El reconocimiento

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El reconocimiento
de Félix María Samaniego



Una abadesa, en Córdoba, ignoraba

que en su convento introducido estaba

bajo el velo sagrado

un mancebo, de monja disfrazado;

que, el tunante dormía,

para estar más caliente,

cada noche con monja diferente,

y que ellas lo callaban

porque a todas sus fiestas agradaban,

de modo que era el gallo

de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas

mil veces las descubren las resultas

y esto acaeció con las cuitadas monjas,

porque, perdiendo el uso sus esponjas,

se fueron opilando

y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante

su confesor, gilito penetrante,

por su grande experiencia en el asunto,

y, conociendo al punto

que estaban fecundadas

las esposas a Cristo consagradas,

mandó que a toda priesa

bajase al locutorio la abadesa.

Esta acudió al mandato

por otra vieja monja conducida,

pues la vista perdida

tenía ya del flato,

y al verla, el reverendo,

con un tono tremendo,

la dijo: -¿Cómo así tan descuidada,

sor Telesfora, tiene abandonada

su tropa virginal? Pero mal dije,

pues ya ninguna tiene intacto el dije.

¿No sabe que, en su daño,

hay obra de varón en su rebaño?

Las novicias, las monjas, las criadas...

¿Lo diré? Sí; todas están preñadas.

-¡Miserere mei,. Domine!, responde

sor Telesfora. ¿ En dónde

estar podemos de parir seguras,

si no bastan clausuras?

Váyase, padre, luego,

que yo hallaré al autor de tan vil juego

entre las monjas. Voy a convocarlas

y con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchose;

subió sor Telesfora, y publicose

al punto en el convento

de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas

al joven, y llorosas

el secreto le cuentan

y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse,

él dice. Todo puede componerse,

porque todas estáis de poco tiempo.

Yo me ataré un cordel en la pelleja

que cubre mi caudal cuando está flojo;

veréis que me la cojo

detrás; junto las piernas, y la vieja

cegata, estando atado a la cintura,

no puede tropezar con mi armadura.

Se adoptó el expediente,

se practicó, y las monjas le llevaron

al coro, donde hallaron

la abadesa impaciente

culpando la tardanza.

En fin, para esta danza

en dos filas las puso;

las gafas pone en uso

y, una vela tomando

encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo las metía

y después, «no hay engendro», repetía.

El mancebo miraba

lo que sor Telesfora destapaba,

y se le iba estirando

el bulto, y el torzal casi estallando;

de modo que tocándole la suerte

de ser reconocido,

dio un estirón tan fuerte

que el torzal consabido

se rompió y soltó al preso

al tiempo que lo espeso

del bosque la abadesa lo alumbraba;

y así, cuando para esto se bajaba,

en la nariz llevó tal latigazo

que al terrible porrazo

la vela, la abadesa y los anteojos

en el suelo quedaron por despojos.

-¡ San Abundio me valga!,

ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,

pues ya, bien a mi costa,

reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron

al mancebo ocultaron

y en su lugar pusieron

otra monja, la falda remangada,

que, siendo preguntada

de con qué a la abadesa el golpe dieron,

la respondió: -Habrá sido

con mi abanico, que se me ha caído.

A que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡ En otra cosa

podrán papilla darme,

pero no en el olfato han de engañarme,

que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,

y era un dánosle hoy de buen tamaño!