Alejandro Dumas hijo: 05

De Wikisource, la biblioteca libre.
 
Saltar a: navegación, buscar


Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España



[ pág. ]
esas que se denuncian por sí solas como guardadoras del fuego sagrado. Mi mal pensamiento duró, pues, muy poco, y en su lugar me dominó fácilmente la idea de que si aquel jóven representaba una aristocracia, esta debia ser de las buenas, de las legítimas, de las imperecederas.

La ovación, más bien de gestos que de conceptos, que le tributaban sus acompañantes, duró hasta el fin de la fiesta. Cuando, terminado el concierto, cruzamos todos, empujándonos lo más urbanamente posible, por la antesala, en busca de la escalera, más de un bordado uniforme y más de una beldad montada en brillantes se acercaron también á mi hombre y conversaron con él. Por mi parte, antes de dejar la sala de paso pregunté á mi acompañante si aquel asediado caballero era algún Rey, ó cosa asi, de los que hay contingencia de encontrarse en parajes semejantes.

— Usted lo señalará, me contestó, con arreglo á su leal saber y entender, la categoría que crea le corresponda, cuando sepa su nombre.

— ¿Cuál es? pregunté.

— Ese señor es Alejandro Dumas hijo.


V.

«Hay tres grandes principios que sirven de eje á las sociedades, dice el Sr. de Bryon á la bella María en La Novela de una mujer, del mismo Dumas hijo: Dios, los reyes y los pueblos. En 1793, el pueblo, el pueblo francés, que no podemos dejar de tomar por ejemplo, puesto que siempre ha sido el pueblo de la iniciativa y de la acción por excelencia, quiso negar dos de esos grandes principios, porque creyó bastarse á si sólo. Abolió la Monarquía, y decapitó á su Rey. Abolió su Dios y decapitó á sus Ministros. Había habido abuso arriba, y lo hubo también abajo. Sin embargo; ya que ha pasado podemos y debemos decirlo: aquella revolución fué una gran cosa, y era necesaria. Dios, empero, principio y fin eternos, se reconstituyó, porque la mano de los hombres era impotente contra El; pero el trono se hundió irremediablemente. Por eso después del 93, á cada paso que la Monarquía ha osado dar de nuevo, de nuevo ha vacilado. El pueblo la amenaza sin cesar, porque ya no le corroe, como en el pasado, la ignorancia, y sabe [ pág. ]pedir cuenta diaria de su miseria y de su abandono. Podemos, pues, decir que comienza en aquel hecho trascendental la política moderna. Algunos de los que en ella actúan, se esfuerzan en recomendar al mismo pueblo la paciencia y en aconsejar á los Reyes afectuosamente; otros tratan de que prosiga siempre el naufragio de los tronos en el océano popular, y de establecer en vez del principio monárquico el principio de todas las igualdades. ¿Quiénes entre ellos tienen razón? Los que quieren que el pueblo tenga un amo que le dirija, como los niños un padre, ó los que creen al pueblo capaz y único merecedor de su propia dirección ? Los pueblos son como los hombres. Bien raro es hallar un hombre que sepa usar con inteligencia de su heredado patrimonio, y emplear útilmente la libertad de sus veintiún años. Cuando el pueblo hace sus revoluciones, es que se cree mayor de edad; y por eso, después del desahogo de sus locuras se ve obligado á volver á un Rey, es decir, á buscar una unidad , una dirección que, mientras más absoluta sea, más dichoso le hará. La revolución, que siempre se anuncia en nombre de las ideas, siempre ha sido sólo cuestión de estómago. El pueblo tiene hambre: el pueblo se bate. Haced que el pueblo, el obrero tenga siempre con que vivir él y su familia; introducid á la vez en su inteligencia los conocimientos que le son necesarios, y las tradiciones revolucionarias se perderán. El pueblo no quiere más á un Gobierno que á otro; lo que pide á todos es la libertad de pensar, de trabajar y de vivir; y lo que sólo ansia es un jefe leal que le ame. En cuanto á la República, esa utopia que algunos locos explotan aún en Francia, es tan imposible para el porvenir como lo ha sido para el pasado. Antes de llegar al bienestar que anhela, nuestro pais ensayará acaso de nuevo esa forma de gobierno, como un enfermo ensaya todos los remedios que se le aconsejan. Pero él mismo la rechazará al cabo, cuando caiga en las manos de ambiciosos ignorantes que lo aparten de la senda que deba seguir.»

¿Ha encontrado el lector en las anteriores enfáticas reflexiones filosófico-politicas, más contradicciones que palabras y más sofismas que contradicciones? Pues desde luego convenimos en ello. ¿Y no ha encontrado también el lector en ese pretendido discursito una profesión de fe del cesarismo más á outrance? Pues en ello tenemos la explicación de la presencia de Dumas hijo en Tullerias. Alejandro Dumas, segundo, es cesarista hasta la médula de los huesos; cesarista hasta un punto que su edad y su talento hacen [ pág. ]increíble; cesarista hasta ser uno de los escritores mimados de la Corte Imperial, que lo ha condecorado, que lo llama, que lo cultiva, que lo agasaja, y que lo exhibe como una de sus más brillantes conquistas.


VI.

Todo hace creer que Alejandro Dumas hijo debe sus opiniones políticas á lo que lo debe todo, es decir, á su inmutable propósito de ser y de parecer todo lo contrario de lo que es y parece su padre. El padre, genio enciclopedista, imaginacion de fósforo, estilo antes que inteligencia, organismo en acción incesante, encarnación del espíritu francés de su multiforme época; el hijo, talento especialista (ya explicaré la palabra), imaginación que todo lo elabora en el reposo, idea antes que estilo, naturaleza contemplativa, pensador de más universal carácter; menos artista, pero más humanitario, menos fecundo, pero más filosóficamente concentrado. El padre, pulsando en su ateismo religioso y literario todas las liras, y estableciendo como el eterno objeto de su actividad las satisfacciones de una vida toda superficie; el hijo, creyente y cristiano, con el sentimiento por inspiración incesante. El padre, derrochando cada año una fortuna y profanando sus canas entre bastidores; el hijo, adoptando una modesta é irreprochable vida privada en compañía de su única hermana, que es á su vez escritora mística. El padre, oyéndose á los sesenta años llamar niño, y

viendo á su gloria impotente para conquistarle el respeto de su generación; el hijo, interviniendo con la autoridad de su carácter y de sus costumbres en los mil y un lances desagradables de su padre, presentándose con él en todas partes como el padre moral del autor de sus dias, haciéndose respetar por él primeramente, y demostrando que conceptúa la vida como un objeto serio, y las leyes de la conveniencia como indesatendibles. El padre, contando por cientos los volúmenes que ha escrito, pero sin poder abrigar la esperanza de señalar á la posteridad su chef d'oeuvre, su monumento, su creación verdadera, más que en el conjunto de todas sus obras de imaginación: el hijo, como dice Lamartine, recogiéndose en sentido inverso del en que su padre se esparce, y apareciendo cada año con una obra original y trascendental en la mano. El padre,


← Capítulo anterior Título del capítulo Capítulo siguiente →
- IV - - V - - VI -