Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 30

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Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


Aquella tardanza era para mí lanzadas. Que quien desea saber una cosa, querría que las palabras unas tropellasen a otras para salir de la boca juntas y presto. Grande fue la preñez que se me hizo y el antojo que tuve por saber el suceso. Reventaba por oírlo.

Esperaba de tal máquina que había de resultar una gran cosa.

Sospeché si fuego del cielo consumió la casa y lo que en ella estaba, o si los mozos la hubieran quemado y a la ventera viva o, por lo menos y más barato, que colgada de los pies en una oliva le hubiesen dado mil azotes, dejándola por muerta -que la risa no prometió menos. Aunque, si yo fuera considerado, no debiera esperar ni presumir cosa buena de quien con tanta pujanza se reía. Porque aun la moderada en cierto modo acusa facilidad; la mucha, imprudencia, poco entendimiento y vanidad; y la descompuesta es de locos de todo punto rematados, aunque el caso la pida.

Quiso Dios y enhorabuena que los montes parieron un ratón.

Díjonos en resolución, con mil paradillas y, corcovos, que, habiéndose detenido a beber un poco de vino y a esperar un su compañero que atrás dejaba, vio que la ventera tenía en un plato una tortilla de seis huevos, los tres malos y los otros no tanto, que se los puso delante, y, yéndola a partir, les pareció que un tanto se resistía, yéndose unos tras otros pedazos. Miraron qué lo podría causar, porque luego les dio mala señal. No tardaron mucho en descubrir la verdad, porque estaba con unos altos y bajos, que si no fuera sólo a mí, a otro cualquiera desengañara en verla. Mas como niño debí de pasar por ello. Ellos eran más curiosos o curiales, espulgáronla de manera que hallaron a su parecer tres bultillos como tres mal cuajadas cabezuelas, que por estar los piquillos algo qué más tiesezuelos, deshicieron la duda, y tomando una entre los dedos, queriéndola deshacer, por su proprio pico habló, aunque muerta, y dijo cúya era llanamente. Así cubrieron el plato con otro y de secreto se hablaron.

Lo que pasó no lo entendió, aunque después fue manifiesto.

Porque luego el uno dijo: «Huéspeda, ¿qué otra cosa tenéis que darnos?» Habíanle poco antes en presencia dellos vendido un sábalo. Teníalo en el suelo para escamarlo. Respondióles: «Deste, si queréis un par de ruedas, que no hay otra cosa.» Dijéronle: «Madre mía, dos nos asaréis luego, porque nos queremos ir, y, si os pareciere, ved cuánto queréis en todo de ganancia, y lo llevaremos a nuestra casa.» Ella dijo que, hechos piezas, cada rueda le había de valer un real, no menos una blanca. Ellos que no, que bastaba un real de ganancia en todo. Concertáronse en dos reales. Que el mal pagador ni cuenta lo que recibe ni recatea en lo que le fían.


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