El verdugo real del Cuzco

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Tradiciones peruanas - Cuarta serie
El verdugo real del Cuzco

de Ricardo Palma



Contenido

I[editar]

Había en Sevilla por los años de 1511 dos jóvenes hidalgos, amigos de uña y carne, gallardos, ricos y calaveras.

El mayor de ellos llamábase don Carlos, y abusando de la intimidad y confianza que le acordaba su amigo don Rafael, sedujo a la hermana de éste. ¡Pecadillos de la mocedad!

Pero como sobre la tierra no hay misterio que no se trasluzca, y a la postre y con puntos y comas se sabe todo, hasta lo de la callejuela, adquirió don Rafael certidumbre de su afrenta, y juró por las once mil y por los innumerables de Zaragoza lavar con sangre el agravio. Echose a buscar al seductor; pero éste, al primer barrunto que tuvo de haberse descubierto el gatuperio, desapareció de Sevilla sin que alma viviente pudiera dar razón de su paradero.

Al fin y después de meses de andar tomando lenguas, supo el ultrajado hermano, por informes de un oficial de la Casa de Contratación, que don Carlos había pasado a Indias, escondiendo su nombre verdadero bajo el de Antonio de Robles.

Don Rafael realizó inmediatamente su ya mermada hacienda, encerró en el convento a la desventurada hermana, y por el primer galeón que zarpó de Cádiz para el Callao vínose al Perú en busca de venganza y desagravio.

II[editar]

La víspera de Corpus del año de 1545 un gentil mancebo de ventiocho años presentose, a seis leguas de distancia del Cuzco, al capitán Diego Centeno y pidiole plaza de soldado. Simpático y de marcial aspecto era el mozo, y el capitán, que andaba escaso de gente (pues, según cuenta Garcilaso, sólo había podido reunir cuarenta y ocho hombres para la arriesgada empresa que iba a acometer), lo aceptó de buen grado, destinándolo cerca de su persona.

Antonio de Robles, favorito de Gonzalo Pizarro, estaba encargado de la defensa del Cuzco, y contaba con una guarnición de trescientos soldados bien provistos de picas y arcabuces. Pero la estrella del muy magnífico gobernador del Perú comenzaba a menguar, y el espíritu de defección se apoderaba de sus partidarios. En la imperial ciudad érale ya hostil el vecindario, que emprendía un trabajo de mina sobre la lealtad de la guarnición.

Centeno, fiando más en la traición que en el esfuerzo de los suyos, pasada ya la media noche, atacó con sus cuarenta y ocho hombres a los trescientos de Robles que, formados en escuadrón, ocupaban la plaza Mayor. Al estruendo de la arcabucería salieron los vecinos en favor de los que atacaban, y pocos minutos después la misma guarnición gritaba: «¡Centeno, y viva el rey!».

La bandera de Centeno lucía, además de las armas reales, este mote en letras de oro:

«Aunque mucho se combata,
al fin se defiende e mata».

A los primeros disparos, Pedro de Maldonado (a quien se conocía con el sobrenombre del Gigante, por ser el hombre más corpulento que hasta entonces se viera en el Perú) guardose en el pecho el libro de Horas en que estaba rezando, y armado de una pica, salió a tomar parte en el bochinche. Densa era la obscuridad, y el Gigante, sin distinguir amigo de enemigo, se lanzó sobre el primer bulto que al alcance de la pica le vino. Encontrose con Diego Centeno, y como Pedro de Maldonado más que por el rey se batía por el gusto de batirse, arremetió sobre el caudillo con tanta bravura que, aunque ligeramente, lo hirió en la mano izquierda y en el muslo, y tal vez habría dado cuenta de él si el recién alistado en aquel día no disparara su arcabuz, con tan buen acierto que vino al suelo el Gigante.

En este asalto o combate hubo mucho ruido y poca sangre; pues no corrió otra que la de Centeno; que, como hemos dicho, la guarnición apenas si aparentó resistencia Ni aun Maldonado el Gigante sacó rasguño; porque la pelota del arcabuz dio en el libro de Horas, atravesando el forro de pergamino y cuarenta páginas, suceso que se calificó de milagro patente y dio mucho que hablar a la gente devota.

Después de tan fácil victoria, que fue como el gazpacho del tío Damián, mucho caldo y poco pan, llamó Centeno al soldado que le librara la vida y díjole:

-¿Cómo te llamas, valiente?

-Nombre tuve en España; pero en Indias llámanme Juan Enríquez, para servir a vueseñoría.

-Hacerte merced quiero, que de agradecido precio. Dime, ¿te convendría un alferazgo?

-Perdone vueseñoría, no pico tan alto.

-¿Qué quieres ser entonces, muchacho?

-Quiero ser verdugo real -contestó el soldado con voz sombría.

Diego Centeno y los que con él estaban se estremecieron.

-Pues, Juan Enríquez -contestó el capitán después de breve pausa-, verdugo real te nombro y harás justicia en el Cuzco.

Y pocas horas después empezaba Juan Enríquez a ejercer las funciones de su nuevo empleo, cortando con mucho desembarazo la cabeza del capitán don Antonio de Robles.

III[editar]

De apuesto talle y de hermoso rostro, habría sido Juan Enríquez lo que se llama un buen mozo, a no inspirar desapego el acerado sarcasmo de sus palabras y la sonrisa glacial e irónica que vagaba por sus labios.

Era uno de esos seres sin ventura que viven con el corazón despedazado y que, dudando de todo, llegan a alimentar sólo desdén por la humanidad y por la vida.

Satisfecha ya su venganza en Antonio de Robles, el pérfido seductor de su hermana, pensó Juan Enríquez que no había rehabilitación para quien pretendió el cargo de ejecutor de la justicia humana.

El verdugo no encuentra corazones que le amen ni manos que estrechen las suyas. El verdugo inspira asco y terror. Lleva en sí algo del cementerio. Es menos que un cadáver que paseara por la tierra, porque en los muertos hay siquiera un no sé qué de santidad.

Fue Juan Enríquez quien ajustició a Gonzalo Pizarro, a Francisco de Carvajal y a los demás capitanes vencidos en Sexahuamán; y pues viene a cuento, refiramos lo que pasó entre él y aquellos dos desdichados.

Al poner la venda sobre los ojos de Gonzalo, éste le dijo:

-No es menester. Déjala, que estoy acostumbrado a ver la muerte de cerca.

-Complazco a vueseñoría -le contestó el verdugo-, que yo siempre gusté de la gente brava.

Y a tiempo que desenvainaba el alfanje; le dijo Pizarro:

-Haz bien tu oficio, hermano Juan.

-Yo se lo prometo a vueseñoría -contestó Enríquez.

«Y diciendo esto -añade Garcilaso-, con la mano izquierda le alzó la barba que la tenía crecida de un palmo, según era la moda, y de revés le cortó la cabeza con tanta facilidad como si fuera una hoja de lechuga, y se quedó con ella en la mano enseñándola a los circunstantes».

Cuentan que cuando fue a ajusticiar a Carvajal, éste le dijo:

-Hermano Juan, pues somos del oficio, trátame como de sastre a sastre.

-Descuide vuesa merced y fíe en mi habilidad, que no he de darle causa de queja para cuando nos veamos en el otro mundo.

Fue Juan Enríquez quien, por orden del presidente La Gasca, le sacó la lengua por el colodrillo a Gonzalo de los Nidos el Maldiciente, y al ver lo trabajoso de la bárbara operación, exclamó:

-¡Pues había sido obra desarmar a un escorpión!

Es tradicional también que siempre que Juan Enríquez hacía justicia se quedaba gran rato contemplando con melancolía el cadáver; pero luego, como avergonzado de su debilidad, se dibujaba en su boca la fatídica sonrisa que le era habitual y se ponía a canturrear:


«¡Ay abuelo! ¡Ay abuelo!
Sembrasteis alazor y nacionos anapelo».

IV[editar]

Al siguiente día de rebelado don Francisco Hernández Girón, Juan Enríquez, que era muy su amigo y partidario, se puso más borracho que un mosquito y salió por las calles del Cuzco cargado de cordeles, garrotes y alfanje, para ahorcar y cortar pescuezos de los que no siguiesen su bandera.

Derrotado el caudillo un año después, cayó Juan Enríquez en poder del general don Pablo de Meneses, junto con Alvarado y Cobos, principales tenientes de Girón, y diez capitanes más.

Meneses condenó a muerte a los doce, y volviéndose al verdugo le dijo:

-Juan Enríquez, pues sabéis bien el oficio, dad garrote a estos doce caballeros, vuestros amigos, que los señores oidores os lo pagarán.

El verdugo, comprendiendo la burla de estas palabras, le contestó:

-Holgárame de no ser pagado, que la paga ha de ser tal que, después que concluya con estos compañeros, venga yo a hacer cabal la docena del fraile. Aceituna comida, hueso fuera.

Y dirigiéndose a los sentenciados, añadió:

-¡Ea, señores, dejen vuesas mercedes hacer justicia, y confórtense con saber que mueren de mano de amigo!

Y habiendo Juan Enríquez dado término a la tarea, dos negros esclavos de Meneses finalizaron con el verdugo real del Cuzco, echándole al cuello un cordel con nudo escurridizo.