El hundimiento de la Escuadra Peruana

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El hundimiento de la Escuadra Peruana 16 de enero de 1881

Juan Pedro Paz Soldán

Publicado en “El Mercurio Peruano”, Revista Mensual de Ciencias Sociales y Letras, Año II, Volumen III, número 13, Lima, Perú, julio de 1919, páginas 44-47.

A las seis de la tarde del 15 de enero de 1881, la batalla de Miraflores había concluido. Los chilenos no eran, sin embargo, todavía dueños de la situación y así lo demostró el hecho de que no avanzaran en el acto sobre Lima ni llevaran su ofensiva sobre los cuerpos que formaban el ala izquierda peruana, que permanecían en línea de batalla. El dictador Piérola dispuso de algunas horas para dictar sobre el mismo campo de batalla una serie de disposiciones urgentes. Sólo a las once de la noche y cuando todas esas disposiciones habían sido trasmitidas, emprendió la retirada cruzando el Rímac a la altura del Cementerio y dirigiéndose por detrás del San Cristóbal al valle de Carabayllo.

Entre las disposiciones adoptadas por el Dictador, tal vez la más importante de todas, fue la orden impartida al ministro de marina capitán de navío Villar, para destruir los gruesos cañones de las baterías del Callao y para hundir los buques que le quedaban al Perú de su escuadra. Piérola dio con razón gran importancia a esta medida. No se trataba de impedir que elementos de guerra fueran a aumentar el poder bélico del enemigo, sino de librar al Perú de la vergüenza de que los restos de su escuadra enarbolaran, sin disparar un tiro, la bandera chilena. Una nave de guerra es un emblema de la patria y entregarla al enemigo es dejar una constancia de la derrota. A todo trance había que evitarle al Perú esa humillación.

La orden impartida por el Dictador, fue en el acto trasmitida al Prefecto del Callao, capitán de navío Astete, marino valeroso, caballeresco y hombre de acción que en aquellas horas de desastre reveló cualidades superiores. Sin pérdida de tiempo procedió al hundimiento de los restos de la escuadra. Esos restos eran: la corbeta “Unión”, el monitor “Atahualpa”, los vapores “Rímac” (tomado a los chilenos), “Talismán”, “Oroya”, “Limeña” y “Chalaco” (Estos tres últimos eran vapores de ruedas) ; las lanchas a vapor “Lima”, “John”, “Urcos”, “Tocopilla” y “Callao”. Fueron hundidos además el pontón “Meteoro” (antigua escuela naval), la chata número 1, y la batería flotante, formada por dos lanchas cargadoras de lastre de cincuenta toneladas cada una y armadas con un cañón de grueso calibre a proa y otro menor a popa. El vapor “Limeña” y el pontón “Marañón” fueron incendiados. Refiriéndose al “Limeña”, el contralmirante chileno Galvarino Riveros en nota dirigida un mes después al ministro de guerra de su patria José Francisco Vergara, decía: “Fondeado en la bahía fue incendiado, pero su casco quedó en buen estado para servir de chata. Su máquina contiene cosas de valor.”

La operación de hundir la escuadra no resultó tan fácil y sólo la energía del comandante Astete y el patriotismo y abnegación de los oficiales de marina que lo ayudaron en esta faena pudieron vencer los obstáculos que se presentaron para sepultar en el fondo del mar los últimos buques del Perú. Por lo pronto, las naves carecían de marinería y tenían muy reducidas sus oficialidades, pues la mayor parte de las tripulaciones habían sido enviadas al campo de batalla y habían combatido en Miraflores, a donde se habían trasladado hasta los cañones de la “Unión”. Además los buques no tenían casi carbón. El puerto estaba bloqueado hacía varios meses y no había modo de proveerse de combustible. Apenas si la “Unión” disponía de un lote reducido, lo indispensable, para encender las calderas y navegar tres o cuatro millas.

Ayudado por los oficiales de marina que en esas horas solemnes desempeñaron oficios de marineros, de maquinistas y hasta de fogoneros, el comandante Astete hizo salir a la “Unión” y al “Atahualpa” hasta fuera del puerto y en sitio, del cual nunca pudieran ser extraídos, hundió estas dos naves con la bandera peruana al tope. Valiéndose de remolcadores, alejó de la orilla los otros buques y los hundió con la bandera nacional izada en cada uno de ellos. Enseguida, procedió a destruir los cañones de los fuertes. Cumplida su misión, reunió a los dispersos que llegaban del campo de batalla y a los oficiales de marina que lo habían rodeado hasta el último momento y con esas fuerzas se vino a la capital, decidido a librar con los chilenos una última batalla. Al llegar a Lima, elevó sus fuerzas hasta cerca de mil hombres, con los cuales persistió en su propósito de salir al encuentro del enemigo. El coronel Belisario Suárez, que se titulaba Jefe militar de la plaza, se opuso al plan de Astete y le dio orden de disolver sus fuerzas, orden que el valiente marino cumplió de muy mal grado y formulando violenta protesta.

Cuando los chilenos entraron en Lima y el Callao, hicieron esfuerzos sobrehumanos para poner a flote los buques peruanos. La obra resultó irrealizable, salvo tratándose del “Rímac” que, a costa de grandes trabajos y de fuertes desembolsos fue puesto a flote. Había para los chilenos una cuestión de honor en recuperar esa nave, que les había sido capturada por el “Huáscar” y la “Unión” en el curso de la guerra.

Un mes después del incendio y hundimiento de la escuadra peruana, el mismo contralmirante Riveros en una comunicación a su ministro de guerra en campaña, Vergara, le decía: “He averiguado que la compañía del Dársena podría encargarse de la extracción de todas las embarcaciones a pique, sin otra ganancia que el casco del “Chalaco”, tal como se encuentra, a condición de que para hacer ese trabajo se le faciliten las chatas del gobierno (chileno) y bombas que hay disponibles, y se le venda a precio de costo la madera que necesite para ese trabajo, y que el gobierno tiene en los transportes”. E1 25 de febrero de 1881 el ministro chileno de guerra y marina en campaña, don José Francisco Vergara, expidió un decreto en Lima, sacando a remate los cascos de las naves peruanas, hundidas o incendiadas.

Rememoramos estos hechos, porque el hundimiento de la escuadra alemana les da cierta actualidad. La única diferencia entre lo ocurrido aquí y lo que acaba de realizarse en Europa, consiste en que los buques alemanes, que en forma tan gallarda acaban de ser hundidos, se habían ya rendido a sus enemigos y habían arriado sus respectivas banderas. Lo que han hecho ahora es aprovechar de un descuido de sus guardianes, lo que no le resta mérito a su acción. En cambio los buques peruanos fueron echados a pique antes de caer en poder del enemigo y sin que arriaran su bandera. En la misma forma había sido hundido meses antes en Arica por el valiente comandante Sánchez Lagomarsino el monitor Manco Cápac, al terminar el combate del 7 de junio de 1880.

De los otros buques de guerra del Perú: la “Independencia” había encallado en una roca en Punta Gruesa, al sur de Iquique, y el “Huáscar” había caído en poder del enemigo después de una heroica resistencia. Sólo la “Pilcomayo”, que era un buque muy pequeño, casi un juguete de 800 toneladas y artillada con cañoncitos inofensivos, había caído intacta y sin combatir en poder del poderoso acorazado chileno “Blanco Encalada”.

La marina de guerra del Perú cumplió, pues, con dignidad sus deberes en la guerra del 79 y sucumbió con honor.