Vida del pícaro Guzmán de Alfarache: 32

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 32 de 34
Vida del pícaro Guzmán de Alfarache


«Venid, benditos de mi Padre». De manera que con los pensamientos, con las palabras, con las obras mi enemigo me las hace buenas y verdaderas. ¿Cuál, si pensáis, es la causa de tan grande maravilla y la fuerza de tan alta virtud? Yo lo diré: de que así lo manda el Señor, es voluntad y mandato expreso suyo. Y si se debe cumplir el de los príncipes del mundo, sin comparación mucho mejor del príncipe celestial, a quien se humillan todas las coronas del cielo y tierra. Y aquel decir: «Yo lo mando», es un almíbar que se pone a lo desabrido de lo que se manda. Como si ordenasen los médicos a un enfermo que comiese flor de azahar, nueces verdes, cáscaras de naranjas, cohollos de cidros, raíces de escorzonera. ¿Qué diría? «Tate, señor, no me deis tal cosa; que aun en salud un cuerpo robusto no podrá con ello.» Pues para que se pueda tragar y le sepa bien, hácenselo confitar, de manera que lo que de suyo era dificultoso de comer el azúcar lo ha hecho sabroso y dulce. Esto mismo hace el almíbar de la palabra de Dios: «Yo mando que améis a vuestros enemigos.» Esta es una golosina hecha en la misma cosa que antes nos era de mal sabor; y así aquello en que hace más fuerza nuestra carne, aquello a que más contradice por ser amargo y ahelear a nuestras concupiscencias, diga el espíritu: ya eso está almibarado, sabroso, regalado y dulce, pues Cristo, nuestro redemptor, lo manda. Y que, si me hirieren la una mejilla, ofrezca la otra, que esa es honra, guardar con puntualidad las órdenes de los mayores y no quebrantarlas. Manda un general a su capitán que se ponga en un paso fuerte por donde ha de pasar el enemigo, de donde si quisiese podría vencerlo y matarlo; mas dícele: «Mirad que importa y es mi voluntad que cuando pasare no le ofendáis, no embargante que os ponga en la ocasión y os irrite a ello.» Si, al tiempo que pasase aquél, fuese diciendo bravatas y palabras injuriosas, llamando al capitán cobarde, ¿haríale por ventura en ello alguna ofensa? No por cierto; antes debe reírse dél, pues como a vano y a quien pudiera destruir fácilmente, no lo hace por guardar la orden que se le dio. Y si la quebrantara hiciera mal y contra el deber, siendo merecedor de castigo. ¿Pues qué razón hay para no andar cuidadosos en la observancia de las órdenes de Dios? ¿Por qué se han de quebrantar? Si el capitán por su sueldo, y, cuando más aventure a ganar, por una encomienda, estará puntual, ¿por qué no lo seremos, pues por ello se nos da la encomienda celestial? En especial, que el mismo que hizo la ley la estrenó y pasó por ella, sufriendo de aquella sacrílega mano del ministro una gran bofetada en su sacratísimo rostro, sin por ello responderle mal ni con ira. Si esto padece el mismo Dios, la nada del hombre ¿qué se levanta y gallardea? Y para satisfación de una simple palabra, cargándose de duelos, espulga el duelo, buscando entre infieles, como si fuese uno dellos, lugar donde combatirse, que mejor diríamos abatirse a las manos del demonio, su enemigo, huyendo de las de su Criador; del cual sabemos que, estando de partida, cerrando el testamento, clavado en la cruz, el cuerpo despedazado, rotas las carnes, doloroso y sangriento desde la planta del pie hasta el pelo de la cabeza, que tenía enfurtido en su preciosa sangre, cuajada y dura como un fieltro, con las crueles heridas de la corona de espinas, queriendo despedirse de su Madre y dicípulo, entre las últimas palabras, como por última demanda la más encargada, y en el agonía más fuerte de arrancarse el alma de su divino cuerpo, pide a su eterno Padre perdón para los que allí lo pusieron. Imitólo San Cristóbal que, dándole un gran bofetón, acordándose del que recibió su maestro, dijo: «Si yo no fuera cristiano, me vengara.» Luego la venganza miembro es apartado de los hijos de la Iglesia, nuestra madre. Otro dieron a San Bernardo en presencia de sus frailes y, queriéndolo ellos vengar, los corrigió, diciendo: «Mal parece querer vengar injurias ajenas el que cada día pide perdón de las propias.» San Esteban, estándolo apedreando, no hace sentimiento de los golpes fieros que le quitan la vida, sino de ver que los crueles ministros perdían las almas, y, dolido dellas, pide a Dios, entre las bascas de la muerte, perdón para sus enemigos, especialmente para Saulo, que, engañado y celoso de su ley, creía merecer en guardar las capas y vestidos a los verdugos, para que desembarazados le hiriesen con más fuerza. Y tanta tuvo su oración, que trajo a la fee al glorioso apóstol San Pablo; el cual, como sabio doctor esperimentado en esta dotrina, viendo ser importantísimo y forzoso a nuestra salvación, dice: «Olvidad las iras y nunca os anochezca con ellas. Bendecid a vuestros perseguidores y no los maldigáis; dadles de comer si tuvieren hambre, y de beber cuando estén con sed; que, si no lo hiciéredes, con la misma medida seréis medidos y, como perdonáredes, perdonados». El apóstol Santiago dice: «Sin misericordia y con rigor de justicia serán juzgados los que no tuvieren misericordia». Bien temeroso estaba y resuelto en guardar este divino precepto Constantino Magno, que, viniéndole a decir cómo sus enemigos, por afrentarlo, en vituperio y escarnio suyo, le habían apedreado su retrato, hiriéndole con piedras en la cabeza y rostro, fue tanta su modestia que, despreciando la injuria, se tentó con las manos por todas las partes de su cuerpo, diciendo: «¿Qué es de los golpes? ¿Qué es de las heridas? Yo no siento ni me duele cuanto habéis dicho que me han hecho.»


<<<
>>>