarcassen,
y el porque no lo dixo, aunque se acierta:
    y fue, porque temio que no se alçassen,
siendo tantos y tales, con Parnaso,
y nuevo imperio y mando en el fundassen.
    En esto viose con brioso passo
venir al magno Andres Rey de Artieda,
no por la edad descaecido o lasso;
    hizieron todos espaciosa rueda,
y, cogiendole en medio, le embarcaron,
mas rico de valor que de moneda.
    Al momento las ancoras alçaron,
y las velas, ligadas a la entena,
los grumetes apriessa dessataron.
    De nuevo por el aire claro suena
el son de los clarines, y de nuevo
buelve a su oficio cada qual sirena.
    Miró el baxel por entre nubes Febo,
y dixo, en voz que pudo ser oida:
«aqui mi gusto y mi esperança llevo.»
    De remos y sirenas impelida
la galera, se dexa atras el viento,
con milagrosa y prospera corrida.
    Leyase en los rostros el contento
que llevavan los sabios passageros,
durable por no ser nada violento.
    Unos por el calor cuan en cueros,
otros, por no tener godescas galas,
en traje se vistieron de romeros.
    Hendia en tanto las neptuneas salas
la galera, del modo como hiende
la grulla el aire con tendidas alas.
    En fin, llegamos donde el mar se estiende
y ensancha, y forma el golfo de Narbona,
que de ningunos vientos se defiende.
    Del gran Mercurio la cabal persona,
sobre seis rezmas de papel sentada,
yua con cetro y con real corona,
    quando una nuve, al parecer preñada,
pario quatro poetas en cruxia,
o los Llovio, razon mas concertada.
    Fue el uno, aquel de quien Apolo fia
su honra, Iuan Luis de Casanate,
poeta insigne de mayor quantia;
    el mismo Apolo de su ingenio trate;
el le alabe, el le premie y recompense,
que el alabarle yo seria dislate.
    Al segundo llouido, el vticense
Caton no le igualó ni tiene Febo


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Capítulo III
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que tanto por el mire, ni en el piense.
    Del contador Gaspar de Barrionuevo
mal podra el corto flaco ingenio mio
loar el suyo, assi como yo deuo.
    Llenó del gran baxel el gran vazio
el gran Francisco de Rioja, al punto
que saltó de la nuve en el navio.
    A Christoval de Mesav vi allí junto
a los pies de Mercurio, dando fama
a Apolo, siendo del propio trasumpto.
    A la gavia un grumete se encarama,
y dixo a bozes: «la ciudad se muestra,
que Genoua del dios Iano se llama.»
    «Dexese la ciudad a la siniestra
mano, dixo Mercurio, el baxel vaya,
y siga su derrota por la diestra.»
    Hazer al Tiber vimos blanca raya
dentro del mar, aviendo ya passado
la ancha romana y peligrosa playa.
    De lexos viose el aire condensado
del humo que el Estrombalo vomita,
de azufre y llamas, y de horror formado.
    Huyen la isla infame, y solicita
el suave poniente assi el viage,
que lo acorta, lo allana y facilita.
    Vimonos en un punto en el paraje,
do la nutriz de Eneas piadoso
hizo el forçoso y ultimo passaje.
    Vimos desde alli a poco el mas famoso
monte que encierra en si nuestro emisfero,
mas gallardo a la vista y mas hermoso.
    Las zenizas de Titiro y Sinzero
estan en el, y puede ser por esto
nombrado entre los montes por primero.
    Luego se descubrio donde echó el resto
de su poder Naturaleza, amiga
de formar de otros muchos un compuesto.
    Viose la pesadumbre sin fatiga
de la bella Partenope, sentada
a la orilla del mar, que sus pies liga,
    de castillos y torres coronada,
por fuerte y por hermosa en igual grado
tenida, conocida y estimada.
    Mandome el del aligero calçado,
que me aprestasse y fuesse luego a tìerra
a dar a los Lupercios un recado,
    en que les diesse cuenta de la guerra
temida, y que a venir les persuadiesse
al duro y fiero assalto, al cierra, cierra.
    «Señor, le respondi, si a caso huuiesse
otro que la embaxada les llevasse,
que mas grato a los dos hermanos fuesse
    »que yo no soy, se bien que negociasse
mejor». Dixo Mercurio: «no te entiendo,
y has de ir antes que el tiempo mas se passe.»
    «Que no me han de escuchar estoy temiendo,
le repliqué, y asi el ir yo no importa,
puesto que en todo obedecer pretendo,
    »que no se quien me dize y quien me exorta,
que tienen para mí, a lo que imagino,
la voluntad, como la vista, corta;
    »que si esto assi no fuera, este camino
con tan pobre recamara no hiziera,
ni diera en un tan hondo dessatino,
    »pues si alguna promessa se cumpliera
de aquellas muchas que al partir me hizieron,
lleveme Dios si entrara en tu galera.
    »Mucho esperé, si mucho prometieron,
mas podia ser que ocupaciones nuevas
les obligue a olvidar lo que dixeron.
    »Muchos, señor, en la galera llevas
que te podran sacar el pie del lodo.
Parte, y escusa de hazer mas pruevas.»
    »Ninguno, dixo, me hable desse modo,
que, si me desembarco y los envisto,
boto a Dios, que me traiga al conde y todo.
    »Con estos dos famosos me enemisto,
que, aviendo levantado a la Poesía
al buen punto en que está, como se ha visto,
    »quieren, con perezosa tirania,
alçarse, como dizen, a su mano
con la ciencia que a ser divinos guia.
    »¡Por el solio de Apolo soberano,
juro!... y no digo mas»; y, ardiendo en ira,
se echó a las barbas una y otra mano.
    Y prosiguio diziendo: «el dotor Mira,
apostaré, si no lo manda el conde,
que tambien en sus puntos se retira.
    »Señor galan, parezca, ¿a que se asconde?
¡Pues afee, por llevarle, si el no gusta,
que ni le busque, asseche, ni le ronde!
    »¿Es esta empresa a caso tan injusta,
que se esquiven de hallar en ella quantos
tienen conciencia limitada y justa?
    »¿Carece el cíelo de poetas santos,
puesto que brote a cada passo el suelo


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Capítulo III
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poetas, que lo son tantos y tantos?
    »¿No se oyen sacros himnos en el cielo?
¿La harpa de David alla no suena,
causando nuevo acidental consuelo?
    »Fuera melíndres, y cesse la entena,
que llegue al tope»; y luego obedecido
fue de la chusma, sobre buenas buena.
    Poco tiempo passó, quando un ruido
se oyo, que los oydos atronava,
y era de perros aspero ladrido.
    Mercurio se turbó, la gente estava
suspensa al triste son, y en cada pecho
el coraçon mas valido temblaua.
    En esto descubriose el corto estrecho,
que Scila y que Caribdis espantosas,
tan temeroso con su furia han hecho.
    «Estas olas que veis presuntosas
en visitar las nuves de contino,
y aun de tocar el cielo codiciosas,
    »venciolas el prudente peregrino,
amante de Calipso, al tiempo quando
hizo, dixo Mercurio, este camino.
    «Su prudencia nosotros imitando,
echaremos al mar en que se ocupen,
en tanto que el baxel passa bolando,
    »que, en tanto que ellas tasquen, roan, chupen
el misero que al mar ha de entregarse,
seguro estoy que el passo dessocupen.
    »Miren si puede en la galera hallarse
algun poeta desdichado, acaso,
que a las fieras gargantas pueda darse.»
    Buscaronle, y hallaron a Lofraso,
poeta militar, sardo, que estava
desmayado a un rincon, marchito y laso,
    que a sus Diez libros de fortuna, andava
añadiendo otros diez, y el tiempo escoge
que mas desocupado se mostraba.
    Gritó la chusma toda: «¡al mar se arroge;
vaya Lofraso al mar sin resistencia!»
«Por Dios, dixo Mercurio, que me enoge;
    »¿como y no sera cargo de conciencia,
y grande, echar al mar tanta poesia,
puesto que aqui nos hunda su inclemencia?
    »Viva Lofraso, en tanto que de al dia
Apolo luz, y en tanto que los hombres
tengan discreta, alegre fantasia.
    »Tocante a ti, ¡o Lofraso!, los renombres
y epitetos de agudo y de sinzero,
y gusto que mi comitre te nombres.»
    Esto dixo Mercurio al cavallero,
el qual, en la cruxia en pie se puso,
con un rebenque despiadado y fiero.
    Creo que de sus versos le compuso,
y no se como fue que, en un momento,
(o ya el cielo, o Lofraso lo dispuso)
    salimos del estrecho a salvamento,
sin arrojar al mar poeta alguno,
¡tanto del sardo fue el merecimiento!
    Mas luego otro peligro, otro importuno
temor, amenazó, si no gritara
Mercurio, qual jamas gritó ninguno,
    diziendo al timonero: «¡a orza, para,
amainese de golpe!»; y todo a un punto
se hizo, y el peligro se repara.
    «Estos montes que veis, que estan tan junto,
son los que Acroceraunos son llamados,
de infame nombre, como yo barrunto.»
   Asieron de los remos los honrados,
los tiernos, los melifluos, los godescos,
y los de a cantimplora acostumbrados.
    Los frios los asieron y los frescos;
asieronlos tambien los calurosos,
y los de calças largas y greguescos.
    Del sopraestante daño temerosos,
todos a una la galera empujan,
con flacos y con braços poderosos.
    Debaxo del baxel se somurmujan,
las sirenas que del no se apartaron,
y a ssi mismas en fuerças sobrepujan,
    y en un pequeño espacio, la llevaron
a vista de Corfu y, a mano diestra,
la isla inexpugnable se dexaron.
    Y dando la galera a la siniestra,
discurria de Grecia las riberas,
adonde el cielo su hermosura muestra.
    Mostrabanse las olas lisongeras,
impeliendo el baxel suavemente,
como burlando con alegres veras.
    Y luego, al parecer por el oriente
rayando el rubio sol nuestro orizonte
con rayas rojas, hebras de su frente,
    gritó un grumete, y dixo: «el monte, el monte,
el monte se descubre, donde tiene
su buen rozin el gran Belorofonte.


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Capítulo III
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    »Por el monte se arroja, y a pie viene
Apolo a recebirnos.» «Yo lo creo,
dixo Lofraso, y llega a la Hipocrene.
    »Yo desde aqui columbro, miro y veo,
que se andan solazando entre unas matas
las Musas con dulcissimo recreo.
    »Unas antiguas son, otras novatas,
y todas con ligero passo, y tardo,
andan las cinco en pie, las quatro a gatas.»
    «Si tu tal ves, dixo Mercurio, ¡o sardo
poeta!, que me corten las orejas,
o me tengan los hombres por bastardo.
    »Dime, ¿porqué algun tanto no te alexas
de la ignorancia, pobreton, y adviertes
lo que cantan tus rimas en tus quexas?
    »¿Porque con tus mentiras nos diviertes
de recebir a Apolo qual se deve,
por aver mejorado vuestras suertes?»
    En esto, mucho mas que el viento leve,
baxó el luzido Apolo a la marina
a pie, porque en su carro no se atreve.
    Quitó los rayos de la faz divina,
mostrose en calças y en jubon vistoso,
porque dar gusto a todos determina.
    Seguiale detras un numeroso
esquadron de donzellas bayladoras,
aunque pequeñas, de ademan brioso.
    Supe, poco despues, que estas señoras,
sanas las mas, las menos mal paradas,
las del tiempo y del sol eran las horas.
    Las medio rotas eran las menguadas;
las sanas, las felizes, y con esto
eran todas en todo apresuradas.
    Apolo luego, con alegre gesto,

abraçó a los soldados que esperava
para la alta ocasion que se ha propuesto,
    y no de un mismo modo acariciaua
a todos, porque alguna diferencia
hazia con los que el mas se alegraua.
    Que a los de señoria y excelencia
nuevos abraços dio, razones dixo,
en que guardó decoro y preeminencia.

    Entre ellos abraçó a don Iuan de Arguixo,
que no se en qué, o cómo, o quándo hizo
tan aspero viage y tan prolixo.
    Con el a su desseo satisfizo
Apolo, y confirmó su pensamiento,
mandó, vedó, quitó, hizo y deshizo.
    Hecho, pues, el sin par recebimiento,
do se halló don Luis de Barahona,
llevado alli por su merecimiento,
    del siempre verde lauro una corona
le ofrece Apolo en su intencion, y un vaso
del agua de Castalia y de Elicona;
    y luego buelve el magestoso passo,
y el esquadron pensado y de repente
le sigue por las faldas del Parnaso.
    Llegose en fin a la Castalia fuente,
y, en viendola, infinitos se arrojaron,
sedientos, al cristal de su corriente.
    Unos, no solamente se hartaron,
sino que pies y manos y otras cosas
algo mas indecentes se lauaron.
    Otros, mas advertidos, las sabrosas
aguas gustaron poco a poco, dando
espacio al gusto, a pausas melindrosas.
    El brindez y el caraos se puso en vando,
porque los mas, de bruzes, y no a sorbos,
el suave licor fueron gustando.
    De ambas manos hazian vasos corbos
otros, y algunos de la boca al agua
temian de hallar cien mil estorbos.
    Poco a poco la fuente se desagua,
y passa en los estomagos bevientes,
y aun no se apaga de su sed la fragua.
    Mas dixoles Apolo: «otras dos fuentes,
aun quedan: Aganipe e Ipocrene,
ambas sabrosas, ambas excelentes.
    »Cada qual de licor dulze y perene,
todas de calidad aumentatiua
del alto ingenio que a gustarlas viene.»
    Beven, y suben por el monte arriba,
por entre palmas y entre cedros altos,
y entre arboles pacificos de oliva.
    De gusto llenos, y de angustia faltos,
siguiendo a Apolo el esquadron camina,
unos a pedicox, otros a saltos.
    Al pie sentado de una antigua enzina
vi a Alonso de Ledesma componiendo
una cancion angelica y divina.
    Conocile, y a el me fuy corriendo,
con los braços abiertos como amigo;
pero no se movio con el estruendo.
    «¿No ves, me dixo Apolo, que consigo
no está Ledesma agora? ¿no ves claro,
que está fuera de si, y está conmigo?»
    A la sombra de un mirto, al verde amparo,
Geronimo de Castro sesteava,



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Capítulo III
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varon de ingenio peregrino y raro.
    Un motete imagino que cantava,
con voz suave; yo quedé admirado
de verle alli, porque en Madríd quedava.
   Apolo me entendio, y dixo: «un soldado
como este, no era bien que se quedara
entre el ocio y el sueño sepultado.
    »Yo le truxe, y se como, que a mi rara
potencia no la impide otra ninguna,
ni inconuiniente alguno la repara.»
    En esto se llegaua la oportuna
hora, a mi parecer, de dar sustento
al estomago pobre, y mas si ayuna.
    Pero no le passó por pensamiento
a Delio, que el exercito conduze,
satisfazer al misero hambriento.
    Primero a un jardin rico nos reduze,
donde el poder de la Naturaleza
y el de la industria mas campea y luze.
    Tuvieron los Esperides belleza
menor; no le igualaron los Pensiles
en sitio, en hermosura y en grandeza.
    En su comparacion, se muestran viles
los de Alcinoo, en cuyas alabanças
se han ocupado ingenios bien sotiles.
    No sugeto del tiempo a las mudanças,
que todo el año primavera ofrece
frutos en possession, no en esperanças.
    Naturaleza y arte alli parece
andar en competencia, y está en duda
qual vence de las dos, qual mas merece.
    Muestrase balbuciente y casi muda,
si le alaba, la lengua mas experta,
de adulacion, y de mentir desnuda.
    Junto con ser jardin, era una huerta,
un soto, un bosque, un prado, un valle ameno,
que en todos estos titulos concierta,
    de tanta gracia y hermosura lleno,
que una parte del cielo parecia
el todo del bellissimo terreno.
    Alto en el sitio alegre Apolo hazia,
y alli mandó que todos se sentassen
a tres horas despues de medio dia.
    Y porque los assientos señalassen
el ingenio y valor de cada uno,
y unos con otros no se embaraçassen,
    a despecho y pesar del importuno
ambicioso desseo, les dio assiento
en el sitio y lugar mas oportuno.
    Llegavan los laureles casi a ciento,
a cuya sombra y troncos se sentaron
algunos de aquel numero contento.
    Otros los de las palmas ocuparon;
de los mirtos y yedras y los robles,
tambien varios poetas alvergaron.
    Puesto que humildes, eran de los nobles
los assientos, qual tronos levantados,
porque tu, ¡o embidia! aqui tu rabia dobles.
    En fin, primero fueron ocupados
los troncos de aquel ancho circuito,
para honrar a poetas dedicados,
    antes que yo en el numero infinito
hallasse assiento, y assi en pie quedeme,
despechado, colerico y marchito,
    dixe entre mi: «¿es possible que se estreme
en perseguirme la fortuna aírada,
que ofende a muchos, y a ninguno teme?»
    Y, bolviendome a Apolo, con turbada
lengua, le dixe lo que oira el que gusta
saber, pues la tercera es acabada,
la quarta parte desta empresa justa.


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Capítulo IV
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    Suele la indignacion componer versos,
pero si el indignado es algun tonto,
ellos tendran su todo de perversos.
    De mi yo no se mas, sino que pronto
me hallé para dezir en tercia rima,
lo que no dixo el desterrado a Ponto.
    Y assi le dixe a Delio: «no se estima,
señor, del vulgo vano el que te sigue
y al arbol sacro del laurel se arrima.
    »La embidia y la ignorancia le persigue,
y assi, embidiado siempre y perseguido,
el bien que espera por jamas consigue.
    »Yo corté con mi ingenio aquel vestido,
con que al mundo la hermosa Galatea
salio para librarse del olvido.
    »Soy por quien La Confusa, nada fea,
parecio en los teatros admirable,
si esto a su fama es justo se le crea.
    »Yo, con estilo en parte razonable,
he compuesto comedias que, en su tiempo,
Tuvieron de lo grave y de lo afable.
    »Yo he dado en Don Quixote passatiempo
al pecho melancolico y mohino,
en qualquiera sazon, en todo tiempo.
    »Yo he abierto en mis Novelas un camino,
por do la lengua castellana puede
mostrar con propíedad un desatino.
    »Yo soy aquel que en la invencion excede
a muchos, y, al que falta en esta parte,
es fuerça que su fama falta quede.
    »Desde mis tiernos años amé el arte
dulce de la agradable poesia,
y en ella procuré siempre agradarte.
    »Nunca voló la pluma humílde mía
por la region satirica, baxeza
que a infames premios y desgracias guia.
    »Yo el soneto compuse que assi empieça,
por honra principal de mis escritos:
Boto a Dios que me espanta esta grandeza.
    »Yo he compuesto romanzes infinitos,
y el de los zelos es aquel que estimo,
entre otros, que los tengo por malditos.
    »Por esto me congoxo, y me lastimo
de verme solo en pie, sin que se aplique
arbol que me conceda algun arrimo.
    »Yo estoy, qual dezir suelen, puesto a pique
para dar a la estampa al gran Persiles,
con que mi nombre y obras multiplique.
    »Yo, en pensamientos castos y sotiles,
dispuestos en soneto de a dozena,
he honrado tres sugetos fregoniles.
    »Tambíen al par de Filis mi Filena
resonó por las selvas, que escucharon
mas de una y otra alegre cantilena,
   »y en dulzes varias rimas se llevaron
mis esperanças los ligeros vientos,
que en ellos y en la arena se sembraron.
    »Tuve, tengo, y tendre los pensamientos
merced al cielo que a tal bien me inclina,
de toda adulacion libres y essentos.
    »Nunca pongo los pies por do camina
la mentira, la fraude y el engaño,
de la santa virtud total ruyna.
    »Con mi corta fortuna no me ensaño,
aunque, por verme en pie como me veo,
y en tal lugar, pondero assi mi daño.
    »Con poco me contento, aunque desseo
mucho.» A cuyas razones enojadas,
con estas blandas respondió Timbreo:
    «vienen las malas suertes atrassadas,
y toman tan de lexos la corriente,
que son temidas, pero no escusadas.
    »El bien les viene a algunos de repente,
a otros poco a poco y sin pensallo,
y el mal no guarda estilo diferente.
    »El bien que está adquerido, conservallo
con maña, diligencia, y con cordura,
es no menor virtud que el grangeallo.
    »Tu mismo te has forjado tu ventura,
y yo te he visto alguna vez con ella;
pero en el imprudente poco dura;
    »mas si quieres salir de tu querella
alegre, y no confuso, y consolado,
dobla tu capa y sientate sobre ella;
    »que tal vez suele un venturoso estado,
quando le niega sin razon la suerte,
honrar mas merecido que alcançado.»


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Capítulo IV
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    «Bien parece, señor, que no se advierte,
le respondi, que yo no tengo capa»;
el dixo: «aunque sea assi, gusto de verte.
    »La virtud es un manto con que tapa
y cubre su indecencia la estrecheza,
que essenta y libre de la embidia escapa».
    Incliné al gran consejo la cabeza;
quedeme en pie, que no ay assiento bueno,
si el favor no le labra o la riqueza.
    Alguno murmuró, viendome ageno
del honor que pensó se me devia
del planeta de luz y virtud lleno.
    En esto parecio que cobró el dia
un nuevo resplandor, y el aire oyose
herir de una dulcissima armonia.
    Y en esto por un lado descubriose
del sitio un esquadron de ninfas bellas,
con que infinito el rubio Dios holgose.
    Venia, en fin, y por remate dellas,
una resplandeciendo, como haze
el sol ante la luz de las estrellas.
    La mayor hermosura se deshaze
ante ella, y ella sola resplandeze
sobre todas, y alegra y satisfaze.
    Bien assi semejava, qual se ofrece
entre liquidas perlas, y entre rosas,
la aurora que despunta y amanece.
    La rica vestidura, las preciosas
ioyas que la adornavan, competian
con las que suelen ser maravillosas.
    Las ninfas que al querer suyo assistian,
en el gallardo brio y bello aspecto,
las artes liberales parecian.
   Todas, con amoroso y tierno afecto,
con las ciencias mas claras y escondidas
le guardavan santissimo respecto.
    Mostraban que en servirla eran servidas,
y que por su ocasion de todas gentes
en mas veneracion eran tenidas.
    Su influxo y su refluxo las corrientes
del mar, y su profundo le mostraban,
y el ser padre de rios y de fuentes.
   Las yeruas su virtud la presentavan,
los arboles sus frutos y sus flores,
las piedras el valor que en si encerravan,
    el santo Amor, castissimos amores,
la dulce paz, su quietud sabrosa,
la guerra amarga, todos sus rigores.
    Mostrabasele clara la espaciosa
via por donde el sol haze contino
su natural carrera y la forçosa.
    La inclinacion o fuerça del destino,
y de qué estrellas consta y se compone,
y cómo influye este planeta o signo,
    todo lo sabe, todo lo dispone
la santa y hermosissima donzella,
que admiracion como alegria pone.
    Preguntele al parlero si en la bella
ninfa alguna deydad se disfraçaua,
que fuesse justo el adorar en ella,
    porque, en el rico adorno que mostraba,
y en el gallardo ser que descubria,
del cielo, y no del suelo, semejava.
   «Descubres, respondio, tu boberia,
que ha que la tratas infinitos años,
y no conoces que es la Poesia.»
    «Siempre la he visto embuelta en pobres paños,
le repliqué; jamas la vi compuesta
con adornos tan ricos y tamaños.
    »Parece que la he visto descompuesta,
vestida de color de primavera
en los dias de cutio y los de fiesta.»
    «Esta, que es la Poesia verdadera,
la grave, la discreta, la elegante,
dixo Mercurio, la alta y la sincera,
    »siempre con vestidura rozagante
se muestra en qualquier acto que se halla,
quando a su profession es importante.
   »Nunca se inclina o sirve a la canalla
trovadora, maligna y trafalmeja,
que en lo que mas ignora menos calla.
    »Ay otra falsa, ansiosa, torpe y vieja,
amiga de sonaja y morteruelo,
que ni tabanco, ni taberna dexa.
    »No se alça dos, ni aun un coto del suelo,
grande amiga de bodas y bautismos,
larga de manos, corta de cerbelo.
    »Tomanla por momentos parasismos,
no acierta a pronunciar, y, si pronuncia,
absurdos haze, y forma solecismos.
    »Baco donde ella está su gusto anuncia,
y ella derrama en coplas el poleo,
compa y vereda, y el mastranço y juncia.
    »Pero aquesta que ves, es el asseo,
la [g]ala de los cielos y la tierra,
con quien tienen las musas su bureo.


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Capítulo IV
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    »Ella abre los secretos y los cierra,
toca y apunta, de qualquiera ciencia,
la superficie y lo mejor que encierra.
    »Mira con mas ahinco su presencia:
veras cifrada en ella la abundancia
de lo que en bueno tiene la excelencia.
   »Moran con ella, en una misma estancia,
la divina y moral filosofia,
el estilo mas puro y la elegancia.
    »Puede pintar en la mitad del dia
la noche, y, en la noche mas escura,
el alva bella que las perlas cria.
    »El curso de los rios apressura,
y le detiene, el pecho a furia incita,
y le reduze luego a mas blandura.
    »Por mitad del rigor se precipita
de las luzientes armas contrapuestas,
y da vitorias, y vitorias quita.
    »Veras como le prestan las florestas
sus sombras, y sus cantos los pastores,
el mal sus lutos y el plazer sus fiestas,
    »perlas el sur, Sabea sus olores,
el oro Tibar, Hibla su dulçura,
galas Milan, y Lusitania amores.
    »En fin, ella es la cifra do se apura
lo prouechoso, honesto, y deleytable,
partes con quien se aumenta la ventura.
    »Es de ingenio tan vivo y admirable,
que a vezes toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable.
    »Alabanse los buenos y se ofenden
los malos con su voz, y destos tales,
unos la adoran, otros no la entienden.
    »Son sus obras heroycas inmortales,
las liricas suaves, de manera
que buelven en dìvinas las mortales.
    »Si alguna vez se muestra lisongera,
es con tanta elegancia y artificio,
que no castigo, sino premio espera.
    »Gloria de la virtud, pena del vicio
son sus acciones, dando al mundo en ellas
de su alto ingenio y su bondad indicio.»
    En esto estava, quando por las bellas
ventanas de xazmines y de rosas
(que amor estava a lo que entiendo en ellas),
    diuisé seis personas religiosas,
al parecer de honroso y grave aspecto,
de luengas togas, limpias y pomposas.
    Preguntele a Mercurio: «¿por qué efecto
aquellos no parecen y se encubren,
y muestran ser personas de respecto?»
    A lo que el respondio: «no se descubren,
por guardar el decoro al alto estado
que tienen, y assi el rostro todos cubren.»
    «¿Quién son, le repliqué, si es que te es dado
dizirlo?» Respondiome: «no por cierto,
porque Apolo lo tiene assi mandado.»
    «¿No son poetas?» «Si.» «Pues yo no acierto
a pensar porqué causa se desprecian
de salir con su ingenio a campo abierto.
    »¿Para qué se embobecen y se anecian,
escondiendo el talento que da el cielo
a los que mas de ser suyos se precian?
    »¡Aqui del rey! ¿Qué es esto? ¿Qué rezelo,
o zelo, les impele a no mostrarse
sin miedo ante la turba vil del suelo?
    »¿Puede ninguna ciencia compararse
con esta universal de la Poesia,
que limites no tiene do encerrarse?
    »Pues siendo esto verdad, saber querria,
entre los de la carda cómo se vsa
este miedo, o melindre, o hipocresia.
    »Haze monseñor versos, y reusa
que no se sepan, y el los comunica
con muchos, y a la lengua agena acusa.
    »Y mas, que siendo buenos, multiplica
la fama su valor, y al dueño canta
con voz de gloria y de alabança rica.
    »¿Qué mucho, pues, si no se le levanta
testimonio a un pontifice poeta,
que digan que lo es? Por Dios que espanta.
    »Por vida de Lanfusa, la discreta,
que, si no se me dize quién son estos
togados de bonete y de muzeta,
    »que, con traças y modos descompuestos,
tengo de reduzir a behetria
estos tan sossegados y compuestos.»
    «¡Por Dios!, dixo Mercurio, y, a fee mia,
que no puedo dezirlo, y, si lo digo,
tengo de dar la culpa a tu porfia.»
    «Dilo, señor, que desde aqui me obligo
de no dezir que tu me lo dixiste,
le dixe, por la fe de buen amigo.»
    El dixo: «no nos cayan en el chiste,
llegate a mi, diretelo al oydo;
pero creo que ay mas de los que viste.



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Capítulo IV
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    »Aquel que has visto alli del cuello erguido,
loçano, rozagante y de buen talle,
de honestidad y de valor vestido,
    »es el doctor Francisco Sanchez; dalle
puede, qual deve, Apolo la alabança
que pueda sobre el cielo levantalle;
    »y aun a mas su famoso ingenio alcança,
pues, en las verdes hojas de sus dias,
nos da de santos frutos esperança.
    »Aquel que en elevadas fantasias
y en estasis sabrosos se regala,
y tanto imita las acciones mias,
    »es el maestro Orense, que la gala
se lleva de la mas rara eloquencia
que en las aulas de Atenas se señala.
    »Su natural ingenio, con la ciencia
y ciencias aprendidas, le levanta
al grado que le nombra la excelencia.
    »Aquel de amarillez marchita y santa,
que le encubre de lauro aquella rama
y aquella hojosa y acopada planta,
   »fray Iuan Baptista Capataz se llama;
descalço y pobre, pero bien vestido
con el adorno que le da la fama.
    »Aquel que del rigor fiero de olvido
libra su nombre con eterno gozo,
y es de Apolo y las Musas bien querido,
    »anciano en el ingenio y nunca moço,
humanista divino, es, segun pienso,
el insigne doctor Andres del Pozo.
    »Un licenciado de un ingenio inmenso
es aquel, y, aunque en trage mercenario,
como a señor le dan las Musas censo;
    »Ramon, se llama; auxilio necessario
con que Delio se esfuerça y ve rendidas
las obstinadas fuerças del contrario.
    »El otro, cuyas sienes ves ceñidas
con los braços de Daphne en triumpho honroso,
sus glorias tiene en Alcala esculpidas;
    »en su ilustre theatro vitorioso
le nombra el cisne, en canto no funesto,
siempre el primero, como a mas famoso.
    »A los donaires suyos echó el resto
con propriedades al gorron deuidas,
por averlos compuesto o descompuesto.
    »Aquestas seis personas referidas,
como estan en divinos puestos puestas,
y en sacra religion constituydas,
    »tienen las alabanças por molestas
que les dan por poetas, y holgarian
llevar la loa sin el nombre a cuestas.»
    «¿Por qué, le pregunté, señor, porfian
los tales a escriuir y dar noticia
de los versos que paren y que crian?
    »Tambien tiene el ingenio su codicia,
y nunca la alabança se desprecia,
que al bueno se le deve de justicia.
    »Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escrive versos y los dize?
¿por qué desdeña lo que mas aprecia?
    »Jamas me contenté ni satisfize
de hipocritos melindres. Llanamente
quise alabanças de lo que bien hize.»
    «Con todo, quiere Apolo que esta gente
religiosa se tenga aqui secreta»,
dixo el dios que presume de elocuente.
    Oyose en esto el son de una corneta,
y un «trapa, trapa, aparta, afuera, afuera,
que viene un gallardissimo poeta».
    Bolvi la vista, y vi, por la ladera
del monte un postillon, y un cavallero
correr, como se dize, a la ligera.
    Servia el postillon de pregonero,
mucho mas que de guia, a cuyas vozes
en pie se puso el esquadron entero.
    Preguntome Mercurio: «¿no conoces
quien es este gallardo, este brioso?
Imagino que ya le reconoces.»
    «Bien se, le respondi, que es el famoso
gran don Sancho de Leyua, cuya espada
y pluma haran a Delio venturoso.
    »Vencerase sin duda esta jornada
con tal socorro», y, en el mismo instante,
cosa que parecia imaginada
    otro favor, no menos importante
para el caso temido se nos muestra,
de ingenio, y fuerças, y valor bastante.
    Una tropa gentil por la siniestra
parte del monte se descubre, ¡o cielos,
que dais de vuestra providencia muestra!
    Aquel discreto Juan de Vazconzelos
venia delante en un cavallo vayo,
dando a las musas lusitanas zelos.
    Tras el, el capitan Pedro Tamayo
venia, y, aunque enfermo de la gota,
fue al enemigo assombro, fue desmayo,


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Capítulo IV
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    que por el se vio en fuga y puesto en rota,
que, en los dudosos trances de la guerra,
su ingenio admira y su valor se nota.
    Tambien llegaron a la rica tierra,
puestos debaxo de una blanca seña,
por la parte derecha de la sierra,
    otros, de quien tomó luego reseña
Apolo, y era dellos el primero
el jouen don Fernando de Lodeña,
   Poeta primerizo, insigne empero,
en cuyo ingenio Apolo deposita
sus glorias para el tiempo venidero.
    Con magestad real, con inaudita
pompa llegó, y al pie del monte para
quien los bienes del monte solicita.
    El licenciado fue Iuan de Vergara
el que llegó, con quien la turba ilustre
en sus vezinos miedos se repara.
    De Esculapio y de Apolo gloria ilustre,
si no digalo el santo bien partido,
y su fama la misma embidia ilustre.
    Con el fue con aplauso recebido
el docto Iuan Antonio de Herrera,
que puso en fil el desigual partido.
    ¡O quien con lengua en nada lisongera,
sino con puro afecto, en grande excesso,
dos que llegaron alabar pudiera!
    Pero no es de mis ombros este peso;
fueron los que llegaron, los famosos,
los dos maestros Calvo y Valdiviesso.
    Luego se descubrio por los undosos
llanos del mar una pequeña barca,
impelida de remos pressurosos.
    Llegó, y al punto della desembarca
el gran don Iuan de Argote y de Gamboa,
en compañia de don Diego Abarca,
   sugetos dignos de incessable loa,
y don Diego Gimenez y de Anciso
dio un salto a tierra desde la alta proa.
    En estos tres la gala y el aviso
cifró quanto de gusto en si contienen,
como su ingenio y obras dan aviso.
    Con Iuan Lopez del Valle otros dos vienen
juntos alli, y es Pamonês el uno,
con quien las musas ogeriza tienen,
    porque pone sus pies por do ninguno
los puso, y, con sus nuevas fantasias,
mucho mas que agradable es importuno.
    De lexas tierras, por incultas vias,
llegó el bravo irlandes don Iuan Bateo,
Xerges nuevo en memoria en nuestros dias.
    Bueluo la vista, a Mantuano veo,
que tiene al gran Velasco por Mecenas,
y ha sido acertadissimo su empleo.
    Dexarán estos dos en las agenas
tierras, como en las proprias, dilatados
sus nombres, que tu, Apolo, assi lo ordenas.
    Por entre dos fructiferos collados
(¿avra quien esto crea, aunque lo entienda?)
de palmas y laureles coronados,
    el grave aspecto del abad Maluenda
parecio, dando al monte luz y gloria,
y esperanças de triunfo en la contienda.
    Pero, ¿de que enemigos la vitoria
no alcançara un ingenio tan florido
y una bondad tan digna de memoria?
    Don Antonio Gentil de Vargas, pido,
espacio para verte, que llegaste
de gala y arte, y de valor vestido.
    Y aunque de patria ginoves, mostraste
ser en las musas castellanas docto,
tanto que al esquadron todo admiraste.
    Desde el indio apartado, del remoto
mundo llegó mi amigo Montesdoca,
y el que anudó de Arauco el nudo roto.
    Dixo Apolo a los dos: «a entrambos toca
defender esta vuestra rica estancia
de la canalla de verguença poca,
    »la qual, de error armada y de arrogancia,
quiere canonizar y dar renombre
inmortal y divino a la ìgnorancia,
    »que tanto puede la aficion que un hombre
tiene a si mismo, que, ignorante siendo,
de buen poeta quiere alcançar nombre.»
    En esto, otro milagro, otro estupendo
prodigio se descubre en la marina,
que en pocos versos declarar pretendo.
    Una nave a la tierra tan vezina
llegó, que, desde el sitio donde estava,
se ve quanto ay en ella y determina.
    De mas de quatro mil salmas pasava
(que otros suelen llamarlas toneladas),
ancho de vientre y de estatura brava.
    Assi como las naves, que, cargadas
llegan de la oriental India a Lisboa,
que son por las mayores estimadas,



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Capítulo IV
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cubierta de poetas, mercancia
de quíen ay saca en Calicut y en Goa.
    Tomole al roxo dios alferecia,
por ver la muchedumbre impertinente
que en socorro del monte le venia,
    y en silencio rogo, devotamente,
que el vaso naufragasse en un momento,
al que govierna el humido tridente.
    Uno de los del numero hambriento
se puso en esto al borde de la nave,
al parecer mohino y mal contento,
    y en voz que, ni de tierna, ni suave
tenia un solo adarame, gritando,
dixo, tal vez colerico, y tal grave,
    lo que impaciente esTuve yo escuchando,
porque vi sus razones ser saetas,
que Juan mi alma y coraçon clavando.
    «¡O tu, dixo, traydor, que los poetas
canonizaste de la larga lísta,
por causas y por vias indirectas!
    »¿Donde tenías, Magançes, la vista
aguda de tu ingenio, que asi ciego
fuíste tan mentiroso coronista?
    »Yo te confieso, ¡o Barbaro!, y no niego,
que algunos de los muchos que escogiste
sin que el respeto te forçasse, o el ruego,
    »en el deuido punto los pusiste,
pero con los demas, sin duda alguna,
prodigo de alabanças anduviste.
    »Has alçado a los cielos la fortuna
de muchos que en el centro del olvido,
sin ver la luz del sol ni de la luna,
    »yazìan; ni llamado, ni escogido,
fue el gran Pastor de Yberia, el gran Bernardo,
que de la Vega tiene el apellido.
    »Fuiste embidioso, descuydado y tardo,
y a las Ninfas de Henares y pastores,
como a enemigos les tiraste un dardo,
    »y tienes tu poetas tan peores
que estos en tu rebaño, que imagino
que han de sudar, si quieren ser mejores.
    »Que si este agravio no me turba el tino,
siete trovistas desde aqui diviso,
a quien suelen llamar de torbellino,
    »con quien la gala, discrecion y aviso
tienen poco que ver, y tu los pones
dos leguas mas alla del parayso.
    »Estas quimeras, estas invenciones
tuyas, te han de salir al rostro un dia,
si mas no te mesuras y compones.»
    Esta amenaza y gran descortesia
mi blando coraçon llenó de miedo,
y dio al traves con la paciencia mia,
    y bolviendome a Apolo, con denuedo
mayor del que esperava de mis años,
con voz turbada, y con semblante azedo,
    le dixe: «con bien claros desengaños
descubro que el servirte me grangea
presentes mìedos de futuros daños.
    »Haz, ¡o señor!, que en publico se lea
la lista que Cilenio llevó a España,
porque mi culpa poca aqui se vea.
   »Si tu deidad en escoger se engaña,
y yo solo aprove lo que el me dixo,
¿porque este simple contra mi se ensaña?
    »Con justa causa y con razon me aflixo
de ver cómo estos barbaros se inclinan
a tenerme en temor duro y prolixo;
    »unos, porque los puse, me abominan;
otros, porque he dexado de ponellos,
de darme pesadumbre determinan.
    »Yo no se cómo me avendre con ellos;
los puestos se lamentan, los no puestos
gritan, yo tiemblo destos y de aquellos.
    »Tu señor, que eres dios, dales los puestos
que piden sus ingenios: llama y nombra
los que fueren mas abiles y prestos.
    »Y, porque el turbio miedo que me asombra,
no me acabe, acabada esta contienda,
cubreme con tu mano y con tu sombra,
    »o ponme una señal por do se entienda
que soy hechura tuya y de tu casa,
y assi no avra ninguno que me ofenda.»
    «Buelve la vista, y mira lo que passa»;
fue de Apolo enojado la respuesta,
que, ardiendo en ira, el coraçon se abrasa.
    Boluíla, y ví la mas alegre fiesta,
y la mas desdichada y compasiva
que el mundo vio, ni aun la vera qual ésta.
    Mas no se espere que yo aqui la escriva,
sino en la parte quinta, en quien espero
cantar con voz tan entonada y víva,
que piensen que soy cisne y que me muero.



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Capítulo V
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    Oyo el señor del humido tridente
las plegarias de Apolo, y escucholas
con alma tierna y coraçon clemente.
    Hizo de ojo y dio del pie a las olas,
y, sin que lo entendiessen los poetas,
en un punto hasta el cielo levantolas.
    Y el, por ocultas vias y secretas,
se agaçapo debaxo del navio,
y usó con el de sus traydoras tretas.
    Hirio con el tridente en lo vazio
del buco, y el estomago le llena
de un copioso corriente amargo rio.
    Advertido el peligro, al aire suena
una confusa voz, la cual resulta
de otras mil que el temor forma y la pena.
    Poco a poco el baxel pobre se oculta
en las entrañas del ceruleo y cano
vientre, que tantas animas sepulta.
    Suben los llantos por el aire vano
de aquellos miserables, que suspiran
por ver su irreparable fin cercano.
    Trepan y suben por las xarcias; miran
cual del navio es el lugar mas alto,
y en el muchos se apiñan y retiran.
    La confusion, el miedo, el sobresalto
les turba los sentidos, que imaginan
que desta a la otra vida es grande el salto.
    Con ningun medio ni remedio atinan,
pero, creyendo dilatar su muerte,
algun tanto a nadar se determinan.
    Saltan muchos al mar de aquella suerte
que al charco de la orilla saltan ranas,
quando el miedo o el ruido las advierte.
    Hienden las olas del romperse canas,
menudean las piernas y los braços,
aunque enfermos estan, y ellas no sanas,
    y, en medio de tan grandes embaraços,
la vista ponen en la amada orilla,
deseosos de darla mil abraços.
    Y se yo bien que la fatal quadrilla,
antes que alli, holgara de hallarse
en el Compas famoso de Sevilla.
    Que no tienen por gusto el ahogarse
(discreta gente al parecer en esto);
pero valioles poco el esforçarse,
    que el padre de las aguas echó el resto
de su rigor, mostrandose en su carro
con rostro airado y ademan funesto.
    Quatro delfines, cada qual bizarro,
con cuerdas hechas de texidas obas
le tiraban con furia y con desgarro.
    Las ninfas en sus umidas alcobas
sienten tu rabia, ¡o vengativo nume!,
y de sus rostros la color les robas.
    El nadante poeta, que presume
llegar a la ribera defendida,
sus ayes pierde y su teson consume;
    que su corta carrera es impedida
de las agudas puntas del tridente,
entonces fiero y aspero omicida.
    Quien ha visto muchacho diligente,
que en goloso a ssi mesmo sobrepuja
(que no ay comparacion mas conveniente),
   picar en el sombrero la granuja
que el hallazgo le puso alli, o la sisa,
con punta alfileresca, o ya de aguja,
    pues no con menor gana o menor prisa,
poetas ensartava el nume airado,
con gusto infame, y con dudosa rissa.
    En carro de cristal venia sentado,
la barba luenga y llena de marisco,
con dos gruesas lampreas coronado.
    Hazian de sus barbas firme aprisco
la almeja, el morsillon, pulpo y cangrejo,
qual le suelen hazer en peña o risco.
    Era de aspecto venerable y viejo,
de verde, azul, y plata era el vestido,
robusto al parecer y de buen rejo,
    aunque, como enojado, denegrido
se mostraba en el rostro, que la saña
assi turba el color como el sentido.
    Airado contra aquellos mas se ensaña
que nadan mas, y saleles al passo,
juzgando a gloria tan cobarde hazaña.
    En esto, (¡o nuevo, y milagroso caso!,
digno de que se quente poco a poco,
y con los versos de Torcato Taso.


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Capítulo V
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    Hasta aqui no he invocado, aora invoco,
vuestro favor, ¡o Musas!, necesario
para los altos puntos en que toco.
    Descerrajad vuestro mas rico almario,
y el aliento me dad que el caso pide,
no humilde, no ratero ni ordinario)
    las nuves hiende, el aire pisa y mide
la hermosa Venus Accidalia, y baxa
del cielo, que ninguno se lo impide.
    Traia vestida, de pardilla raxa
una gran saya entera hecha al uso,
que le dize muy bien, quadra y encaxa,
    luto que por su Adonis se le puso,
luego que el gran colmillo del berraco
a atravessar sus ingles se dispuso.
    A fe que si el mocito fuera maco,
que el guardara la cara al colmilludo,
que dio a su vida y su belleza saco.
    ¡O valiente garçon, mas que sesudo!,
¿cómo estando avisado tu mal tomas,
entrando en trance tan horrendo y crudo?
    En esto, las mansissimas palomas
que el carro de la diosa conduzian
por el llano del mar y por las lomas,
    por unas y otras partes discurrian,
hasta que con Neptuno se encontraron,
que era lo que buscaban y querian.
   Los dioses que se ven, se respetaron,
y haziendo sus zalemas a lo moro,
de verse juntos en extremo holgaron.
    Guardaronse real grave decoro,
y procuró Ciprinia, en aquel punto,
mostrar de su belleza el gran tesoro.
    Ensanchó el verdugado, y diole el punto
con ciertos puntapies, que fueron cozes
para el dios que las vio, y quedó difunto.
    Un poeta, llamado don Quincozes,
andava semivivo en las saladas
ondas, dando gemidos, y no vozes.
    Con todo, dixo en mal articuladas
palabras: «¡o señora, la de Pafo,
y de las otras dos islas nombradas:
    »muevate a compassion el verme gafo
de pies y manos, y que ya me ahogo
en otras linfas que las del garrafo!
    »Aqui sera mi pira, aqui mi rogo,
aqui sera Quincozes sepultado,
que tuvo en su criança pedagogo».
    Esto dixo el mezquino, esto escuchado
fue de la diosa con ternura tanta,
que Bolvio a componer el verdugado,
    y luego en pie y piadosa se levanta,
y, poniendo los ojos en el viejo,
desembudó la boz de la garganta,
    y, con cierto desden y sobrecejo,
entre enojada, y grave, y dulce, dixo
lo que al humido dios tuvo perplexo.
    Y, aunque no fue su razonar prolixo,
todavia le truxo a la memoria
hermano de quien era, y de quien hijo.
    Representole quan pequeña gloria
era llevar de aquellos miserables
el triunfo infausto y la cruel vitoria.
    El dixo: «si los hados inmudables
no huvieran dado la fatal sentencia
destos en su ignorancia siempre estables,
    »una brizna no mas de tu presencia
que viera yo, bellisima señora,
fuera de mi rigor la resistencia;
    »mas ya no puede ser, que ya la hora
llegó donde mi blanda y mansa mano
ha de mostrar que es dura y vencedora;
    »que estos, de proceder siempre inhumano,
en sus versos han dicho cien mil vezes
"açotando las aguas del mar cano"».
    «Ni açotado, ni viejo me pareces»,
replicó Venus, y el le dixo a ella:
«puesto que me enamoras, no enterneces,
    »que de tal modo la fatal estrella
influye destos tristes, que no puedo
dar felize despacho a tu querella.
    »Del querer de los hados solo un dedo
no me puede apartar, ya tu lo sabes:
ellos han de acabar, y ha de ser cedo.»
    «Primero acabaras que los acabes,
le respondio madama, la que tiene
de tantas voluntades puerta y llaves,
    »que, aunque el hado feroz su muerte ordene,
el modo no ha de ser a tu contento,
que muchas muertes el morir contiene».
    Turbose en esto el liquido elemento;
de nuevo renovose la tormenta,
sopló mas vivo y mas apriesa el viento;
   La hambrienta mesnada, y no sedienta,
se rinde al huracan rezien venido,
y, por mas no penar, muere contenta.



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Capítulo V
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    ¡O raro caso y por jamas oydo
ni visto! ¡o nuevas y admirables traças
de la gran reina obedecida en Nido!.
    En un instante el mar de calabaças
se vio cuajado, algunas tan potentes,
que pasavan de dos y aun de tres braças.
    Tambien hinchados odres y valientes,
sin deshazer del mar la blanca espuma,
nadavan de mil talles diferentes.
    Esta trasmutación fue hecha, en suma,
por Venus de los languidos poetas,
porque Neptuno hundirlos no presuma;
    el qual le pidio a Febo sus saetas,
cuya arma arrojadiza desde aparte
a Venus defraudara de sus tretas.
    Negoselas Apolo, y veis do parte
enojado el vejon, con su tridente
pensandolos passar de parte a parte.
    Mas este se resbala, aquel no siente
la herida, y dando esguinze se desliza,
y el queda de la colera impaciente.
    En esto Boreas su furor atiza,
y lleva antecogida la manada,
que con la de los Cerdas simboliza.
    Pidioselo la diosa, aficionada
a que Vivan poetas zarabandos,
de aquellos de la seta almidonada;
    de aquellos blancos, tiernos, dulzes, blandos,
de los que por momentos se dividen
en varias setas y en contrarios vandos.
    Los contrapuestos vientos se comiden
a complazer la bella rogadora,
y con un, solo aliento la mar miden,
    llevando a la piara gruñidora,
en calabaças y odres convertida,
a los reynos contrarios del aurora.
    Desta dulze semilla referida,
España (verdad cierta) tanto abunda,
que es por ella estimada y conocida.
   Que, aunque en armas y en letras es fecunda,
mas que quantas provincias tiene el suelo,
su gusto en parte en tal semilla funda.
    Despues desta mudança que hizo el cielo,
o Venus, o quien fuesse, que no importa
guardar puntualidad como yo suelo,
    no veo calabaça, o luenga o corta,
que no imagine que es algun poeta
que alli se estrecha, encubre, encoge, acorta.
    ¿Pues qué quando veo un cuero? ¡o mal discreta
y vana fantasia, asi engañada,
que a tanta liviandad estás sujeta!
    Pienso que el piezgo de la boca atada,
es la faz del poeta, transformado
en aquella figura mal hinchada.
    Y quando encuentro algun poeta honrado
(digo poeta firme y valedero,
hombre vestido bien, y bien calçado),
    luego se me figura ver un cuero
o alguna calabaça, y desta suerte,
entre contrarios pensamientos muero.
   Y no se si lo yerre o si lo acierte
en que a las calabaças y a los cueros
y a los poetas trate de una suerte.
    Cernicalos que son lagartijeros,
no esperen de gozar las preeminencias
que gozan gavilanes no pecheros.
    Puestas en paz, pues, ya las diferencias
de Delio y los poetas, transformados
en tan vanas y huecas aparíencias;
    los mares y los vientos sosegados,
sumergiose Neptuno mal contento
en sus palacios de cristal labrados;
    las mansisimas aves por el viento
volaron, y a la vella Cipriana
pusieron en su reino a salvamento,
    y, en señal que del triunfo quedó ufana
(lo que hasta alli nadie acabó con ella),
del luto se quitó la saboyana,
    quedando en cuezo, tan briosa y bella,
que se supo despues que Marte anduvo
todo aquel dia y otros dos tras ella;
    todo el qual tiempo el escuadron estuvo
mirando atento la fatal ruyna,
que la canalla transformada tuvo;
    y, viendo despejada la marina,
Apolo, del socorro mal venido,
de dar fin al gran caso determina.
    Pero, en aquel instante, un gran ruido
se oyo, con que la turba se alboroza,
y pone vista alerta y presto oydo;
    y era quien le formava una carroza
rica, sobre la cual venia sentado
el grave don Lorenço de Mendoza,
   de su felice ingenio acompañado,
de su mucho valor y cortesia,
joyas inestimables, adornado.


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Capítulo V
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    Pedro Juan de Rejaule le seguia
en otro coche, insigne valenciano
y grande defensor de la Poesia.
    Sentado viene a su derecha mano
Juan de Solis, mancebo generoso,
de raro ingenio, en verdes años cano,
    y Juan de Carvajal, doctor famoso,
les haze tercio, y, no por ser pesado,
dexan de hazer su curso presuroso,
    porque el divino ingenio, al levantado
valor de aquestos tres, que el coche encierra,
no ay impedirle monte ni collado.
    Pasan volando la empinada sierra,
las nuves tocan, llegan casi al cielo,
y alegres pisan la famosa tierra.
    Con este mismo honroso y grave zelo,
Bartolome de Mola y Gabriel Laso
llegaron a tocar del monte el suelo.
    Honra las altas cimas de Parnaso
don Diego, que de Silua tiene él nombre,
y por ellas alegre tiende el paso;
    a cuyo ingenio y sin igual renombre
toda ciencia se inclina y le obedece,
y le levanta a ser mas que de hombre.
    Dilatanse las sombras y decrece
el dia, y de la noche el negro manto
guarnecido de estrellas aparece,
    y el escuadron, que avia esperado tanto,
en pie se rinde al sueño perezoso,
de hambre y sed, y de mortal quebranto.
    Apolo, entonces, poco luminoso,
dando hasta los antipodas un brinco,
siguio su occidental curso forçoso;
    pero primero licenció a los cinco
poetas titulados a su ruego,
que lo pidieron con estraño ahinco,
    por parecerles risa, burla y juego,
empresas semejantes, y assí Apolo
condecendio con sus desseos luego;
    que es el galan de Daphne uníco y solo
en vsar cortesia sobre quantos
descubre el nuestro y el contrario polo.
    Del lobrego lugar de los espantos
sacó su hisopo el languido Morfeo,
con que ha rendido y embocado a tantos,
    y del licor que dizen que es Leteo,
que mana de la fuente del olvido,
los parpados bañó a todos arreo.
    El mas hambriento se quedó dormido;
dos cosas repugnantes, hambre y sueño,
Privilegio a poetas concedido.
    Yo quedé, en fin, dormido como un leño,
llena la fantasia de mil cosas,
que de contallas mi palabra empeño,
por mas que sean en si dificultosas.


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Capítulo VI
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    De una de tres causas los ensueños
se causan, o los sueños, que este nombre
les dan los que del bien hablar son dueños:
    primera, de las cosas de que el hombre
trata mas de ordinario; la segunda,
quiere la medicina que se nombre,
    del humor que en nosotros mas abunda;
toca en revelaciones la tercera,
que en nuestro bien mas que las dos redunda.
    Dormi, y soñe, y el sueño la tercera
causa le dio principio suficiente
a mezclar el ahito y la dentera.
    Sueña el enfermo, a quien la fiebre ardiente
abrasa las entrañas, que en la boca
tiene de las que ha visto alguna fuente,
    y el labio al fugitiuo cristal toca,
y el dormido consuelo imaginado
crece el deseo, y no la sed apoca.
    Pelea el valentissimo soldado,
dormido casi al modo que despierto
se mostro en el combate fiero armado.
    Acude el tierno amante a su concierto,
y en la imaginacion dormido llega,
sin padecer borrasca, a dulce puerto.
    El coraçon el avariento entrega
en la mitad del sueño a su tesoro,
que el alma en todo tiempo no le niega.
    Yo, que siempre guardé el comun decoro
en las cosas dormidas y despiertas,
pues no soy troglodita, ni soy moro,
    de par en par del alma abri las puertas,
y dexé entrar al sueño por los ojos,
con premissas de gloria y gusto ciertas.
    Gozé durmiendo quatro mil despojos
(que los conté sin que faltasse alguno)
de gustos que acudieron a manojos.
    El tiempo, la ocasion, el oportuno
lugar correspondían al efecto,
juntos y por si solo cada uno.
    Dos horas dormi y mas a lo discreto
sin que imaginaciones ni vapores
el celebro tuviessen inquieto.
    La suelta fantasía entre mil flores
me puso de un pradillo, que exhalava
de Pancaya y Sabea los olores.
    El agradable sitio se llevava
tras si la vista, que, durmiendo, Viva
mucho mas que despierta se mostraba.
    Palpable vi... mas no se si lo escriva,
que a las cosas que tienen de impossibles
siempre mi pluma se ha mostrado esquiva;
    las que tienen vislumbre de posibles,
de dulces, de suaves y de ciertas,
esplican mis borrones apazibles.
    Nunca a disparidad abre las puertas
mi corto ingenio, y hallalas contino
de par en par la consonancia abiertas.
    ¿Cómo pueda agradar un desatino,
si no es que de proposito se haze,
mostrandole el donaire su camino?
    Que entonces la mentira satisfaze,
quando verdad parece, y está escrita
con gracia, que al discreto y simple aplaze.
    Digo, Bolviendo al quento, que infinita
gente vi discurrir por aquel llano
con algazara plazentera y grita;
    con abito decente y cortesano,
algunos a quien dio la hipocresia
vestido pobre, pero limpio y sano;
    otros, de la color que tiene el dia
quando la luz primera se aparece
entre las trenças de la aurora fria.
    La variada primavera ofrece
de sus varias colores la abundancia,
con que a la vista el gusto alegre crece.
    La prodigalidad, la exorbitancia
campean juntas por el verde prado,
con galas que descubren su ignorancia.
    En un trono, del suelo levantado,
do el arte a la materia se adelanta,
puesto que de oro y de marfil labrado,
    una donzella vi, desde la planta
del pie hasta la cabeça assi adornada,
que el verla admira y el oirla encanta.
    Estava en el con magestad sentada,
giganta al parecer en la estatura,
pero, aunque grande, bien proporcionada.
    Parecia mayor su hermosura
mirada desde lexos, y no tanto,
si de cerca se ve su compostura.
    Lleno de admiracion, colmo de espanto,
puse en ella los ojos, y vi en ella
lo que en mis versos desmayados canto.
    Yo no sabre afirmar si era donzella,
aunque he dicho que si, que, en estos casos,
la vista mas aguda se atropella.
    Son, por la mayor parte, siempre escasos
de razon los juizios maliciosos
en juzgar rotos los enteros vasos.
    Altaneros sus ojos y amorosos
se mostraban con cierta mansedumbre,
que los hazia en todo extremo hermosos.
    Ora fuese artificio, ora costumbre,
los rayos de su luz tal vez crecian,
y tal vez davan encogida lumbre.
    Dos ninfas a sus lados assistian,
de tan gentil donaire y apariencia,
que, miradas, las almas suspendian.
De la del alto trono en la presencia
desplegauan sus labios en razones,
ricas en suauidad, pobres en ciencia.
    Levantavan al cielo sus blasones,
que estavan, por ser pocos, o ningunos,
escritos del olvido en los borrones.
    Al dulce murmurar, al oportuno
razonar de las dos, la del asiento,
que en belleza jamas le igualó alguno,
    luego se puso en pie y, en un momento,
me parecio que dio con la cabeça


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Capítulo VI
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mas alla de las nubes, y no miento.
    Y no perdio por esto su belleza,
antes, mientras mas grande, se mostraba
igual su perfeccion a su grandeza.
    Los braços de tal modo dilataua,
que, de do nace a donde muere el dia,
los opuestos estremos alcançava.
    La enfermedad llamada hydropesia,
asi le hincha el vientre, que parece
que todo el mar caber en el podia.
    Al modo destas partes, asi crece
toda su compostura, y no por esto,
qual dixe, su hermosura desfallece.
   Yo, atonito, esperava ver el resto
de tan grande prodigio, y diera un dedo
por saber la verdad segura, y presto.
    Uno, y no sabre quién, bien claro y quedo
al oydo me habló, y me dixo: «espera,
que yo dezirte lo que quieres puedo.
    Esta que vees, que crece de manera
que apenas tiene ya lugar do quepa,
y aspira en la grandeza a ser primera:
    esta que por las nubes sube y trepa
hasta llegar al cerco de la luna,
puesto que el modo de subir no sepa,
    es la que, confiada en su fortuna,
piensa tener de la inconstante rueda
el exe quedo y sin mudança alguna.
    Esta, que no halla mal que le suceda,
ni le teme, atrevida y arrogante,
prodiga siempre, venturosa y leda,
    es la que, con disignio extravagante,
dio en crecer poco a poco hasta ponerse
cual ves en estatura de gigante.
    No dexa de crecer por no atreverse
a emprender las hazañas mas notables,
a donde puedan sus estremos verse.
    ¿No has oido dezir los memorables
arcos, anfiteatros, templos, baños,
termas, porticos, muros admirables,
    que, a pesar y despecho de los años,
aun duran sus reliquias y entereza,
haciendo al tiempo y a la muerte engaños?»
    «Yo, respondi por mi, ninguna pieça
de essas que has dicho dexo de tenella
clauada y remachada en la cabeça.
    »Tengo el sepulcro de la viuda bella,
y el Coloso de Rodas alli junto,
y la lanterna que sirvio de estrella.
    »Pero vengamos de quién es al punto
esta, que lo deseo»; «harase luego»,
me respondio la voz en baxo punto,
    y prosiguio diziendo: «a no estar ciego,
huvieras visto ya quién es la dama;
pero, en fin, tienes el ingenio lego.
    »Esta que hasta los cielos se encarama
preñada, sin saber cómo, del viento,
es hija del deseo y de la fama;
    »esta fue la ocasion y el instrumento,
el todo y parte de que el mundo viese,
no siete maravillas, sino ciento.
    »Corto numero es ciento: aunque dixese
cien mil y mas millones, no imagines
que en la cuenta del numero excediesse.
    »Esta conduxo a memorables fines
edificios que asientan en la tierra,
y tocan de las nuves los confines.
    »Esta, tal vez, ha levantado guerra
donde la paz suave reposava,
que en limites estrechos no se encierra.
    »Quando Mucio en las llamas abrasaua
el atrevido fuerte braço y fiero,
esta el incendio horrible resfriava.
    »Esta arrojó al romano cavallero
en el abismo de la ardiente Cueva,
de limpio armado y de luziente azero.
    »Esta tal vez, con maravilla nueva,
de su ambiciosa condicion llevada,
mil impossibles atrevida prueva.
    »Desde la ardiente Libia hasta la elada
Citia, lleva la fama su memoria,
en grandiosas obras dilatada.
    »En fin, ella es la altiva vanagloria,
que en aquellas hazañas se entremete
que llevan de los siglos la vitoria.
    »Ella misma a si misma se promete
triunfos y gustos, sin tener asida
a la calva ocasion por el copete.
    »Su natural sustento, su bevida,
es aire, y assi crece en un instante
tanto, que no ay medida a su medida.
    »Aquellas dos del placido semblante
que tiene a sus dos lados, son aquellas
que sirven a su maquina de Atlante.
    »Su delicada voz, sus luzes bellas,
su humildad aparente y las loçanas


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Capítulo VI
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razones, que el amor se cifra en ellas,
    »Las hazen mas divinas que no humanas,
y son (con paz escucha y con paciencia)
la adulacion y la mentira, hermanas.
    »Estas estan contino en su presencia
palabras ministrandola al oydo,
que tienen de prudentes apariencia,
    »y ella, qual ciega del mejor sentido,
no ve que, entre las flores de aquel gusto,
el aspid ponçoñoso está escondido,
    »y asi, arrojada, con desseo injusto,
en cristalino vaso prueva y beve
el veneno mortal, sin ningun susto.
    »Quien mas presume de advertido, prueve
a dexarse adular, vera quan presto
passa su gloria como el viento leve.»
    Esto escuché y, en escuchando aquesto,
dio un estampido tal la gloria vana,
que dio a mi sueño fin dulce y molesto.
    Y en esto descubriose la mañana,
vertiendo perlas y esparziendo flores,
loçana en vista y en virtud loçana.
    Los dulzes pequeñuelos ruiseñores,
con cantos no aprendidos, le dezian,
enamorados della, mil amores.
    Los silgueros el canto repetian,
y las diestras calandrias entonavan
la musica que todos componian.
    Unos del esquadron priessa se davan
porque no los hallasse el dios del dia
en los forçosos actos en que estavan;
    y luego se asomó su señoria,
con una cara de tudesco roxa,
por los valcones de la aurora fria,
    en parte gorda, en parte flaca y floxa,
como quien teme el esperado trance
donde verse vencido se le antoja.
    En propio toledano y buen romance,
les dio los buenos dias cortesmente,
y luego se aprestó al forçoso lance.
    Y, encima de un peñasco, puesto enfrente
del esquadron, con voz sonora y grave,
esta oracion les hizo de repente:
    «¡O espiritus felizes, donde cabe
la gala del dezir, la sutileza
de la ciencia mas docta que se sabe,
    »donde en su propia natural belleza
assiste la hermosa Poesia,
entera de los pies a la cabeza!
    »No consintais, por vida vuestra y mia
(mirad con qué llaneza Apolo os habla),
que triunfe esta canalla que porfia.
    »Esta canalla, digo, que se endiabla,
que, por darles calor su muchedumbre,
ya su ruyna o ya la nuestra entabla.
    »Vosotros, de mis ojos gloria y lumbre,
faroles do mi luz de asiento mora,
ya por naturaleza, o por costumbre,
    »¿aveys de consentir que esta embaidora,
hipocrita gentalla se me atreva,
de tantas necedades inventora?
    »Hazed famosa y memorable prueva
de vuestro gran valor en este hecho,
que a su castigo y vuestra gloria os lleva.
    »De justa indignacion armad el pecho,
acometed intrepidos la turba
ociosa, vagamunda, y sin provecho.
    »No se os de nada, no se os de una burba
(moneda berberisca, vil y baxa)
de aquesta gente que la paz nos turba.
    »El son de mas de una templada caxa,
y el del pifaro triste y la trompeta,
que la colera sube y flema abaxa,
    »asi os incite con virtud secreta,
que despierte los animos dormidos
en la facion que tanto nos apríeta.
    »Ya retumba, ya llega a mis oidos
del esquadron contrario el rumor grande,
formado de confusos alaridos.
    »Ya es menester, sin que os lo ruegue o mande,
que cada qual, como guerrero experto,
sin que por su capricho se desmande,
    »la orden guarde y militar concierto,
y acuda a su dever como valiente,
hasta quedar, o vencedor, o muerto.»
    En esto, por la parte de poniente,
parecio el esquadron casi infinito
de la barbara, ciega y pobre gente.
    Alçan los nuestros al momento un grito
alegre y no medroso, y gritan: «¡arma!»
«¡Arma!» resuena todo aquel distrito,
y, aunque mueran, correr quieren al arma.


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Capítulo VII
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    Tu, beligera Musa, tu que tienes
la voz de bronze y de metal la lengua,
cuando a cantar del fiero Marte vienes,
    tu, por quien se aniquila siempre y mengua
el gran genero humano; tu, que puedes
sacar mi pluma de ignorancia y mengua,
   tu, mano rota y larga de mercedes,
digo en hazellas, una aqui te pido,
que no hara que menos rica quedes.
    La sobervia y maldad, el atrevido
intento de una gente malmirada,
ya se descubre con mortal ruido.
    Dame una voz al caso acomodada,
una sutil y bien cortada pluma,
no de aficion ni de passion llevada,
    para que pueda referir, en suma,
con purisimo y nuevo sentimiento,
con verdad clara y entereza suma,
    el contrapuesto y desigual intento
de uno y otro esquadron, que, ardiendo en ira,
sus vanderas descoge al vago viento.
    El del vando catolico, que mira
al falso y grande al pie del monte puesto,
que de subir al alta cumbre aspira,
    con paso largo y ademan compuesto,
todo el monte coronan, y se ponen
a la furia, que en loca a echado el resto.
    Las ventajas tantean, y disponen
los animos valientes al assalto,
en quien su gloria y su vengança ponen.
    De rabia lleno, y de paciencia falto,
Apolo su bellisimo estandarte
mandó al momento levantar en alto.
    Arbolole un marques, que el proprio Marte
su briosa presencia representa,
naturalmente, sin índustria y arte;
    poeta celeberrimo y de cuenta,
por quien y en quíen Apolo soberano
su gloria y gusto y su valor aumenta.
    Era la insinia un cisne hermoso y cano,
tan al vivo pintado, que dixeras
la voz despide, alegre, al aire vano.
    Siguen al estandarte sus vanderas,
de gallardos alferezes llevadas,
honrosas por no estar todas enteras.
    Las caxas, a lo belico templadas,
al milite mas tardo buelven presto
de vozes de metal acompañadas.
    Geronimo de Mora llegó en esto,
pintor excelentissimo y poeta,
Apeles y Virgilio en un supuesto,
    y, con la autoridad de una gineta,
que de ser capitan le dava nombre,
al caso acude y a la turba aprieta.
    Y porque mas se turbe y mas se asombre
el enemigo desigual y fiero,
llegó el gran Biedma, de inmortal renombre.
    Y con el Gaspar de Auila, primero
sequaz de Apolo, a cuyo verso y pluma
Yziar puede embidiar, temer Sincero.
    Llegó Juan de Meztança, cifra y suma
de tanta erudicion, donaire y gala,
que no ay muerte ni edad que la consuma.
    Apolo le arrancó de Guatimala,
y le truxo en su ayuda para ofensa
de la canalla, en todo estremo mala.
   Hazer milagros en el trance piensa
Cepeda, y acompañale Mexia,
poetas dignos de alabança inmensa.
    Clarissimo esplendor de Andaluzia
y de la Mancha, el sin igual Galindo
llegó con magestad y bizarria.
    De la alta cumbre del famoso Pindo
baxaron tres bizarros lusitanos,
a quien mis alabanças todas rindo.
    Con prestos pies y con valientes manos,
con Fernando Correa de la Cerda,
pisó Rodriguez Lobo monte y llanos,
    y, porque Febo su razon no pierda,
el grande don Antonio de Atayde
llegó con furia alborotada y cuerda.
    Las fuerças del contrario ajusta y mide
con las suyas Apolo, y determina
dar la batalla, y la batalla pide.
    El ronco son de mas de una vozina
(instrumento de caça y de la guerra),
de Febo a los oydos se avezina.


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Capítulo VII
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    Tiembla debaxo de los pies la tierra,
de infinitos poetas oprimida,
que dan asalto a la sagrada sierra.
    El fiero general de la atrevida
gente, que trae un cuerbo en su estandarte,
es Arbolanchez, muso por la vida.
    Puestos estavan en la baxa parte
y en la cima del monte, frente a frente,
los campos de quien tiembla el mismo Marte,
    cuando una, al parecer, discreta gente
del catolico vando, al enemigo
se pasó, como en numero de veinte.
   Yo con los ojos su carrera sigo,
y, viendo el paradero de su intento,
con voz turbada al sacro Apolo digo:
    «¿Qué prodigio es aqueste, qué portento,
o por mejor dezir, qué mal aguero,
que assi me corta el brio y el aliento?
    »Aquel transfuga, que partio primero,
no solo por poeta le tenía,
pero tambien por bravo churrullero.
    »Aquel ligero, que tras el corria,
en mil corrillos en Madrid le he visto
tiernamente hablar en la poesia.
    »Aquel tercero que partio tan listo,
por satirico, necio, y por pesado,
se que de todos fue siempre mal quisto.
    »No puedo imaginar cómo ha llevado
Mercurio estos poetas en su lista.»
«Yo fuy, respondio Apolo, el engañado,
    »que, de su ingenio, la primera vista
indicios descubrio, que serian buenos
para facilitar esta conquista.»
    «Señor, repliqué yo, crei que agenos
eran de las deidades los engaños,
digo, engañarse en poco mas ni menos.
    »La prudencia que nace de los años,
y tiene por maestra a la esperiencia,
es la deidad que advierte destos daños.»
    Apolo respondio: «Por mi conciencia,
que no te entiendo» (algo turbado y triste,
por ver de aquellos veinte la insolencia).
    Tu, sardo militar Lofraso, fuiste
uno de aquellos barbaros corrientes
que del contrario el numero creciste.
    Mas no por esta mengua los valientes
del esquadron catolico temieron,
poetas madrigados y excelentes;
    antes tanto corage concibieron
contra los fugitivos corredores,
que riça en ellos y matança hizieron.
    ¡O falsos y malditos trobadores,
que passays plaça de poetas sabios,
siendo la hez de los que son peores!
    Entre la lengua, paladar y labios,
anda contino vuestra poesia
haziendo a la virtud cien mil agravios.
    Poetas de atrevida hipocresia,
esperad, que de vuestro acabamiento
ya se ha llegado el temeroso dia.
    De las confusas vozes el concento
confuso por el aire resonava,
de espessas nubes condensando el viento.
    Por la falda del monte gateava
una tropa poetica, aspirando
a la cumbre, que bien guardada estava.
    Hazian hincapie de cuando en cuando,
y con ondas de estallo y con ballestas,
cuan libros enteros disparando.
    No del plomo encendido las funestas
balas pudieran ser dañosas tanto,
ni al disparar pudieran ser mas prestas.
    Un libro, mucho mas duro que un canto,
a Jusepe de Vargas dio en las sienes,
causandole terror, grima y espanto.
    Gritó, y dixo a un Soneto: «Tu, que vienes
de satirica pluma disparado,
¿por qué el infame curso no detienes?»
    Y qual perro con piedras irritado,
que dexa al que las tira, y va tras ellas,
qual si fueran la causa del pecado,
    entre los dedos de sus manos bellas,
hizo pedaços al soneto altivo,
que amenazava al sol y a las estrellas.
    Y dixole Cilenio: «¡O rayo vivo,
donde la justa indignacion se muestra
en un grado y valor superlativo,
    »la espada toma en la temida diestra,
y arrojate valiente y temerario
por esta parte que el peligro adiestra.»
    En esto, del tamaño de un Breviario,
volando un libro por el aire vino,
de prosa y verso, que arrojó el contrario.
    De verso y prosa el puro desatino
nos dio a entender que de Arbolanches eran
las Avidas pesadas de contino.


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Capítulo VII
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    Unas Rimas llegaron, que pudieran
desbaratar el esquadron christiano,
si acaso vez segunda se imprimieran.
    Diole a Mercurio en la derecha mano
una satira antigua licenciosa,
de estilo agudo, pero no muy sano.
    De una intricada y mal compuesta prosa,
de un asumpto sin jugo y sin donaire,
quatro Novelas disparó Pedrosa.
    Siluando rezio y desgarrando el aire,
otro libro llegó de Rimas solas,
hechas al parecer como al desgaire.
    Violas Apolo, y dixo quando violas:
«Dios perdone a su autor, y a mi me guarde
de algunas Rimas sueltas españolas.»
    Llegó El Pastor de Iberia, aunque algo tarde,
y derribó catorze de los nuestros,
haziendo de su ingenio y fuerça alarde.
    Pero dos valerosos, dos maestros,
dos lumbreras de Apolo, dos soldados,
unicos en hablar, y en obrar diestros,
    del monte puestos en opuestos lados,
tanto apretaron a la turbamulta,
que Bolvieron atras los encumbrados.
    Es Gregorio de Angulo, el que sepulta
la cañalla, y con el, Pedro de Soto,
de prodigioso ingenio y vena culta;
    doctor aquel, estotro unico y docto
licenciado de Apolo, ambos sequazes,
con raras obras y animo devoto.
    Las dos contrarias indignadas hazes,
ya miden las espadas, ya se cierran,
duras en su teson y pertinazes.
    Con los dientes se muerden, y se aferran
con las garras, las fieras imitando,
que toda piedad de si destierran.
   Haldeando venia y trasudando
el autor de La Picara Justina,
capellan lego del contrario vando,
    y, qual si fuera de una culebrina,
disparó de sus manos su libraço,
que fue de nuestro campo la ruyna.
    Al buen Tomas Gracian mancó de un braço;
a Medinilla derribó una muela
y le llevó de un muslo un gran pedaço.
    Una despierta, nuestra centinela,
gritó: «Todos abaxen la cabeza,
que dispara el contrario otra nouela.»
    Dos pelearon una larga pieza,
y el uno al otro, con instancia loca,
de un embion, con arte y con destreza,
    seis seguidillas le encaxó en la voca,
con que le hizo bomitar el alma,
que salio libre de su estrecha roca.
    De la furia el ardor; del sol la calma,
tenia en duda de una y otra parte
la vencedora y pretendida palma.
    Del cuerbo en esto el lobrego estandarte
cede al del cisne, porque vino al suelo,
passado el coraçon de parte a parte,
    su alferez, que era un andaluz moçuelo,
trobador repentista, que subia
con la soberuia mas alla del cielo;
    elosele la sangre que tenia;
muriose, quando vio que muerto estava,
la turba, pertinaz en su porfia.
    Puesto que ausente el gran Lupercio estava,
con un solo soneto suyo hizo
lo que de su grandeza se esperava.
    Desquadernó, desencaxó, deshizo
del opuesto esquadron catorze hileras;
dos criollos mató; hirio un mestizo.
    De sus sabrosas burlas y sus veras,
el magno cordoves un cartapacio
disparó, y aterró cuatro vanderas.
    Dava ya indicios de cansado y lacio
el brio de la barbara canalla,
peleando mas floxo y mas despacio;
    mas renovose la fatal batalla,
mezclandose los unos con los otros;
ni vale arnes, ni presta dura malla.
    Cinco melifluos, sobre cinco potros
llegaron y embistieron por un lado,
y llevaronse cinco de nosotros,
    cada cual como moro ataviado,
con mas letras y cifras que una carta
de principe enemigo y recatado.
    De romances moriscos una sarta,
qual si fuera de balas enramadas,
llega con furia y con malicia harta;
    y, a no estar dos esquadras avisadas
de las nuestras del rezio tiro y presto,
era fuerça quedar desbaratadas.
    Quiso Apolo, indignado, echar el resto
de su poder y de su fuerça sola,
y dar al enemigo fin molesto.


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Capítulo VII
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    Y una sacra cancion, donde acrisola
su ingenio, gala, estilo y bizarria
Bartolome Leonardo de Argensola,
    cual sí fuera un petrarte, Apolo embia
adonde está el teson mas apretado,
mas dura y mas furiosa la porfia.
   «Quando me paro a contemplar mi estado»,
comiença la cancion que Apolo pone
en el lugar mas noble y levantado.
    Todo lo mira, todo lo dispone
con ojos de Argos; manda, quita y veda,
y del contrario a todo ardid se opone.
    Tan mezclados estan, que no hay quien pueda
discernir qual es malo, o qual es bueno,
qual es garcilasista, o Timoneda.
    Pero un mancebo, de ignorancia ageno,
grande escudriñador de toda historia,
rayo en la pluma y en la voz un trueno,
    llegó, tan rica el alma de memoria,
de sana voluntad y entendimiento,
que fue de Febo y de las Musas gloria.
    Con este azelerose el vencimiento,
porque supo dezir: «Este merece
gloria, pero aquel no, sino tormento.»
    Y como ya con distincion parece
el justo y el injusto conbatiente,
el gusto al peso de la pena crece.
    Tu, Pedro Mantuano el excelente,
fuyste quien distinguio, de la confusa
maquina, el que es cobarde del valiente.
    Julian de Almendarez no reusa,
puesto que llegó tarde, en dar socorro
al rubio Delio con su ilustre musa.
    Por las ruzias que peyno, que me corro
de ver que las comedias endiabladas,
por divinas se pongan en el corro.
    Y, a pesar de las limpias y atildadas
del comico mejor de nuestra Esperia,
quieren ser conocidas y pagadas.
    Mas no ganaron mucho en esta feria,
porque es discreto el vulgo de la corte,
aunque le toca la comun miseria.
    De llano no le deis, dadle de corte
estancias polifemas al poeta
que no os tuviere por su guia y norte.
    Inimitables soys, y a la discreta
gala que descubris en lo escondido,
toda elegancia puede estar sugeta.
    Con estas municiones, el partido
nuestro se mejoró de tal manera,
que el contrario se tuvo por vencido.
    Cayo su presuncion soberbia y fiera,
derrumbanse del monte abaxo, quantos
presumieron subir por la ladera;
    la voz prolixa de sus roncos cantos,
el mal sucesso con rigor la buelve
en interrotos y funestos llantos.
    Tal huvo que, cayendo, se resuelve
de asirse de una çarça o cabrahigo,
y en llanto, a lo de Ovidio, se disuelve.
    Cuatro se arracimaron a un quexigo,
como enxambre de avejas desmandada,
y le estimaron por el lauro amigo.
    Otra cuadrilla, virgen por la espada
y adultera de lengua, dio la cura
a sus pies de su vida almidonada.
    Bartolome, llamado de Segura,
el toque casi fue del vencimiento;
tal es su ingenio y tal es su cordura.
    Resono en esto por el vago viento
la voz de la vitoria, repetida
del numero escogido en claro acento.
    La miserable, la fatal caida
de las Musas del limpio tagarete,
fue largos siglos con dolor plañida.
    A la parte del llanto, ¡ay, me!, se mete
Zapardiel, famoso por su pesca,
sin que un pequeño instante se quiete.
    La voz de la vitoria se refresca,
«¡vitoria!» suena aqui y alli, vitoria
adquirida por nuestra soldadesca,
que canta alegre la alcançada gloria.


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Capítulo VIII
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    Al caer de la maquina excessiva
del esquadron poetico arrogante,
que en su no vista muchedumbre estriva,
    un poeta mancebo y estudiante,
dixo: «Cay, paciencia, que algun dia
sera la nuestra, mi valor mediante.
    »De nuevo afilaré la espada mia,
(digo, mi pluma) y cortaré de suerte,
que de nueva excelencia a la porfia.
    »Que ofrece la comedia, si se advierte,
largo campo al ingenio, donde pueda
librar su nombre del olvido y muerte.
    »Fue desto exemplo Juan de Timoneda,
que, con solo imprimir, se hizo eterno,
las Comedias del gran Lope de Rueda.
    »Cinco buelcos dare en el propio infierno,
por hazer recitar una que tengo,
nombrada: El Gran bastardo de Salerno.
    »Guarda Apolo, que baxa, guarde Rengo
el golpe de la mano mas gallarda
que ha visto el tiempo en su discurso luengo.»
    En esto el claro son de una bastarda
alas pone en los pies de la vencida
gente del mundo, perezosa y tarda.
    Con la esperança del vencer perdida,
no hay quien no atienda, con ligero paso,
si no a la honra, a conserbar la vida.
    Desde las altas cumbres del Parnaso,
de un salto uno se puso en Guadarrama,
nuevo, no visto y verdadero caso,
    y al mismo paso la parlera fama
cundio del vencimiento la alta nueva
desde el claro Caistro hasta Iarama;
    lloró la gran vitoria el turbío Esgueva,
Pisuerga la rió, riola Tajo,
que, en vez de arena, granos de oro lleva.
    Del cansancio, del polvo y del trabaxo,
las rubicundas hebras de Timbreo,
del color se pararon de oro baxo;
    pero, viendo cumplido su desseo,
al son de la guitarra mercuriesca
hizo de la gallarda un gran paseo,
    y de Castalia en la corriente fresca
el rostro se labó y quedó luziente
como de azero la segur turquesca.
    Puliose luego y adornó su frente
de magestad mezclada con dulzura,
indicios claros del plazer que siente.
    Las reinas de la humana hermosura
salieron, de do estavan retiradas,
mientras durava la contienda dura.
    Del arbol siempre verde coro[na]das,
y en medio la divina Poesia,
todas de nuevas galas adornadas:
    Melpomene, Tersicore y Talia,
Polimnia, Vrania, Erato, Euterpi y Clio,
y Caliope, hermosa en demasia,
    muestran vfanas su destreza y brio,
texiendo una entricada y nueva dança,
al dulze son de un instrumento mio.
    Mio, no dixe bien, menti a la (a)usança
del que dize propios los agenos
versos, que son mas dignos de alabança.
    Los anchos prados y los campos, llenos
estan de las esquadras vencedoras,
que siempre van a mas, y nunca a menos,
    esperando de ver de sus mejoras
el colmo con los premios merecidos
por el sudor y aprieto de seis horas.
    Piensan ser los llamados escogidos,
todos a premios de grandeza aspiran,
tienense en mas de lo que son tenidos;
    ni a calidades ni a riquezas miran;
a su ingenio se atiene cada uno,
y si ay quatro que acierten, mil deliran.
    Mas Febo, que no quiere que ninguno
quede quexoso del, mandó a la Aurora
que vaya y coja in tempore oportuno,
    de las faldas floriferas de Flora,
quatro tabaques de purpureas rosas
y seis de perlas, de las que ella llora.
    Y de las nueve, por estremo hermosas,
las coronas pidio, y al darlas ellas,
en nada se mostraron perezosas.
   Tres, a mi parecer, de las mas bellas,
a Partenope se que se embiaron,
y fue Mercurio el que partio con ellas.
    Tres sujetos las otras coronaron
alli, en el mesmo monte, peregrinos,
con que su patria y nombre eternizaron.
    Tres cupieron a España, y tres divinos
poetas se adornaron la cabeça,
de tanta gloria justamente dignos.
    La embidia, monstruo de naturaleza,
maldita y carcomida, ardiendo en saña,
a murmurar del sacro don empieça.
    Dixo: «¿sera posible que en España
aya nueve poetas laureados?
Alta es de Apolo, pero simple hazaña.»
    Los demas de la turba, defraudados
del esperado premio, repetian
los himnos de la embidia, mal cantados.
    Todos por laureados se tenian
en su imaginacion, antes del trance,
y al cielo quexas de su agravio embian.
    Pero ciertos poetas de romance,
del generoso premio hazer esperan,
a despecho de Febo, presto alcance.
    Otros, aunque latinos, desesperan
de tocar del laurel solo una hoja,
aunque del caso en la demanda mueran.
    Vengase menos el que mas se enoja,
y alguno se tocó sienes y frente,
que de estar coronado se le antoja.
    Pero todo deseo impertinente
Apolo resfrió, premiando a quantos
poetas tuvo el esquadron valiente.


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Capítulo VIII
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    De rosas, de jazmines y amarantos,
Flora le presentó cinco cestones,
y la Aurora, de perlas, otros tantos.
    Estos fueron, lector dulze, los dones
que Delio repartio con larga mano
entre los poetisimos varones,
    quedando alegre cada cual y ufano
con un puño de perlas y una rosa,
estimando el premio sobre humano.
    Y porque fuese mas maravillosa
la fiesta y regozijo que se hazia
por la vitoria insigne y prodigiossa,
    la buena, la importante Poesia,
mandó traer la bestia cuya pata
abrio la fuente de Castalia fria.
   Cubierta de finisima escarlata,
un lacayo la truxo en un instante,
tascando un freno de bruñida plata.
    Embidiarle pudiera Rozinante
al gran Pegaso, de presencia brava,
y aun Brilladoro, el del señor de Anglante.
    Con no se quantas alas adornava
manos y pies, indicio manifiesto
que en ligereza al viento aventajava.
    Y por mostrar quan agil, y quan presto
era, se alçó del suelo quatro picas,
con un denuedo y ademan compuesto.
    Tu, que me escuchas, si el oydo aplicas
al dulze quento deste gran viage,
cosas nuevas oiras de gusto ricas.
    Era del bel troton todo el herrage
de durisima plata diamantina,
que no recibe del pisar ultrage;
    de la color que llaman columbina,
de raso, en una funda trae la cola,
que, suelta, con el suelo se avezina;
    del color del carmin, o de amapola,
eran sus clines y su cola gruesa,
ellas solas al mundo y ella sola;
    tal vez anda despacio, y tal a priesa,
buela tal vez, y tal haze corbetas,
tal quiere relinchar y luega cessa;
   nueva felicidad de los poetas,
unos sus escrementos recogian
en dos de quero grandes barjuletas.
    Pregunté para qué lo tal hazian;
respondiome Cilenio a lo bellaco,
con no se qué volumbres de ironia:
    «esto que se recoxe es el tabaco,
que a los vaguidos sirve de cabeça
de algun poeta de celebro flaco.
    »Vrania, de tal modo lo adereça,
que, puesto a las narizes del doliente,
cobra salud y buelve a su entereza.»
    Un poco entonces arrugué la frente,
ascos haziendo del remedio estraño,
tan de los ordinarios diferente.
    «Recibes, dixo Apolo, amigo, engaño;
(leyome el pensamiento), este remedio
de los vaguidos cura y sana el daño;
    »no come este rozin lo que en asedío,
duro y penoso, comen los soldados
que estan entre la muerte y hambre en medio;
    »son deste tal los piensos regalados,
ambar y almizcle entre algodones puesto,
y beve del rozio de los prados;
    »tal vez le damos de almidon un cesto,
tal de algarrobas, con que el vientre llena
y no se estriñe ni se va por esto.»
    «Sea, le respondi, muy nora buena,
tiesso estoy de celebro por aora,
vag[u]ido alguno no me causa pena.»
    La nuestra, en esto, universal señora,
digo la poesia verdadera
que con Timbreo y con las Musas mora,
    en vestido subcinto, a la ligera
el monte discurrio y abraçó a todos,
hermosa sobre modo y placentera.
    «¡O sangre vencedora de los godos!,
dixo, de aqui adelante ser tratada
con mas suaves y discretos modos
    »espero ser y siempre espectada
del ignorante vulgo, que no alcança
que, puesto que soy pobre, soy honrada.
    »Las riquezas os dexo en esperança,
pero no en posesion, premio seguro
que al reyno aspira de la inmensa holgança.
    »Por la belleza deste monte os juro
que quisiera al mas minimo entregalle
un Privilegio de cien mil de juro,
    »mas no produze minas este valle,
aguas si, salutiferas y buenas,
y monas que de cisnes tienen talle.
    »Bolved a ver, ¡o amigos!, las arenas
del aurifero Tajo en paz segura
y en dulzes horas de pesar agenas,
    »que esta inaudita hazaña os assegura
eterno nombre, en tanto que de Febo


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Capítulo VIII
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al mundo aliento y luz serena y pura.»
    ¡O maravilla nueva, o caso nuevo,
digno de admiracion que cause espanto,
cuya estrañeza me admiró de nuevo!
    Morfeo, el dios del sueño, por encanto
alli se aparecio, cuya corona
era de ramos del beleño santo;
    floxissimo de brio y de persona,
de la pereza torpe acompañado,
que no le dexa a visperas ni a nona;
    traia al silencio a su derecho lado,
el descuydo al siniestro, y el vestido
era de blanda lana fabricado;
    de las aguas que llaman del olvido
traia un gran caldero, y de un hysopo
venia, como aposta, prevenido;
    asia a los poetas por el hopo,
y, aunque el caso los rostros les Bolvia
en color encendida de piropo,
    el nos bañava con el agua fria,
causandonos un sueño de tal suerte,
que dormimos un dia y otro dia.
    Tal es la fuerça del licor, tan fuerte
es de las aguas la virtud, que pueden
competir con los fueros de la muerte.
    Haze el ingenio alguna vez que queden
las verdades sin credito ninguno,
por ver que a toda contingencia exceden.
    Al despertar del sueño assi importuno,
ni vi monte ni monta, dios ni diosa,
ni de tanto poeta vide alguno.
    Por cierto, estraña y nunca vista cosa,
despavilé la vista, y pareciome
verme en medio de una ciudad famosa.
    Admiracion y grima el caso diome;
torné a mirar, porque el temor o engaño
no de mi buen discurso el passo tome,
    y dixeme a mi mismo: «no me engaño,
esta ciudad es Napoles la ilustre,
que yo pisé sus ruas mas de un año;
    »de Italia gloria, y aun del mundo lustre,
pues de quantas ciudades el encierra,
ninguna puede aver que asi le ilustre;
    »apazible en la paz, dura en la guerra,
madre de la abundancia y la nobleza,
de eliseos campos y agradable sierra.
    »Si vaguidos no tengo de cabeça,
pareceme que está mudada en parte
de sitio, aunque en aumento de belleza.
    »¿Qué teatro es aquel donde reparte
con el quanto contiene de hermosura
la gala, la grandeza, industria y arte?
    »Sin duda el sueño en mis palpebras dura,
porque este es edificio imaginado,
que excede a toda humana compostura.»
    Llegose en esto a mi, disimulado,
un mi amigo, llamado Promontorio,
mancebo en dias, pero gran soldado.
    Crecio la admiracion, viendo notorio
y palpable que en Napoles estava,
espanto a los pasados acessorio.
    Mi amigo tiernamente me abraçaua,
y, con tenerme entre sus braços, dixo
que del estar yo alli mucho dudaua.
    Llamome «padre», y yo llamele «hijo»;
quedó con esto la verdad en punto,
que aqui puede llamarse punto fixo.
    Dixome Promontorio: «yo barrunto,
padre, que algun gran caso a vuestras canas
las trae tan lexos, ya semidifunto.»
    «En mis horas mas frescas y tempranas
esta tierra abité, hijo, le dixe,
con fuerças mas briosas y loçanas;
    »pero la voluntad que a todos rige,
digo el querer del cielo, me ha traydo
a parte que me alegra mas que aflige.»
    Dixera mas, sino que un gran ruido
de pifaros, clarines y tambores,
me azoró el alma y alegró el oido.
    Bolvi la vista al son, vi los mayores
aparatos de fiesta que vio Roma
en sus felizes tiempos y mejores.
    Dixo mi amigo: «aquel que ves que asoma
por aquella montaña contrahecha,
cuyo brio al de Marte oprime y doma,
    »es un alto sugeto, que deshecha
tiene a la embidia en ravia, porque pisa
de la virtud la senda mas derecha;
    »de gravedad y condicion tan lisa,
que suspende y alegra a un mesmo instante,
y con su aviso al mismo aviso avisa.
    »Mas quiero, antes que pases adelante
en ver lo que veras, si estás atento,
darte del caso relacion bastante.
    »Sera don Juan de Tasis de mi cuento
principio, porque sea memorable,


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Capítulo VIII
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y lleguen mis palabras a mi intento;
    »este varon, en liberal notable,
que una mediana villa le haze conde,
siendo rey en sus obras admirable;
    »este que sus averes nunca esconde,
pues siempre las reparte o las derrama,
ya sepa adónde o ya no sepa adónde;
    »este a quien tiene tan en fil la fama,
puesta la alteza de su nombre claro,
que liberal y prodigo le llama,
    »quiso, prodigo aqui, y alli no auaro,
primer mantenedor ser de un torneo,
que a fiestas sobrehumanas le comparo.
    »Responden sus grandezas al desseo
que tiene de mostrarse alegre, viendo
de España y Francia el regio himeneo.
    »Y este que escuchas duro, alegre estruendo,
es señal que el torneo se comiença,
que admira por lo rico y estupendo.
    »Arquimedes el grande se averguença
de ver que este teatro milagroso
su ingenio apoque y a sus traças vença.
    «Digo, pues, que el mancebo generoso
que alli deciende de encarnado y plata,
sobre todo mortal curso brioso,
    »es el Conde de Lemos, que dilata
su fama con sus obras por el mundo,
y que lleguen al cielo en tierra trata.
    »Y aunque sale el primero, es el segundo
mantenedor y, en buena cortesia,
esta ventaja califico y fundo.
    »El Duque de Nocera, luz y guia
del arte militar, es el tercero
mantenedor deste festivo dia.
    »El quarto, que pudiera ser primero,
es de Santelmo el fuerte castellano,
que al mesmo Marte en el valor prefiero.
    »El quinto es otro Eneas el troyano,
Arrociolo que gana, en ser valiente,
al que fue verdadero por la mano.»
    El gran concurso y numero de gente
estoruó que adelante prosiguiesse
la començada relacion prudente.
    Por esto le pedi que me pusiesse
adonde, sin ningun impedimento,
el gran progreso de las fiestas viesse,
    porque luego me vino al pensamiento
de ponerlas en verso numeroso,
favorecido del febeo aliento.
    Hizolo asi, y yo vi lo que no oso
pensar, no que dezir, que aqui se acorta
la lengua y el ingenio mas curioso.
   Que se pase en silencio es lo que importa,
y que la admiracion supla esta falta
el mesmo grandioso caso exorta,
    puesto que despues supe que, con alta
magnifica elegancia y milagrosa,
donde, ni sobra punto ni le falta,
    el curioso don Juan de Oquina en prosa
la puso y dio a la estampa, para gloria
de nuestra edad, por esto venturosa.
    Ni en fabulosa o verdadera historia
se halla que otras fiestas ayan sido
ni puedan ser mas dignas de memoria.
    Desde alli, y no se cómo, fuy traido
adonde vi al gran duque de Pastrana
mil parabienes dar de bien venido.
    Y que la fama, en la verdad vfana,
contava que agradó con su presencia
y con su cortesia sobrehumana;
    que fue nuevo Alexandro en la excelencia
del dar, que satisfizo a todo quanto
puede mostrar real magnificencia.
    Colmo de admiracion, lleno de espanto,
entré en Madrid en trage de romero,
que es grangeria el parecer ser santo,
    y desde lexos me quitó el sombrero
el famoso Azeuedo, y dixo: «a dio;
voi siate il ben venuto, caualiero.
    So parlar zenoese e tusco anchio.»
Y respondi: «la vostra signoria
sia la ben trovata, patron mio.»
    Topé a Luis Velez, lustre y alegria
y discrecion del trato cortesano,
y abraçele, en la calle, a medio dia.
    El pecho, el alma, el coraçon, la mano
di a Pedro de Morales, y un abraço,
y alegre recebi a Iustiniano.
    Al bolver de una esquina senti un braço
que el cuello me ceñia, miré cuyo,
y mas que gusto, me causó embaraço,
    por ser uno de aquellos, no rehuyo
dezirlo, que al contrario se passaron,
llevados del covarde intento suyo.
    Otros dos al del Layo se llegaron,
y, con la risa falsa del conejo,


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Capítulo VIII
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y con muchas zalemas, me hablaron.
    Yo, socarron, yo, poeton ya viejo,
Bolviles a lo tierno las saludes,
sin mostrar mal talante o sobrezejo.
    No dudes, ¡o lector caro!, no dudes
sino que suele el disimulado a vezes
servir de aumento a las demas virtudes.
    Dinoslo tu, David, que, aunque pareces
loco en poder de Aquis, de tu cordura,
fingiendo el loco, la grandeza ofreces.
    Dexelos, esperando coyuntura
y ocasion mas secreta, para dalles
vexamen de su miedo o su locura.
    Si encontrava poetas por las calles,
me ponia a pensar si eran de aquellos
huydos, y passava sin hablalles.
    Ponianseme yertos los cabellos
de temor no encontrasse algun poeta,
de tantos que no pude conocellos,
    que, con puñal buido, o con secreta
almarada, me hiziesse un abujero
que fuese al coraçon por via recta;
    aunque no es este el premio que yo espero
de la fama que a tantos he adquerido
con alma grata y coraçon sincero.
    Un cierto mancebito cuellierg[u]ido,
en profession poeta, y en el trage
a mil leguas por godo conocido,
    lleno de presuncion y de corage,
me dixo: «bien se yo, señor Cerbantes,
que puedo ser poeta, aunque soy page;
    »cargastes de poetas ignorantes
y dexastesme a mi, que ver deseo
del Parnaso las fuentes elegantes;
    »que caducais sin duda alguna creo,
creo, no digo bien, mejor diria
que toco esta verdad y que la veo.»
    Otro que, al parecer, de argenteria,
de nacar, de cristal, de perlas y oro
sus infinitos versos componia,
    »me dixo (bravo, qual corrido toro):
no se yo para qué nadie me puso
en lista con tan barbaro decoro.»
   «Asi el discreto Apolo lo dispuso,
a los dos respondi, y en este hecho
de ignorancia o malicia no me acuso.»
    Fuime con esto, y, lleno de despecho,
busqué mi antigua y lobrega posada,
y arrojeme molido sobre el lecho,
que cansa, quando es larga, una jornada.


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Algunos dias esTuve reparandome de tan largo viage, al cabo de los quales sali a ver, y a ser visto, y a recebir parabienes de mis amigos, y malas vistas de mis enemigos, que, puesto que pienso que no tengo ninguno, todavia no me asseguro de la comun suerte. Sucedio pues que, saliendo una mañana del monesterio de Atocha, se llegó a mi un mancebo, al parecer de veinte y quatro años, poco mas o menos, todo limpio, todo asseado, y todo crugiendo gorgaranes, pero con un cuello tan grande y tan almidonado, que crey que, para llevarle, fueran menester los hombros de otro Adlante. Hijos deste cuello eran dos puños chatos, que, començando de las muñecas, subian y trepauan por las canillas del braço arriba, que parecia que yuan a dar assalto a las barbas. No he visto yo yedra tan codiciosa de subir, desde el pie de la muralla, donde se arrima, hasta las almenas, como el ahinco que llevavan estos puños a ir a darse de puñadas con los codos; finalmente, la exorbitancia del cuello y puños era tal, que en el cuello se escondia y sepultaua el rostro, y en los puños los braços.

Digo, pues, que el tal mancebo se llegó a mi y, con voz grave y reposada, me dixo: «¿Es por ventura V. m. el señor Miguel de Cerbantes Saauedra, el que ha pocos dias que vino del Parnaso?» A esta pregunta creo sin duda que perdi la color del rostro, porque en un instante imaginé, y dixe entre mi: «¿Si es este alguno de los poetas que puse, o dexe de poner en mi Viage, y viene aora a darme el pago que el se imagina se me deve?» Pero, sacando fuerças de flaqueza, le respondi: «Yo, señor, soy el mesmo que V. m. dize; ¿qué es lo que se me manda?» El luego, en oyendo esto, abrio los braços, y me los echó al cuello y, sin duda, me besara en la frente, si la grandeza del cuello no lo impidiera, y dixome: «V. m., señor Cerbantes, me tenga por su seruidor y por su amigo, porque ha muchos dias que le soy muy aficionado, assi por sus obras, como por la fama de su apazible condicion.» Oyendo lo qual respiré, y los espiritus que andavan alborotados se sossegaron; y abraçandole yo tambien, con recato de no ahajarle el cuello, le dixe: «Yo no conozco a V. m. si no es para seruirle, pero por las muestras bien se me trasluze, que V. m. es muy discreto y muy principal, calidades que obligan a tener en veneracion a la persona que las tiene.»

Con estas passamos otras corteses razones, y anduvieron por alto los ofrecimientos, y de lance en lance me dixo: «V. m. sabra, señor Cerbantes, que yo, por la gracia de Apolo, soy poeta, o [a] lo menos desseo serlo, y mi nombre es Pancracio de Roncesualles.»


Mi. Nunca tal creyera si V. m. no me lo huuiera dicho por su mesma boca.

Pan. Pues ¿por qué no lo creyera V. m.?

Mi. Porque los poetas, por marauilla andan tan atildados como V. m. y es la causa que, como son de ingenio tan altaneros y remontados, antes atienden a las cosas del espiritu, que a las del cuerpo.

«Yo señor, dixo el, soy moço, soy rico, y soy enamorado: partes que deshazen en mi la floxedad que infunde la poesia. Por la mocedad, tengo brio; con la riqueza, con que mostrarle; y con el amor, con que no parecer descuydado.»

«Las tres partes del camino, le dixe yo, se tiene V. m. andadas para llegar a ser buen poeta.»

Pan. ¿Quales son?

Mi. La de la riqueza y la del amor. Porque los partos (de los partos) de la persona rica y enamorada, son assombros de la auaricia y estimulos de la liberalidad, y en el poeta pobre, la mitad de sus divinos partos y pensamientos se los llevan los cuydados de buscar el ordinario sustento. Pero dexeme V. m., por su vida, ¿de qué suerte de menestra poetica gasta o gusta mas?


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Adjunta al Parnaso
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A lo que respondio: «no entiendo eso de menestra poetica.»

Mi. Quiero dezir, que a qué genero de poesia es V. m. mas inclinado. ¿Al lirico, al eroyco, o al comico?

«A todos estilos me amaño, respondio el. Pero en el que mas me ocupo es en el comico.»


Mi. Dessa manera, avra V. m. compuesto algunas comedias.

Pan. Muchas, pero sola una se ha representado.

Mi. ¿Parecio bien?

Pan. Al vulgo no.

Mi. ¿Y a los discretos?

Pan. Tampoco.

Mi ¿La causa?

Pan. La causa fue que la achacaron que era larga en los razonamientos, no muy pura en los versos, y desmayada en la invencion. «Tachas son essas, respondí yo, que pudieran hazer parecer mal a las del mesmo Plauto.»

«Y mas, dixo el, que no pudieron juzgalla, porque no la dexaron acabar, segun la gritaron. Con todo esto la echó el autor para otro dia; pero, porfiar que porfiar, cinco personas vinieron a penas.»

«Creame V. m., dixe yo, que las comedias tienen dias, como algunas mugeres hermosas, y que esto de acertarlas bien, va tanto en la ventura como en el ingenio; comedia he visto yo apedreada en Madrid, que la han laureado en Toledo, y no por esta primer desgracia dexe V. m. de proseguir en componerlas, que podra ser que, quando menos lo piense, acierte con alguna que le de credito y dineros.»

«De los dineros no hago caso, respondio el; mas preciaria la fama que quanto ay. Porque es cosa de grandissimo gusto, y de no menos importancia, ver salir mucha gente de la comedia, todos contentos, y estar el poeta que la compuso a la puerta del teatro recibiendo parabienes de todos.»

«Sus descuentos tienen esas alegrias, le dixe yo, que tal vez suele ser la comedia tan pesima, que no ay quien alce los ojos a mirar al poeta, ni aun el para quatro calles del coliseo, ni aun los alçan los que la recitaron, avergonçados y corridos de averse engañado y escogidola por buena.»

«Y V. m., señor Cerbantes, dixo el, ¿ha sido aficionado a la caratula? ¿Ha compuesto alguna comedia?» «Si, dixe yo, muchas, y, a no ser mias, me parecieran dignas de alabança, como lo fueron Los Tratos de Argel, La Numancia, La Gran Turquesca, La Batalla naual, La Ierusalem, La Amaranta o la del Mayo, El Bosque amoroso, La Unica, y La Vizarra Arsinda, y otras muchas de que no me acuerdo. Mas la que yo mas estimo, y de la que mas me precio, fue, y es, de una llamada La Confusa, la qual, con paz sea dicho de quantas comedias de capa y espada hasta oy se han representado, bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores.»

Pan. Y agora, ¿tiene V. m. algunas?

Mi. Seis tengo, con otros seis entremeses.

Pan. Pues, ¿por qué no se representan?

Mi. Porque ni los autores me buscan, ni yo los voy a buscar a ellos.

Pan. No deven de saber que V. m. las tiene.

Mi. Si saben, pero como tienen sus poetas paniaguados y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo; pero yo pienso darlas a la estampa, para que se vea de espacio lo que passa apriessa, y se dissimula, o no se entiende, quando las representan; y las comedias tienen sus sazones y tiempos como los cantares.

Aqui llegauamos con nuestra platica, quando Pancracio puso la mano en el seno y sacó del una carta con su cubierta y, besandola, me la puso en la mano; lehi el sobrescrito, y vi que dezia desta manera:

«A Miguel de Cerbantes Saauedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solia viuir el Principe de Marruecos, en Madrid. Al porte: medio real, digo diezisiete maravedis».

Escandalizome el porte, y de la declaracion del medio real, digo diezisiete, y Bolviendosela le dixe: «Estando yo en Valladolid, llevaron una carta a mi casa, para mi, con un real de porte; recibiola, y pagó el porte, una sobrina mia, que nunca ella le pagara; pero diome por disculpa que, muchas vezes, me auia oydo dezir que en tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen medico, y en el porte de las cartas, ora sean de amigos, o de enemigos; que las de los amigos auisan, y -126- de las de los enemigos se puede tomar algun indicio de sus pensamientos. Dieronmela, y venia en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de don Quixote, y de lo que me pesó, fue del real, y propuse desde entonces de no tomar carta con porte. Assi que si V. m. le quiere llevar desta, bien se la puede boluer, que yo se que no me puede importar tanto como el medio real que se me pide.»

Riose muy de gana el señor Roncesballes, y dixome: «Aunque soy poeta, no soy tan misero que me aficionen diez y siete maravedis. Advierta V. m., señor Cerbantes, que esta carta, por lo menos, es del mesmo Apolo; el la escriuio no ha veinte dias en el Parnaso, y me la dio para que a V. m. la diesse. V. m. la. lea, que yo se que le ha de dar gusto.»

«Hare lo que V. m. me manda, respondi yo, pero quiero que antes de leerla, V. m. me la haga de dezirme, cómo, quándo y a qué fue al Parnaso.»

Y el respondio: «Cómo fuy, fue por mar, y en una fragata que yo, y otros diez poetas, fletamos en Barzelona; quándo fuy, fue seis dias despues de la batalla que se dio entre los buenos y los malos poetas; a qué fuy, fue a hallarme en ella, por obligarme a ello la profession mia.»

«A buen seguro, dixe yo, que fueron V. ms. bien recebidos del señor Apolo.»

Pan. Si fuymos, aunque le hallamos muy ocupado a el, y a las señoras Pierides, arando y sembrando de sal todo aquel termino del campo donde se dio la batalla. Preguntele para qué se hazia aquello, y respondiome, que «assi como de los dientes de la serpiente de Cadmo auian nacido hombres armados, y de cada cabeça cortada de la hidra que mató Hercules, auian renacido otras siete, y de las gotas de la sangre de la cabeça de Medusa se auia llenado de serpientes toda la Libia, de la mesma manera de la sangre podrida de los malos poetas, que en aquel sitio auian sido muertos, començauan a nacer del tamaño de ratones otros poetillas rateros que llevavan camino de henchir toda la tierra de aquella mala simiente, y que, por esto, se araua aquel lugar, y se sembraba de sal, como si fuera casa de traydores.»

En oyendo esto, abri luego la carta y vi que dezia:


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A Miguel de Cervantes Saavedra. Salud.

El señor Pancracio Roncesvalles, llevador desta, dira a V. m., señor Miguel de Cervantes, en qué me halló ocupado el dia que llegó a verme con sus amigos. Y yo digo que estoy muy quexoso de la descortesia que conmigo se usó en partirse V. m. deste monte sin despedirse de mi ni de mis hijas, sabiendo cuánto le soy aficionado, y las Musas por el consiguiente; pero si se me da por disculpa que le llevó el deseo de ver a su Mecenas, el gran Conde de Lemos, en las fiestas famosas de Napoles, yo la acepto y le perdono.

Despues que V. m. partio deste lugar, me han sucedido muchas desgracias, y me he visto en grandes aprietos, especialmente por consumir y acabar los poetas que yuan naciendo de la sangre de los malos que aqui murieron, aunque ya, gracias al cielo y a mi industria, este daño está remediado.

No se si del ruido de la batalla, o del vapor que arrojó de sí la tierra, empapada en la sangre de los contrarios, me han dado unos vaguidos de cabeça, que verdaderamente me tienen como tonto, y no acierto a escrivir cosa que sea de gusto ni de prouecho; assi, si V. m. viere por alla que algunos poetas, aunque sean de los mas famosos, escriven y componen impertinencias y cosas de poco fruto, no los culpe ni los tenga en menos, sino que disimule con ellos, que pues yo, que soy el padre y el inventor de la Poesia, deliro y parezco mentecato, no es mucho que lo parezcan ellos.

Embio a V. m. unos Privilegios, ordenanças y advertimientos tocantes a los poetas; V. m. los haga guardar y cumplir al pie de la letra, que para todo ello doy a V. m. mi poder cumplido, cuanto de derecho se requiere.


Entre los poetas que aqui vinieron con el señor Pancracio Roncesvalles, se quexaron algunos de que no yuan en la lista de los que Mercurio llevó a España, y que asi V. m. no los auia puesto en su Viage. Yo les dixe que la culpa era mia, y no de V. m.; pero que el remedio deste daño estava en que procurassen ellos ser famosos por sus obras, que ellas por si mismas les darian fama, y claro renombre, sin andar mendigando agenas alabanças.»

De mano en mano, si se ofreciere ocasion de mensagero, ire embiando mas privilegios, y avisando de lo que en este monte passare. V. m. haga lo mesmo, avisandome de su salud y de la de todos los amigos.

Al famoso Vincente Espinel dara V. m. mis encomiendas, como a uno de los mas antiguos y verdaderos amigos que yo tengo.

Si don Francisco de Quevedo no huviere partido para venir a Cicilia, donde le esperan, toquele V. m. la mano, y digale que no dexe de llegar a verme, pues estaremos tan cerca, que cuando aqui vino, por la subita partida no Tuve lugar de hablarle.


Si V. m. encontrare por alla algun transfuga de los veinte que se pasaron al vando contrario, no les diga nada, ni los aflixa, que harta maleventura tienen, pues son como demonios, que se llevan la pena y la confusion con ellos mesmos do quiera que vayan.

V. m. tenga cuenta con su salud, y mire por si, y guardese de mi, especialmente en los caniculares, que, aunque le soy amigo, en tales dias no va en mi mano, ni miro en obligaciones ni en amistades.

Al señor Pancracio Roncesvalles, tengale V. m. por amigo, y comuniquelo; y, pues es rico, no se le de nada que sea mal poeta; y con esto nuestro Señor guarde a V. m. como puede y yo deseo. Del Parnaso, a 22 de julio, el dia que me calço las espuelas para subirme sobre la canicula. 1614.

Servidor de V. m.,

Apolo Luzido.


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En acabando la carta, vi que en un papel a parte venia escrito:

Privilegios, ordenanças, y advertencias que Apolo embia a los poetas españoles.

Es el primero, que algunos poetas sean conocidos, tanto por el desaliño de sus personas, como por la fama de sus versos.

Yten, que si algun poeta dixere que es pobre, sea luego creydo por su simple palabra, sin otro juramento o averiguacion alguna. Ordenase que todo poeta sea de blanda y de suave condicion, y que no mire en puntos, aunque los trayga sueltos en sus medias. Yten, que si algun poeta llegare a casa de algun su amigo, o conocido, y estuuieren comiendo, y le combidare, que, aunque el jure que ya ha comido, no se le crea en ninguna manera, sino que le hagan comer por fuerça, que en tal caso no se le hara muy grande. Item, que el mas pobre poeta del mundo, como no sea de los Adanes y Matusalenes, pueda dezir que es enamorado, aunque no lo esté, y poner el nombre a su dama como mas le viniere a cuento, ora llamandola Amarili, ora Anarda, ora Clori, ora Filis, ora Filida, o ya Juana Tellez, o como mas gustare, sin que desto se le pueda pedir ni pida razon alguna.

Iten se ordena, que todo poeta, de qualquiera calidad y condicion que sea, sea tenido y le tengan por hijodalgo, en razon del generoso exercicio en que se ocupa, como son tenidos por christianos viejos los niños que llaman de la piedra.

Item se advierte, que ningun poeta sea osado de escriuir versos en alabanças de principes y señores, por ser mi intencion y aduertida voluntad que la lisonja ni la adulacion no atrauiessen los umbrales de mi casa.

Item, que todo poeta comico, que felizmente huviere sacado a luz tres comedias, pueda entrar sin pagar en los teatros, si ya no fuere la limosna de la segunda puerta, y aun esta, si pudiere ser, la escuse.

Yten se advierte, que si algun poeta quisiere dar a la estampa algun libro que el huviere compuesto, no se de a entender que, por dirigirle a algun monarca, el tal libro ha de ser estimado, porque si el no es bueno, no le adobara la direccion, aunque sea hecha al Prior de Guadalupe.

Yten se advierte, que todo poeta no se desprecie de dezir que lo es, que si fuere bueno sera digno de alabança, y, si malo, no faltará quien lo alabe, que quando nace la escoba, &c..

Yten, que todo buen poeta pueda disponer de mi y de lo que ay en el cielo a su beneplacito; conuiene a saber: que los rayos de mi cabellera los pueda trasladar y aplicar a los cabellos de su dama, y hazer dos soles sus ojos, que conmigo seran tres, y assi andara el mundo mas alumbrado; y de las estrellas, signos y planetas puede seruirse de modo que, quando menos lo piense, la tenga hecha una esfera celeste.

Yten, que todo poeta, a quien sus versos le huvieren dado a entender que lo es, se estime y tenga en mucho, ateniendose a aquel refran: «Ruyn sea el que por ruyn se tiene».

Yten se ordena, que ningun poeta grave haga corrillo en lugares publicos recitando sus versos, que, los que son buenos, en las aulas de Atenas se auian de recitar, que no en las plaças.

Yten se da por aviso particular, que si alguna madre tuuiere hijos pequeñuelos, trauiessos y llorones, los pueda amenazar y espantar con el coco, diziendoles: «guardaos, niños, que viene el poeta fulano, que os echará con sus malos versos en la sima de Cabra o en el pozo airon».

Yten, que los dias de ayuno no se entienda que los ha quebrantado el poeta que aquella mañana se ha comido las vñas al hazer de sus versos.

Yten se ordena, que todo poeta que diere en ser espadachin, valenton y arrojado, por aquella parte de la valentia se le desague y vaya la fama que podia alcançar por sus buenos versos.

Yten se advierte, que no ha de ser tenido por ladron el poeta que hurtare algun verso ageno, y le encaxare entre los suyos, como no sea todo el concepto y toda la copla entera, que en tal caso tan ladron es como Caco.

Yten, que todo buen poeta, aunque no aya compuesto poema eroyco, ni sacado al teatro del mundo obras grandes, con qualesquiera, aunque sean pocas, pueda alcançar renombre de divino, como le alcançaron Garcilaso de la Vega, Francisco de Figueroa, el capitan Francisco de Aldana y Hernando de Herrera.

Yten se da aviso, que si algun poeta fuere favorecido de algun principe, ni le visite a menudo, ni le pida nada, sino dexese llevar de la corriente de su ventura, que, el que tiene providencia de sustentar las sauandijas de la tierra y los gusarapos del agua, la tendra de alimentar a un poeta, por sauandija que sea.

En suma, estos fueron los privilegios, aduertencias y ordenanças que Apolo me embió, y el señor Pancracio de Roncesballes me truxo, con quien quedé en mucha amistad, y los dos quedamos de concierto de despachar un propio con la respuesta al señor Apolo, con las nuevas desta Corte. Darase noticia del dia, para que todos sus aficionados le escrivan.


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Lista de apellidos de los ingenios mencionados en el «Viage del Parnaso»
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes


• Abarca (Diego).-

• Aguilar (Pedro de).-

• Alcañizes (Marqués de).-

• Aldana (Francisco de).-

• Almendarez (Iulian de).-

• Almendariz.- Véase Almendarez.

• Angulo (Gregorio de).-

• Aponte.-

• Arbolanche.- Véase Arbolanchez.

• Arbolanches.- Véase Arbolanchez.

• Arbolanchez [(Hieronimo)].-

• Argote y de Gamboa (Juan de).-

• Arguixo (Juan de).-

• Arias [Giron] (Félix).-

• Arrociolo.-

• Atayde (Antonio de).-

• Auila (Gaspar de).-

• Azeuedo [Alonso de].-

• [Balbuena (Doctor Bernardo de)].-

• Baldes [Pedro de].-

• Balmaseda (Andres [Carlos] de).-

• Barahona [de Soto] (Luis de).-

• Barrionuevo (Gaspar de).-

• Bateo (Juan).-

• Bermudez [de Carvajal] (Fernando).-

• Biedma [Hernando de].-

• [Borja y Aragon (Francisco de)].- Véase Esquilache (Principe de).

• Cabrera [de Cordoba] (Luis).-

• Calatayud [y Sandoval] (Don Francisco de).-

• Calvo (Maestro).-

• Capataz (Juan Baptista).-

• Caporalí [Cesare].-

• Caracciolo.- Véase Arrociolo.

• Caruajal (Juan de).-

• Casanate Rojas (Agustin de).-

• Casanate (Juan Luis de).-

• Castro (Geronimo de).-

• Castro [y Bellvis] (Guillen de).-

• Cejudo (Miguel).-

• Cepeda.-

• Cetina (Doctor Gutierre de).-

• Cid (Miguel).-

• Correa de la Cerda (Fernando).-

• Cueva [y Silua] (Francisco de la).-

• Enciso.-

• [Enriquez de Almansa (Alvaro Antonio)].- Véase Alcañizes.

• España [y Moncada] (Juan de).-

• Espinel [Vicente Martinez].-

• Esquilache (Principe de).-

• Faria.- Véase Farias.

• Farias (Francisco de).-

• [Fernández Ruiz de Castro y Osorio (don Pedro)].- Véase Lemos (Conde de).

• [Fernández de Velasco (Juan), Condestable de Castilla].- Véase Velasco.

• Ferrer [de Cardona] (Luis).-

• Figueroa [Doctor Cristobal Suarez de].-

• Figueroa (Francisco de).-


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Lista de apellidos de los ingenios mencionados en el «Viage del Parnaso»
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Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes


• Galarza (Antonio de).-

• Galarza [Beltrán de].-

• Galindo.-

• Gentil de Vargas (Antonio).-

• Gimenez y de Anciso (Diego).-

• Godinez [Doctor Felipe].-

• Gomez [de Sanabria] (Gabriel).-

• [Gomez de Sandoval y Rojas (Diego)].- Véase Saldaña (Conde de).

• [Gómez de Silva y Mendoza (Rui)].- Véase Pastrana (Duque de).

• Gongora (Luis de).-

• [González de Bobadilla (Bernardo)].-

• Gracian [D’Antisco] (Tomas).-

• Herrera [Fernando de].-

• Herrera [Temiño] (Juan Antonio de).-

• Herrera (Pedro de).-

• Herrera [y Ribera] (Rodrigo de).-

• [Hurtado] de Mendoça (Antonio).- Véase Mendoça.

• Iciar.- Véase Yziar.

• Iustiniano ([Lucas]).-

• Jaurígui.- Véase Xaurígui.

• [Jiménez de Enciso].- Véase Gimenez y de Anciso.

• Laso [de la Vega] (Gabriel [Lobo]).-

• Laso de la Vega (Garci).-

• Ledesma [Buitrago] (Alonso de).-

• Lemos (Conde de).-

• Leonardo [de Argensola] [Lupercio y Bartolome].-

• Leyua (Sancho [Martinez] de).-

• Lodeña (Fernando de).-

• Lofraso [Antonio de].-

• [Lopez Maldonado (Gabriel)].-

• Lopez del Valle (Juan).-

• Lupercio.- Véase Leonardo.

• Maluenda (Abad [Antonio de]).-

• Mantuano [Pedro].-

• Medinilla [Baltasar Elisio de].-

• Mendoça (Antonio [Hurtado] de).-

• Mendoza (Antonio de)].- Véase Santelmo.

• Mendoza [y Figueroa] (Lorenço de).-

• [Mendoza y Luna (Juan de)].- Véase Montesclaros (Marques de).

• Mesa (Christoval de).-

• Mexia.-

• Meztança [de Ribera] (Juan de).-

• Mira [de Amescua] (Doctor [Antonio]).-

• Mola (Bartolome de).-

• Monrroy (Antonio de).-

• [Montesclaros (Marques de)].-

• Montesdoca [Pedro de].-

• Mora (Geronimo de).-

• Morales (Pedro de).-

• [Nocara (Duca della)].- Véase Nocera.

• Nocera (Duque de).-

• Ochoa (Licenciado Juan de).-

• [Oña (Pedro de)].-

• Oquina (Juan de).-

• Orense (Maestro).-

• Pamonês.-

• Paredes (Antonio de).-

• Pastrana (Duque de).-

• Pedrosa.-

• Poyo (Licenciado [Damián Salustio del]).-

• Pozo (Doctor Andres del).-

• Queuedo (Francisco de).-

• Quincozes.-

• Ramirez de Prado (Lorenzo).-

• Ramon (Licenciado [Alonso]).-

• Rejaule [y Toledo] (Pedro Juan de).-

• Rey de Artieda (Andres).-

• Rioja (Francisco de).-

• Rodriguez [de Ardila] (Pedro).-

• Rodriguez Lobo [Francisco].-

• Rueda (Lope de).-

• Salas Barbadillo (Alonso [Jeronimo] de).-

• Saldaña (Conde de).-

• Salinas (Conde de).-

• Sanchez [de Villanueva] (Doctor Francisco).-

• Sanchez (Miguel).-

• Santelmo (El castellano de).-

• Segura (Bartolome de).-

• Silua (Diego de).-

• Silua [y Mendoza] (Francisco de).-

• Silueira [Doctor Miguel de].-

• [Silva y Mendoza (Diego de)].- Véase Salinas (Conde de).

• Solis [Mejia] (Juan de).-

• Soto [de Rojas] (Pedro de).-

• Suarez de Figueroa.- Véase Figueroa.

• Tamayo (Capitan Pedro).-

• Tapia (Rodrigo de).-

• [Tasis y Peralta (Juan Bautista de)].- Véase Villamediana.

• Tasso.- Véase Torcato.

• Tejada [Paez] [Doctor Agustin de].-

• [Tellez (Fr. Gabriel)].-

• Timoneda [Juan de]

• Torcato [Tasso].-

• Touar (Iorge de).-

• [Ubeda (Francisco de)].-

• Valdes.- Véase Baldes.

• Valdiuielso (Maestro Ioseph de).-

• Vargas (Iusepe de).-

• [Vargas Gentil].- Véase Gentil de Vargas.

• Vazconzelos (Juan de).-

• Vega (Bernardo de la).-

• Vega [Carpio] (Lope [Felix] de).-

• Velasco [Juan Fernandez de].-

• Velez de Gueuara (Luis).-

• Vera [Zuñiga y Figueroa] (Juan de).-

• Vergara (Hipolito de).-

• Vergara (Juan de).-

• Villamediana ([Conde] de).-

• Virues (Christoval de).-

• Xaurigui (Juan de).-

• Yzíar [(Juan de)].-


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