Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 15

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Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


Bien pudiera estar la cama hecha, el aposento lavado, todo perfumado, ardiendo los pebetes y los pomos vaheando, el almuerzo aderezado y puestas a punto muchas otras cosas de regalo; mas alguna dellas ni la casera llegar a la puerta ni tenella menos que cerrada convino. Antes aguardó a que llamasen para que no pareciera cautela que pudiera engendrar sospecha de donde viniera fácilmente a descubrirse la encamisada, que tal fue la deste día. Mi madre con sus dolores desnudóse, metióse en la cama, pidiendo a menudo paños calientes que, siéndole traídos, haciendo como que los ponía en el vientre, los bajaba más abajo de las rodillas y aun algo apartados de sí, porque con el calor le daban pesadumbre y temía no le causasen alguna remoción, de donde resultara aflojarse el estómago.

Con este beneficio se fue aliviando mucho y fingió querer dormir, por descansar un poco. El pobre caballero, que sólo su regalo deseaba, holgó dello y la dejó en la cama sola. Luego, cerrando con un cerrojo la sala por defuera, se fue a desenfadar por los jardines, encargando el silencio, que nadie abriese ni hiciese ruido, y a la buena de nuestra dueña en guarda, en tanto que ella, recordada, llamase.

Mi padre no dormía, que con atención lo estaba oyendo todo y acechando lo que podía por la entrada de la llave de la cerradura del postigo de un retrete, donde estaba metido. Y estando todo muy quieto y avisadas la dueña y casera que con cuidado estuviesen en alerta para darles aviso, con cierta seña secreta, cuando el patrón volviese, abrió su puerta para ver y hablar a la señora. En aquel punto cesaron los dolores fingidos y se manifestaron los verdaderos. En esto se entretuvieron largas dos horas, que en dos años no se podría contar lo que en ellas pasaron.

Ya iba entrando el día con el calor, obligando al caballero a recogerse. Con esto y deseo de saber la mejoría de su enferma y si allí habían de quedar o pasar adelante, le hizo volver a visitarla.

En el punto fueron avisados, y mi padre, con gran dolor de su corazón, se volvió a encerrar donde primero estaba.

Entrando su viejo galán, se mostró adormecida y que, al ruido, recordaba. Hizo luego luego un melindre de enojada, diciendo:

-¡Ay, válgame Dios!, ¿por qué abrieron tan presto sin quererme dejar que reposase un poco?

El bueno de nuestro paciente le respondió:

-Por tus ojos, niña, que me pesa de haberlo hecho, pero más de dos horas has dormido.


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