Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 17

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Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


La conversación anduvo y della se pidió juego. Comenzaron una primera en tercio. Ganó mi madre, porque mi padre se hizo perdedizo. Y queriendo anochecer, dejando de jugar salieron por el jardín a gozar del fresco. En tanto pusieron las mesas. Traída la cena, cenaron y, haciendo para después aderezar de ramos y remos un ligero barco, llegados a la lengua del agua, se entraron en él, oyendo de otros que andaban por el río gran armonía de concertadas músicas, cosa muy ordinaria en semejante lugar y tiempo.

Así llegaron a la ciudad, yéndose cada uno a su casa y cama; salvo el juicio del buen contemplativo, si mi madre, cual otra Melisendra, durmió con su consorte, El cuerpo preso en Sansueña y en París cativa el alma.

Fue tan estrecha la amistad que se hacían de aquel día en adelante los unos a los otros, continuada con tanta discreción y buena maña, por lo mucho que se aventuraba en perderla, cuanto se puede presumir de la sutileza de un levantisco tinto en ginovés, que liquida y apura cuánto más merma, por ciento, el pan partido a manos o el cortado a cuchillo; y de una mujer de las prendas que he dicho, andaluz, criada en buena escuela, cursada entre los dos coros y naves de la Antigua, que antes había tenido achaques, de donde sin conservar cosa propia ni de respeto, el día que asentó la compañía con el caballero, me juró que metió de puesto más de tres mil ducados de solas joyas de oro y plata, sin el mueble de casa y ropas de vestir.

El tiempo corre, y todo tras él. Cada día que amanece, amanecen cosas nuevas y, por más que hagamos, no podemos escusar que cada momento que pasa no lo tengamos menos de la vida, amaneciendo siempre más viejos y cercanos a la muerte. Era el buen caballero- como tengo significado- hombre anciano y cansado; mi madre moza, hermosa y con salsas. La ocasión irritaba el apetito, de manera que su desorden le abrió la sepultura. Comenzó con flaquezas de estómago, demedió en dolores de cabeza, con una calenturilla; después a pocos lances acabó relajadas las ganas del comer. De treta en treta lo consumió el mal vivir y al fin murióse, sin podelle dar vida la que él juraba siempre que lo era suya; y todo mentira, pues lo enterraron quedando ella viva.

Estábamos en casa cantidad de sobrinos, pero ninguno para con ellos más de a mí de mi madre. Los más eran como pan de diezmo, cada uno de la suya. Que el buen señor, a quien Dios perdone, había holgado poco en esta vida. Y al tiempo de su fallecimiento, ellos por una parte, mi madre por otra, aún el alma tenía en el cuerpo y no sábanas en la cama. Que el saco de Anvers no fue tan riguroso con el temor del secresto. Como mi madre cuajaba la nata, era la ropera, tenía las llaves y privanza, metió con tiempo las manos donde estaba su corazón; aunque lo más importante todo lo tenía ella y dello era señora. Mas viéndose a peligro, parecióle mejor dar con ello salto de mata que después rogar a buenos.


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