Enciclopedia Chilena/Folclore/Cherruve, Ser mitológico

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ECH 2902 07 - Cherruve, Ser mitológico.djvu
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Ser mitológico Cherruve
Artículo de la Enciclopedia Chilena

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Este artículo es parte de la Enciclopedia Chilena, un proyecto realizado por la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile entre 1948 y 1971.
Código identificatorio: ECH-2902/07
Título: Ser mitológico Cherruve
Categoría: Folclore


[ pág. ]Cherruve. (Mito). Ser mitológico no muy definido que conocían los antiguos araucanos y que todavía se ha conservado en la tradición popular del país. Febrés lo define como "el cometa y las exhalaciones encendidas que se ven de noche". Luis de Valdivia da la misma definición: "La cometa o aire encendido". Otro tanto ocurre con Havestalt: "Cometa, exhalaciones ígneas que se ven a veces de noche". Todos estos autores lo interpretan en doble sentido: como cometa y como bola de fuego. Evidentemente, ambas no se identifican. El cometa cambia lentamente de posición en el firmamento y no expele fuego, sino que ostenta solamente una cabeza luminosa. La bola de fuego cruza el espacio con ímpetu, saliendo fuego de ella. Posiblemente, al aludir a los cometas, aquellos autores los han interpretado como bolas de fuego situadas a gran distancia. Más bien habría que identificarlo con la bola de fuego.

 De este modo no se confundiría tampoco con el espíritu o fuerza del fuego, abstractamente considerado, ni con el fuego que hay en el sol o en los volcanes, que se vincula con Pillán.

 Pero se le concibe también en forma de una persona. Es [ pág. ]entónces de mucha corpulencia y fuerza, un verdadero gigante. Las rocas se derrumban cuando descansa en ellas. Cuando tiene rabia, vomita fuego y humo por los ojos, la boca y las narices. Deja huellas profundas donde pisa. Da saltos enormes. Se deja caer sobre quienes quiere matar. No necesita tener figura humana, también se le conoce como cabra, como se reconoce por las huellas de sus pisadas. Puede transformarse en una piedra, lo que se explicaría por los meteoritos que caen sobre la tierra, que antes se presentaban incandescentes. Estas piedras pueden ser utilizadas para causar daños o matar a los enemigos, para lo cual se les manda de noche a éstos.

 Predomina en él el ímpetu sobre la inteligencia. Sencillamente, se precipita hacia su víctima, para aniquilarla con su fuerza, sin hacer valer ninguna clase de artificios, mañas o tretas. Por el contrario, se le imaginan un poco burdo y tosco. Siempre es, además, muy irritable, pero su rabia la exterioriza también burdamente, golpeando sobre la tierra, vomitando fuego.

 Un [ pág. ]Cherruve muy grande se había casado con una nube blanca muy bonita. Como era celoso, la tenía encerrada en una cueva de la montaña, y no le permitía que saliera a pasear. Ella se aburría terriblemente y habría deseado irse, pero no sabía cómo hacerlo.

 Del matrimonio había nacido una hija tan blanca, que el Cherruve la llamó Nieves. Desde entónces, la nube ya no pensaba más en emprender la fuga, como en un principio, pero al menos quería poder salir a tomar aire.

 Un día, el Cherruve se había alejado, olvidándose de cerrar bien la cueva, lo que le permitió a la nube salir un rato, lo que hizo con la hijita en los brazos.

 Vio acercarse repentinamente al viento, enemigo del Cherruve y que peleaba siempre con él. Corrió para esconderse en la cueva, pero el viento se precipitó sobre ella y se la llevó. En eso se le cayó la niñita, y cuando regresó el Cherruve, vio a ésta tendida [ pág. ]en el suelo. Mirando hacia arriba, alcanzó a divisar cómo el viento se llevaba a su mujer,

 El Cherruve se irritó entónces terriblemente y golpeó a la tierra con sus pesadas pisadas, de modo que la tierra se estremecía. En la montaña se abrió una gran horadación, de que salía humo y corrían grandes ríos de lava. Los pobres indios que vivían en el valle afectado por esa corriente, huyeron al mar, para librarse de la la furia del Cherruve.

 Tenía éste un enano negro que le servía, quien recogió a Nieves y la llevó a la cueva. El Cherruve le pidió que la cuidara bien y que no permitiera que saliera de la cueva o que viera la luz del día: una vez grande, se la daría como mujer.

 Así lo hizo el enano negro, y desde entónces Nieves no vió la luz del día, y sólo conoció a su padre y al negro, a quien quería mucho, a pesar de ser tan feo.

 La nube a veces pasaba por encima de la montaña, siempre llevada por el viento, y miraba si podía divisar a su hijita. Como no la veía, lloraba mucho, lo que la gente interpretaba como lluvia.

 Tanto [ pág. ]lloró, que sus lágrimas bajaban por la montaña y alimentaban los ríos, de modo que éstos se salían de madre e inundaban los valles. La gente huía asustada.

 Esa situación continuó durante muchos años. Cada vez que el Cherruve veía a la nube arriba, golpeaba la tierra, gritaba y vomitaba, mientras que en otras ocasiones lloraba la nube y sus lágrimas inundaban la tierra.

 Nieves ya ara grande, cuando el enano negro, siempre enamorado de ella, todavía la mantenía encerrada en la cueva. Por más que le pidiera que le permitiera salir siquiera por un breve rato, él se lo negaba, debido a la prohibición del Cherruve. Pero ante su insistencia y las caricias con que las acompañaba la joven, le prometió finalmente que le permitiría salir un poco, pero que ello sería de noche.

 Cuando el Cherruve estuvo encerrado, el enano hizo salir a la niña, paseándola sobre la montaña, pero muy lejos de la horadación de que salía la lava del Cherruve.

 Su contento de poder pasearse un poco fué tan grande, que [ pág. ]rogó al enano que la sacara siempre. En efecto, aprovecharon las noches siguientes para hacerlo, pero el enano siempre la hacía volver antes del amanecer, sin que el Cherruve se enterara de ello.

 Una noche en que habían salido muchas estrellas, la muchacha pidió al negro una, para colocársela en la cabeza. Pero él le contestó que era demasiado pequeño para alcanzar al cielo, lo que solo podía lograr el Cherruve.

 Le pidió entonces que hiciera saber a éste su anhelo, amenazando a su amigo con no casarse con él si no lo hacía.

 El enano estaba tan preocupado de lo que Nieves le había solicitado, que se olvidó de cerrar bien la puerta de la cueva cuando fué en busca del Cherruve.

 Amaneció, y como la roca que servía de puerta a la cueva no estaba bien colocada, entró la claridad del día, y la niña, maravillada, quiso salir para contemplar esa maravillosa luz que ella no conocía.

 Como no era muy gorda, pudo pasar por el trecho libre que dejaba la roca y se quedó abobada al contemplar tantas lindísimas [ pág. ]cosas que hay en el mundo: plantas en pleno florecimiento, pajaritos cantantes y tantas más.

 Subió muy arriba sobre la montaña, hacia el lugar donde se reflejaban los rayos del sol. Estaba feliz, pero también muy cansada. Cuando llegó arriba, ya no tenía fuerzas, y se tendió sobre una roca para descansar.

 La descubrió entonces su madre, la nube blanca que el viento siempre llevaba, y quiso abrigarla del sol. Pero no lo pudo conseguir, porque el viento la empujó muy lejos, mientras que el sol, que contempló la belleza de la muchacha tendida sobre la montaña, quiso darle un beso y bajó. La frágil Nieves no pudo resistir, y al calor del abrazo se deshizo.

 Cuando llegaron a la cueva el Cherruve y el enano negro, sólo encontraron un poco de agua cristalina en un hoyo que había en la tierra.

 Entonces, el Cherruve, tomando al enano negro por un pié, lo arrojó cerro abajo, donde se partió la cabeza.

 Una [ pág. ]versión moderna del mito ha sido publicada por S. de Saunière bajo el título de "La hija del Cherruve" en sus "Cuentos Populares Araucanos y Chilenos" (en la Rev. de Hist. y Geogr., Nº 121, Santiago, 1916). Le fué narrada por Eudocia Catricheo, de Loncoche.

 Un indiecito no podía encontrar trabajo, porque no había nadie que lo pudiera pagar. Esto lo obligó a irse a la cordillera. Caminó mucho, hasta llegar a la casa del Cherruve, a quien solicitó que lo ocupara. Este no sólo accedió, sino que le prometió incluso su hija si cumplía bien. Pudo enterarse el indiecito que ella era muy hermosa, de modo que se ofreció para cumplir debidamente.

 El Cherruve le dijo entónces que construyera hasta el día siguiente un puente sobre un lago, para poder cruzarlo a pié. El indiecito se lo prometió, pero luego se puso muy triste, pues vió que no iba a poder cumplir el encargo.

 Pero cuando el Cherruve se fué al monte, la hermosa hija se acercó al indiecito y le dijo que ella le ayudaría a realizar lo pedido por el padre.

 Se fueron al lago, donde ella largó una gran piedra al [ pág. ]agua, la que se congeló, de modo que se podía pasar al otro lado. De este modo, cuando volvió el Cherruve, el indiecito le pidió de inmediato la entrega de la hija.

 El padre se paseó sobre el lago, y le pareció conveniente tener a su lado a un yerno tan habiloso. Pero quiso examinarlo un poco más, por lo cual le contestó que quedaba todavía trabajo por hacer.

 El indiecito se ofreció para ayudarle en lo que se ofreciera.

 El Cherruve le expresó que le molestaba una montaña, pues la bajada por el barranco era peligrosa, pidiéndole que la deshiciera hasta el dia siguiente y llenara el barranco con las piedras. El indiecito prometió hacerlo así.

 Se fué donde la linda hija y le hizo ver la imposibilidad de realizar lo pedido, y ella le prometió ayuda.

 Se fueron a la montaña y encontraron una pequeña cueva en el lado opuesto del barranco, a la que entraron. La mujer hermosa pidió al indio que ambos largaran bruscamente todo el aire que se había acumulado en sus entrañas.

 Así [ pág. ]lo hicieron. La montaña se voló ante el estruendo del estallido, y las piedras llenaron el barranco. Tan grande fué el ruido, que los indios de los valles que escucharon los truenos en la montaña, se escondieron de miedo.

 El indiecito se presentó ante el Cherruve y le anunció que había cumplido su cometido. Lo condujo a la montaña para que se enterara de ello.

 Tuvo que reconocer el padre de la linda que el trabajo del indiecito había sido magnífico. Pero cuando éste le insistió que le entregara a su hija, el Cherruve le pidió que le contestara primero algunas adivinanzas que le formularía.

 - Hable no más, -le expresó el indiecito, mirando a la linda hija que estaba detrás del padre.

 El Cherruve le presentó entónces la primera adivinanza:

 - Nos alumbra y nos aciega al mismo tiempo.

 El indiecito bajó la cabeza como si pensara, pero en realidad miró hacia la hermosa hija, de soslayo, y ésta señaló hacia el sol.

 - Ese es el sol -contestó finalmente-: nos alumbra, [ pág. ]pero si lo miramos demasiado, quedamos ciegos.

 - Bien contestado, -le dijo el Cherruve. Y de inmediato le formuló la segunda adivinanza:

 - Hace mucho bien y mucho mal.

 La linda hija sacó la lengua, y el indiecito contestó de inmediato:

 - Esa es la lengua: hace mucho bien cuando expresa la verdad y mucho mal cuando miente y acusa al inocente.

 - Bien contestado -le dijo el Cherruver. Pero ahora dime qué es ésto: Hace feliz y desgraciado, reir y llorar.

 Esta vez el indiecito no esperó ninguna ayuda de la hermosa hija, sino que contestó de inmediato:

 - Ese, es el amor: nos hace felices cuando nos ama una hermosa y virtuosa mujer; nos hace reir cuando nos sonríe; y desgraciados y tristes cuando nos abandona por preferir a otro.

 - Es verdad, -dijo el Cherruve.

 Ya no pudo negarle la hermosa hija, pero le manifestó que había que esperar la llegada de sus amigos para celebrar el matrimonio, [ pág. ]quienes eran el Norte, el Sur, el Puelche y la Travesía.

 Contento, el indiecito se retiró para dormir y esperar la llegada de aquellos amigos.

 Pero a media noche se le acercó la linda hija y le manifestó que su padre lo estaba engañando, pues no deseaba que él se casara con ella, pues la había prometido a uno de sus amigos, el Trueno.

 - Yo no lo quiero -agregó-, pues habla muy fuerte. Pero vendrá mañana para llevarme, con su madre, la Tempestad, y sus hermanos, el Relámpago y el Viento. Si me amas de veras, emprendamos de inmediato la fuga y refugiémonos donde un tío anciano que tengo y que se llama Olvido: vive en una selva.

 El indiecito aceptó de inmediato la proposición. Ensillaron un guanaco y montaron en él, emprendiendo la fuga a toda carrera.

 Pero despertó el Cherruve y los persiguió. Era tan lijero como el guanaco, y divisó a los novios cuando llegaban a una quebrada. El Cherruve llevaba en la mano una lanza de colihue, y el [ pág. ]indiecito se creyó perdido.

 Pero no así su novia, que de inmediato se transformó en un peñasco que estorbaba el paso, mientras que el indiecito se cambió en un tronco de árbol que atravesó el camino.

 El Cherruve llegó con tal ímpetu que no le fué posible detenerse con tiempo. Tropezó con el tronco y chocó violentamente con el peñasco, donde se lastimó y se quebró su lanza.

 Cansado y herido, se quedó dormido, y los dos novios, vueltos otra vez hombres, continuaron la fuga a espaldas del guanaco.

 Después de algún tiempo, el Cherruve volvió a despertar y persiguió de nuevo a la pareja, que alcanzó a divisar de lejos, cerca de una vega.

 Ya estaba a punto de alcanzarlos, cuando la bella hija se transformó en una rana que saltaba en el pasto, mientras que el indiciecito se hizo un chingue. Al acercarse el Cherruve, largó su chorro maloliente en contra de él, y el padre retrocedió, tapándose las narices. El chingue aprovechó la ocasión para desaparecer.

 El [ pág. ]Cherruve tuvo un arrebato de rabia y dió golpes tan fuertes al suelo, que la vega se estremecía. La rana y el chingue se volvieron a transformar en hombres y continuaron la fuga.

 Pero el padre de la bella hija los volvió a descubrir y emprendió de nuevo la persecución. Llegaron así a orillas de una gran laguna. Los novios, para atravesarla, se transformaron en patos. Pero antes de hacerlo la mujer, se arrancó cuatro largos pelos y los tiró al agua.

 El Cherruve, al alcanzar la laguna, se largó igualmente al agua, pero sus piernas se enredaron en los pelos de la bella mujer, impidiendo que nadara, por lo cual se ahogó.

 Entónces la joven y el indiecito salieron del agua y montaron en un caballo alado, que los llevó a la casa del Olvido, en medio de la selva, donde vivía el tío de la bella mujer.