De los nombre de Cristo: Tomo 3, Jesús

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Qué significa y cómo le conviene sólo a Cristo el nombre de Jesús, y de cómo es su nombre propio en cuanto hombre

-El nombre de Jesús, Sabino, es el propio nombre de Cristo; porque los demás que se han dicho hasta ahora, y otros muchos que se pueden decir, son nombres comunes suyos, que se dicen de Él por alguna semejanza que tiene con otras cosas, de las cuales también se dicen los mismos nombres. Los cuales y los propios difieren: lo uno, en que los propios, como la palabra lo dice, son particulares de uno, y los comunes competen a muchos; y lo otro, que los propios, si están puestos con arte y con saber, hacen significación de todo lo que hay en su dueño, y son como imagen suya, como al principio dijimos; mas los comunes dicen algo de lo que hay, pero no todo.

Así que, pues Jesús es nombre propio de Cristo, y nombre que se le puso Dios por la boca del ángel, por la misma razón no es como los demás nombres que le significan por partes, sino como ninguno de los demás, que dice todo lo de Él y que es como figura suya que nos pone en los ojos su naturaleza y sus obras, que es todo lo que hay y se puede considerar en las cosas.

Mas conviene advertir que Cristo, así como tiene dos naturalezas, así también tiene dos nombres propios: uno según la naturaleza divina en que nace del Padre eternamente, que solemos en nuestra lengua llamar Verbo o Palabra; otro según la humana naturaleza, que es el que pronunciamos Jesús. Los cuales ambos son, cada uno conforme a su cualidad, retratos de Cristo perfectos y enteros. Retratos, digo, enteros, que cada uno en su parte dice todo lo que hay en ella cuanto a un nombre es posible. Y digamos de ambos y de cada uno por sí.

Y presupongamos primero que, en estos dos nombres, unos son los originales y otros son los traslados. Los originales son aquellos mismos que reveló Dios a los Profetas, que los escribieron en la lengua que ellos sabían, que era sira o hebrea. Y así, en el primer nombre que decimos Palabra, el original es Dabar; y en el segundo nombre, Jesús, el original es Jehosuah; pero los traslados son estos mismos nombres en la manera como en otras lenguas se pronuncian y escriben.

Y porque sea más cierta la doctrina, diremos de los originales nombres. De los cuales, en el primero, Dabar, digo que es propio nombre de Cristo, según la naturaleza divina, no solamente porque es así de Cristo que no conviene ni al Padre ni al Espíritu Santo, sino también porque todo lo que por otros nombres se dice de Él, lo significa sólo éste. Porque Dabar no dice una cosa sola, sino una muchedumbre de cosas; y dícelas comoquiera y por doquiera que le miremos, o junto a todo él, o a sus partes cada una por sí, a sus sílabas y a sus letras. Que lo primero, la primera letra, que es D, tiene fuerza de artículo, como el en nuestro español; y el oficio del artículo es reducir a ser lo común, y como demostrar y señalar lo confuso, y ser guía del nombre, y darle su cualidad y su linaje, y levantarle de quilates y añadirle excelencia. Que todas ellas son obras de Cristo, según que es la palabra de Dios; porque Él puso ser a las cosas todas, y nos las sacó a luz y a los ojos, y les dio su razón y su linaje, porque Él en sí es la razón, y la proporción y la compostura y la consonancia de todas, y las guía Él mismo, y las repara si se empeoran, y las levanta y las sube siempre y por sus pasos a grandísimos bienes.

Y la segunda letra, que es B, como San Jerónimo enseña, tiene significación de edificio, que es también propiedad de Cristo, así por ser el edificio original y como la traza de todas las cosas (las que Dios tiene edificadas y las que puede edificar, que son infinitas), como porque fue el obrero de ellas. Por donde también es llamado Tabernáculo en la Sagrada Escritura, como Gregorio Niseno dice: «Tabernáculo es el Hijo de Dios unigénito, porque contiene en sí todas las cosas, el cual también fabricó tabernáculo de nosotros.»

Porque, como decíamos, todas las cosas moraron en Él eternamente antes que fuesen, y, cuando fueron, Él las sacó a luz y las compuso para morar Él en ellas. Por manera que, así como Él es casa, así ordenó que también fuese casa lo que nacía de Él, y que de un tabernáculo naciese otro tabernáculo, de un edificio otro, y que lo fuese uno para el otro, y a veces. Él es tabernáculo porque nosotros vivimos en Él; nosotros lo somos porque Él mora en nosotros. «Y la rueda está en medio la rueda, y los animales en las ruedas y las ruedas en los animales», como Ezequiel escribía. Y están en Cristo ambas las ruedas, porque en Él está la divinidad del Verbo y la humanidad de su carne, que contiene en sí la universidad de todas las criaturas ayuntadas y hechas una, en la forma que otras veces he dicho.

La tercera letra de Dabar es la R, que, conforme al mismo doctor San Jerónimo, tiene significación de cabeza o principio; y Cristo es principio por propiedad. Y Él mismo se llama principio en el Evangelio, porque en Él se dio principio a todo, porque, como muchas veces decimos, es el original de ellas, que no solamente demuestra su razón, y figura su ser, sino que les da el ser y la sustancia haciéndolas. Y es principio también, porque en todos los linajes de preeminencias y de bienes tiene Él la preeminencia y el lugar más aventajado, o, por decir la verdad, en todos los bienes es Él la cabeza de aquel bien, y como la fuente de donde mana y se deriva y se comunica a los demás que lo tienen. Como escribe San Pablo, «que es el principio y que en todo tiene las primerías.» Porque en la orden del ser, Él es el principio de quien les viene el ser a los otros; y en el orden del buen ser, Él mismo es la cabeza que todo lo gobierna y reforma. Pues en el vivir, Él es el Manantial de la vida; en el resucitar, el primero que resucita su carne, y el que es virtud para que las demás resuciten; en la gloria, el Padre y el océano de ella; en los reyes, el Rey de todos, y en los sacerdotes, el Sacerdote sumo que jamás desfallece; entre los fieles, su Pastor; en los ángeles, su Príncipe; en los rebeldes o ángeles o hombres, su Señor poderoso; y finalmente, Él es el principio por donde quiera que le miremos.

Y aun también la R significa (según el mismo doctor) el espíritu. Que aunque es nombre que conviene a todas las tres Personas, y que se apropia al Espíritu Santo por señalar la manera como se espira y procede, pero dícese Cristo espíritu, demás de lo común, por cierta particularidad y razón: lo uno, porque el ser esposo del alma es cosa que se atribuye al Verbo, y el alma es espíritu, y así conviene que Él lo sea y se lo llame, para que sea alma del alma y espíritu del espíritu; lo otro, porque, en el ayuntamiento que con ella tiene, guarda bien las leyes y la condición del espíritu: que se va y se viene, y se entra y se sale, sin que sepáis cómo ni por dónde, como San Bernardo, hablando de sí mismo, lo dice con maravilloso regalo. Y quiero referir sus palabras para que gustéis su dulzura. «Confieso, dice, que el Verbo ha venido a mí muchas veces, aunque no es cordura el decirlo. Mas con haber entrado veces en mí, nunca sentí cuándo entraba. Sentíle estar en mi alma, acuérdome que le tuve conmigo, y alguna vez pude sospechar que entraría, mas nunca le sentí ni entrar ni salir. Porque, ni aun ahora puedo alcanzar de dónde vino cuando me vino, ni adónde se fue cuando me dejó, ni por dónde entró o salió de mi alma, conforme a aquello que dice: No sabréis de dónde viene ni adónde se va. Y no es cosa nueva, porque Él es a quien dicen: Y la huella de tus pisadas no será conocida. Verdaderamente Él no entró por los ojos, porque no es sujeto a color; ni tampoco por los oídos, porque no hizo sonido; ni menos por las narices, porque no se mezcló con el aire; ni por la boca, porque ni se bebe ni se come; ni con el tacto le sentí, porque no es tal que se toca. ¿Por dónde, pues, entró? O, por ventura, no entró, porque no vino de fuera, que no es cosa alguna de las que están por de fuera. Mas ni tampoco vino de dentro de mí, porque es bueno, y yo sé que en mí no hay cosa que buena sea. Subí, pues, sobre mí, y hallé que este Verbo aún estaba más alto. Descendí debajo de mí, inquisidor curioso, y también hallé que aún estaba más abajo. Si miré a lo de afuera, vile aún más fuera que todo ello. Si me volvía para dentro, halléle dentro también. Y conocí ser verdad lo que había leído: Que vivimos en Él, y nos movemos en Él, y somos en Él. Y dichoso aquel que a Él vive y se mueve. Mas preguntará alguno: Si es tan imposible alcanzarle y entenderle sus pasos, ¿de dónde sé yo que estuvo presente en mi alma? Porque es eficaz y vivo este Verbo, y así, luego que entró, despertó mi alma que se dormía. Movió y ablandó y llagó mi corazón, que estaba duro y de piedra y mal sano. Comenzó luego a arrancar y a deshacer, y a edificar y a plantar, a regar lo seco y a resplandecer en lo oscuro, a traer lo torcido a derechez y a convertir las asperezas en caminos muy llanos, de arte que bendicen al Señor mi alma y todas mis entrañas a su santísimo Nombre. Así que, entrando el Verbo esposo algunas veces a mí, nunca me dio a conocer que entraba con ningunas señas; no con voz, no con figura, no con sus pasos.

»Finalmente, no me fue notorio por ningunos movimientos suyos, ni por ningunos sentidos míos el habérseme lanzado en lo secreto del pecho. Solamente, como he dicho, de lo que el corazón me bullía entendí su presencia. De que huían los vicios, y los afectos camales se detenían, conocía la fuerza de su poder. De que traía a luz mis secretos, y los discutía y redargüía, me admiré de la alteza de su sabiduría. De la enmienda de mis costumbres, cualquiera que ella sea, experimenté la bondad de su mansedumbre. De la renovación y reformación del espíritu de mi alma, esto es, del hombre interior, percibí como pude la hermosura de su belleza. Y de la vista de todo esto juntamente, quedé asombrado de la muchedumbre de sus grandezas sin cuento. Mas porque todas estas cosas, luego que el Verbo se aparta, como cuando quitan el fuego a la olla que hierve, comienzan con una cierta flaqueza a caerse torpes y frías, y por aquí, como por señal, conocía yo su partida, fuerza es que mi alma quede triste, y lo esté hasta que otra vez vuelva y torne, como solía, a calentarse mi corazón en mí mismo, y conozca yo así su tornada.» Esto es de Bernardo.

Por manera que el nombre Dabar en cada una de sus letras significa alguna propiedad de las que Cristo tiene. Y si juntamos las letras en sílabas, con las sílabas lo significa mejor; porque las que tiene son dos, da y bar, que juntamente quieren decir el Hijo, o éste es el hijo, que, como Juliano ahora decía, es lo propio de Cristo, y a lo que el Padre aludió cuando, desde la nube y en el monte de la gloria, de Cristo dijo a los tres escogidos discípulos: «Este es mi Hijo», que fue como decir: Es Dabar, es el que nació eterna e invisiblemente de Mí, nacido ahora rodeado de carne y visible.

Y como haya muchos nombres que significan el hijo en la lengua de esta palabra, a ella con misterio le cupo este sólo, que es bar que tiene origen de otra palabra que significa el sacar a luz y el criar, porque se entienda que el hijo que dice y que significa este nombre es hijo que saca a luz y que cría; o, si lo podemos decir así, es hijo que ahija a los hijos y que tiene la filiación en sí de todos. Y aun si leemos al revés este nombre, nos dirá también alguna maravilla de Cristo. Porque bar, vuelto y leído al contrario es rab; y rab es muchedumbre y ayuntamiento, o amontonamiento de muchas cosas excelentes en una, que es puntualmente lo que vemos en Cristo, según que es Dios y según que es Hombre. Porque en su divinidad están las ideas y las razones de todo, y en su humanidad las de todos los hombres, como ayer en sus lugares se dijo.

Mas vengamos a todo el nombre junto por sí, y veamos lo que significa, ya que hemos dicho lo que nos dicen sus partes; que no son menos maravillosas las significaciones de todo él que las de sus letras y sílabas. Porque Dabar en la Sagrada Escritura dice muchas y diferentes grandezas. Que lo primero, Dabar significa el Verbo que concibe el entendimiento en sí mismo, que es una como imagen entera e igual de la cosa que entiende. Y Cristo, en esta manera, es Dabar, porque es la imagen que de sí concibe y produce, cuando se entiende, su Padre. Y Dabar significa también la palabra que se forma en la boca, que es imagen de lo que el ánimo esconde. Y Cristo también es Dabar así, porque no solamente es imagen del Padre escondida en el Padre y para solos sus ojos, sino es imagen suya para todos, e imagen que nos le representa a nosotros, e imagen que le saca a luz y que le imprime en todas las cosas que cría. Por donde San Pablo convenientemente le llama «sello del Padre», así por que el Padre se sella en Él y se dibuja del todo, como porque imprime Él como sello, en todo lo que cría y repara, la imagen de Él que en sí tiene. Y Dabar también significa la ley y la razón, y lo que pide la costumbre y el estilo, y, finalmente, el deber en lo que se hace, que son todas cualidades de Cristo, que es, según la divinidad, la razón de las criaturas, y el orden de su compostura y su fábrica, y la ley por quien deben ser medidas, así en las cosas naturales como en las que exceden lo natural, y es el estilo de la vida y de las obras de Dios, y el deber a que tienen de mirar todas las cosas que no quieren perderse, porque lo que todas hacer deben es el allegarse a Cristo y el figurarse de Él y el ajustarse siempre con Él.

Y Dabar también significa el hecho señalado que de otro procede, y Cristo es la más alta cosa que procede de Dios, y en lo que el Padre enteramente puso sus fuerzas, y en quien se traspasó y comunicó cabalmente. Y, si lo debemos decir así, es la grandísima hazaña y la única hazaña del Padre, preñada de todas las demás grandezas que el Padre hace, porque todas las hace por Él. Y así es luz nacida de luz, y fuente de todas las luces, y sabiduría de sabiduría nacida, y manantial de todo el saber, y poderío y grandeza y excelencia, y vida e inmortalidad, y bienes sin medida ni cuenta, y abismo de noblezas inmensas, nacidas de iguales noblezas y engendradoras de todo lo poderoso y grande y noble que hay. Y Dabar dice todo esto que he dicho, porque significa todo lo grande y excelente y digno de maravilla que de otro procede. Y significa también (y con esto concluyo) cualquiera otra cosa de ser, y por la misma razón el ser mismo y la realidad de las cosas; y así, Cristo debidamente es llamado por nombre propio Dabar, porque es la cosa que más es de todas las cosas, y el ser primero y original de donde les mana a las criaturas su ser, su sustancia, su vida, su obra.

Y esto cuanto a Dabar. Que justo es que digamos ya de Jesús, que, como decimos, también es nombre de Cristo propio, y que le conviene según la parte que es Hombre. Porque así como Dabar es nombre propio suyo según que nace de Dios, por razón de que este nombre solo, con sus muchas significaciones, dice de Cristo lo que otros muchos nombres juntos no dicen, así Jesús es su propio nombre según la naturaleza humana que tiene, porque, con una significación y figura que tiene sola, dice la manera del ser de Cristo Hombre, y toda su obra y oficio, y le representa y significa más que otro ninguno. A lo cual mirará todo lo que desde ahora dijere.

Y no diré del número de las letras que tiene este nombre, ni de la propiedad de cada una de ellas por sí, ni de la significación singular de cada una, ni de lo que vale en razón de aritmética, ni del número que resulta de todas, ni del poder ni de la fuerza que tiene este número, que son cosas que las consideran algunos y sacan misterios de ellas, que yo no condeno; mas déjolas, porque muchos las dicen, y porque son cosas menudas y que se pintan mejor que se dicen. Sola una cosa de estas diré, y es que el original de este nombre Jesús, que es Jehosuah, como arriba dijimos, tiene todas las letras de que se compone el nombre de Dios, que llaman de cuatro letras, y demás de ellas tiene otras dos.

Pues, como sabéis, el nombre de Dios, de cuatro letras, que se encierra en este nombre, es nombre que no se pronuncia, o porque son vocales todas, o porque no se sabe la manera de su sonido, o por la religión y respeto que debemos a Dios, o porque, como yo algunas veces sospecho, aquel nombre y aquellas letras hacen la señal con que el mudo que hablar no puede, o cualquiera que no osa hablar, significa su afecto mudez con un sonido rudo y desatado y que no hace figura, que llamamos interjección en latín, que es una voz tosca, y, como si dijésemos, sin rostro y sin facciones ni miembros. Que quiso Dios dar por su nombre a los hombres la señal y el sonido de nuestra mudez, para que entendiésemos que no cabe Dios ni en el entendimiento ni en la lengua, y que el verdadero nombrarle es confesarse la criatura por muda todas las veces que le quisiere nombrar, y que el embarazo de nuestra lengua y el silencio nuestro, cuando nos levantamos a Él, es su nombre y loor, como David lo decía. Así que es nombre inefable y que no se pronuncia este nombre.

Mas, aunque no se pronuncia en sí, ya veis que en el nombre de Jesús, por razón de dos letras que se le añaden, tiene pronunciación clara y sonido formado y significación entendida, para que acontezca en el nombre lo mismo que pasó en Cristo, y para que sea, como dicho tengo, retrato el nombre del ser. Porque, por la misma manera, en la persona de Cristo se junta la divinidad con el alma y con la carne del hombre; y la palabra divina, que no se leía, junta con estas dos letras, se lee, y sale a luz lo escondido, hecho conversable y visible, y es Cristo un Jesús, esto es, un ayuntamiento de lo divino y humano, de lo que no se pronuncia y de lo que pronunciarse puede, y es causa que se pronuncie lo que se junta con ello. Mas en esto no pasemos de aquí, sino digamos ya de la significación del nombre de Jesús, cómo él conviene a Cristo, y cómo es sólo de Cristo, y cómo abraza todo lo que de Él se dice, y las muchas maneras como esta significación le conviene.

Jesús, pues, significa salvación o salud; que el ángel así lo dijo. Pues si se llama salud Cristo, cierto será que lo es; y, si lo es, que lo es para nosotros, porque para sí no tiene necesidad de salud el que en sí no padece falta, ni tiene miedo de padecerla. Y si para nosotros Cristo es Jesús y salud, bien se entiende que tenemos enfermedad nosotros, para cuyo remedio se ordena la salud de Jesús. Veamos, pues, la cualidad de nuestro estado miserable, y el número de nuestras flaquezas, y los daños y males nuestros, que de ellos conoceremos la grandeza de esta salud y su condición, y la razón que tiene Cristo para que el nombre Jesús, entre tantos nombres suyos, sea su propio nombre.

El hombre, de su natural, es movedizo y liviano y sin constancia en su ser, y, por lo que heredó de sus padres, es enfermo en todas las partes de que se compone su alma y su cuerpo. Porque en el entendimiento tiene oscuridad, y en la voluntad flaqueza, y en el apetito perversa inclinación, y en la memoria olvido, y en los sentidos, en unos engaño y en otros fuego, y en el cuerpo muerte, y desorden entre todas estas cosas que he dicho, y disensiones y guerra, que le hacen ocasionado a cualquier género de enfermedad y de mal. Y lo que peor es, heredó la culpa de sus padres, que es enfermedad en muchas maneras, por la fealdad suya que pone, y por la luz y la fuerza de la gracia que quita, y porque nos enemista con Dios, que es fiero enemigo, y porque nos sujeta al demonio y nos obliga a penas sin fin. A esta culpa común añade cada uno las suyas, y, para ser del todo miserables, como malos enfermos, ayudamos el mal, y nos llamamos la muerte con los excesos que hacemos. Por manera que nuestro estado, de nuestro nacimiento, y por la mala elección de nuestro albedrío, y por las leyes que Dios contra el pecado puso, y por las muchas cosas que nos convidan siempre a pecar, y por la tiranía cruel y el cetro durísimo que el demonio sobre los pecadores tiene, es infelicísimo y miserable estado sobre toda manera, por dondequiera que le miremos. Y nuestra enfermedad no es una enfermedad, sino una suma sin número de todo lo que es doloroso y enfermo.

El remedio de todos estos males es Cristo, que nos libra de ellos en las formas que ayer y hoy se ha dicho en diferentes lugares; y porque es el remedio de todo ello, por eso es y se llama Jesús, esto es, salvación y salud. Y es grandísima salud, porque la enfermedad es grandísima; y nómbrase propiamente de ella, porque, como la enfermedad es de tantos senos y enramada con tantos ramos, todos los demás oficios de Cristo, y los nombres que por ellos tiene, son como partes que se ordenan a esta salud, y el nombre de Jesús es el todo, según que todo lo que significan los otros nombres, o es parte de esta salud que es Cristo, y que Cristo hace en nosotros, o se ordena a ella, o se sigue de ella por razón necesaria.

Que si es llamado Pimpollo Cristo, y si es, como decíamos, el parto común de las cosas, ellas sin duda le parieron para que fuese su Jesús y salud. Y así Isaías, cuando les pide que lo paran y que lo saquen a luz, y les dice: «Rociad, cielos, desde lo alto, y vosotras, nubes, lloved al justo», luego dice el fin para que le han de parir, porque añade: «Y tú, tierra, fructificarás la salud.» Y si es Faces de Dios, eslo porque es nuestra salud, la cual consiste en que nos asemejemos a Dios y le veamos, como Cristo lo dice: «Esta es la vida eterna, conocerte a Ti y a tu Hijo.» Y también si le llamamos Camino y si le nombramos Monte, es camino porque es guía, y es monte porque es defensa; y cierto es que no nos fuera Jesús si no nos fuera guía y defensa, porque la salud ni se viene a ella sin guía ni se conserva sin defensa.

Y de la misma manera es llamado Padre del siglo futuro, porque la salud que el hombre pretende no se puede alcanzar si no es engendrado otra vez. Y así, Cristo no fuera nuestro Jesús si primero no fuera nuestro engendrador y nuestro padre. También es Brazo y Rey de Dios y Príncipe de paz: brazo para nuestra libertad, rey y príncipe para nuestro gobierno; y lo uno y lo otro, como se ve, tienen orden a la salud: lo uno que se le presupone, y lo otro que la sustenta. Y así, porque Cristo es Jesús, por el mismo caso es brazo y es rey. Y lo mismo podemos decir del nombre de Esposo; porque no es perfecta la salud sola y desnuda si no la acompaña el gusto y deleite. Y esta es la causa por que Cristo, que es perfecto Jesús nuestro, es también nuestro esposo, conviene a saber, es el deleite del alma y su compañía dulce, y será también su marido, que engendrará de ella y en ella generación casta y noble y eterna, que es cosa que nace de la salud entera, y que de ella se sigue. De arte que, diciendo que se llama Cristo Jesús, decimos que es esposo y rey, y príncipe de paz y brazo, y monte y padre, y camino y pimpollo; y es llamarle, como también la Escritura le llama, pastor y oveja, hostia y sacerdote, león y cordero, vid, puerta, médico, luz, verdad y sol de justicia, y otros nombres así.

Porque si es verdaderamente Jesús nuestro, como lo es, tiene todos estos oficios y títulos, y, si le faltaran, no fuera Jesús entero ni salud cabal, así como nos es necesaria. Porque nuestra salud, presupuesta la condición de nuestro ingenio, y la cualidad y muchedumbre de nuestras enfermedades y daños, y la corrupción que había en nuestro cuerpo, y el poder que por ella tenía en nuestra alma el demonio, y las penas a que la condenaban sus culpas, y el enojo y la enemistad contra nosotros de Dios, no podía hacerse ni venir a colmo si Cristo no fuera pastor que nos apacentara y guiara, y oveja que nos alimentara y vistiera, y hostia que se ofreciera por nuestras culpas, y sacerdote que interviniera por nosotros y nos desenojara a su Padre, y león que despedazara al león enemigo, y cordero que llevara sobre sí los pecados del mundo, y vid que nos comunicara su jugo, y puerta que nos metiera en el cielo, y médico que curara mil llagas, y verdad que nos sacara de error, y luz que nos alumbrara los pies en la noche de esta vida oscurísima, y, finalmente, sol de justicia que en nuestras almas, ya libres por Él, naciendo en el centro de ellas, derramara por todas las partes de ellas sus lucidos rayos para hacerlas claras y hermosas. Y así el nombre de Jesús está en todos los nombres que Cristo tiene, porque todo lo que en ellos hay se endereza y encamina a que Cristo sea perfectamente Jesús. Como escribe bien San Bernardo, diciendo:

«Dice Isaías: Será llamado admirable, consejero, Dios, fuerte, padre del siglo futuro, príncipe de paz. Ciertamente, grandes nombres son éstos; mas ¿qué se ha hecho del nombre que es sobre todo nombre, el nombre de Jesús, a quien se doblan todas las rodillas? Sin duda hallarás este nombre en todos estos nombres que he dicho, pero derramado por cierta manera, porque de él es lo que la Esposa amorosa dice: Ungüento derramado tu nombre. Porque de todos estos nombres resulta un nombre, Jesús, de manera que no lo fuera ni se lo llamara si alguno de ellos le faltara por caso. ¿Por ventura cada uno de nosotros no ve en sí, y en la mudanza de sus voluntades, que se llama Cristo admirable? Pues eso es ser Jesús. Porque el principio de nuestra salud es, cuando comenzamos a aborrecer lo que antes amábamos, dolernos de lo que nos daba alegría, abrazarnos con lo que nos ponía temor, seguir lo que huíamos, y desear con ansia lo que desechábamos con enfado. Sin duda, admirable es quien hace tan grandes maravillas. Mas conviene que se muestre también consejero en el escoger de la penitencia y en el ordenar de la vida, porque acaso no nos lleve el celo demasiado, ni le falte prudencia al buen deseo. Pues también es menester que experimentemos que es Dios, conviene a saber, en el perdonar lo pasado, porque no hay sin este perdón salud, ni puede nadie perdonar pecados sino es sólo Dios. Mas ni aun esto basta para salvarnos, si no se nos mostrare ser fuerte, defendiéndonos de quien nos guerrea, para que no venzan los antiguos deseos, y sea peor que lo primero lo postrero. ¿Paréceos que falta algo para quien es, por nombre y por oficio, Jesús? Sin duda faltara una cosa muy grande, si no se llamara y si no fuera padre del siglo futuro, para que engendre y resucite a la vida sin fin a los que somos engendrados para la muerte de los padres de este presente siglo. Ni aun esto bastara si, como príncipe de paz, no nos pacificara a su Padre, a quien hará entrega del reino.»

De lo cual todo, San Bernardo concluye que los nombres que Cristo tiene son todos necesarios para que se llame enteramente Jesús, porque, para ser lo que este nombre dice, es menester que tenga Cristo y que haga lo que significan todos los otros nombres. Y así, el nombre de Jesús es propio nombre suyo entre todos. Y es suyo propio también porque, como el mismo Bernardo dice, no le es nombre postizo, sino nacido nombre, y nombre que le trae embebido en el ser; porque, como diremos en su lugar, su ser de Cristo es Jesús, porque todo cuanto en Cristo hay es salvación y salud. La cual, demás de lo dicho, quiso Cristo que fuese su nombre propio para declararnos su amor. Porque no escogió para nombrarse ningún otro título suyo de los que no miran a nosotros, teniendo tantas grandezas en sí, cuanto es justo que tenga en quien, como San Pablo dice, reside de asiento y como corporalmente toda la riqueza divina, sino escogió para su nombre propio lo que dice los bienes que en nosotros hace y la salud que nos da, mostrando clarísimamente lo mucho que nos ama y estima, pues de ninguna de sus grandezas se precia ni hace nombre sino de nuestra salud.

Que es lo mismo que a Moisés dijo en el Éxodo cuando le preguntaba su nombre, para poder decir a los hijos de Israel que Dios le enviaba; porque dice allí así: «De esta manera dirás a los hijos de Israel: El Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abraham y Dios de Isaac y Dios de Jacob, me envía a vosotros; que éste es mi nombre para siempre, y mi apellido en la generación de las generaciones.» Dice que es su nombre Dios de Abraham, por razón de lo que hasta ahora ha hecho y hará siempre por sus hijos de Abraham, que son todos los que tienen su fe. Dios que nace de Abraham, que gobierna a Abraham, que lo defiende, que lo multiplica, que lo repara y redime y bendice, esto es, Dios que es Jesús de Abraham.

Y dice que este nombre es el nombre propio suyo, y el apellido que Él más ama, y el título por donde quiere ser conocido y de que usa y usará siempre, y señaladamente en la generación de las generaciones, esto es, en el renacer de los hombres nacidos y en el salir a la luz de la justicia los que habían ya salido a esta visible luz llenos de miseria y de culpa, porque en ellos propiamente, y en aquel nacimiento, y en lo que le pertenece y se le sigue, se muestra Cristo a la clara Jesús. Y como en el monte (cuando Moisés subió a ver la gloria de Dios, porque Dios le había prometido mostrársela, cuando le puso en el hueco de la peña, y le cubrió con la mano y le pasó por delante), cuanto mostró a Moisés de sí lo encerró en estas palabras que le dijo: «Yo soy amoroso entrañablemente, compasivo, ancho de narices, sufrido y de mucha espera, grande en perdón, fiel y leal en la palabra, que extiendo mis bienes por mil generaciones de hombres.» Como diciendo que su ser es misericordia, y de lo que se precia es piedad, y que sus grandezas y perfecciones se resumen en hacer bien, y que todo cuanto es y cuanto quiere ser es blandura y amor. Así, cuando se mostró visible a los ojos, no subiendo nosotros al monte, sino descendiendo Él a nuestra bajeza, todo lo que de sí nos descubre es Jesús. Jesús es su ser, Jesús son sus obras, y Jesús es su nombre, esto es, piedad y salud.

Más. Quiso Cristo tomar por nombre propio a la salud, que es Jesús, porque salud no es un solo bien, sino una universalidad de bienes innumerables. Porque en la salud están las fuerzas, y la ligereza del movimiento, y el buen parecer, y la habla agradable, y el discurso entero de la razón, y el buen ejercicio de todas las partes y de todas las obras del hombre. El bien oír, el buen ver y la buena dicha y la industria, la salud la contiene en sí misma. Por manera que salud es una preñez de todos los bienes. Y así, porque Cristo es esta preñez verdaderamente, por eso este nombre es el que más le conviene, porque Cristo, así como en la divinidad es la idea y el tesoro y la fuente de todos los bienes, conforme a lo que poco ha se decía, así, según la humanidad, tiene todos los reparos y todas las medicinas y todas las saludes que son menester para todos.

Y así, es bien y salud universal, no sólo porque a todos hace bien, ni solamente porque tiene en sí la salud que es menester para todos los males, sino también porque en cada uno de los suyos hace todas las saludes y bienes. Porque, aunque entre los justos hay grados, así en la gracia que Dios les da como en el premio que les dará de la gloria, pero ninguno de ellos hay que no tenga por Cristo no sólo todos los reparos que son necesarios para librarse del mal, sino también todos los bienes que son menester para ser ricos perfectamente. Esto es, que no hay de ellos ninguno a quien al fin Jesús no les dé salud perfecta en todas sus potencias y partes, así en el alma y sus fuerzas, como en el cuerpo y sus sentidos.

Por manera que en cada uno hace todas las saludes que en todos, limpiando la culpa, dando libertad del tirano, rescatando del infierno, vistiendo con la gracia, comunicando su mismo espíritu, enviando sobre ellos su amparo, y, últimamente, resucitando y glorificando los sentidos y el cuerpo. Y lo uno y lo otro (las muchas saludes que Cristo hace en cada uno de los suyos, y la copia universal que en sí tiene de salud Jesús), dice David maravillosamente en el verso cuarto del Salmo ciento nueve, que yo declaré ayer por una manera, y vos, Juliano, poco ha lo declarasteis en otra; y consintiéndolas la letra todas, admite también la tercera, porque le podemos muy bien leer así: «Tu pueblo, noblezas en aquel día; tu ejército, noblezas en los resplandores santos; que más que el vientre y más que la mañana hay en Ti rocío de tu nacimiento.»

Porque dice que en el día que amanecerá cuando se acabare la noche de este Siglo oscurísimo -que es verdaderamente día porque no camina a la noche, y día porque resplandecerá en Él la verdad, y así será día de resplandores santísimos, porque el resplandor de los justos, que ahora se esconde en su pecho de ellos, saldrá a luz entonces y se descubrirá en público, y les resplandecerá por los ojos y por la cara y por todos los sentidos del cuerpo-, pues en aquel día, que es día, todo el pueblo de Cristo será noblezas. Que llama pueblo de Cristo a los justos solos, porque en la Escritura ellos son los que se llaman pueblo de Dios, dado que Cristo es universal Señor de todas las cosas.

Y a los mismos que llama pueblo, llama después ejército o escuadrón, o, puntualmente, como suena la letra original, poderío de Cristo, según que en el español antiguo llamaban poderes al ayuntamiento de gentes de guerra. Y llama a los justos así, no porque ellos hacen a Cristo poderoso, como en la tierra los muchos soldados hacen poderosos los reyes, sino porque son prueba del grandísimo poder de Cristo todos juntos y cada uno por sí: del poder, digo, de su virtud, y de la eficacia de su espíritu, y de la fuerza de sus manos no vencidas, con que los sacó de la postrera miseria a la felicidad de la vida.

Pues este pueblo y escuadrón de Cristo lucido, dice que todo es noblezas; porque cada uno de ellos es no una nobleza, sino muchas noblezas; no una salud, sino muchas saludes, por razón de las no numerables saludes que Cristo en ellos pone por su nobleza infinita, cercándolos de salud y levantando por todas sus almenas de ellos señal de victoria. Lo cual puede bien hacer Jesucristo por lo que se sigue, y es: que tiene en sí rocío de su nacimiento, más que vientre y más que aurora. Porque rocío llama la eficacia de Cristo y la fuerza del espíritu que da, que en las divinas Letras suele tener nombre de agua; y llámale rocío de nacimiento, porque hace con él que nazcan los suyos a la buena vida y a, la dichosa vida; y nómbrale su nacimiento, porque lo hace Él, y porque, naciendo ellos en Él, Él también nace en ellos. Y dice: «Más que vientre y más que aurora», para significar la eficacia, y la copia de este rocío. La eficacia, como diciendo que con el rocío de Jesús, que en sí tiene, saca los suyos a luz de vida bienaventurada, muy más presto y muy más cierto que sale el sol al aurora, o que nace el parto maduro del vientre lleno. Y la copia, de esta manera: que tiene Cristo en sí más rocío de Jesús, para serlo, que cuanto llueve por las mañanas el cielo, y cuanto envían las fuentes y sus manantiales, que son como el vientre donde se conciben y de donde salen las aguas. Y así son, como suena la palabra original, la madre de ellas. Y, en castellano, la canal por donde el río corre, decimos que es la madre del río.

Pero vamos más adelante. La salud es un bien que consiste en proporción y en armonía de cosas diferentes, y es una como música concertada que hacen entre sí los humores del cuerpo. Y lo mismo es el oficio que Cristo hace, que es otra causa por que se llama Jesús. Porque no solamente, según la divinidad, es la armonía y la proporción de todas las cosas, mas también según la humanidad es la música y la buena correspondencia de todas las partes del mundo.

Que dice así el Apóstol que «pacifica con su sangre, así lo que está en el cielo como lo que reside en la tierra.» Y en otra parte dice también que quitó de por medio la división que había entre los hombres y Dios, y en los hombres entre sí mismos, unos con otros, los gentiles con los judíos, y que hizo de ambos uno. Y por lo mismo es llamado «piedra (en el Salmo) puesta en la cabeza del ángulo.» Porque es la paz de todo lo diferente, y el nudo que ata en sí lo visible con lo que no se ve, y lo que concierta en nosotros la razón y el sentido, y es la melodía acordada y dulce sobre toda manera, a cuyo santo sonido todo lo turbado se aquieta y compone. Y así es Jesús con verdad.

Demás de esto, llámase Cristo Jesús y Salud, para que por este su nombre entendamos cuál es su obra propia y lo que hace señaladamente en nosotros; esto es, para que entendamos en que consiste nuestro bien y nuestra santidad y justicia, y lo que hemos de pedirle que nos dé, y esperar de Él que nos lo dará. Porque así como la salud en el enfermo no está en los refrigerantes que le aplican por defuera, ni en las epítimas que en el corazón le ponen, ni en los regalos que para su salud ordenan los que le aman y curan, sino consiste en que, dentro de él, sus cualidades y humores, que excedían el orden, se compongan y se reduzcan a templanza debida, y, hecho esto en lo secreto del cuerpo, luego, lo que parece de fuera, sin que se le aplique cosa alguna, se templa y cobra su buen parecer y su color conveniente, así es salud Cristo, porque el bien que en nosotros hace es como esta salud: bien propiamente, no de sola apariencia ni que toca solamente en la sobrehaz y en el cuero, sino bien secreto y lanzado en las venas, y metido y embebido en el alma, y bien, no que solamente pinta las hojas, sino que propia y principalmente mundifica la raíz y la fortifica. Por donde decía bien el Profeta: «Regocíjate, hija de Sión, derrama loores, porque el Santo de Israel está en medio de ti.» Esto es, no alderredor de ti, sino dentro de tus entrañas, en tus tuétanos mismos, en el meollo de tu corazón, y verdaderamente de tu alma en el centro.

Porque su obra propia de Cristo es ser salud y Jesús, conviene a saber, componer entre sí y con Dios las partes secretas del alma, concertar sus humores e inclinaciones, apagar en ella el secreto y arraigado fuego de sus pasiones y malos deseos; que el componer por de fuera el cuerpo y la cara, y el ejercicio exterior de las ceremonias -el ayunar, el disciplinar, el velar, con todo lo demás que a esto pertenece-, aunque son cosas santas si se ordenan a Dios, así por el buen ejemplo que reciben de ellas los que las miran, como porque disponen y encaminan el alma para que Cristo ponga mejor en ella esta secreta salud y justicia que digo; mas la santidad formal y pura, y la que propiamente Cristo hace en nosotros, no consiste en aquello.

Porque su obra es salud, que consiste en el concierto de los humores de dentro, y esas cosas son posturas y refrigerantes o fomentaciones de fuera, que tienen apariencia de aquella salud y se enderezan a ella, mas no son ella misma como parece. Y, como ayer largamente decíamos, todas esas son cosas que otros muchos, antes de Cristo y sin Él, las supieron enseñar a los hombres y los indujeron a ellas, y les tasaron lo que habían de comer, y les ordenaron la dieta, y les mandaron que se lavasen y ungiesen, y les compusieron los ojos, los semblantes, los pasos, los movimientos; mas ninguno de ellos puso en nosotros salud pura y verdadera que sanase lo secreto del hombre y lo compusiese y templase, sino sólo Cristo que por esta causa es Jesús.

¡Qué bien dice acerca de esto el glorioso Macario! «Lo propio, dice, de los cristianos no consiste en la apariencia y en el traje y en las figuras de fuera, así como piensan muchos, imaginándose que para diferenciarse de los demás les bastan estas demostraciones y señales que digo, y, cuanto a lo secreto del alma y a sus juicios, pasa en ellos lo que en los del mundo acontece, que padecen todo lo que los demás hombres padecen, las mismas turbaciones de pensamientos, la misma inconstancia, las desconfianzas, las angustias, los alborotos. Y diferéncianse del mundo en el parecer y en la figura del hábito y en unas obras exteriores bien hechas; mas en el corazón y en el alma están presos con las cadenas del suelo, y no gozan en lo secreto, ni de la quietud que da Dios ni de la paz celestial del espíritu, porque ni ponen cuidado en pedírsela, ni confían que le placerá dársela. Y ciertamente la nueva criatura, que es el cristiano perfecto y verdadero, en lo que se diferencia de los hombres del siglo es en la renovación del espíritu y en la paz de los pensamientos y afectos, en el amar a Dios y en el deseo encendido de los bienes del cielo, que esto fue lo que Cristo pidió para los que en Él creyesen: que recibiesen estos bienes espirituales. Porque la gloria del cristiano, y su hermosura y su riqueza, la del cielo es, que vence lo que se puede decir, y que no se alcanza sino con trabajo y con sudor y con muchos trances y pruebas, y principalmente con la gracia divina.» Esto es de San Macario.

Que es también aviso nuestro, que, por una parte, nos enseña a conocer en las doctrinas y caminos de vivir que se ofrecen, si son caminos y enseñanzas de Cristo; y, por otra, nos dice, y como pone delante de los ojos, el blanco del ejercicio santo y aquello a que hemos de aspirar en él, sin reposar hasta que lo consigamos. Que cuanto a lo primero, de las enseñanzas y caminos de vida, hemos de tener por cosa certísima que la que no mirare a este fin de salud, la que no tratare de desarraigar del alma las pasiones malas que tiene, la que no procurare criar en el secreto de ella orden, templanza, justicia, por más que de fuera parezca santa, no es santa, y por más que se pregone de Cristo, no es de Cristo; porque el nombre de Cristo es Jesús y Salud, y el oficio de ésta es sobresanar por de fuera. La obra de Cristo propia es renovación del alma y justicia secreta; la de ésta son apariencias de salud y justicia. La definición de Cristo es ungir, quiero decir que Cristo es lo mismo que unción, y de la unción es ungir, y la unción y el ungir es cosa que penetra a los huesos, y este otro negocio que digo es embarnizar, y no ungir. De sólo Cristo es el deshacer las pasiones; esto no las deshace, antes las sobredora con colores y demostraciones de bien. ¿Qué digo no deshace? Antes vela con atención sobre ellas, para, en conociendo a do tiran, seguirlas y cebarlas y encaminarlas a su provecho. Así que la doctrina o enseñamiento que no hiciere, cuanto en sí es, esta salud en los hombres, si es cierto que Cristo se llama Jesús, porque la hace siempre, cierto será que no es enseñamiento de Cristo.

Dijo Sabino aquí:

-También será cierto, Marcelo, que no hay en esta edad en la Iglesia enseñamientos de la cualidad que decís.

-Por cierto lo tengo, Sabino -respondió Marcelo-, mas halos habido y puédelos haber cada día, y, por esta causa, es el aviso conveniente.

-Sin duda conveniente -dijo Juliano- y necesario. Porque si no lo fuera, no nos apercibiera Cristo en el Evangelio, como nos apercibe, acerca de los falsos profetas; porque falsos profetas son los maestros de estos caminos, o, por decir lo que es, esos mismos enseñamientos vacíos de verdad son los profetas falsos, por de fuera como ovejas en las apariencias buenas que tienen, y, dentro, robadores lobos por las pasiones fieras que dejan en el alma como en su cueva.

-Y ya que no haya ahora -tomó Marcelo a decir- mal tan desvengonzado como ese, pero sin duda hay algunas cosas que tiran a él y le parecen. Porque, decidme, Sabino, ¿no habréis visto alguna vez, u oído decir, que, para inducir al pueblo a limosna, algunos les han ordenado que hagan alarde y se vistan de fiesta y, con pífano y tambor, y disparando los arcabuces en competencia los unos de los otros, vayan a hacerla? Pues esto ¿qué es sino seguir el humor vicioso del hombre, y no desarraigarle la mala pasión de vanidad, sino aprovecharse de ella y dejársela más asentada, dorándosela con el bien de la limosna de fuera? ¿Qué es sino atender agudamente a que los hombres son vanos, y amigos de presunción, e inclinados a ser loados y aparecer más que los otros, porque son así, no irles a la mano en estos sus malos siniestros, ni procurar librarlos de ellos, ni apurarles las almas reduciéndolas a la salud de Jesús, sino sacar provecho de ellos para interés nuestro o ajeno, y dejárselos más fijos y firmes? Que no porque mira a la limosna, que es buena, es justo y bueno poner en obra, y traer a ejecución, y arraigar más con el hecho la pasión y vanidad de la estima misma que vivía en el hombre. Ni es tanto el bien de la limosna que se hace como es el daño que se recibe en la vanidad de nuestro pecho, y en el fruto que se pierde, y en la pasión que se pone por obra. Y, por el mismo caso, se afirma más, y queda no solamente más arraigada, sino, lo que es mucho peor, aprobada y como santificada con el nombre de piedad, y con la autoridad de los que inducen a ello, que a trueque de hacer por de fuera limosneros los hombres, los hacen más enfermos en el alma de dentro, y más ajenos de la verdadera salud de Cristo: que es contrario derechamente de lo que pretende Jesús, que es salud.

Y, aunque pudiéramos señalar otros ejemplos, bástenos por todos los semejantes el dicho, y vengamos a lo segundo que dije, que Cristo, llamándose Jesús y Salud, nos demuestra a nosotros el único y verdadero blanco de nuestra vida y deseo. Que es más claramente decir que, pues el fin del cristiano es hacerse uno con Cristo, esto es, tener a Cristo en sí, transformándose en Él, y pues Cristo es Jesús, que es salud, y pues la salud no es el estar vendado o fomentado o refrescado por de fuera el enfermo, sino el estar reducidos a templada armonía los humores secretos, entienda el que camina a su bien que no ha de parar antes que alcance esta santa concordia del alma, porque, hasta tenerla, no conviene que él se tenga por sano, esto es, por Jesús. Que no ha de parar, aunque haya aprovechado en el ayuno, y sepa bien guardar el silencio, y nunca falte a los cantos del coro, y aunque ciña el cilicio, y pise sobre el hielo desnudos los pies, y mendigue lo que come y lo que viste paupérrimo, si entre esto bullen las pasiones en él, si vive el viejo hombre y enciende sus fuegos, si se atufa en el alma la ira, si se hincha la vanagloria, si se ufana el propio contento de sí, si arde la mala codicia; finalmente, si hay respetos de odios, de envidias, de pundonores, de emulación y de ambición. Que si esto hay en él, por mucho que le parezca que ha hecho y que ha aprovechado en los ejercicios que referí, téngase por dicho que aún no ha llegado a la salud, que es Jesús.

Y sepa y entienda que ninguno, mientras que no sanó de esta salud, entra en el cielo ni ve la clara vista de Dios. Como dice San Pablo: «Amad la paz y la santidad, sin la cual no puede ninguno ver a Dios.» Por tanto, despierte el que así es, y conciba ánimo fuerte, y puestos los ojos en este blanco que digo y esperando en Jesús, alargue el paso a Jesús. Y pídale a la Salud que le sea salud, y en cuanto no lo alcanzare, no cese ni pare, sino, como dice de sí San Pablo, «Olvidando lo pasado y extendiendo con el deseo las manos a lo porvenir, corra y vuele a la corona que les está puesta delante.»

Pues qué, ¿es malo el ayuno, el cilicio, la mortificación exterior? No es sino bueno; mas es bueno como medicinas que ayudan, pero no como la misma salud; bueno como emplastos, pero como emplastos que ellos mismos son testigos que estamos enfermos; bueno como medio y camino para alcanzar la justicia, pero no como la misma justicia; bueno unas veces como causas, y otras como señales de ánimo concertado o que ama el concierto, pero no como la misma santidad y concierto del ánimo. Y como no es ella misma, acontece algunas veces que se halla sin ella, y es entonces hipocresía y embuste, a lo menos es inútil y sin fruto sin ella.

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