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Viajes de Gulliver/Segunda parte/V

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V

CELO DEL AUTOR POR EL HONOR DE SU PATRIA.-IIACE AL REY UNA PROPOSICIÓN VENTAJOSA QUE NO ES AD.

MITIDA. LITERATURA DE ESTE PUEBLO, IMPERFECTA Y LIMITADA. STS LEYES, SUS NEGOCIOS MILITARES Y SUS PARTIDOS EN EL ESTADO.

— El amor a la verdad no me ha consentido disfrazar las conferencias que tuve con Sa Majestad. Pero este misino amor no pudo menos de sublevarine cuando vi a mi amado país tan indignamente tratado.

Entretanto yo desfiguraba las cuestiones y daba a cada cosa el mejor color que podía, pues cuando se trata del honor de mi patria y su gloria, me exalto de tal modo que no escucho razones, y sólo atiendo a ocultar sus enfermedades y llagas, para dejar su virtud y esplendor sobre el más claro horizonte, que fué todo mi intento en las diferentes conversaciones con aquel juicioso monarca, bien que con la desgracia de no conseguir mi objeto.

Pero es preciso disimular a un rey que vive absolutamente separado del resto del mundo, y por consiguiente ignora los usos y costumbres de las otras naciones. Este defecto de conocimiento será siempre la causa de muchas preocupaciones y de una cierta limitación en el modo de pensar de que el país de Europa está exento. Sería muy ridiculo que las ideas de virtud y vicio de un príncipe extranjero y aislado fuesen propuestas en clase de reglas o máximas imitables.

Para confirmar lo que acabo de decir y hacer patentes los infelices defectos de una educación reducida, referiré aquí un caso que quizás no podrá creer mi lector sin esfuerzo. Con las miras de ganar la gracia de Su Majestad, quise darle noticia de un descubrimiento que se había hecho de tres o cuatro siglos a esta parte, que era una especie de polvitos negros capaces de encenderse en un instante con la chispa más débil, pero de tanta fuerza que alcanzaba a hacer volar las montañas con un estruendo y destrozo mayor que el del trueno que una cantidad de este polvo encerrado en un tubo de bronce o de hierro, con proporción a su grueso, arrojaba una bola de plomo o un globo de hierro con tanta rapidez y violencia, que nada se resistía a su fuerza. Que estos globos disparados así de un tubo de fundición, por la inflamación de dichos polvos, rompían, destrozaban y destruían los batallones y escuadrones, abatian las más fuertes murallas, levantaban en el aire las torres más grandes, y sumergían los navios de mayor porte : que el mismo polvo encerrado en un globo de hierro y despedido con cierta máquina, quemaba y asolaba las casas, sembrando por todos lados rayos que consumían cuanto encontraban. Que yo sabía hacer la composición de este polvo, en que sólo entraban algunos simples muy comunes y baratos, y que podía enseñar el secreto a sus vasallos, si Su Majestad lo consentía. Añadí que con este arbitrio detruiría las murallas de la ciudad más fuerte de su reino, si acaso se sublevaba en algún tiempo o intentaba resistirse, y que le hacía este corto presente como un insignificante tributo de mi reconocimiento.

Hizo tanta impresión en el ánimo del rey mi descripción de los terribles efectos de la pólvora, que no podia comprender cómo un insecto vil, flojo, inútil y arrastrado había discurrido una cosa tan esnantosa, tratándola al mismo tiempo de un modo familiar como si fuera una bagatela la desolación y carnicería causada por tan pernicioso invento. Añadía que no podía menos de haber sido algún mal intencionado enemigo de Dios y de sus obras cualquiera que fué el inventor que protestaba, aun cuando hiciesen sus mayores delicias, los nuevos descubrimientos, ya de la Naturaleza o ya del arte, preferir la pérdida de su corona a la necesidad de hacer uso de un secreto tan funesto, en que me ponía pena de la vida si lo revelaba a alguno de sus vasallos. ¡ Lastimoso efecto de la ignorancia y limitación de un príncipe sin ilustración! Aquel monarca adornado de todas las cualidades que granjean la veneración, el amor y estimación de los pueblos; de un espíritu fuerte y penetrante, de una grande sabiduría, de profunda ciencia, dotado de talentos admirables para el gobierno y casi adorado de su pueblo, se ve tontamente poseido de un escrúpulo excesivo y caprichoso de que jamás hemos tenido la menor idea en Europa, y desprecia una ocasión que le ponen en las manos para hacerse dueño absoluto de la vida, libertad y hacienda de todos sus enemigos. No digo esto con la intención de ofender la virtud y luces de aquel príncipe, aunque conozco que esta relación no le hará el mayor favor en el ánimo de un lector inglés. Yo creo firmemente que este defecto no procede sino de la ignorancia, porque aquellos pueblos no han llegado todavía a reducir la politica en arte, como nuestros sublimes ingenios de Europa.

Pues justamente me acuerdo que en una de las audiencias que tuve con el rey, habiendo dicho por casualidad que había entre nosotros un gran número de volúnenés escritos sobre el arte del gobierno, concibió Su Majestad una idea muuy baja de nuestro talento, y añadió que despreciaba y detestaba todo misterio, todo refinamiento y toda intriga en los procedimientos de un príncipe o de un ministro de Estado.

No podia comprender qué quería yo explicar por secretos del gabinete. En su concepto, toda la ciencia del gobierno estaba reducida a un corto número de principios triviales que en el sentido común son la razón, la justicia, la dulzura, la pronta decisión de los negocios civiles y criminales, y otras semejantes prácticas proporcionadas al juicio de cualquiera y que no merecen se haga mención de ellas. Finalmente me propuso esta extraña paradoja, esto es, que si alguno pudiese conseguir la producción de dos espigas de trigo o dos tallos de hierba en el mismo recinto de tierra donde antes se hubiese criado una sola, merecería más bien la estimación del género humano y haría un servicio más esencial a su país que no toda la casta de nuestros sublimes políticos.

La literatura de aquel pueblo es muy poca cosa y no consiste más que en el conocimiento de la Moral, de la Historia, de la Poesía y de las Matemáticas; pero es preciso confesar que nos aventajan en estas cuatro especies.

La última de estas ciencias no la ejercitan sino en lo útil de suerte que la mejor parte de nuestras matemáticas sería entre ellos muy poco apreciable.

Con respecto a las entidades metafísicas, abstracciones y categorías nada pude hacerle entender.

En aquel país está prohibido disponer una ley en más palabras que letras tiene el abecedario, el cual consta de solas veintidós, y aun se ven muy pocas leyes que lleguen a este número. Todas ellas están recopiladas en los términos más claros y sencillos.

Sus ingenios no son bastante vivos y sagaces para encontrarlas diferentes sentidos, y además es un delito capital el escribir comento sobre ellas.

Poseen de tiempo inmemorial el arte de la imprenta, tan bien como los chinos, pero sus bibliote cas no son grandes. La del rey, que es la mayor, apenas tiene mil volúmenes colocados en una galería de doscientos pies de largo donde tuve la libertad de leer todos los que quise. Yo señalaba el que ine parecía, y poniéndole sobre una mesa me subían encima; principiaba la página paseándome entre las líneas hasta su final, que regularmente era a los diez o doce pasos, y volvía sobre la izquierda a tomar el principio de la otra, retrocedicndo siempre a proporción que iba leyendo, y cuando tenía que volver la hoja, aplicaba ambas manos, porque su grueso era como un cartón muy doble.

El estilo es claro, expresivo y dulce, pero sin adorno, porque ignoran absolutamente lo que es multiplicación de vocablos inútiles y variación de expresiones. Leí muchos libros, especialmente los de Historia y Moral, y no fué de los que menos me gustaron un tratadillo viejo que andaba rodando por el cuarto de Glunidalclitch, cayo título era Tratado de la flaqueza del género humano. Aunque no era estimado sino de las mujeres y el vulgo, me movió la curiosidad de ver qué podía decir un autor de aquel país sobre un asunto semejante. Este escritor hacía ver ampliamente toda la dificultad del hombre para ponerse a cubierto de las injurias del aire, y del furor de los brutos, con todas las ventajas que lograban sobre él otros animales, ya por la fuerza, por la ligereGULLIVER.

za, por la precaución, o ya por la industria, demostrando que la Naturaleza había degenerado en estos últimos siglos, y que estaba ya en su declinación.

Enseñaba que hasta las mismas leyes de la Naturaleza exigían rigurosamente que hubiésemos sido en el principio de una constitución mucho más fuerte para no estar sujetos a una repentina destrucción por la casualidad de una teja que cae de un techo, una piedra que despide un muchacho, o un arroyo que nos intercepta el paso. De estos razonamientos sacaba el autor muchas aplicaciones útiles a la conducta de la vida. Por mí, confieso que no pude menos de hacer varias reflexiones inorales sobre esta moral misma, y sobre la propensión universal de todos los hombres a quejarse de la Naturaleza y exagerar sus defectos. Aquellos gigantes se creían aún pequeños y débiles. Pues, ¿qué queda para nosotros los europeos? Añadía el mismo autor que el hombre no es más que un vaso de barro, un átomo, y que su pequeñez debía humillarle continuamente. ¡Ay! ¿Pue> qué seré yo, decía para mí, yo que no soy nada en comparación de estos hombres que se tienen por tan pequeños y flacos?

- Tablaba también el mismo libro de los tratamientos, haciendo ver la vanidad de estos títulos de grandeza, con todo lo ridiculo de un hombre que teniendo, cuando más, cincuenta pies de alto, se atreviese a titularse grande. ¿Cómo pensarían los grandes y señorones de Europa, decía yo entonces, si leveran este libro; ellos, que apenas levantan cinco pies y algunas pulgadas, y pretenden, sin melindre, que les den grandeza? Mas por qué no habrán exigido iguaimente los títulos de latitud, diámetro y densidad? o por lo menos pudieran haber inventado un término general que abrazase todas estas dimensiones, haciéndose llamar, por ejemplo, vuestra extensión. Acaso me responderán que esta voz grandeza se refiere ¿ al alma y no al cuerpo. Pero si esto es así, ¿por qué no deberían tomar unos títulos más propios y determinados a un sentido espiritual? ¿Por qué no se han de llamar vuestra sabiduria, vuestra penetración, vuestra previsión, vuestra liberalidad, vuestra bondad, vuestro juicio, vuestra generosidad? Es preciso confesar que siendo estos títulos tan brillantes y honoríficos, hubieran sembrado demasiada amenidad en los cumplimientos de los inferiores, y no hay cosa tan divertida como un discurso lleno de ironías.

La Medicina, la Cirugía y Farmacia son bien cultivadas en aquel país. Entré cierto día en un vasto edificio, que tuve por un arsenal bien provisto de balas y cañones, y era la tienda de un boticario que tenía un buen surtido de píldoras y jeringas en cuya comparación nuestros cañones de mayor calibre son unus culebrinas.

Tocante a su milicia, me informaron que el ejército real constaba de ciento setenta y seis mil infantes, y treinta y dos mil caballos. Si puede darse este nombre a un cuerpo compuesto solamente de comerciantes y labradores, cuyos comandantes son sus pares, y la nobleza sin la menor paga ni recompensa, confieso que están demasiado diestros en sus ejercicios, y que tienen una disciplina muy buena. Esto parecerá dificultoso al que no sepa que cada labrador es mandado por su propio señor y cada ciudadano por los principales de su mismo pueblo elegidos a estilo de Venecia.

Movióme la curiosidad de saber por qué un príncipe cuyos Estados son inaccesibles, cuidaba de instruir a sus vasallos en la práctica de la disciplina militar; pero muy presto e informé por las conversaciones que sobre este objeto tuve con ellos y por la lectura de sus historias. Aquellos pueblos se han visto afligidos en estos últimos siglos de la enfermedada que están sujetos tantos y tan distintos gobiernos. Los grandes y la nobleza disputan frecuentemente el poder; el pueblo la libertad, y el rey el do:ninio arbitrario. Estas cosas, aunque sabiamente regladas por las leyes del reino, han ocasionado alguna vez partidos, inflamando las pasiones y causando guerras civiles. La última fué terminada con felicidad por el abuelo del príncipe reinante, y la milicia que entonces se levantó en el reino ha permanecido después para precaver nuevos desórdenes.

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