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Viajes de Gulliver/Segunda parte/IV

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IV

DIFERENTES INVENCIONES DEL AUTOR PARA AGRADAR A LOS REYES. EL REY SE INFORMA DEL ESTADO DE EUROPA, CUYA RELACIÓN HACE EL AUTOR. OBSERVACIONES DE SU MAJESTAD SOBRE ESTE TEMA.

Tenía la costumbre de asistir al cuarto del rey mientras le vestían, una o dos veces en la semana, y con este motivo vi afeitarle en varias ocasiones, con bastante temor al principio, porque la navaja era casi dos tantos más larga que una guadaña. No consentía Su Majestad esta operación más que dos veces en la semana, según la costumbre del país. Ocurrióme la idea de pedir al maestro algunos despojos de la barba de Sn Majestad, y habiéndomelos dado, tomé un pedacito de madera, le hice muchos agujeritos a una distancia igual con una aguja, clavé en cada uno un pelo de la barba con suma destreza y me proveí de un peine, que me hacía bastante falta, porque el que llevé estaba ya muy estropeado y casi inútil, sin haber podido encontrar en todo el país un artesano capaz de hacerme otro.

También me acuerdo de otro entretenimiento que me propuse por aquel tiempo. Encargué a una de las camareras de la reina que recogiese aquellos cabellos más finos que cayesen de la cabeza de Su Majestad cuando la peinasen. Junté una cantidad considerable, y consultando al ebanista que tenía orden de hacer todas las obras menudas que yo le mandase, le di mis instrucciones para que me fabricase dos canapés del mismo tamaño que los que tenía en mi cajón, y que después con una lezna fina les abriese muchos agujeritos todo alrededor. Luego que estuvieron armados, tejí el fondo con los cabellos de la reina, pasándolos por los agujeros, y formé dos canapés semejantes a los de junco de que nos servimos en Inglaterra. Tuve el honor de presentarlos a la reina, que los puso dentro de una papelera como una cosa curio- sísiina.

Quiso hacerme sentar en uno de ellos, pero yo me excusé, protestando que no era tan insolente y temerario para profanar así unos respetables cabellos que acababan de adornar la cabeza de Su Majestad. Lo que sí hice fué tejer un bolsillo de los cabellos sobrantes de dos canas de largo, pues tenía bastante ingenio para la mecánica, le puso el nombre de la reina en letras de oro, y con el permiso de Su Majestad lo regalé a Glumdalclitch.

El rey era muy aficionado a la música, tenía frecuentes conciertos, a que yo asistía dentro de mi cajón; de otro modo, no bubiera podido sufrir uD PStruendo tal que jamás pude distinguir los sonidos.

Todos los tambores y trompetas de un ejército tocados a un tiempo junto a nuestro oído, no serían capaces de causar tanto estrépito; pero yo tenía el cuidado de encargar que colocasen mi cajón distante de los señores músicos: cerraba bien todas las puertas, echaba las cortinas, y con esta precaución no me parecía la orquesta tan desagradable.

En mi juventud me había dedicado un poco al clavicordio. Glumdalclitch tenía uno en su cuarto, donde le daba lección un maestro que acudía dos veces en cada semana. Ocurrióseme un día la idea de divertir a los reyes ejecutando un aire inglés sobre este instrumento; pero hallé suma dificultad, porque su longitud era de cien pies y cada tecla de un pie de anchura, de suerte que extendiendo bien los brazos apenas alcanzaba cinco teclas, y para hacerlas sonar tenia que emplear toda mi fuerza a puño seco sobre ellas. Preparé dos palos del grueso de un garrote ordinario, cubriendo el un extremo con piel de ratón delante mandé poner un banco, subí encima, y corriendo por aquella especie de cadalso con toda la ligereza imaginable, descargaba los garrotes sobre el teclado, y así consegui tocar una danza inglesa a entera satisfacción de Sn Majestad; mas no puedo menos de confesar que jamás tuve que hacer un ejercicio tan violento y penoso.

El rey que, como he dicho, era un príncipe de mucho espíritu, hacía que me llevasen frecuenteinente a su gabinete dentro de mi jaula. La ponían sobre su bufete, y después me mandaba que saliese y me sentase en mi silla al nivel de su cara. En esta dis.

posición, teníamos diferentes conferencias. Un día me tomé la libertad de manifestar a Su Majestad que el menosprecio que había concebido de la Europa y resto del mundo no me parecía digno de las excelentes cualidades que adornaban su alma; que la razón era independiente del tamaño del cuerpo, y que antes bien habíamos observado en nuestro país que las personas de mayor talla no eran regularmente las más ingeniosas; que entre los animales la abeja y la boriniga gozaban la reputación de ser más industriosas y sagaces; y, en fin, que por desprecio que hiciese de mi figura, esperaba, no obstante, rendir grandes servicios a Su Majestad. El rey me escuchó con atención, y mirándome de distinto modo, parecía no querer ya medir mi espíritu por mi talla.

Me mandó que le hiciese una relación exacta del gobierno inglés, expresando que por muy prevenidos que estuviesen los príncipes, como es regular, en favor de sus máximas y costumbres, tendría mucho gusto de saber si había en mi país alguna cosa que imitar. Considere mi amado lector cuánto hubiera celebrado yo en este lance ser un Demóstenes, un C₁cerón para poder con su talento y elocuencia pintar dignamente a Inglaterra, mi patria, inspirando la más alta idea de ella.

Principié mi relación por la descripción de nuestros Estados, que consistían en dos islas, que formaban tres poderosos reinos, bajo un solo soberano, sin contar nuestras colonias de América. Me extendí = cuanto pude sobre la fertilidad del terreno y temple del clima. Expliqué sucesivamente la constitución dei parlamento inglés llamado la Cámara de los Pares, personajes de la sangre más noble, antiguos poseedores, y señores de las más bellas tierras del reino; el esmero con que se trataba su educación con respecto a las ciencias y a las armas, para hacerlos capaces de poder ser consejeros natos del rey y del reino, de tener parte en la administración del gobierno, de ascender a miembros del más alto Tribunal de Justicia y ser los defensores más celosos de su príncipe y de la patria por su valor, conducta y fidelidad. Que estos señores eran cl adorno y seguridad del reino, dignos sucesores de sus antepasados, cuyos honores habían sido la recompensa de una virtud insigne, y cuya posteridad jamás se había visto degenerar: que a estos personajes estaban unidos algunos varones santos que tenían su lugar entre ellos con el título de obispos, cuya obligación particular era velar sobre la religión y sobre aquellos que la predican al pueblo : que buscaban y escogían entre el clero los hombres más sabios y virtuosos para elevarlos a esta dignidad eminente.

Proseguí diciendo que la otra parte del Parlamento era una respetable asamblea llamada la Cámara de los Comunes, que se componía de nobles elegidos libremente y diputados por el pueblo mismo, con atención a sus luces, talento y amor a la patria, puesto que debían representar la sabiduría de toda la nación; y añadí que estos dos cuerpos formaban la más augusta asamblea del Universo, que de acuerdo con el príncipe lo disponían todo y arreglaban en algún modo el destino de los demás pueblos de Europa.

Hablé luego de los Tribunales de Justicia, donde tienen su asiento los verdaderos intérpretes de la ley, que deciden en los diferentes litigios de los particulares, que castigan el delito y protegen la inocencia.

No pasé por alto la discreta y económica administración de la real hacienda, extendiéndome también sobre el valor y hazañas de nuestros guerreros por mar y tierra. Computé el número del pueblo, contando los millones de hombres que había de diferente religión y de diferente partido político entre nosotros. Nada omití, ni de nuestros juegos y espectáculos, ni particularidad ninguna que juzgase capaz de poder dar honor a mi país, concluyendo con una breve relación histórica de las últimas revoluciones de Inglaterra de cerca de un siglo a esta parte.

Cinco audiencias seguidas, y cada una de muchas horas, duró mi descripción, y el rey, atento a todo, con grande aplicación iba extractando en escrito la mayor parte, poniendo una señal a aquellas cuestiones que intentaba proponerme después.

Cuando hube acabado mi relación, examinando Su Majestad en una sexta audiencia sus extractos, me propuso muchas dudas y fuertes objeciones sobre cada artículo. Lo primero que me preguntó fué cuáles eran los medios ordinarios de cultivar el espíritu de nuestra noble juventud; qué medidas se tomaban cuando una casa ilustre llegaba a extinguirse, cosa que debía suceder de tiempo en tiempo; qué cualidades necesitaban los que habían de ser creados Duevos pares: si el capricho del príncipe, una suma de dinero presentada ex profeso a una dama de la corte o a un favorito, o el designio de fortificar un partido opuesto al bien público, no eran nunca el motivo de estas promociones; qué grados de conocimiento poseían los pares en las leyes de su país, y de qué modo se hacían capaces de decidir en última instancia sobre los derechos de sus compatriotas: si estaban siempre exentos de avaricia y de preocupaciones: si aquellos santos obispos de quienes había hablado arribaban generalmente a tan alta jerarquía por su ciencia teológica y por su vida ejemplar, sin nota de flaquezas, ni intrigas, del tiempo en que habían sido unos simples sacerdotes, si eran atendidos los familiares de los pares, por respeto a su influjo, y después seguían ciegamente la opinión de éstos, sirviendo a su preocupación y pasiones en la asamblea del parlamento.

Quiso saber cómo procedían a la elección de los que yo llarnaba los Comunes: si un incógnito con un bolsillo bien lleno de oro no podia alguna vez ganar el voto de los electores, haciéndose preferir a su propio amo o a los principales y más distinguidos nobles de su vecindad. Qué los obligaba a una pasión tan violenta, cuando la elección a que aspiraban no les atraía otra cosa que crecidos gastos sin renta alguna.

Que era preciso que estos electos fuesen hombres completamente desinteresados y de una virtud heroica y eminente, o que contasen con ser indemnizados y reintegrados con usura por el príncipe o sus ministros, sacrificándoles el bien público. Me propuso Su Majestad sobre este artículo dificultades tan insuperables que la prudencia no me permite repetirlas.

Acerca de los Tribunales de Justicia, quiso también Su Majestad informarse de varios puntos, y sobre esto podía yo instruirlo con perfecto conocimiento de causa, pues en cierta ocasión me vi casi arruinado por un largo pleito, a pesar de haberlo ganado con costas. Preguntó cuánto tiempo gastaban ordinariamente para dejar un asunto concluso para sentencia, si eran costosos los procesos; si los abogados tenían la libertad de defender causas manifiestamente injustas; si no se había notado alguna vez que el espíritu de partido o religión hiciese inclinar la balanza; si estos abogados no tenían algún conocimiento de los principios fundamentales y leyes generales de la equidad, o si se contentaban con saber las leyes arbitrarias y costumbres locales del país. Si ellos o los jueces tenían poder para interpretar las leyes y comentarlas y si los litigantes y las sentencias se contradecían alguna vez entre sí en un mismo caso.

Por último, me hizo algunas preguntas sobre la administración de la real hacienda, y me dijo que creía haberme reservado en este artículo, porque había limitado los impuestos a cinco o seis millones por año, y que los gastos del Estado subían bastante más y excedían en mucho a los ingresos.

₁No podía concebir, decía él, cómo un reino se atrevía a gastar con exceso a sus rentas, y comer su hacienda como un particular. Me preguntó qué tales eran nuestros acreedores, de dónde sacábamos para pagarles, y si no observábamos con ellos las leyes de la Naturaleza, de la razón y de la equidad. Estaba asombrado de los pormenores que le había dado de nuestras guerras y los exorbitantes gastos que exigian.A la verdad-decía, es preciso que seáis un pueblo muy inquieto y pendenciero, o que tengáis perversos vecinos. ¿Qué tenéis que disputar fuera de vuestras islas? ¿Debéis tratar allí otros negocios más que los de vuestro comercio, ni pensar en nuevas conquistas, no contentos con guardar bien vuestros puertos y costas?

Pero lo que más le admiraba era que estuviésemos manteniendo un ejército en el seno de la paz y en medio de un pueblo libre. Decía que si estábamos gobernados por nuestro propio consentimiento, no podía entender de qué teníamos miedo o con quién podíamos reñir, pues la casa de un particular estaría mejor guardada por él mismo, sus hijos y criados, que no por una tropa de pícaros y bribones sacados por suerte de la bez del pueblo con un sueldo tan corto que podía ganarse cien veces más cortándonos el cuello.

Rió mucho de mis conocimientos en aritmética (o como se le antojó llamarla) cuando me oyó calcular el número de personas, con distinción de las diferentes sectas que hay entre nosotros respectivas a la religión y a la política.

Notó que entre los entretenimientos de la nobleza había hecho mención del juego. Mostróse curioso por saber en qué edad usaban comúnmente de esta diversión y cuándo la dejaban: cuánto tiempo le consagraban y si no alteraba algunas veces la fortuna de los particulares haciéndolos acaso incurrir en acciones bajas e indignas. Preguntóme si algunos hombres viles o despreocupados no podían en ocasiones por su destreza en este oficio adquirir grandes riquezas, tener a nuestros pares mismos en una especie do dependencia, acostumbrarlos a malas compañías, extraviarlos enteramente de la cultura de su espíritu y del cuidado de sus negocios domésticos, obligándolos por las pérdidas que podían sufrir a aprender a servirse acaso de esta misma infame destreza que los había arruinado.

La relación que le había hecho de nuestra historia en el último siglo le había pasmado en extremo esto no era en su opinión otra cosa que un encadenamiento horrible de conjuraciones, rebeliones, homicidios, destrucciones, revoluciones, destierros y todos los más enormes defectos que la avarícia, el espíritu de facción, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el rencor, la envidia, la malicia y la ambición podían producir.

En otra audiencia se tomó Su Majestad el trabajo de resumir lo más substancial de todas nucstras conferencias, cotejando las preguntas con mis respuestas. Después me cogió en sus manos y, lisonjeándome con mucha dulzura, se explicó con estas palabras que no olvidaré jamás, como tampoco el tono en que las decía: -Mi amiguito Grildrig, por cierto que habéis hecho un panegírico admirable de vuestro país: habéis probado perfectamente que la ignorancia, la pereza y el vicio pueden ser alguna vez las únicas cualidades de un hombre de Estado y que esas leyes son aclaradas, interpretadas y aplicadas con el mayor acierto por unas gentes cuyo interés y capacidad los guía a corromperlas, embrollarlas y alterarlas. Advierto entre vosotros una constitución de gobierno que en su origen pudo ser tolerable y hoy se halla =totalmente desfigurada por el vicio. Tampoco puedo inferir, por lo que me habéis referido, que ni una sola virtud sea requisito necesario para arribar a ningún cargo ni empleo entre vosotros. Yo veo que los hombres no se ennoblecen allí por su espíritu; que los sacerdotes no son ascendidos por su piedad o su sabiduría, los soldados por su conducta y valor, los jueces por su integridad, los senadores por el amor a la patria, ni los hombres de Estado por su talento.

Bien creo, por lo que a vos toca-continuó diciendo,-que habiendo pasado la mayor parte de vuestra vida en viajar, no estaréis infestado de los vicios del país: pero, por lo que me habéis declarado francamente, y por las respuestas a que os han obligado mis objeciones, juzgo que el mayor número de vuestros compatriotas forman una raza de insectos, la más perniciosa que jamás permitió la Naturaleza que se arrastrasen sobre la superficie de la tierra.