El escultor y el duque
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Empecé la publicación de mis poesías
conociéndote, y las concluyo con tu nombre.
Madrid, Octubre 10 de 1840.
(Nota del autor a su mujer.)
I Año de más o de menos, si no miente mi memoria, mil quinientos veintidós corren, y una tras de otra por la preferencia luchan las muy exquisitas obras con que un escultor de Italia admira a Sevilla toda. Sin dar tiempo a que se olvide la fama que una le cobra, reputación y caudales siempre la última le dobla. Siempre dél espera el vulgo, y siempre el vulgo se asombra al ver el nuevo prodigio de su mano creadora. No hay rico que no le encargue, ni comunidad, por corta o pobre que sea, a quien una efigie no se rompa, que habiendo por precisión de buscar quien la componga, más vale hacer otra nueva, siquiera por la mejora. Aquí tienen una Virgen, pero es de mano muy tosca; allí un crucifijo, y bueno, pero la cruz es muy corta; acá un San Juan de rodillas, ¡cosa estupenda! mas sobran dos líneas de la peana, y nunca bien se acomoda; allá hay una Magdalena, ¡soberbia estatua! ¡gran cosa! mas dicen que por desnuda no es imagen muy devota. Y así cada cual encuentra pretextos que le ocasionan del taller del Florentino la visita rigurosa; y así su fecunda mano sin darse descanso brota para uno un San Aquilino, para otro una Dolorosa. Y no es que maña o agrado emplee, pues fama goza que dar crédito pudiera al pirata Barbarroja. Alto, vigoroso, altivo, aire audaz, mirada torva, barba crecida hasta el pecho, aliento recio y voz ronca, mejor que artista parece bandolero, y más importa guardarse de él, que guardar sus estatuas primorosas. Alcanza fuerzas hercúleas, cólera mucha y muy pronta, y son de largos sus hechos lo que sus frases de cortas. No se acompaña con nadie, ni a nadie contó su historia; ni los valientes le arredran, ni a los que callan provoca. Es con las damas cortés, y aunque frío con las mozas, no es con ninguna grosero, y retrata a las hermosas. Es largo con los soldados, que las armas le enamoran; saluda siempre que alcanza las banderas españolas; y aunque con todos severo, jamás los chicos lo enojan, aplaude a los revoltosos y acaricia a los que lloran. Lo mismo el sayo se ciñe, que se revuelve la cota; lo mismo sacude el mazo, que sacude la tizona; y sin que aperciba grande diferencia de uno a otra, lo mismo sierra un madero como una cabeza corta. Extranjero, y sin su gente que en su lengua lo responda, que le recuerde sus gustos o le llore sus zozobras, ni conoce jerarquías, ni distingue de personas; jamás su trabajo lleva quien pródigo no le compra. Ni tiene ni quiere amigos, que por experiencia propia sabe que, muy raras veces, los que no cansan, no estorban. Y si los negros recuerdos de sus pesares le acosan, obscureciéndole el alma como tempestades torvas que con negros nubarrones al son del viento se agolpan, con la fatiga del cuerpo los duelos del alma ahoga. Y el pensamiento en Florencia, la ambición puesta en su gloria, para vivir solo y triste todo lo demás le sobra. II En un claustro de un convento, como a las tres de una tarde, hay gran reunión de gente, toda atenta y toda grave. Tornados tienen los ojos todos a la misma parte, los nobles y el populacho, los soldados y los frailes. De cuando en cuando se escucha murmullo y cortadas frases de los que no han visto y llegan y de los que ven y parten. Unos dicen: «¡Brava pieza!» Dicen otros: «¡Cosa grande!» y se empujan y encaraman los de atrás en los de alante. Uno alaba los contornos, lo leve otro del ropaje, otro las manos del niño, otro el rostro de la madre. Quién dice que la cabeza es un prodigio; admirable dice otro que es la invención, citando reglas del arte, y todos al par confiesan que ella es de las más cabales obras que a pública vista se han puesto cien años hace. El que no entiende, ve y calla, y en ver hace lo bastante, que al buen callar llaman Sancho, y sobre ver, esto baste. Lo más que a alguno le ocurre de los muchos que no saben, es, volviendose a algún monje, preguntar: -¿Quién lo hizo, padre?- A lo que con voz sonora dice satisfecho el fraile: -Se la encargó a un italiano, y ¡es gran cosa! Bien lo vale.- Como quien dice:-¡Sé compra, porque no habrá quien lo pague. Y el vulgo, que atento lo oye, se queda a obscuras como antes. Fuese al fin disminuyendo la concurrencia, y la imagen quedó cercada en el claustro de unos cuantos personajes, todos ellos gente hidalga si se exceptúan los padres del convento, que les ríen, y lo que dicen aplauden. Mas entre todos hay uno cuyo exterior respetable decoran altas insignias civiles y militares, que con mirada severa y desabrido semblante mirando estuvo gran trecho la escultura venerable, y recogidos los párpados, fruncido el ceño, fugándose las miradas de los ojos cual si mucho le pesase que sospechen de la estatua lo que piensa o lo que sabe, está en situación confusa, difícil e inexplicable. Mostráronle una tras otra las bellezas y bondades de la estatua, lo armonioso de la escultura y lo fácil, la expresión y el movimiento del conjunto, y de las partes el desempeño y estudio, todo a cual más estimable Mas él, a las advertencias contestando con señales de atención poco expresivas, contemplábala el semblante. Y a fe que el de la Madona era cosa de admirarse, rostro peregrino y bello en efigie cuanto cabe. Representóla el artista sonriendo al tierno infante que la colocó en los brazos a su pecho alimentándose. Reía el niño y mirábala, sonreía ella mirándole, y revelaban entrambos, el placer más entrañable, él libando de sus pechos néctar dulcísimo y suave, ella dándole la esencia de su purísima sangre, y en situación tan sencilla, verdadera e inefable, que era imposible sin lágrimas a sangre fría mirarles. Por último, anocheciendo y necesaria faltándoles luz, se apartaron del claustro los hidalgos y los frailes. Cerraron cuidosamente la puerta con dobles llaves, y hasta, el pórtico salieron tras el frío personaje, que devolvió sus saludos con atentos ademanes, como quien tal los merece y harto en recibirlos hace. Quedaron en pie los monjes hasta que volvió la calle, y él dió el brazo a un caballero que deja que lo acompañe. III Cerraba espesa la noche, fría y amagando lluvia, por lo que aprietan el paso y los embozos se cruzan. Y entre el rumor de sus huellas, entrecortada y confusa de los dos nobles a trozos la conversación se escucha. -¿Qué os ha parecido, Duque? -Exquisita es la escultura. -Mucha atención la pusisteis. -¿Lo echasteis de ver? -Sin dada. -Más de una hora habéis estado delante de ella. - Me gusta; y os lo confieso, Marqués, a estar hoy en venta pública..... -¿Eso os detiene? Pedidla. Vos sois en Sevilla..... -Nunca; eso fuera prevalerme de mí posición, segura mi ganancia; y pues los monjes la obra encargaron, ya es suya. Siguieron cruzando calles, tomando señas en unas, equivocándose en otras, como quien camino busca, y al cabo de muchos pasos y equivocaciones muchas, llegaron frente una casa de una callejuela obscura. -Aquí vive, dijo el Duque. -¿Quién? -¡Alabo la pregunta! -¿Me habéis dicho adónde vamos? -¿No? -No. -Pues muy oportuna es la ocasión para verlo.- Y a una violenta y ruda aldabonada, la puerta estremecida retumba. Oyéronse en la escalera pasos, y por las junturas penetró la luz movible con que por dentro se alumbran. -¿Quién es? preguntó dulcísima una voz suave que anuncia una mujer, cuya forma aun a la vista se oculta. -Hidalgos, dijo el de fuera. - Y ¿a quién los hidalgos buscan? -Al escultor Torrigiano. ¿Vive aquí? -Sin duda alguna. Se abrió la puerta, y entrando los dos hidalgos a una, sus dos ánimas quedaron estupefactas y mudas. Y aunque expresión muy diversa muestran sus rostros, acusan los dos el asombro interno con que sus afectos luchan; y a fe que asombro merece lo que a contemplar se agrupan, lo que aun a creer no aciertan pasmados de la ventura; porque asida al picaporte y a la luz trémula y turbia de una bujía, que al soplo del aire brilla insegura, delante sus ojos tienen bella aparición nocturna., de la Madona del claustro la exactísima figura. Aquel peregrino rostro, aquella trenzada y rubia cabellera, aquellos ojos que al cielo el color anublan, aquella sonrisa de ángel tan celestial y tan pura, aquellos brazos tornátiles y aquellas manos menudas, son ¡vive Cristo! las mismas de la divina escultura; y ello será brujería, pero ambas a dos son una. Mirábanse el uno al otro los hidalgos, y confusa mostrábase ella, su espanto sin saber a qué atribuya, hasta que el Duque, el embozo bajando, la faz ceñuda mostró a la luz, y la niña conociéndola se turba. -¡Hola! dijo aquél subiendo. Mucho de casas te mudas. Y ella contestó cerrando: -Ya veis, don Juan, que era mucha la exposición de vivir a solas con mi fortuna. -¡Hem! dijo el Duque lanzando una tos seca y profunda. No es mala tu compañia si mucho tiempo te dura. Y mascullando otra tos que la garganta le anuda, llegó a una sala cuadrada donde el Florentino estudia. Púsose en pie el escultor, y arrimando dos sitiales, excusó ceremoniales hablando en este tenor. TORRIGIANO ¿A qué fortuna merezco el honor de esta visita? DUQUE A un señor que necesita una obra, y os la ofrezco. TORRIGIANO Acepto, si la sé hacer a gusto de esa persona DUQUE Es copia de una Madona que habéis concluido ayer. TORRIGIANO ¿El tamaño? DUQUE A vuestro gusto como me la hagáis igual; la semejanza cabal es en ella lo que ajusto. ¿Aceptáis la condición? TORRIGIANO Si no es como la prometo, a dárosla me someto sin gozar retribución. Pero si igual ha de ser, francamente os quiero hablar, tengo allí que retratar a mi hijo y mi mujer. DUQUE ¡Cómo! TORRIGIANO Tuve ese capricho en la que ayer concluí, y a no ser la estatua así, es imposible lo dicho. DUQUE ¿Y ese amante desvarío puedo yo culparos? No. Haré vuestro gusto yo al vos me cumplía el mío. Callaron por un momento como quien recela duda, y un punto consigo mismo su resolución consulta. Y el hidalgo y el artista, que uno de otro se aseguran, al mismo tiempo dejando su actitud meditabunda, cambiaron como por prendas de la confianza última esta respuesta el hidalgo, y el artista esta pregunta: TORRIGIANO Pues que no ancluvimos parcos de explicaciones los dos, ¿me diréis si es para vos? DUQUE Llevádsela al Duque de Arcos, que no os pesará, ¡por Dios! IV Y yendo y viniendo días, y sin tregua el escultor trabajando, a los cuarenta la Madona se acabó, copia completa y exacta de la Madona anterior, hija de la misma mano y la misma inspiración. Cifra en que el fogoso artista su cariño formuló, fue el suspiro postrimero que exhaló su corazón; porque el arte es un amigo benigno y consolador, que paga con un instante muchos años de aflicción; es un suave y encantado y aromático licor que el brío rejuvenece de la perdida ilusión, que provoca el entusiasmo, la esperanza y el amor, y vuelve a encender el fuego de la fe que se apagó; es un bálsamo escondido del ánima en un rincón, que cicatriza las llagas que la desventura abrió. Y hay un sacro y absoluto momento de bendición en que el placer del artista lo concibe sólo Dios, pues no halla la mariposa con tanto gusto una flor, ni halla una floresta el ave que de la jaula escapó, ni halla afanada la abeja la miel de que vaga en pos, ni halla el mísero cautivo la luz que ver no esperó, con tan intensa y tan pura celestial satisfacción como halla el cansado artista lo que él a solas creó. Es un sueño venturoso que en alas de la ilusión muestra al alma un ignorado paraíso encantador; es el beso de una madre al hijo que le nació, por cuya vista ha suf rido largas horas de dolor; que le ama más cuanto más le cuesta su posesión; y no hay símil de ambas cosas más exacto ni mejor. Y pues su linda Madona Torrigiano concluyó, en ese cielo del arte dejemos al escultor. A la mañana siguiente la preciosísima efigie esperaba al Duque de Arcos que acabara de vestirse; y mientras miran y admiran lacayos y ministriles la verdad y la hermosura de la inanimada Virgen, en la retirada calle donde el Torrigiano vive está pasando otra escena que no es justo que se olvide. Dejemos al noble Duque, en armas y amor insigne, que la divina escultura enamorado acaricie; dejemos al Florentino, que de su mano recibe repleto saco, que augure horas tras su afán felices, y entrémonos en su casa, donde su amorosa Tisbe está a la reja esperando que dé la vuelta el artífice. No se sintió por su ausencia la esposa nunca tan triste, ni de su inquietud secreta la extraña razón concibe; mas su ardiente pensamiento mil sobresaltos la finge, y el corazón con mil ansias no acierta qué vaticine; y ello es un hondo misterio y un arcano incomprensible; mas tiene presentimientos el corazón infalibles. Mirando estaba impaciente de la calle los confines por ver si llega más pronto o más pronto le apercibe, cuando un hombre que se acerca rápido, con mano firme tira un papel por la reja y contestación la pide. En vano tal osadía querido hubiera impedirle, y en vano algunas palabras de justo enojo le dice. El hombre pasa y no escucha; le llama...., le grita, y sigue, y allá hacia el fin de la calle vuelve a pararse impasible. A poco rato, el mismo hombre paso a paso se dirige otra vez a la ventana; y esto que advierte la Tisbe, toma la carta del suelo, agiiarda que se aproxime, y con desprecio tirándosela, que despejo le repite. Cerró los vidrios de golpe, pero ni tiempo consigue para encajar la falleba, porque el hombre, que se sirve de ambas manos, deteniéndolos con vigor irresistible, volvió la carta diciendo: -Sin respuesta no he de irme. Y al ir palabras más duras colérica a dirigirle, apareció el Torrigiano y palideció la Tisbe. TORRIGIANO ¿Qué es eso, Tisbe? TISBE Un infame que dos veces ha pasado y ese papel ha tirado por la reja. TORRIGIANO El papel dame, que, a lo que veo, él ha huido; mas ¿qué tiemblas, alma mía, no ves que de su osadía tú la culpa no has tenido? TISBE ¡Ay, Pedro, que ese papel, me da recelos fatales, y me parecen puñales cuantas letras hay en éll TORRIGIANO ¡Calla, inocente! TISBE No le abras, Pedro. TORRIGIANO ¿Saber no es mejor de qué mal es portador? Y al fin, son cuatro palabras. (Abriendo la carta, a Tisbe:) Pero, Tisbe, es para ti; tu nombre al principio viene..... Veamos lo que contiene, y escucha, que dice así: (Lee.) «Tisbe, elige; está en tu mano mi ventura y su sentencia: un día de resistencia da la muerte al Torrigiano.» TISBE ¡Ay, Torrigiano, ay de mí, que con mi negra hermosura te traje la desventura y acaso muerte te dí! TORRIGIANO Mas ¿qué misterio penetras en ese papel, que a voces mi muerte auguras? ¿Conoces quién hizo, Tisbe, esas letras? TISBE No; lo adivino no más: de un villano que en tu ausencia con inaudita insolencia me enamoró, son quizás. Toda Sevilla corrí, de casas mudé esquivándole, y logré, desorientándole, vivir escondida aquí. Cobrále un horror intenso desde el momento de verlo, y sólo supe temerlo, y no lo bastante, pienso. TORRIGIANO Y ¿por qué no me has mostrado a ese traidor cara a cara, y en mis manos acabara, que era morir muy honrado? TISBE A verte una noche vino, y en mi cuarto me encerré como quien siente y no ve los pasos de un asesino. Y ni escucharos osaba, porque tal horror sentía, que aun de su voz, si la oía, no sé qué me recelaba. TORRIGIANO (Desesperado.) ¡Y yo, necio, se la dí; se la llevé yo en persona!..... (A Tisbe:) Y viendo aquella Madona que se parecía a ti, ¿no lo adivinabas tú? TISBE Temí, Pedro, que tus celos..... TORRIGIANO ¡Cargue, voto va a los cielos, con tu miedo Belcebú! ¡Ira de Dios, y qué a punto con mi maldita escultura yo mismo, de tu hermosura fui a presentarlo el trasunto! ¡Por ella su lengua fatua me hará de irrisión objeto!..... ¡Maldito si no le meto en el cerebro la estatua! Y esto el escultor diciendo, la espada en el cinto pone, y desatinadamente la mano en el picaporte. No basta que de rodillas ante él la hermosa se postre, ni que las suyas abrace, pues sus intentos supone; que ni advertencias admite, ni fríos consejos oye, ni lo que intenta concibe, ni ve lo que se propone. El hombre en aquel momento sólo necesita un hombre, y pues encontrarlo es fuerza, sin duda que sabe en dónde. Quedóse la Tisbe sola y a los vidrios asomóse, los ojos llenos de lágrimas y el corazón de temores. Así estuvo largo tiempo, sin que distraerla logren de sus pensamientos tristes y negras cavilaciones, ni de la luz reflejada por el cristal los colores brillantes, ni las figuras de la calle, ni las voces, hasta que, vuelta a sí misma, de los cristales quitóse, y viendo aún en el suelo el papel infausto, asióle. Tendió, sin ver lo que hacía, los ojos por sus renglones, y helóse al ver estos cuatro, no leídos hasta entonces. «Esta profana escultura diviniza una pasión, y enviada a la Inquisición, os abre la sepultura.» Lanzó la infeliz nn grito, y como el tiro conoce, hacia el palacio del Duque desatalentada corre. V El sombrero hasta las cejas, fiera y sombría la cara, atenazados los dientes y echada al hombro la capa, como una sombra fatídica de algún panteón escapada, por la escalera del Duque audaz Torrigiano avanza. De cuatro en cuatro las sube, y un tramo tras otro gana, cual si entrepar con tal brío alguna apuesta ganara. Las salas resuelto cruza, y a detenerle no bastan las señas de los porteros y las voces de los guardas. Al uno con un bufido de ira o desprecio le espanta, al otro de una embestida le tumba en tierra de espaldas. Y así, sin más miramientos, llegó, de una en otra estancia, del gabinete del duque hasta tocar la mampara. Asióla del picaporte, y por si en abrirse tarda, con sacudida violenta del quicio la desencaja. Sintió el estrépito el Duque, y al ir a volver la cara, ya el Torrigiano tenía la mano en su hombro posada. -¿Qué me queréis, señor mío? -Mi escultura. -Está comprada. -Ahí tenéis vuestro dinero, no quiero venderla, dádmela. Y el Torrigiano en la mesa tiró el saquillo de plata que en precio de la escultura recibió por la mañana. Rióse el Duque, y lo dijo: -¿Sabe, buen hombre, a quién habla? ¿Sabe que sólo mi voz para aniquilarlo basta? Rugió el Torrigiano de ira, y dijo con voz ahogada: -Será si la dejo yo que pase por la garganta; y no piense que eso es sólo lo que a mi cólera basta. Ahora venga la escultura; luego, pues dagas y espadas tenemos, y hombres nacimos, saldrá de aquí lo que salga. Y abalanzándose rápido a las puertas que la estancia tras de la mampara cierran, con resolución exclama: -O defendeos, u os mato, que os juro que vuestra carta otra respuesta no tiene que un párrafo de estocadas. Y ya sin otro remedio, asió el Duque espada y daga, y trabóse la contienda, que ¡por Dios! que fue empeñada. El artista, que se sirve cual del cincel de su arma, el pecho de su contrario a cada momento amaga. Y aunque de audaz y valiente con reputación sobrada, no se dió por muy seguro el Duque, que ya pensaba en ganar tiempo, aunque acaso toda la honra costara; mas la rapidez del otro hasta la voz lo embargaba, y se perdían sus ojos, y sus manos no bastaban a parar tan recios golpes y tan recias cuchilladas y aunque muy bien se defiende, que al fin le va vida y fama, ya en el rincón de una puerta el escultor le acorrala; y ya el feroz Tórrigiano que ve cerca su venganza, en coserle contra el quicio con negra intención pensaba, cuando tremendo tumulto que por defuera se alcanza, llegó en confuso desorden hasta la pieza inmediata. Crujía asida la puerta, y caer amenazaba, y miedo el Duque perdía, y el Torrigiano esperanza. Aquél ganaba terreno, y así la lid comenzada, cambió de aspecto en un punto de consecuencia y de causa, porque al dar el Torrigiano en una pared de espalda, se abrió al empuje, de lienzo una puertecilla falsa. Cayó en aquel aposento, cerró el Duque, y en la estancia donde quedó el escultor topó con su efigie infausta. y rebosando despecho, y de otro enemigo a falta, «¡Maldita seas!», la dijo, y dióla una cuchillada; a cuyo momento, entrando pajes, corchetes y guardias, dijo, señalando el Duque los pedazos que rodaban: -A la Inquisición llevadle, las imágenes maltrata; si se resiste, amarrarlo; y si grita, una mordaza. Lanzáronse al Torrigiano, que en la triunfante mirada que le lanzó su enemigo vio bien lo que le restaba. Tomaron, pues, los pedazos de la destruida estatua, y desgarrado el vestido, las manos atrás atadas, sacáronle del palacio entre broqueles y lanzas, y echaron al Santo Oficio atravesando la plaza. CONCLUSIÓN ¿Qué te valió, buen soldado, con noble empeño lidiar para comprar con tu sangre el sol de tu libertad, si Pisa y el Garigliano sólo en tu memoria están como bajeles perdidos en la llanura del mar? ¿Qué te valieron, artista, tus largos días de afán, tus largas noches de vela y de esperanza tenaz, si en tus cadenas traidoras tu gloria se va a estrellar, y no habrá en tu sepultura de tu nombre una señal? ¡Sueños de la juventud, sueños de gloria fugaz que en un negro calabozo fuisteis al fin a parar; cifras con que fulminaron una sentencia fatal, su acongojada memoria no tiranicéis jamás! ¡Delirios de amor dichosos que vinisteis a alumbrar de su tormentosa vida el continuo vendaval, id a vuestras alas viento en otra ánima a buscar, y en sus cadenas dormido al pobre artista dejad! Dejad que duerma un instante, y ese instante pueda hallar, entre sus sueños febriles, de triste felicidad. ¡Ay, cuán duro, Torrigiano, te va a ser el despertar al rumor de los cerrojos y a la odiosa realidad! Duerme tranquilo, soldado, reposa un momento más, que al cabo así no es tan duro con el castillo volar. Duerme sin temor, artista, que los nudos del dogal, el laurel de tu corona no han de poder deshojar. Duerme, despechado amante, que a morir por tu amor vas, y no temas de tu Tisbe un olvido criminal. Duerme, mientras sollozando bajo tus rejas está, y sus suspiros te roba al airecillo fugaz. En vano a tus carceleros ansiosa fue a preguntar, en vano oró largas horas en la santa catedral; en vano quiso a tus jueces con lágrimas conquistar, que ni la tierra ni el cielo oído a sus penas dan. Sí; mientras tú te resuelves a morir en soledad y a darles muerta la carne que quieren ver palpitar, ella resuelve contigo llegar a la eternidad, y al pie de tu calabozo, cuando expires, expirar; que está segura que su alma saldrá tu alma a buscar, y cuando aliento te falte, aliento la faltará: tierna paloma que el grano no sabe sola encontrar, y expira cuando la falta, quien alimento la da. Duerme, Torrigiano, duerme, que es muy duro despertar al rumor de los cerrojos y a la odiosa realidad. Oyéronse por defuera rudamente rechinar, y abrió el escultor los ojos a la negra obscuridad, y aun de los lazos del sueño sin poderse desatar, el ruido oyó, y el soldado preguntó altivo: «¿Quién va?» Pero al ver con sus linternas la gente del Tribunal, la noble cerviz al pecho tornó el mísero a doblar, y para oír su sentencia, dada sin juicio quizás, aguardó en mustio silencio a que quisiesen hablar. -¿Cómo os llamáis? -Torrigiano. -¿Sois de Florencia? -Es verdad. -¿Soldado? -Con una espada, no lo pudierais dudar. -¿Tenéis amor a las armas? ¿Si os dieran una..... -¡Ojalá!- Y a esta idea, el escultor, como quien la puede usar, echó mano a su cintura, de donde faltaba ya. Lanzó el artista un suspiro, y tornándose a sentar, dijo, en derredor mirando: -Es inútil; despachad. Siguió preguntando el hombre, deletreando a la par: -¿Habéis hecho aquesta imagen? Y el triste, a pregunta tal, volvió los ojos a su obra, y al cabo...., rompió a llorar; y echando al busto los brazos con desesperado afán, pidió que antes de romperla se la dejaran besar; lo cual, demencia juzgado, y deseando abreviar, por respuesta lo leyeron el pergamino fatal, donde sin apelación, con tres palabras no más, al fuego le condenaba por hereje el Tribunal. Volviéronle, pues, el rostro, y uno, o compasivo asaz o no alcanzando en qué uso aquel madero ocupar, díjole con befa estúpida: -¡Vaya, buen hombre, tomad!- Y el busto de su Madona le echó a los pies al cerrar. Cuando a la fin de tres días llegó la hora tremenda de cumplir en Torrigiano el rigor de su sentencia, llegaron hasta su encierro los que debían ponerla por obra, y los seis cerrojos descorrieron de su puerta. A voces y por su nombre lo llamaron desde fuera, mas sus voces se perdían en lo hondo de la caverna. Tornaron a llamarle ellos y a faltarles la respuesta, hasta que, asiendo una antorcha, penetraron en la cueva. -Vamos, dijeron, hereje, que está ya ardiendo la hoguera.- Y en faz amenazadora avanzaron a su presa. Mas Torrigiano yacía inmoble y sentado en tierra, las manos en las rodillas, y en las manos la cabeza, que asidas convulsamente y enclavijadas con fuerza, guardaban algún objeto que se adivinaba apenas. -¡Arriba! a gritar tornaron; pero mirando su inercia, empujáronle con ira y dió de rostro en la tierra. Rodó por el pavimento aquel busto de madera, que el rostro de una Madona en su Tisbe representa, y a sus pies quedó tendido el escultor, que les deja su gloria con su cadáver, de su ejecución en prenda, que quien nace hidalgo y fiero,. no puede con la vergüenza de acabar con ignominia en una patria extranjera. ¡Pobre Tisbe! ¡Cuán en vano en ese dintel le esperas, pasando noches y días del Santo Oficio a la puerta!, Resuelta estás a morir sobre esas heladas piedras, o a ver otra vez el alma de tu marchita existencia; mas como ese Tribunal jamás su víctima suelta, colige de ambos a dos cuál es, Tisbe, la sentencia. Y pues sólo el Torrigiano, en su desventura fiera, aguardó para morir a poder delante de ella, y Tisbe amor tan inmenso para el Torrigiano encierra, que ser no sabe sin él ni alentar donde él no alienta, aquellas dos nobles almas, la una de la otra existencia, al cielo a la par volaron, y si hay Dios, ¡dichosas ellas!