Diego Mesía y Guzmán (Retrato)

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


EL MARQUES DE LEGANÉS.[editar]

D. DIEGO MESIA Y GUZMAN.
1º Marqués de Leganés: famoso General de las Armas del Rey D. Felipe IV en Flandes, Lombardía, Cataluña y Portugal. Murió en Madrid su patria en 16 de Febrero del Año 1655.
Si el nacimiento y los parentescos dieron alguna vez tanta materia á la fama como á la fortuna, fue en D. Diego Mesía hijo del primer Conde de Ucéda. Por su madre Doña Leonor de Guzman era cunado del Conde-Duque, que valia tanto como decir que estaba destinado á representar el principal papel en la carrera de la milicia, que la había elegido mas quizá por caballería que por inclinación. Con el arrimo del Privado, la guerra que este alimentaba fuera de España, y la que suscitó dentro de ella, depositando en su mano la suerte de las armas y la de los Capitanes que las habían de mandar; ofreció á Leganés grandes ocasiones de exaltar su casa, su nombre, y su reputación. Los títulos y honores de Marqués, de Gentilhombre de Cámara, y primer Caballerizo del Rey, de Comendador Mayor de León, y Trece en la Orden de Santiago, eran frutos de la Corte: faltábale á su noble ambición coronarse con los laureles que solo se ganan en las campañas por los esforzados, ó afortunados. Con motivo de la partida del Cardenal Infante D. Fernando para el gobierno de los Paises Baxos, se proporcionó á Leganés la ocasión de suceder al Duque de Feria en el cargo de General del exército de Españoles y Aliados, que debia formarse en la Alsacia, y pasar con S. A. á Flandes. Nombrado Teniente General del Infante, baxo de cuyo supremo mando debían militar las tropas confederadas; muy en breve la fortuna, que esta vez ayudó al valor y á la diligencia, quiso, para desengaño de la posteridad, que el nuevo cargo que le había dado el favor, lo mereciesen en un dia su propia industria y virtud: la memorable batalla de Nortlingen, en que quedaron derrotadas las Fuerzas de la Liga Protestante, cubrió de gloria á Leganés á la vista del Infante y del Duque de Lorena. Las armas Francesas, que tenían invadida la Lombardia, y ocupado el Piamonte, provocaron su espada para que triunfase en otro clima con el cargo de Gobernador de Milán. En la primera campaña, que fue en 1639, se tomaron tres plazas; se sujetó á los Piamonteses con la rendición de Turin, y atemorizó á sus valedores. Esta magnífica perspectiva de victorias, mas que de hazañas, en que trabajó el valor de los Españoles, Napolitanos, y Alemanes no menos que la maquinación de los partidos, valió á Leganés la Grandeza, y el mando supremo de General de las empresas de Italia. No fué la siguiente campaña tan próspera á las armas del Rey, ni á la reputación del Generalísimo, que baxo de los muros del Casal del Monferrato, fué sorprehendido con dolorosa pérdida de tres mil soldados, de la artillería, y bagage, quedando libre del bloqueo aquella plaza.
La política, y la necesidad de contentar al Príncipe Tomás de Saboya, no permitían que fuese Leganés mas tiempo arbitro de las armas aliadas. La guerra que se había comenzado en Cataluña en 1641 era árdua por su naturaleza, y peligrosa á la Real Corona: dos Generales se habían desgraciado en la primera campaña, sin haber adelantado la empresa como se esperaba; el Príncipe de Butéra acababa de perder la vida; y su antecesor el Marqués de los Velez había perdido antes la confianza, que es aún peor. Aquella guerra doméstica, por muchas consideraciones, pedía un Caudillo altamente condecorado, y no menos acreditado en los exércitos que sostenido en la Corte: todas estas circunstancias, y la oportunidad de alejarle de Italia, traxéron á Leganés á España. Desde Tarragona abrió la segunda campaña, no solo combatiendo á los levantados, sino á las tropas francesas sus auxiliares, que tenían sitiada la plaza de Perpiñan, y ocupada la de Lérida. Rendida aquella al enemigo, tuvo Leganés que dirigir todas sus fuerzas contra esta última, contrarrestando á Mr. de la Mote, que tenia á su vista un exército de observación. La batalla fué brava y sangrienta por ambas partes en la colina llamada de las Horcas, cuyo ventajoso terreno perdió el enemigo, y recobró después, repetida la acción en el llano con denuedo furioso de los combatientes y riesgo de la vida de ambos Generales. Cuéntase esta jornada con notable variedad, conforme eran varios los humores é intereses de las plumas que la escribiéron.
Descansaba en la Corte el Marqués, separado del estruendo de las armas, y aun parece que de su afición: habiendo visto sucederse en el mando de aquella complicada guerra otras Capitanes, que no le igualaron en la ciencia militar, ni le aventajaron tampoco en la fortuna. La experiencia de los malos sucesos que se repetían por diferentes manos, volvió á las de Leganés el bastón del exército del Rey: buscando un Xefe que conservase todavía en los ánimos de los soldados que no le veían la confianza que había perdido entre los cortesanos que no le podían ver. El Valído había caído de su puesto y privanza; y así el favor, que pudo trabajar en otras, ya no obraba en esta nueva elección: consultóse solo con la justicia, y con el deseo del acierto. Era ya la quinta campaña la que iva á comenzar en 1646 el Marqués de Leganés, y era el famoso Duque de Arcurt el General enemigo contra quien se había de señalar. Lérida era entonces el tropiezo de la gloria de ambos Capitanes, como lo había sido en otros tiempos de la de Cesar y de los Legados de Pompeyo; á la vista de esta plaza, que padecía siete meses de asedio, fue atacado por los Españoles el Francés, y desalojado de sus lineas y atrincheramientos, con pérdida de la artillería, municiones, víveres, y bagage. Con esta victoria, que fué la mayor que habían tenido las armas del Rey, se hizo levantar el sitio de la plaza, retirarse á Balaguer las reliquias del enemigo, y confesar que era vencible el nunca vencido Arcurt. Y como este triunfo fuese extraordinario, ó no esperado; se inventó un nuevo y nunca visto premio para el vencedor, qual fue el título de Vicario General de los exércitos y armas de España. Y para que en todas las empresas de la Monarquía tuviese parte ó con su consejo ó con sus manos; se le encargó también en 1648 el mando de la guerra contra Portugal, en la que no fue mas dichoso que su antecesor el Marqués de Tabara: el mal era ya mayor que el remedio.
Leganés feneció, no como lo envidió Montecúculi á Turena, en el lecho del honor; murió en su casa y en su cama, de Presidente del Consejo de Flandes, en 16 de febrero de 1655; pero vivió y acabó con la general reputación de insigne Capitán y Soldado: y este renombre, con que honráron su memoria los Tercios Españoles en lo restante de aquel siglo, quedó como vinculado en su título é ilustrísima Casa.


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