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Viajes de Gulliver/Segunda parte/I

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I

EL ACTOR, DESPUÉS DE HABER SUFRIDO UNA FUERTE TEMPESTAD, DESEMBARCA EN UN PAÍS DESCONOCIDO, DONDE UNO DE SUS HABITANTES LE RECOGE.—DE QUÉ MANERA LE TRATAN.—IDEA DEL PAÍS Y SUS NATURALES.

Parece que la Naturaleza y la suerte me habian condenado a una vida agitada. Ya he dicho que volví a mi casa pero a los dos meses de estar en ella la abandoné nuevamente enbareándomo en las Dunas elde junio deen el buque llamado la Aventura, cuyo capitán, Juan Nicolás, de la provincia de Cornouaille, partía para Surate. Logramos un viento muy favorable hasta la altura del cabo de Bnena Esperanza, donde anclamos para hacer provisión de agua; y hallándose indispuesto nuestro capitán con fiebres intermitentes, no pudimos dejar el Cabo hasta fines de marzo. De allí continuamos nuestro rumbo con felicidad en el viaje hasta el estrecho de Madagascar. Pero, habiendo llegado al norte de esta isla, los vientos que en aquellos mares soplan siempre con igualdad entre Norte y Oeste, desde principio de diciembre hasta entrada de mayo, principiaron a excederse con demasiada violencia elde abril del lado de Oeste durante veinte días seguidos, en cuyo tiempo perdimos rumbo hacia el Oriente de las islas Molucas, y casi tres grados al Norte de la línea equinoc- cial, según advirtió nuestro capitán por cierto cálculo que hizo el segundo día de mayo en que cesó el viento. Era hombre muy experimentado en la navegación de aquellos mares, y habiéndonos prevenido que nos dispusiéramos para una horrible tempestad al día siguiente, sucedió como lo había pronosticado. Comenzó a soplar un viento Sud, que llamainos monzón, y temiéndonos que fuese en aumento, recogimos la vela del bauprés, y nos preparamos para la mesana, que fué preciso recoger también, y amarrar los cañones porque la tempestad iba tomando fuerza. El buque estaba al través, y en esta situación tuvimos por el mejor partido caminar viento en popa. Remachamos la mesana y guarnecimos las escotas, el timón estaba hacia el viento, y el navio se gobernaba bien. Echamos fuera la vela mayor; pero muy pronto la desgarró el temporal. Después amiamos la entena mayor para desarmarla, y cortamos todos los cordajes y la llave que la mantenían; sacamos los brazos al timón, y ayudamos al timonero que no podía gobernarlo solo. No queriamos arriar el mástil de gavia mayor, porque el buque iba mejor con las olas, y estábamos persuadidos de que caminaba más seguro con el mástil levantado. Viéndonos bastante enmarados después de la tempestad, echamos fuera la mesana y la vela mayor, y nos inclinamos un poco contra el viento, volviendo a colocar el arterón, y también los masteleros de la gran gavia y de la menor. Nuestro rumbo era Este-Nordeste: el viento Sudoeste. Amarramos a estribor, y desamarramos el brazo del lado del viento armamos las bolinas y pusimos el navío todo lo que se pudo hacia el viento trabajando todas las velas. Mientras duró la borrasca, que fué seguida de un viento impetuoso de O. S. E., fuimos impelidos, según mi cálculo, cerca de quinientas leguas hacia el Oriente; de suerte que el más antiguo y experto de los marineros no supo decirnos en qué parte del mundo estábamos. Sin embargo, no nos faltaban víveres, el navío no hacía agua, y nuestra tripulación gozaba buena salud; pero nos hallábamos reducidos a una extremada penuria de agua dulce. En este estado tuvimos por más conveniente contimar el mismo rumbo que volver al Norte, por no caer en las partes de la Gran Tartaria, que son las más próximas al Noroeste, y en el Mar del Ilielo.

El 16 de junio de 1708 un grumeto descubrió tierra desde la altura del papagayo: el 17 vimos ya claramente una grande isla o continente (pues no supimos distinguirlo), y a su costado derecho había una pequeña lengua de tierra que se adelantaba en el mar y una corta bahía demasiado somera para que un navío de más de cien toneladas pudiese entrar en ella. Anclamos a distancia de una legua de la bahía, y nuestro capitán envió doce hombres de su tripulación, bien armados, en la chalupa, llevando a prevención algunas vasijas por si encontraban agua. Yo le pedi permiso para ir con ellos a ver el país y hacer las descubiertas que pudiese. Pero cuando hubimos tomado tierra no vimos ni río, ni fuente, ni vestigio do habitantes; lo que obligó a nuestra gente a costear la ribera para buscar agua fresca a la orilla del uar. Entretanto yo me paseaba solo, y, penetrando casi una milla tierra adentro, no encontré otra cosa que un país estéril cubierto de rocas. Ya principiaba a cansarme, y no viendo nada que pudiese satisfacer mi curiosidad, me volvia poco a poco hacia la pequeña bahía, a tiempo que vi a nuestra gente sobre la chalupa, que sólo trataba de salvar sus vidas a fuerza de remos, perseguidos por un hombre tan gigantesco, que, metido en el mar, apenas le llegaba el agua a las rodillas, y daba unos pasos descomedidos: pero ellos habían tomado media legua de ventaja, y estando en aquel sitio el mar lleno de rocas, el gigante no pudo alcanzar la chalupa. Yo eché a correr cuanto pude trepando hasta la cima de una montaña escarpada, desde la que pude ver una parte del país. Le hallé perfectamente cultivado, pero lo que desde luego me pasmó fué la altura de la hierba, que me pareció levantaba más de veinte pies.

Tomé un camino real, a mi modo de pensar, annque para los habitantes del país no era más que una pequeña senda que atravesaba un campo de cebada.

Anduve por allí algún tiempo, pero a ciegas, porque las mieses estaban ya en sazón y tenían cuarenta pies de altura lo menos. Una hora tardé en llegar al otro extremo, quo estaba cercado de un seto de ciento veinte pies de elevación o algo más. Los árboles eran tan grandes que yo no pude calcular la altura que tenían.

Tratando de buscar alguna abertura en la cerca, descubrí uno de los habitantes en el campo inmediato, de la misma talla que el que había visto anteriormente en el mar persiguiendo a nuestra chalupa. Parecióme tan alto como un campanario de los regulares, y por mi cálculo, de cada paso alargaba cerca de cinco toesas. Me quedé temblando, corrí a esconderine entre la mics, desde donde le vi parado junto a un portillo del seto, y dando voces más descomedidas y penetrantes que si salieran de una bocina: el sonido era muy fuerte, y como se elevaba en el aire, por el pronto crei que tronaba. Al punto se llegaron a él siete hombres de la misma estatura, cada uno con su hoz en la mano, y cada hoz tan grande como seis guadañas. Estos no estaban tan bien vestidos como el primero, de que inferi serían sus criados, y porque, según la orden que les dió, pasaron luego a segar en la unies donde yo estaba escondido. Procuré alejarme de ellos cuanto pude, pero me costaba suma dificultad moverme, porque las cañas del trigo por algunos parajes no distaban más de un pie las unas de las otras, de suerte que a veces no podía andar en aquella especie de floresta. Avancé no obsstante hacia una parte donde la lluvia y el viento habían acamado la mies, y no pude pasar de alli, porque las cañas formaban un tejido tan fuerte que era absolutamente imposible romper por ellas, y las barbas de las espigas caidas cran tan duras y agudas, que me atravesaban el vestido y me herían la carne : a este tiempo oí a los segadores que apenas estaban ya a cincuenta toesas de mí. ¡Cuál fué mi pavor entonces! Totalmente desmayado, me dejé cacr entre dos surcos aguardando, para alivio de mi congoja, el término de mis dias, representándome a mi viuda desconsolada, mis hijos huérfanos, y todos llorando mi locura de haber emprendido este segundo viaje contra el consejo de mis parientes y amigos.

En medio de una agitación tan terrible, no podía apartar de mi pensamiento el país de Lilliput, cuyos habitantes ue habían mirado como al inayor prodigio que se había visto en el mundo: adonde yo había sido capaz de arrastrar uma flota entera con una sola ntano, y de hacer otras hazañas ecuya memoria será eternamente conservada en las crónicas de aquel Imperio a pesar de los incrédulos de la posteridad, que no cederán sin pena al testimonio de una nación entera. La reflexión de parecer a la vista de esta gente un ente tan miserable como un lilliputiense entre nosotros, no era lo que menos me mortificaba; mas, al fin, tampoco constituía la mayor de mis desdichas, porque comúnmente se nota que las criaturas humahas son más o menos salvajes y crueles a proporción de su talla pero de esta consideración, ¿qué podía yo esperar ruás que venir a ser bien pronto un bocado de carne en la boca del primero de aquellos bárbaros enormes que me agarrase? A la verdad, los filósofos tienen razón cuando nos dicen que no hay nada grande ni pequeño sino por comparación. Acaso los lilliputienses hallarán un día otra nación más pequeña a su respecto que ellos lo eran al mío. ¿Y quién sabe si esta casta prodigiosa de mortales será una nación lilliputiense en comparación de otra alguna que no hayamos descubierto todavía? Pero la confusión y susto que me poscían no daban entrada por entonces a estas reflexiones filosóficas.

- Acercándose uno de los segadores a cinco toesas del surco donde yo estaba acostado, temí que si daba otro paso más adelante me despachurrase con el pio o me dividiese el cuerpo con la hoz; esto me obligó a prorrumpir en exclamaciones lastimeras con todo el esfuerzo que me permitía el desmayo de que estaba poseídlo, luego que le vi dispuesto a levantar el pie.

Inmediatamente se detuvo el gigante, mirando alrededor de sí y hacia arriba hasta que me vió. Quedóse parado observándome con todo el cuidado de un hombre que pretende agarrar algún animalejo pernicioso sin riesgo de que le muerda o arañe, como yo lo he hecho muchas veces con las comadrejas en Inglaterra. Finalmente ya se determinó a agarrarme por la parte más gruesa de mi cuerpo, levantándome a toesa y media de sus ojos para examinar mejor mi figura. Conocí su intención, y me estuve quieto mientras me tenía en el aire a más de sesenta pies de distancia del suelo, no obstante que me apretaba cruelmente por temor de que me escurriese entre sus dedos. No me atreví a hacer más movimiento que para levantar los ojos al sol, poniendo las manos en forma de suplicante, y así hablé algunos palabras en tono muy humilde y lastimoso, conforme al estado en que me veía, temiendo a cada instante que se le antojase aplastarme, como nosotros solemos hacer con ciertos insectos fastidiosos para librarnos de ellos; pero habiéndole hecho gracia mi voz y gesto, principió a nijrarme con más curiosidad, muy admirado de oirme hablar, aunque no me entendía.

Sin embargo, yo no pude reprimir mis lamentos y lágrimas, y volviendo la cabeza procuraba darle a entender todo el daño que me hacía con sus dedos.

Yo creo que comprendió el dolor de que me quejaba; pues levantando una faldilla de su vestido me puso dentro con mucha suavidad, y echó a correr adonde estaba su amo, que era un labrador rico, el mismo que había visto desde luego en el campo.

El labrador tomó una pajita, que era casi tan gruesa como una caña de las que usarnos para bastones, y con ella me levantó las faldillas de la casaca, que en mi concepto le pareció una especie de cubierta qu la Naturaleza. me hubiese dado, y para verme inejor la cara me sopló los cabellos. Llamó a sus criados y les preguntó (según pude conjeturar) si habían visto alguna otra vez en el campo algún animalejo que se asimilase a mí. Después me puso de cuatro pies en el suelo pero me levanté al instante, y eché a andar con mucha gravedad hacia un lado y otro, para que no recelasen que quería escaparme. Sentáronse todos para mejor observar mis movimientos, y entonces yo, quitándome el sombrero, hice una cortesía muy sumisa al amo, y me arrojé a sus pies, levantando las manos y la cabeza con diferentes exclamaciones en el tono más alto que podía. Saqué de mi faltriquera una bolsa llena de oro y se la presenté con mucha hunildad. El la puso en la palma de la mano y aplicó la vista para distinguir lo que le daba, sacó un alfiler de la manga, la rodeó diferentes veces, y se quedó con las mismas dudas. Estando en esto, le hice señal de que bajase la mano, y tomando la bolsa la abrí y vacié en ella las monedas, que eran seis doblones de a ocho españoles, con otras veinte o treinta inferiores. Mojóse el dedo con la lengua y levantó una de las monedas mayores y luego otra: pero yo creo que no comprendió lo que era. Por último, me mandó por señas que las volviese a la bolsa y las guardase.

Esto le hizo discurrir si sería alguna criaturita racional, y principió a honrarme con su conversación: articulaba muy bien las palabras, pero su eco me aturdía los oidos, como si fuera un molino de agua.

Yo le contestaba ya en un idioma, ya en otro, levantando la voz cuanto podía, y aunque aplicaba su oído para entenderme, tudo era inútil. Envió los criados al trabajo, y sacando un pañuelo de su faltriquera, le dobló por medio, le extendió sobre la mano izquierda y me hizo seña de que me pusiese encima, a cuyo fin la bajó hasta el suelo, y no hallé dificultad, pues apenas tendría un pic de grueso. Parecióne que debía obedecer: mas, para no caerme, me acosté a lo largo sobre el pañuelo en que me envolvió y de este modo me llevó a su casa. Truego que entró llamó a su mujer, la cual retrocedió prontamente al verme, dando unos chillidos descompasados como suelen hacer las inglesas a la vista de un escuerzo o de una araña. Pero al cabo de algún tiempo, que observó mi actitud y que contestaba a las señas que hacía su marido, principió a quererme con ternura, Siendo cerca del mediodía, sacó un criado la comida (vianda grosera conforme al estado de un simple labrador) en un plato de casi veinticuatro pies de diámetro, y se congregaron el amo, su mujer, tres hijos y una anciana abuela. Sentáronse todos, y el labrador me puso a su lado sobre la mesa, que era como de treinta pies de alta; pero yo tenía buen cuidado de no acercarme a sus bordes por no dar en el suelo. Ia mujer cortó un pedacito de carne, desmigajó un poco de pan y me lo puso delante en un plato de madera. Yo la hice una reverencia muy sumisa, y sacando mi cuchillo y tenedor, principié a comer: esto les hizo mucha gracia. Después mandó a la criada que trajese una tacita que servía para beber licores, pues no hacía más de doce azumbres, y la llenó de bebida. Levantéla con bastante trabajo, y revistiéndome de autoridad, brindé a la salud de madama, esforzando cuanto pude la voz en inglés. Entonces sí que temí quedar sordo de la carcajada de risa en que prorrumpieron todos. El gusto de la bebida era muy semejante a la sidra, y no me desagradó. El amo me hizo señal de que me acercase a su plato, que también era de madera, y por apresurarme demasiado por poco me mato, pues tropezando en una pequeña corteza de pan, caí de cara sobre la mesa. Me incorporé al instante, y advirtiendo que aquellas buenas gentes se habían compadecido, tomé el sombrero, le di vueltas en la cabeza y lancé dos o tres aclamaciones para que viesen que no había recibido daño.

Pero al tiempo de llegar a mi amo (éste es el nomque le daré de aquí adelante) el más pequeño de sus hijos, que estaba sentado junto a él y era un nuchacho como de diez años, muy maligno y travieso, me agarró por las piernas y, elevándome en el aire, me conmovió todo el cuerpo. El padre me arrebató de entre sus manos y le dió una bofetada tan fuerte en la oreja izquierda, que pudiera haber desbaratado un escuadrón entero de caballería europea, mandándole que luego al punto se quitase de la mesa. Recelé que el chiquillo me guardase rencor; y acordándome de lo perversos que son naturalmente todos los muchachos de nuestro país contra los pájaros, conejos, gatos y perros, me puse de rodillas delante de mi aino, y señalandole con el dedo, le di a entender como pude que deseaba que le perdonase. El padre condescendió, y volviendo a tomar su silla el muchacho, llegué a él y le besé la mano.

- A la media comida el gato favorito de ini ama se la subió encima. Of detrás de mi un ruido como de doce telares de medias, y volviendo la cabeza, me enteré de que era un gatazo que mayaba. El ama le daba de comer, y él la acariciaba, pero a juzgar por la cabeza y una pierna que vi, me pareció tres veces mayor que un buey. La ferocidad de aquel animal me llenó de pavor; y procuré alejarme al lado más remoto de la mesa, distante cincuenta pies, y el ama le tenía asido temiendo que se abalanzase a mí. No sucedió nada, porque el gato ni reparó en mi siquiera.

Ali amo, por ver lo que hacía me puso delante de él bastante cerca, y como siempre he visto que cuando se huye de una fiera o se manifiesta miedo suele más presto echarse encima, deterniiné hacer de valiente, y fingir que no temía sus garras. Principié a pasearme con mucha osadía acercándome tanto, que el animal dió dos pasos atrás, como si tuviera miedo de mí. Después vinieron tres o cuatro perros, entre ellos un mastín que abultaba por cuatro elefantesy un lebrel no tan grues.. pero más alto. Yo siempre firme, aparentando serenidad de ánimo.

Al concluirse la comida, entró el ama, que amamantaba un niño de la labradora como de un año de edad. Apenas me vió la criatura principió a dar unos gritos tan terribles, que creo se hubieran podido oir sin dificultad desde el puente de Londres hasta Chelsea. El me tuvo por un muñeco u otra chuchería scmejante, y lloraba porque se le dieran para entretencrse. La madre me levantó, y poniéndome en sus manos, al instante me agarró, y al punto metió mi cabeza dentro de su boca, como es natural en aquella edad mas no fué esto lo peor, sino que, asustado el muchacho de mis clamores, me dejó caer de prontoy a no ser porque la madre tenía puesto debajo su delantal, me hubiera roto la cabeza sin remedio. El ama, para. apaciguarle, se valió de un jugucte, que era un grueso pilar hueco guarnecido de unas piedras disformes, el cual pendía de la faja del niño por un cable muy fuerte, y no bastando esto a aplacarle, recurrió al último arbitrio, que fué darle de mamar.

Es preciso confesar que no he visto cosa en mi vida que me haya horrorizado tanto, ni sé con qué poder compararla.

Entonces me acordé del atractivo de nuestras damas inglesas, que sin duda las favoreció Naturaleza en esta parte, y conocí que nuestra inclinación puede consistir en la proporción de la talla y grados de vista; pues es constante que si las mirásemos por un microscopio, descubriríamos ciertas deformidades que no alcanza nuestra vista y las afean extremadamente.

Por la misma razón me decía una mujer en Lilliput que le parecía yo muy feo, que distinguía unos grandes agujeros en mi cutis; que mis barbas eran diez veces más gruesas que las cerdas del jabalí, y que la tez de mi cara era un conjunto de diferentes colores que la hacían totalmente desagradable, siendo así que soy rubio y paso por de un color bastante bueno. Pero dejemos estas digresiones.

Después de la comida, mi amo volvió a buscar a sus gañanes, y a lo que pude comprender por su voz y ademanes, dejó muy encargado a su mujer que me cuiduse. Estaba yo rendido de cansancio y tenía gana de dormir. La labradora lo conoció, y llevándome a su cama, me cubrió con un pañuelo blanco, que no era más pequeño que la gran vela de un navío de guerra.

Dormi dos horas soñando que estaba en mi casa con mi mujer y mis hijos, lo que aumentó mi aflicción, cuando desperté y me vi absolutamente solo en una espaciosa sala de doscientos o trescientos pies de extensión y más de doscientos de altura, acostado on una cana que tenía diez toesas do ancha. Mi ama había salido a los negocios de su casa y me había dejado encerrado bajo llave de la cama al suelo había cuatro foesas de distancia, apretábanme algunas necesidades naturales, y no me atrevia a llamar, bien que hubiera sido inútil con una voz como la mía, respecto adonde estaba la cocina, en que ordinariamente asistía la familia. Cuando hacía estas cuentas, treparon dos enormies ratas por las cortinas y principiaron a correr sobre mi cama. Llega una a mi cara, y yo, lleno de espanto, me incorporé como pude para echar mano al sable; pero aquellos terribles animales tuvieron la insolencia de acometerme por distintos lados. Comenzé a repartir cuchilladas y tuve la fortuna de matar una y ahuyentar a la otra, volviendo a acostarme concluída la refriega para descansar y reponerme de la emoción sufrida. Eran las tales ratas como dos mastines, pero sin comparación más ágiles y feroces, de sucrte que si me toman indefenso infaliblemento me devoran.

Poco después vino mi ama, y entrando en el cuarto advirtió que estaba todo ensangrentado. Acudió al instante á mi, y para que saliese del susto la lice señal de que mirase a la rata muerta. La labradora sonrió, dando muestras de contento al ver que no estaba herido. Después la expliqué como pude mi deseo de bajar al suelo, y aunque ine soltó al punto, mi modestia no me permitía declarar la urgencia de otro modo que señalando a la puerta, haciéndola muchas corteslas. La mujer me entendió al cabo de algún tiempo, y volviendo a ponerme sobre su mano, me llevó al jardín y me dió libertad. Alejéme cerca de diez toesas, y dándola a conocer que debía volver la cabeza, me oculté entre dos hojas de acedera, donde hice lo que se deja adivinar.