Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 14

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 14 de 34
Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


Todos lo tuvieron por bueno y determinaron, en tanto que pasase aquel accidente, pedir a los caseros la dejasen entrar.

Dieron algunos golpes apriesa y recio. La casera fingió haber entendido que era su señor. Salió diciendo:

-¡Jesús!, ¡ay Dios!, perdone Vuesa Merced, que estaba ocupada y no pude más.

Bien sabía la vejezuela todo el cuento y era de las que dicen: no chero, no sabo. Doctrinada estaba en lo que había de hacer y de mi padre prevenida. Demás que no era lerda y para semejantes achaques tenía en su servicio lo que había menester. Y en esto, entre las más ventajas, la hacen los ricos a los pobres, que los pobres, aunque buenos, siempre son ellos los que sirven a sus malos criados; y los ricos, aunque malos, sirviéndose de buenos son solos los bien servidos. Mi buena mujer abrió su puerta y, desconocida la gente, dijo con disimulo:

-¡Mal hora!, que pensé que era nuestro amo y no me han dejado gota de sangre en el cuerpo, de cómo me tardaba. Y bien,

¿qué es lo que mandan los señores? ¿Quieren algo sus mercedes?

El caballero respondió:

-Mujer honrada, que nos deis lugar donde esta señora descanse un poco, que le ha dado en el camino un grave dolor de estómago.

La casera, mostrándose con sentimiento, pesarosa, dijo:

-¡Noramaza sea, qué dolor mal empleado en su cara de rosa!

Entren en buen hora, que todo está a su servicio.

Mi madre, a todas estas, no hablaba y de sólo su dolor se quejaba. La casera, haciéndole las mayores caricias que pudo, les dio la casa franca, metiéndolos en una sala baja, donde en una cama, que estaba armada, tenía puestos en rima unos colchones. Presto los desdobló y, tendidos, luego sacó de un cofre sábanas limpias y delgadas, colcha y almohadas, con que le aderezó en que reposase.


<<<
>>>