Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 28

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Capítulo IV

Guzmán de Alfarache refiere lo que un arriero le contó que le había pasado a la ventera de donde había salido aquel día, y una plática que le hicieron

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Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


Confuso y pensativo estaba, recostado en el suelo sobre el brazo, cuando acertó a pasar un arriero que llevaba la recua de vacío a cargarla de vino en la villa de Cazalla de la Sierra. Viéndome de aquella manera, muchacho, solo, afligido, mi persona bien tratada, comenzó -a lo que entonces dél creí- a condolerse de mi trabajo, y preguntándome qué tenía, le dije lo que me había pasado en la venta.

Apenas lo acabé de contar, cuando le dio tan estraña gana de reír, que me dejó casi corrido, y el rostro, que antes tenía de color difunto, se me encendió con ira en contra dél. Mas como no estaba en mi muladar y me hallé desarmado en un desierto, reportéme, por no poder cantar como quisiera; que es discreción saber disimular lo que no se puede remediar, haciendo el regaño risa, y los fines dudosos de conseguir en los principios se han de reparar, que son las opiniones varias y las honras vidriosas. Y si allí me descomidiera, quizá se me atrevieran, y, sin aventurar a ganar, iba en riesgo y aun cierto de perder. Que las competencias hanse de huir; y si forzoso las ha de haber, sea con iguales; y si con mayores, no a lo menos menores que tú ni tan aventajados a ti que te tropellen. En todo hay vicio y tiene su cuenta. Mas aunque me abstuve, no pude menos que con viva cólera decirle:

-¿Vos, hermano, veisme alguna coroza, o de qué os reís?

Él, sin dejar la risa -que pareció tenerla por destajo, según se daba la priesa, que, abierta la boca, dejaba caer a un lado la cabeza, poniéndose las manos en el vientre-, sin poderse ya tener en el asno, parecía querer dar consigo en el suelo. Por tres o cuatro veces probó a responder y no pudo; siempre volvía de nuevo a principiarlo, porque le estaba hirviendo en el cuerpo.

Dios y enhorabuena, buen rato después de sosegadas algo aquellas avenidas -que no suelen ser mayores las de Tajo-, a remiendos, como pudo, medio tropezando, dijo:

-Mancebo, no me río de vuestro mal suceso ni vuestras desdichas me alegran; ríome de lo que a esa mujer le aconteció de menos de dos horas a esta parte. ¿Encontrastes por ventura dos mozos juntos, al parecer soldados, el uno vestido de una mezclilla verdosa y el otro de vellorín, un jubón blanco muy acuchillado?

-Los dos de esas señas -le respondí-, si mal no me acuerdo, cuando salí de la venta quedaban en ella, que entonces llegaron y pidieron de comer.

-Ésos, pues -dijo el arriero-, son los que os han vengado, y de la burla que han hecho a la ventera es de lo que me río. Si va este viaje, subí en un jumento desos, diréos por el camino lo que pasa.


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