Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 29

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Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


Yo se lo agradecí, según le había menester a tal tiempo, rindiéndole las palabras que me parecieron bastar por suficiente paga, que a buenas obras pagan buenas palabras, cuando no hay otra moneda y el deudor está necesitado. Con esto, aunque mal jinete de albarda, me pareció aquello silla de manos, litera o carroza de cuatro caballos; porque el socorro en la necesidad, aunque sea poco, ayuda mucho, y una niñería suple infinito. Es como pequeña piedra que, arrojada en agua clara, hace cercos muchos y grandes, y entonces es más de estimar, cuando viene a buena ocasión; aunque siempre llega bien y no tarda si viene. Vi el cielo abierto. Él me pareció un ángel: tal se me representó su cara como la del deseado médico al enfermo. Digo deseado, porque, como habrás oído decir, tiene tres caras el médico: de hombre, cuando lo vemos y no lo habemos menester; de ángel, cuando dél tienen necesidad; y de diablo, cuando se acaban a un tiempo la enfermedad y la bolsa y él por su interés persevera en visitar. Como sucedió a un caballero en Madrid que, habiendo llamado a uno para cierta enfermedad, le daba un escudo a cada visita. El humor se acabó y él no de despedirse. Viéndose sano el caballero y que porfiaba en visitarle, se levantó una mañana y fuese a la iglesia. Como el médico lo viniese a visitar y no lo hallase en casa, preguntó adónde había ido. No faltó un criado tonto -que para el daño siempre sobran y para el provecho todos faltan- que le dijo dónde estaba en misa. El señor doctor, espoleando apriesa su mula, llegó allá y andando en su busca, hallólo y díjole: «¿Pues cómo ha hecho Vuesa Merced tan gran exceso, salir de casa sin mi licencia?» El caballero, que entendió lo que buscaba y viendo que ya no le había menester, echando mano a la bolsa, sacó un escudo y dijo: «Tome, señor doctor, que a fe de quien soy, que para con Vuesa Merced no me ha de valer sagrado». Ved adónde llega la codicia de un médico necio y la fuerza de un pecho hidalgo y noble.

Yo recogí mi jumento y, dándome del pie, me puse encima.

Comenzamos a caminar, y a poco andado, allí luego no cien pasos, tras el mismo vallado, estaban dos clérigos sentados, esperando quien lo llevara caballeros la vuelta de Cazalla. Eran de allá y, habían venido a Sevilla con cierto pleito. Su compostura y rostro daban a conocer su buena vida y pobreza. Eran bien hablados, de edad el uno hasta treinta y seis años, y el otro de más de cincuenta. Detuvieron al arriero, concertáronse con él y, haciendo como yo, subieron en sendos borricos, y seguimos nuestro viaje.

Era todavía tanta la risa del bueno del hombre, que apenas podía proseguir su cuento, porque soltaba el chorro tras de cada palabra, como casas de por vida, con cada quinientos un par de gallinas, tres veces más lo reído que lo hablado.


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