Viajes de Gulliver/Segunda parte/III
III
Las penas y fatigas que diariamente sufría ocasionaron un trastorno considerable en mi salud, pues cuanto más ganaba mi amo, tanto más crecía su ambición. Había ya perdido enteramente el apetito, y me había quedado poco menos que como un esqueleto. Mi amo lo advirtió, y viendo mi muerte próxima, determinó aprovecharse del tiempo con la mayor utilidad suya. De este modo discurría cuando llegó a la puerta un slardral o caballerizo del rey, con orden de quo me presentase al punto en la corte para divertir a la reina y a sus damas. Algunas de éstas me habían visto ya y contado maravillas de mi gallarda figura, buen aire y bondad de carácter. Mucho celebraron mis gracias la reina y su real familia. Yo me arrodillé a sus pies en solicitud de besarlos con respeto; pero aquella afabilísima princesa me presentó el dedo pequeño de su mano, que estreché contra mi pecho, aplicando en su extremo con veneración mis labios. Me hizo algunas preguntas generales tocante a mi país y viajes, a las cuales respondí con toda la distinción y laconismo que me fué posible. También me preguntó si viviría contento en la corte: entonces, haciendo una reverencia hasta tocar con la cabeza en la mesa en que estaba, respondí con mucha sumisión que era hijo de la obediencia, pero que si dependiese de mi voluntad solamente, tendría todo mi gusto en consagrar mi vida al servicio de Su Majestad. Al instante propuso a mi amo si quería venderme, y como éste no deseaba otra cosa, porque no me daba un mes de vida, admitió prontamente el partido señalando por precio mil monedas de oro, que sin detención le pusieron en la mano. Yo pedí entonces a la reina que pues ya era un humilde esclavo suyo me concediese por primera gracia que Glumndalclitch, en quien había hallado siempre tanta atención, amistad y esmero, fuese admitida igualmente al honor de su servicio, continuando con el cargo de directora mía. Su Majestad condescendió exigiendo también el consentimiento del labrador, que quedó tan contento de ver a su hija en palacio como ella de no separarse de ini lado. Por último, él se retiró diciéndome a la despedida que en buen sitio me dejaba, a lo cual le contesté silenciosamente con una gran cortesía.
Notó la reina la frialdad con que recibí el cumplimiento y despedida del labrador: preguntándome la causa, respondí sin títubear a Su Majestad que no reconocía otra gracia en mi antiguo amo que la de no haber despachurrado con el pie a un animalito inocente hallado por casualidad en sus tierras, que este faver quedaba bien pagado con el provecho que había sacado exhibiéndome al público por dineros y con la suma que acababa de tomar en mi venta; que mi salud estaba muy quebrantada por tanta esclavitud y continua obligación de divertir a la plebe a todas horas del día que si ini amo no hubiera temido mi muerte no me hubiera comprado Su Majestad tan barato.
Pero que como ya no hallaba lugar en mí el temor de ser tan desgraciado en lo sucesivo bajo la protección de una princesa tan grande y benigna, el primor de la Naturaleza, la admiración del mundo, las delicias de sus vasallos y el fénix de la creación, esperaba que los recelos de mi amo anterior saliesen vanos, pues que sentía ya mis espíritus recobrados del todo con el influjo de su muy augusta presencia; tal fué el resumen de mi discurso, pronunciado con bastantes barbarismos y no pocos temores.
La reina, disimulando con su bondad los defectos de mi arenga, quedó admirada de ver tanto valor y juicio en un animalejo tan pequeño: púsome sobre su mano y, sin detenerse, me llevó a presentarme al rey, que estaba entonces recogido en su gabinete. Su - Majestad, príncipe muy serio y de semblante austero, no fijándose por el pronto en mi figura, preguntó secamente a la reina que desde cuándo se había aficionado a los splack-nocks (pues me tuvo por un in.secto de esta especie). Pero la reina, que era sumamente aguda, me puso de pie con mucho cuidado sobre el tintero del rey y me mandó que dijese yo mismo a Su Majestad lo que era. Obedeci en muy pocas palabras, y Glumdalclitch, que se había quedado a la puerta del gabinete, no pudiendo sufrir que estuviese más tiempo separado de ella, entró, y añadió que me habían hallado en el campo.
El rey, que era un sabio a quien no igualaba ninguno de los de sus Estados, que había pasado su juventud en el estudio de la filosofía y principalmente en el de las matemáticas, cuando vió de cerca mi figura y ademanes, antes de haber principiado a hablar, discurrió que pudiese ser alguna máquina artificial, como un torno de asador, o cuando más alguna especie de reloj ejecutado por un buen artífice. Pero luego que escuchó mi voz y advirtió que aquellos débiles ecos eran producidos con discernimiento racional, no pudo disimular su admiración y asombro.
Mando llamar a tres famosos sabios que a la sazón residían en la corte, prestando su seniana de servicio, según la admirable costumbre de aquel país.
Estos señores, después de haber examinado mi figura con mucho detenimiento, no pudieron ponerse de acuerdo. Todos convenían en que no podía ser un legítimo producto de la Naturaleza por el orden regular, porque carecía de la facultad natural de conservar mi vida, ya fuese por la agilidad, ya por la facilidad de trepar sobre un árbol o va por la facultad de minar la tierra para hacer madriguera donde esconderme como los concjos. Y habiendo observado mis dientes por largo rato, conjeturaron que era yo un animal carnicero.
Uno de los filósofos adelantó que era un embrión o puro aborto. Pero esta opinión fué rechazada por los otros dos que habían advertido que mis miembros eran perfectos y bien formados en su especie y que había vivido ya muchos años, como evidenciaba mi barba, examinada con auxilio de un microscopio. No quisieron declararme siquiera enano, porque mi pequeñez no tenia comparación, pues el enano favorito de la reina, que era el más pequeño que se había visto jamás en el reino, tenía cerca de treinta pies de altura. Por último, después de un gran debate convinieron unánimemente en que era un relplum scalcath, que, interpretado literalmente, quiere decir lusus naturae; decisión muy conforme a la filosofía moderna de Europa, cuyos profesores, dexdeñando el antiguo refugio de las causas ocultas, con cuyo favor los sectarios de Aristóteles tratan de paliar su ignorancia, han inventado esta maravillosa decisión de todas las dificultades de la física.; Admirable progreso de la ciencia humana!
Terminada que fué esta conclusión decisiva, se me permitió decir algunas palabras, y mirando al rey, protesté scriamente a Su Majestad que venía de un país donde mi especie vivía repartida en muchos millones de individuos de ambos sexos que los animales, árboles, y casas eran proporcionados a nu cuerpo, y que, por consiguiente, lograba allí la facultad de defenderne y alimentarme con todos los demás socorros y comodidades que podía disfrutar en sus Estados cualquier vasallo de Su Majestad. Esta repuesta dió lugar a una sonrisa desdeñosa en los filósofos, diciendo que el labrador me tenía bien instruído y que yo no había aprendido mal la lección.
Pero el rey, que estaba dotado de mejores luces, despidiendo a sus sabios, mandó buscar al labrador que, por fortuna, no había salido todavía de la corte. Exaindle en particular, confrontó después su informe conmigo y con Glumdalclitch, y halló Su Majestad que cuanto le había referido podía ser cierto. Encargó a la reina que diese orden de que me cuidasen bien, y que continuase bajo la vigilancia y dirección de Glumdalclitch, porque había notado que nos queríamos mucho.
Mandó la reina a su ebanista que me hiciese un cajón que pudiese servirme de dormitorio con arreglo al modelo o idea que le diésemos mi directora y yo.
El obrero no se distinguía por su actividad, y tardó tres semanas en fabricarne un cuarto de madera de diez y seis pies en cuadro y doce de altura con sus ventanas, puertas, y dos gabinetes.
Otro obrero excelente y célebre por el gusto con que fabricaba juguetes, se encargó de hacerme dos sillas de una materia semejante al marfil, dos mesas y un armario donde poner mi ropa, y la reina mandó que al punto buscasen en todas las tiendas las telas de seda más finas para hacerme vestidos.
Aquella princesa gustaba tanto de mi conversación, que no podía comer como yo no estuviese presente. Me ponían una mesita sobre la de Su Majestad, y mi silla correspondiente, estando siempre Glumdalclitch al lado, puesta de pie sobre un taburete, para cuidarme.
También quiso el príncipe un día conversar conmigo durante la comida. Me preguntó acerca de las costumbres, religión, leyes, gobierno, y literatura de Europa di razón de todo como pude, y sobre cada cosa iba haciendo Su Majestad las reflexiones y observaciones más sabias que le dictaban su perspicaz talento y juicio sólido. IIabiendo llegado a los dos partidos que dividen la Inglaterra, me preguntó si era yo wigh, o tory: y volviéndose después hacia su primer ministro, que estaba detrás en pie como un bastón blanco en la mano tan alto como el palo mayor del Soberano Real, exclamó: «; Desdichada naturaleza humana! ¡cuán poco montan tus grandezas, cuando unos viles insectos quieren suponer también ambición y gozar de jerarquías y distinciones entre ellos tienen andrajos con que cubrirse, vivares. jaulas y cajones que llaman alcázares y palacios; equipajes, libreas, títulos, empleos, ocupaciones, y pasiones como nosotros. Entre ellos se encuentra el amor, el odio, el engaño y la traición como aquí.» De esta suerte filosofaba Su Majestad acerca de lo que le había referido de Inglaterra, y yo estaba ardiendo de indignación y coraje de ver mi patria, la maestra de las artes, la reina de los mares, la árbitra de la Europa, la gloria del Universo, tratada con tanto menosprecio.
Pero nada me incomodaba ni ofendía tanto como un enano que tenía la reina, el cual, siendo de una talla nunca vista en aquel país, se hizo tan insolente desde que vió otro hombre mucho más pequeño que él, que no podía contenerse. Me miraba con soberano y singular desprecio, y no cesaba de burlarse de mi figurita. Yo no tenía otro desquite que llamarle hermano; mas era tanta su malignidad, que un día, mientras comían, estuvo esperando verme descuidado y agarrándome por medio del cuerpo me precipitó en un plato de leche y echó a correr. Quedé sumergido hasta las orejas, de suerte que si no hubiera sido un nadador excelente, me hubiera ahogado sin remedio. Glumdalclitch había pasado por casualidad hacia el otro extremo del cuarto, y la reina, consternada del suceso, no tuvo ánimo para socorrerme: acudió al instante mi directora; pero, por pronta y diestramente que procuró sacarme, ya había tragado más de una azumbre de leche. Me llevaron a la cama, y no resultó más daño que la pérdida del vestido, que quedó del todo inservible. El enano sufrió unos crucles azotes, cuyo castigo presencié con cierta complacencia.
Quiero hacer ahora una ligera descripción de aquel país, según lo que pude observar de la parte que recorrí. Toda la extensión del terreno es casi de tres mil leguas de longitud y dos mil quinientas de latitud, de donde infiero que nuestros geógrafos europeos se equivocan en creer que no hay sino mar entre el Japón y California. Yo siempre imaginé que debía haber por aquel lado un gran continente que sirviese de contrapeso al gran continente de Tartaria: así, pues, es preciso corregir los mapas y unir esta vasta extensión de tierra a las partes noroestes de la Amé- rica, para lo cual me ofrezco a ayudar con mis luces a los geógrafos. Aquel reino es una península terminada por la parte del Norte en una cadena de montañas que tienen cerca de treinta millas de altura, y todas son inaccesibles a causa de los volcanes que abundan en su cima.
Los más sabios ignoran qué especie de mortales habita de la otra parte de aquellas montañas, o si acaso está desierta. No se encuentra un puerto en todo el reino, y aquellos parajes de la costa por donde los ríos entran en el mar, están tan cubiertos de rocas altas, y escarpadas, y el mar tan agitado ordinariamente, que apenas hay hombre que se atreva a abordar; de modo que aquellos pueblos están privados de todo comercio con el resto del mundo. Sus ríos principales abundan de pesca excelente; pero de qué les sirve si aun los peces de mar en el Océano son del mismo tamaño que los de Europa, y con respecto a aquellas gentes no merecen la pena de pescarlos, de donde se evidencia que la Naturaleza, en sus producciones de plantas y animales tan enormes, se limitó absolutamente al continente, sobre cuyo punto me reinito a los filósofos? Sin embargo, alguna que otra vez suelen pescar en la costa ballenas, de que se alimenta la plebe, y lo tienen por regalo. Vi una tan grande que apenas podía llevarla sobre sus hombros un natural del país. También las envían en canastos por curiosidad a Lorbruldrud, y aun soy testigo ocular de otra que presentaron sobre un plato en la mesu del rey.
El pais está bien poblado, pues comprende cincuenta y una ciudades, cerca de cien villas cerradas, y un número mayor de aldeas y alquerías. Para cumplir con el lector curioso, creo bastará la descripción de Lordbruldrud. Esta ciudad está situada junto a un río que la atraviesa y dívide en dos partes casi iguales, en que se cuentan más do ochenta mil casas, y en ellas casi seiscientos mil habitantes. Tiene de largo tres glonglungs (que hacen cincuenta y enatro millas inglesas escasas) y dos y medio de ancho según la medida que tomé en el mapa real, dispuesto de orden de Su Majestad, el cual extendieron en el suelo y me pascé perfectamente por su extensión, que era de cien pies de largo.
El palacio del rey es de una fábrica bastante irregular más propiamente puede decirse que es un conjunto de edificios de cerca de siete millas en circuito, las salas principales tienen doscientos cuarenta pies de altura.
Para que Glumdalclitch y yo saliésemos a ver la ciudad y sus edificios, nos destinaron un coche que, si no yerra mi cálculo, era en cuadro como el salón de Westminster o poco menos, aunque no tan alto.
Un día paramos en diferentes tiendas, y aprovechando la ocasión los mendigos acudían en tropel a las
- - portezuclas. Jamás vio ojo inglés espectáculo tan espantoso. Allí había de todo estropeados, contrahechos, sucios, mal vestidos, cubiertos de llagas, tumores y animalitos, y todo aquello me parecía de un bulto enorme; hágase cargo el lector de la impresión que ine causarían semejantes objetos, y tenga la bondad de excusarme la descripción.
Las damas de la reina gustaban mucho de que Gluundalclitch me llevase consigo a sus cuartos para tener el entretenimiento de examinarme de cerca y hacerme fiestas. A veces me ponían desnudo de pies a cabeza, para contemplarme inejor, y luego me agasajaban poniéndome en su pecho con otras mil caricias. Pero ninguna de ellas tenía el cutis tan fino como Glumdalelitch.
Todo esto, a mi modo de entender, lo hacían por tratarime sin ceremonia, como a una criatura de la que nada había que temer, por lo cual tampoco tenían reparo en desnudarse en mi presencia hasta quitarse la camisa, sin respeto al pudor y la buena crianza, mientras yo solía estar enfrente sobre su tocador, y a pesar mío, no podía excusarme de verlas; digo a pesar mío porque, a la verdad, aquella visión no me causaba la menor impresión. Su cutis me parecía áspero, desunido y de diferentes colores, sembrado de manchas tan grandes como platos: sus largos cabcllos colgaban al modo de una madeja de cordeles, y por este orden veía toda la deformidad de su cuerpo, debiendo sacar por conclusión que la hermosura de las mujeres que nos hace tanta impresión, no es más que una cosa imaginaria, pues no hallaríamos diferencia de nuestras europeas a aquéllas, si nuestros ojos fueran microscopios. Suplico al bello sexo de mi país que no tome a mal esta reflexión. Poco importa a las bonitas parecer feas a la perspicaz vista que nunca las ha de observar. Nada he dicho de nuevo para los filósofos; pero como sus ojos son lo mismo que los demás, a la vista de una hermosura se olvidan al instante de toda su filosofía.
La reina, que me hablaba a menudo de mis viajes por mar, buscando siempre ocasiones de divertirme si estaba melancólico, me preguntó un día si tenía la habilidad de manejar una vela y un remo, y si sería conveniente a mi salud algún ejercicio de esta especic. Respondí que entendía de ambas cosas bastante. Que aunque mi profesión había sido la de cirujano, esto es, médico de navío, me había visto muchas veces precisado a trabajar como un marinero; pero que ignoraba de qué modo se practicaba esto en aquel país donde el barco más pequeño equivalía a un navío de guerra de primer orden de los nuestros, además de que un buque proporcionado a mi cuerpo y fuerzas no podría flotar mucho tiempo en sus ríos, ni yo solo gobernarle. Entonces me dijo Su Majestad que, si yo quería, su armador me haría una barquita, y que no me faltaría paraje donde poder navegar. Con efecto, le di el modelo, y en diez días me construyó un navío pequeñito con todos sus cordajes, capaz de contener cómodamente ocho europeos. Luego que estuvo acabado, dió orden la reina al armador que fabricase una artesa de madera de trescientos pies de largo, cincuenta de ancho y ocho de profundidad, bien embetunada, la cual hizo colocar en el suelo de una sala exterior del palacio a lo largo de la pared.
Fara renovar el agua, tenía su llave bastante bajay en cosa de media hora podían muy bien volverla a llenar un par de criados. De esta suerte, me proporcionaron que pudiese navegar para mi diversión y la suya, pues tanto la reina como sus damas manifestaban mucho gusto al ver mi destreza y agilidad. Alguna otra vez desplegaba mi vela, y me ponía a gobernar la embarcación, mientras que las damas me daban viento con sus abanicos, y cuando se cansaban, los pajes impelían y hacían caminar el navio a soplos para que yo luciese mi habilidad a estribor o babor según me acomodaba. Y concluida la maniobra, Glumdalclitch llevaba el navío a su gabinete y le colgaba de un clavo para que se enjugase.
En este ejercicio me sucedió un día cierto accidente que pudo costarme la vida. Una criada de Glumdalclitch tuvo la gracia de tomarme para pasarme al navio que estaba ya en el agua, y, dejándome escurrir entre sus dedos, hubiera caído infaliblemente de una altura como de cuarenta pies, si no tengo la fortuna de tropezar en la cabeza de un grueso alfiler que tenía preso en su delantal, del cual quedé colgado por la pretina de los calzones, hasta que Glumdalchtch acudió a socorrerme.
En otra ocasión, uno de los mozos que tenían el cargo de renovar el agua de la artesuela cada tres días, no vió una raua enorme que iba dentro del cubo, y estuvo escondida hasta que entré con mi embarcación, y hallando entonces un sitio a propósito donde poder descansar, saltó sobre ella, y la inclino tanto, que si no acudo prontamente a hacer contrapeso del otro lado, sin remedio se hubiera hundido : por último, pude ahuyentar a aquel enorme animal a golpes de remo.
Pero el mayor de los peligros en que me vi en aquel reino fué el que voy a referir. Glumdalclitch había salido a una visita o negocio propio, dejando echado el pestillo al salón donde estaba mi cajón y abiertas todas las ventanas, porque hacía un calor sofocante. Yo me había sentado junto a mi mesa bastante pensativo y melancólico, cuando me sorprendió un ruido fuerte que sonaba ya a una parte ya a otra. Aunque con recelos, tuve valor para examinario sin abandonar mi puesto. ; Cuál fué mi pavor al ver un caprichoso animal que, habiendo entrado por la ventana, no cesaba de hacer cabriolas por todo el aposento, que se acerca a ini jaula, y mirándola con GULLIVER.
apariencias de gusto y curiosidad, fué asomando la cabeza a todas mis ventanas! Llegó a la puerta, y a pesar de mis esfuerzos para retirarme a lo más interior, sin presencia de ánimo para haberme escondido debajo de la cama, que era el mejor asilo, no pude evitar que me vicse. El pícaro animal, que era nada menos que un mono del país, después de mil gestos y cabriolas, metió una mano por la puerta, al modo de un gato que juega con un ratoncillo, y agarrándome por los faldones de la casaca (que como era de tela del país tenía demasiada resistencia) me sacó fuera. Me tomó en brazos, reclinándome sobre el derecho como ama que amamanta a su infante, y pasándome la mano por la cara con mucha suavidad, me trataba como si yo fuera un monito recién nacido. Lo mismo he visto hacer a otro en mi país con un gato pequeño, pero me apretaba tanto cuando protestaba yo de sus finezas, que consideré preferible pasar por todo cuanto se le antojase.
Asustado de un repentino ruido que sonó hacia la puerta del cuarto, como de alguno que la abría, saltó prontamente a la ventana por donde había entrado, y de allí al alero del tejado inmediato, sin parar hasta lo más alto, desde donde escuché los lastimosos clamores de Glumdalclitch que parecía loca. Todo aquel cuartel de palacio estaba alborotado, los criados corrían a buscar escaleras, y mi mono, con gran serenidad sentado en la cumbre del edificio, a la vista de mil gentes, me tenía en sus brazos como a un niño, embutiéndome en la boca por fuerza algunas viandas que había podido tomar en la cocina. La canalla que me miraba celebraba todo esto como una gracia, como una fiesta que otro paga; y a la verdad, excepto para mí, el espectáculo era gracioso. Aigunos tiraban piedras por ver si bajaba el mono, pero tuvieron que dejarlo por no romperme la cabeza.
Trajeron finalmente las escaleras, y subiendo bastantes hombres, el mono se intimidó y desamparó el puesto, dejándome caer en una canal del tejado. Uno de los lacayos de mi directora, que era un mozo muy honrado, trepando como pudo, me recogió y me puso en la faltriquera de los calzones para bajarme sin riesgo.
Ya me tenía casi ahogado con las porquerías que me había embutido en el gaznate; pero mi buena aya me hizo vomitarlas y tomé aliento. Los abrazos de aquella fiera me dejaron tan quebrantado y débil, que me fué preciso guardar cana por quince días, en cuyo tiempo el rey y toda la corte enviaban recado diariamente a saber el estado de mi salud, y la reina me hizo varias visitas. El mono fué condenado a muerte; y, ejecutada la sentencia, se expidió un real - decreto para que desde entonces ninguna persona pudiese mantener semejantes animales en las inmediaciones de palacio. La primera vez que salí a visitar al rey, después de recobrada mi salud, me dispensó Su Majestad el honor de gastarme algunas bromas sobre esta aventura: me preguntó cuáles eran mis sentimientos y reflexiones mientras estaba entre los brazos del mono; qué gusto tenían las viandas que me daba, y si el aire fresco que respiraba sobre el tejado no me había excitado el apetito. Por último, me instó a que le dijese qué hubiera hecho en igual lance dentro de mi país. Respondí a Su Majestad que en Europa no teníamos monos, a menos que los trajesen de países extranjeros, y que éstos eran tan pequeños, que no se hacían temibles: pero que respecto a aquella bestia feroz de mi aventura (que a la ver- dad abultaba tanto como un elefante) si el pavor me hubiera permitido hacer uso de mi sable (decía yo esto con arrogancia, poniendo la mano sobre la guarnición) cuando introdujo la mano por la puerta de mi cuarto, le hubicra dado una cuchillada tan fuerte, que acaso la hubiera retirado con más prontitud que la metió. Esforzaba yo mi discurso con un tono firme, como de una persona celosa de su honor que se ve ofendida; mas todo el aplauso que consiguió mi entusiasmo fué una gran carcajada, que ni la respetable presencia de Su Majestad pudo reprimirla en los que le acompañaban. Aquello me inspiró la reflexión de lo que es la villanía del hombre en el caso de considerar su superioridad a vista del inferior que no puede competir ni compararse con él, no obstante que lo había observado muchas veces en Inglaterra, donde un hombrezuelo, que no es nadie, se ensalza y vanagloria, hace de personaje y trata de un modo daminante a todos los principales del reino, sólo porque tiene algún talento.
Era muy raro el día que no había que contar en la corte nueva aventura mia, y Glumdalclitch, aunque me quería infinito, era la primera en llevar la noticia de mis hechos a la reina, conociendo cuánto la divertían. Por ejemplo, habiendo salido a pasearnos, me llevaba en su coche dentro de mi cajón de camino, y para que hiciese ejercicio inandó parar y me puso en el suelo había al pie un excremento de vaca, y yo, queriendo hacer ostentación de mi ligereza, fuí a saltar por cima, y caí en medio. Quedé sumergido en basura hasta las rodillas, sin poder salir del atolladero; un lacayo me ayudó y me limnió después con su pañuelo; pero al instante lo supo la reina, y los mismos criados lo divulgaron por todo el pueblo.