El día sin sol
De Wikisource, la biblioteca libre.
Dies irce dies illa,
Solvet secluin in favilla.
Introducción Hizo al hombre, de Dios la propia mano, Que tanto para hacerle fue preciso, Hízole de la tierra soberano, Y le dió por palacio el Paraíso. Ágil de miembros, la cerviz erguida Orlada de flotante cabellera, Los claros ojos respirando vida, Luenga la barba y con la voz severa. Hechos para el deleite sus sentidos, Vieron los ojos luz, gustó la boca, Olió el olfato, oyeron los oídos, Todo es placer cuanto pasando toca. La hierba perfumada en la colina Dióle un lecho do yace blandamente, Y derramóse en torno cristalina, Deshecha en perlas, la sonora fuente. Y vertieron las aves en el viento Regalada y dulcísima armonía Desde el follaje vasto y opulento Que fácil teje la alameda umbría. Y al dormido murmullo de la brisa Que vaga suave, inquieta y juguetona, Dobló la frente, y con igual sonrisa El sueño muellemente le corona. Las fieras cuidadosas evitaron Con su ruido turbar su manso sueño, Y volando las aves arrullaron El reposar de su tranquilo dueño. Dios, que su soledad miró enojosa, De tornarla en placer buscó manera, Y una mujer bellísima, amorosa, Le ofreció liberal por compañera. Era la hermosa de gentil talante, Acabada de pechos y cintura, De enhiesto cuello y lánguido semblante, Rebosando de amor y de ternura. Clara la frente, altiva y despejada, Negras las cejas, blanca la mejilla, Rasgada de ojos, blanda la mirada, Do turbio el sol en competencia brilla. Tendida por los hombros la melena, La blanca espalda de la luz velando, Hallóla Adán al despertar, serena Sus varoniles formas contemplando. Ciñóla, sorprendido en su embeleso, Con brazo enamorado y reverente; Mil veces la besó, y a cada beso Trémula su cristal vibró la fuente. El bosque susurró manso murmullo, Los peces en las ovas asomaron, Las tórtolas alzaron casto arrullo, Y amorosos los céfiros soplaron. «¡Alma mía, mi amor, paloma mía!....», El hombre sollozando murmuraba; Ella, muerta de amor, le sonreía, Y él, muriendo de amor, la enamoraba. Posábale en su labio el labio amante Aspirando con ámbares y aroma El aire de su pecho vacilante, La luz de sus pupilas de paloma. Tú, rojo sol, entonces si los viste, ¿Por qué amantes y solos les dejaste, Y la infernal serpiente no adormiste Que envidiosa del bien cerca alumbraste? ¡Ay, cuánto ahorraras de miseria y llanto Del hombre flaco a los mortales ojos, Cuánto miedo a los ángeles, y cuánto Al mismo Dios de cólera y enojos! Era un árbol no más en los jardines Vedado al paladar de los nacidos; No anidaban en él los colorines, Ni daba flor, ni sombra, ni sonidos. Yacía Adán en brazos de su amada, Y Eva miraba el prohibido fruto; Al lado de la poma codiciada Traidor velaba el enemigo astuto. «¿No comerás, le dijo la serpiente, »Criatura de origen soberano? »Pudieras como Dios omnipotente »Otro mundo crear de polvo vano. »No comerás, y quedarás sujeta »Al privilegio inútil de su hechura; »Quedará el alma entre, su nada quieta, »Y a ti te llamarán la criatura.» Sintió el orgullo la mujer curiosa, Que brotaba en carmín a la mejilla, Y a la fruta tendió la mano ansiosa Vertiendo de ella la mortal semilla. Aplicóla a los labios, y callaron Arboles, aves, céfiros y fuentes, Y en su lugar fatídico quedaron Troncos, buitres, tormentas y torrentes. Rugió el león crespando la melena, Lanzó el tigre su ardiente resoplido, Bufó en el bosque la traidora hiena, El toro levantó ronco mugido. Huyeron azotándose las alas Las aves por el aura agonizante, El fresco valle marchitó sus galas, Tembló el mundo en los ejes de diamante. Despertó el triste Adán absorto y mudo Al desusado y bronco clamoreo, Y avergonzado se miró desnudo, La carne henchida de brutal deseo. Tembló al mirar las fieras espantadas Guarecerse en tropel en los peñascos, Y buscar sus guaridas socavadas De las montañas en los hondos cascos. Hirióle el sol las débiles pupilas Al recio impulso de fogosa lumbre, Y halló en el cielo en aplomadas filas De frías nubes torva. muchedumbre. Y sintió que perdía de improviso La gracia de su Dios con la inocencia, Y trocóle en infierno el Paraíso El nuevo torcedor de la conciencia. Viéronse con rubor ambos nacidos, Que con rubor entrambos no nacieron, Y del crimen común arrepentidos, Uno del otro con, vergüenza huyeron. «¡Adán!» exclamó Dios llamando al hombre, Y el eco en las montañas respondía; «¡Adán!» repitió Dios, y el mismo nom El eco mismo a repetir volvía. ¿Dó estaba Adán? Llorando prosternado, Por vez primera de su Dios temblaba, Y humillado en el polvo, «¡Yo he pecado!», Respondía a la voz que le llamaba. «¡Adán! gritó el Señor, cuenta tus horas, »Porque vendrá una hora en que te veas »Dando cuentas al Dios ante quien lloras; »Y hasta entonces, Adán, ¡maldito seas! » - I - «Naciste, Adán, en el polvo »Y en el polvo morirás, »Tú, y tus hijos, y tu raza, »Y cuantos hombres serán. »Sudaréis sobre la tierra »Los hijos por sustentar, »Mientras los hijos rebeldes »Con sus padres lidiarán. »La tierra brotará espinas, »El tiempo ahogará la paz, »Y sin número los hombres »A su Dios olvidarán. »Entonces hambres y pestes, »Y de miserias un mar »Acosará el impío mundo »Sin descanso ni solaz. »Y habrá ejércitos y buques »Que agua y tierra infestarán, »Y habrá esclavos y habrá reyes, »Y pueblos y sociedad. »Y habrá amor, y habrá amistades, »Que en vez de consuelos dar »Os darán con dulces nombres »Amargas horas de afán. »Y habrá el corazón pasiones »A cuyo impulso fatal »Hermano robará a hermano »Cuanto bien pudo alcanzar. »Será la mujer voluble, »Será el hombre desleal, »Y amor tornaráse en celos, »Y en envidia la amistad.- »Y en raza de un mismo origen, »Todos con derecho igual, »El poder será la fuerza »Y el miedo la autoridad.- »Nacerán conquistadores »Las tierras a deslindar, »Y donde uno puso un trono, »Otro un cadalso pondrá. »Pero YO, que os hice en polvo »Y en polvo os he de tornar, »Haré un día de justicias »Para todos por igual; »Haré un infierno y un cielo »Y una inmensa eternidad »En que grandes y pequeños »Confundidos entrarán. » Dijo así Dios reduciendo Los tiempos a cantidad, Cuando dio al primer nacido El triste apodo de Adán.- - II - Tuba mirum spargens sonum Per sepulchra regionum, Coget omnes ante trhonum. Ancho panteón de gente condenada, Condenado a morir como su gente Caerá el mundo en el pozo de la nada, Rota en pedazos la caduca frente. La impía raza en las tumbas cobijada Otra vez se alzará mustia y doliente, Roto el dogal que al polvo la sujeta, Al vivo son de la final trompeta. Ya para entonces el tremendo día Del daño universal será cumplido; El sol qua del Oriente nos venía, Apagada su luz habrá caído; La luna, que flotando se mecía En el azul del cielo adormecido, Seguirá al fin sus moribundas huellas Llevando en pos las lánguidas estrellas. Y la tierra, sin sol que la fecunde, Seca no brotará hierba ni flores, Y harán que reventando el mar la inunde Los temporales de la mar señores; Y a las manos del tiempo que confunde. Cuantos un día desplegó primores, La tierra que de césped se matiza Campo será de pálida ceniza. En sus mohosas grietas, asomados Estarán los desnudos esqueletos, Al juicio de su Dios aparejados, Silenciosos, estúpidos y quietos; Y a trechos en montones apilados, El plazo aguardarán juntos y prietos, Con sus despojos reemplazando enjutos Templos, palacios, árboles y frutos. No dará luz el cielo blanquecino, Ni hará murmullo el ondular del viento, Ni en las rocas el eco campesino Repetirá lejano algún acento; Noche y alba sin horas ni camino Ahogarán su crepúsculo opulento, Y serán presa de arrecidas nieblas, Sin aurora ni noche, las tinieblas. No habrá en este pantano dentro y fuera Ni habrá cosa con cotos, ni lugares, Las tierras no hallarán mar ni ribera, Ni hallarán playa los disueltos mares; Barro será la agonizante esfera Sin medidas, ni bordes, ni vallares, Cual masa por los siglos preparada A tornar al origen de su nada. Las almas volverán mudas de asombro Los cuerpos a buscar en que vivieron, Cuando a través del cenagoso escombro Vayan tras el lugar do los perdieron: Sin ayuda de mano, brazo u hombro, La carne vestirán con que nacieron, Porque escuche la carne la sentencia Que oyó el alma al pasar a otra existencia. Y cuando nada en el silencio aliente, Cuando nada mortal quede con vida, A la voz del airado Omnipotente, De los muertos la turba estremecida Iremos ante Dios, baja la frente, Amedrentada el alma en su guarida, A obedecer sus leyes inmortales, Y ante la santa ley, todos iguales. - III - Judex ergo cum sedebit Quidquid latet aparebit, Nihil inultum remanebit. Y no habrá para ninguno Privilegio ni exención, Sin justicia no habrá alguno, Porque iremos uno a uno Por pena o por remisión. Será con todos igual, Justiciero para todos El tremendo tribunal, E irán de distintos modos El justo y el criminal. En la frente irán escritos Los secretos de la vida, Y las conciencias a gritos Apartarán los malditos De la prole bendecida. Que ni entonces una vez La virtud se manchará Del vicio con la hediondez, Ni la ramera soez Junto a la virgen irá. Allí irán los que altaneros A los pueblos dieron leyes A acusar sus desafueros, Sin lanza los caballeros, Y sin corona los reyes. Allí irá la hipocresía Con el disfraz en la mano, Y sabremos aquel día Qué pechero hubo hidalguía Y qué hidalgo fue villano. Irá el pálido mendigo En pos del rico avariento Acusador y testigo, Demandando pan y abrigo De su alcázar opulento. Irá el amigo traidor Tras el amigo engañado, El semblante sin color, Como esclavo maniatado Que llevan a su señor. Irá el pérfido galán Tras las vendidas mujeres, Que descontándole irán Por las horas de su afán Las horas de sus placeres. Irá el señor sin piedad, E irán los siervos tras él Pidiendo a su vanidad La perdida libertad En iracundo tropel. Irán los conquistadores, Y asidos a sus cabellos Los vencidos vencedores, Serán allí sus señores Como aquí lo fueron ellos. Irá la falsa mujer Que al esposo juró amor, Y el juramento de ayer Empeñó por un placer Al disoluto amador. Irá el audaz pendenciero Con el muerto en desafío; Acuchillado el primero, Y el otro en el pecho impío Escondido el rojo acero. ¡Que el día de la verdad El fantasma del valor Será necia ceguedad., Y no más que vanidad El fantasma del honor! Irá el corrompido juez Tras la víctima inocente, Y en torno suyo a la vez Clamarán en voz doliente La orfandad y la viudez. Irán los monjes carnales Tras las forzadas doncellas, Desgarrados los sayales, Los cordones por dogales Atados al cuello de ellas. Los labios que un tiempo dieron Blando y sacrílego son Con los besos que vertieron, Que torpe hoguera encendieron En el brutal corazón; Allí arderán en tal lumbre, En fuego tan infernal, Cuanto a Dios fue pesadumbre Bajar a la podredumbre De su pecho criminal. Y allí iremos los cantores Falsas flores del Edén Que en vez de santos loores Cantamos himnos de amores A las puertas de un harén. Allí del liviano mundo Habrá fin la imbécil farsa; Todos en montón inmundo, Sin primero ni segundo, Iremos en la comparsa.- ¿Qué será ver hombre tanto Nacido para morir, Ciegos los ojos de llanto, Ciega el ánima de espanto, Al valle inmenso venir? ¿Qué será ver al tirano Balbuciente al responder De la sangre de su hermano, En que irá tinta la mano Sin que la pueda esconder? ¿Qué será ver tantos reyes Que por saciar su ambición Pusieron la religión Por rúbrica de unas leyes De equívoca explicación? ¿Tantas gentes y naciones, De tan distintas regiones, De distintos caracteres, Y de distintos placeres, Y distintas religiones? ¡Los de Judá temerosos, Los de Esparta y Macedonia, Los de Oriente voluptuosos, Los fecundos en colosos De Menfis y Babilonia! ¡Los de los anchos desiertos Avezados al pillaje, De tiempo y dioses inciertos,, Los que devoran sus muertos En algazara salvaje! ¡Los de América indolentes, Los impuros de Sodoma, Los de Tebas penitentes, Los de Sagunto valientes, Y los triunfantes de Roma! ¡Todos, muertos o inmortales De hinojos ante su juez, Que con leyes eternales Nos hará a todos iguales Ante la ley una vez! E irán las tiernas almas De los alegres niños En túmulos de palmas Y lechos con armiños Al pie del trono espléndido Del santo de Israel. Sus ángeles hermanos Haránles grata sombra Con sus rosadas manos, Y les harán alfombra Con sus alas magníficas, Y almohadas y dosel. La paternal sonrisa Del Dios omnipotente Seráles blanda brisa, Que arrulle mansamente El contorno suavísimo De su tranquila sien. Y dormirán de espumas Al dulce hervir sonoro, Y de ondulantes plumas, Y de incensarios de oro A la acordada música Del prometido Edén. E irán las no tocadas Castísimas mujeres Que huyeron avisadas El mundo y los placeres, Y dieron al Altísimo Intacto su pudor, Ceñida la cintura De blancas azucenas, Radiantes de hermosura, Y en dulces cantilenas Loando en sol angélico Al eternal amor. Y todas tan hermosas Como la tibia luna, Y todas ruborosas Como al dejar la cuna, Todas ofrendas cándidas De paz y de placer. Purísimas palomas Que el cielo halaga y cría, Balsámicos aromas Que en prendas de alegría Entre dolor y lágrimas Da al cielo la mujer. Y ¿ qué será en tal hora De duelos y de enojos Su calma encantadora, Y de sus bellos ojos Contemplar el pacífico Brillante tornasol? Y ¿qué será en sus labios Su sonreír de amores, Cuando grandes y sabios, Y reyes, y señores, El día verán trémulos Sin tinieblas ni sol? - IV - Y ¿ qué será de nuestro dulce canto, Qué será de nosotros los cantores, Los que lloramos cántigas de llanto, Los que reímos cántigas de flores? ¿Qué será de la hermosa a quien un día Himnos de amor y de placer cantamos, Que en nuestros labios el amor bebía, Y en cuyos labios el amor gozamos? ¿ Qué serán de sus ojos los espejos Do nuestra imagen retratada vimos, Do al lánguido rielar de sus reflejos Su secreto de amor la sorprendimos? ¿Qué será del amigo cariñoso Que amar nos hizo la falaz fortuna, Del triste que veló nuestro reposo Al resbalar de la furtiva luna? Acaso el corazón lo desgarraba El peligro fatal del que dormía, Y su afán compasivo nos callaba, Doblando su silencio su agonía. ¡Ay! ¿Qué será del padre y del hermano, Qué será del esposo y de la esposa Cuando aparte Jehová con justa mano Del torpe vicio la virtud dichosa? ¿Cuando se abran las puertas eternales Al eterno gozar del Paraíso, Y les sea a los tristes criminales Al duelo eterno caminar preciso? ¡Ay de mí! ¡Con cuán hondo desconsuelo Los ojos tornarán desesperados La postrimera vez mirando un cielo que también nacieron destinados! ¡Oh tristísima y larga despedida, Eterna muerte, eterna bienandanza, Donde, perdiendo de una vez la vida, Se pierde de morir toda esperanza! ¡Qué dulce será vivir, Vivir una eternidad, Sin pensar más en morir, Ni pensar en reducir A guarismo nuestra edad! ¡Qué dulce será, vagando Por la viviente mansión, Ir al compás escuchando De las arpas de Sión, Eternamente gozando, Aquella aura perfumada, Y aquel manso susurrar De la floresta encantada, Y aquella luz reflejada De soles en un millar, Y aquel gotear de las fuentes, Y aquel trinar de las aves, Y aquel hervir los torrentes, Y aquellos mares vivientes Sin monstruos, vientos, ni naves! Y si en la fresca ribera Quien amó en vida encontrara La amorosa compañera Que antes que el mundo muriera Muerta en el mundo quedara, ¡Qué dulce fuera vivir, Vivir una eternidad, Sin pensar más en morir, Ni pensar en reducir A guarismo nuestra edad! ¡Oh, ven, ven, arpa sonora, En las penas de mi vida Mi tierna consoladora, Esperanza seductora De mi esperanza perdida! Tú que templas en el suelo Nuestros dolores mundanos Con ilusiones de cielo, Consuela mi desconsuelo Con tus compases livianos. Y déjale que delire Con el cielo al corazón, Y déjale que suspire, Que el ámbar feliz aspire De su dulce religión. Porque en tanto que suspira Por la postrimera paz, ¡Viva Dios que no delira Con la nada y la mentira De la existencia falaz!