El Cardenal Cisneros: 52

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España.



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General de nuestros Ejércitos, que entre en campaña, veinte dias después de la publicación de la Liga, con las Tropas, y la Artillería necesaria, para proceder al restablecimiento de los derechos del Santo Padre, y á la restitución de sus Plazas. La Cavalleria del Papa le debe seguir, el Egercito de Venecia debe marchar al mismo tiempo, y nosotros tendremos el Mar con una Armada superior á la de Francia; nosotros trabajaremos en dos cosas, en impedir que Principe alguno de Ylalia no falte al respeto de la Santa Sede, y á tratar con aquellos que contra toda justicia retienen la hacienda de la Yglesia, á fin de que la restituyan, si se puede por razón, sin esperar á que se lleve á fuerza de Armas. Así os rogamos afectuosisimamente, que ordenéis vuestras Oraciones en todas partes, á fin de que el Cielo bendiga nuestros buenos designios, que mantenga nuestra Santa unión, y de su paz á todo el Orbe Cristiano, de suerte, que podamos todos, de concierto, tomar nuestras armas contra los Ynfieles. El Rey de Ynglaterra, y el Emperador nos avisan que están prontos á ponerse en Campaña con nosotros.

Sobre esto, por no dar lugar á nuestros enemigos á censurar nuestra resolución, y por hacer patente la sinceridad de nuestras intenciones, habemos una vez avisado á nuestro hermano el Rey de Francia, que deje en reposo á nuestro Santo Padre Julio, y que haga retirar sus Tropas de todas sus tierras; que de otra manera iremos marchando con nuestros Egercitos en socorro de la Yglesia, nuestra común Madre. A Dios, Reverendísimo Padre, en Jesu-Cristo, á quien amamos, y respetamos. Dios os mantenga en su santa gracia.»


Después de este manifiesto, nadie podia extrañar que el Rey Católico aplazase la expedición de África y dirigiese á Italia sus ejércitos. Estaba además de por medio la gran autoridad del Arzobispo, tan partidario de la primera expedición, que en este caso, empero, apoyaba con calor la política de D. Fernando.


LV.

Tan pronto como pudo Cisneros desembarazarse de los negocios que le llevaron á la Corte, regresó de nuevo á Alcalá para consagrarse á algunos asuntos de familia y atender á su naciente universidad y á las necesidades de su diócesis. Entonces fué cuando quedó concertado el matrimonio de su sobrina Juana Cisneros con el primogénito del Conde de la Coruña, casa de las más ilustres y poderosas de Castilla, y entonces también cuando socorrió [ pág. ]espléndidamente á los pueblos de su diócesis, afligidos de una gran carestía. Cuarenta mil fanegas de trigo regaló á la ciudad de Toledo para que sus Magistrados las repartiesen entre los pobres cuando hubiese escasez, y las recogieran en la época de la cosecha y en la abundancia, con lo cual dio origen á los pósitos, que han sido de tanta utilidad para las clases agrícolas necesitadas, siquiera á su sombra los mandarines de los pueblos hayan hecho muchas veces su agosto. Iguales liberalidades tuvo con Torrelaguna, con el pueblo de Cisneros, de donde descendía su familia, y con Alcalá de Henares, habiendo mandado grabar las Autoridades de esta última sobre el frontón de su municipio, para que diesen testimonio de su agradecimiento inmortal á las futuras generaciones, estos dos versos :

A Etere seu largus, seu parvus decidat imber,
Larga est Compluti tempus in omne Ceres.

No pudo Cisneros permanecer mucho tiempo tranquilo en Alcalá, pues el Rey lo reclamaba con urgencia á Logroño, adonde se había trasladado para atender á la guerra de Navarra, que iba á emprenderse. Constantemente había deseado D. Fernando apoderarse de esta llave de los Pirineos, que abría sus estados á la invasión de la Francia, pero hasta entonces no se le había ofrecido dichosa coyuntura, y aun el motivo que alegó por de pronto, que no era otro que la mera sospecha de que Juan de Albret, soberano de Navarra, apoyase á Luis XII en sus desavenencias con la Santa Sede y con España, no convenció á Cisneros, que en un principio se oponía á la guerra, si bien poco después, cuando se tuvo en la Corte de Castilla copia de un tratado que se suponía concertado entre el Gobierno de Francia y Juan de Albert, apoyó al Rey Católico con todas sus fuerzas y recursos. El viejo Duque de Alba, abuelo del que tanto sirvió á Carlos V en Flándes y á Felipe II en Portugal, entró por tierra de Navarra bajo felicísimos auspicios, y aunque hubo un momento terrible, cuando lo abandonaron nuestros aliados los Ingleses, en que se creyó que iba á caer con todas sus tropas en poder de los Franceses, la llegada de una brillante y valerosa pleyada de nobles castellanos, infundió aliento á su ejército y le aseguró completamente la victoria. Los Franceses se retiraron, y Navarra desde entonces quedó incorporada á los dominios españoles, incorporación que sancionó del modo más solemne el Papa Julio II.


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