Entre dos tías y un tío

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ENTRE DOS TÍAS Y UN TÍO.

costumbres y sucesos de antaño en nuestra tierra.



A mi querida prima Cornelia Martínez.



 Si tú que cuentas cortos años de vida y apenas has visto tal cual escena del mundo, tienes no obstante recuerdos que te sirven para tejer una hermosa y delicada historieta como Paulina, ¿cuántos no tendré yo que he visto correr ya más de medio siglo? ¿Y cuántas impresiones no guardaré en mi corazón, palpitantes aún, que he recibido en escenas infinitas, en las que he sido actor, ó lo han sido mis amigos y conocidos?

 Hoy está la noche fría y nebulosa, neva en los Andes, el cierzo sacude las ramas de los árboles despojados de sus hojas por la desapiadada mano del invierno, y el río crecido y negro brama á cincuenta pasos de esta casa. ¡Qué horribles horas para los pobres que no tienen abrigo, y que padecen quizás frío acompañado de hambre! Nosotros, entretanto, estamos aquí resguardados de los rigores de la intemperie, hemos tomado leche con café, tú nos has deleitado con el piano y con tu voz angelical, tu mamá, tus hermanos y hermanas y yo hemos charlado y reído á maravilla; y, por fin, vamos á rematar la velada con uno de mis recuerdos.

 Pero no he de pasar adelante sin meter, á manera de cuña, entre el preámbulo y la narración, un pensamiento que se me ocurre acerca de la diferencia de suerte entre nosotros que tan bien lo estamos pasando esta noche, y los miserables que se están muriendo de hambre y frío. ¿Por qué tal diferencia? Mil veces se ha repetido esta pregunta, y nunca ha sido contestada, ni lo será jamás: esas desigualdades son un misterio de los muchísimos que se reserva la Providencia, son un problema por cuya solución se desvelará la filosofía tantos siglos más cuantos viene rompiéndose en vano la cabeza por alcanzarla; y cumplido este plazo, comenzará otro, y después otro y otro hasta el fin del mundo, y el desesperante por qué seguirá en sus trece, y la sociedad dividida en ricos y pobres, felices y desgraciados. Entre tanto (y esto es lo que yo quería decir principalmente) consolémonos de que no tenemos la culpa de la desdicha de los demás, y repitamos con uno de los Argensolas:

 "Ciego, es la tierra el centro de las almas?"

 Ahora sí comienzo. El Ambato, nuestro querido y delicioso río... Pero se me olvidaba: en pago de mi narración deseo dos cosas, mi Cornelia: has de ejecutar en el piano el trozo de música que mejor armonice con la impresión que te cause el remate de la historia que vas á oír, y después forjas otra novelita que sea compañera de Paulina y deleite como ésta á los lectores de la Revista Ecuatoriana. ¿Estamos? Pues delante.

 El Ambato, nuestro querido y delicioso río, forma su caudal de la misma suerte que muchos hombres el suyo: junta sin ningún trabajo aquí una corta herencia que, al derretirse, le deja la nieve del difunto Carhuirazo; allá un pequeño donativo que le hace el Casahuala; acullá el presente de un manantial que brota bajo las rocas cubiertas de musgo; y en muchas partes las laderas empapadas por las lluvias van entregando al codicioso río hilos de agua que descienden silenciosos por entre amarilla paja y verde grama. Y he aquí á poco andar al señor nuestro, enriquecido á costa agena, saltador, alegre, bullicioso y envanecido como si se lo debiese todo á sí mismo.

 Pero el Ambato no es como la mayor parte de los ricos, que aumentan su tesoro sin provecho para los menesterosos y ni áun para sí: es sumamente dadivoso y benéfico, tanto que de algunos años acá se va quedando pobre, porque consiente de buen grado que todo el mundo meta la mano en sus arcas y le sustraiga el caudal. La ciudad vecina le ha robado hasta el nombre, y no se diga más.

 ¿Qué fuera Ambato sin su río de vegas feraces, verdes y poéticas, y sin las ondas que le sustraen los ambateños para forzarlas á ir á tierras lejanas á derramar en ellas fecundidad y riqueza? Fuera una ciudad como tantas otras: ciudad y nada más. No tuviera su vestido y corona de árboles y flores, ni respiraría embalsamadas y saludables auras, ni escucliaría música de mirlos y gilgueros, ni se regalaría con el jugo de esquisitas frutas, ni, por medio de éstas, habría hecho sus tributarios á muchos de los pueblos vecinos, inclusa la capital de la República; ni tal vez, me atrevo á presumirlo, tendrían sus hijos el genio dispierto, alegre, chispeante y expansivo que los distingue.

 Pero á veces el Ambato se pone de mal humor: las tempestades ó las nevascas de la cordillera occidental echan lodo y piedras en la caja de nuestro rico, que se enoja, se pone furioso, brama, y azota y tala huertos y jardines, obras de su propia munificencia, y derriba puentes, y se arrebata chozas y ganados, no pudiendo librarse de sus iras, en ocasiones, ni sus pobres dueños. Entonces es un demagogo satánico que proclama libertad, se la da amplísima á sí mismo, y para hacerla gozar á sus vecinos, hace... pues ya ven UU. lo que hace: arrasarlo todo. Pero, eso sí, ciertos revolucionarios, que Dios confunda, no hacen bien ninguno ni antes ni después de sus fazañas, y sí sólo gravísimos daños, en tanto que el Ambato, aunque borra con el codo el beneficio que hizo con larga mano, pasados sus arranques demagógicos, que no son sino humoradas malditas de pocas horas, y vuelto á su estado normal de rico bonachón y generoso, vuelve también á ayudar al hombre á recuperar lo perdido, y áun á darle más de lo que le había quitado.

 Hace poco menos de cincuenta años, cuando yo todavía no era pecador, por el mes de febrero, pródigo de peras, duraznos y capulíes, muchas personas en animada cabalgata atravesaban el puente de La Delicia con dirección á Ficoa. Iban de paseo y se proponían pasar un día de diversión y chacota, como todavía gustan de hacerlo nuestros paisanos. Entonces el sillón de montar apenas daba señales de haber existido, y lo usaba sólo tal cual señora de edición colonial, y el moderno gancho era trasto de lujo de sólo las ricas. Las personas del paseo que recuerdo no lo eran y, según la costumbre común, las mujeres iban á horcajadas como los hombres. Las faldas se subían más de lo prudente piernas arriba, y para la honestidad de éstas, damas y matronas estilaban calzones de ruán con trabillas y los bordes adornados de guarnición de encaje. Échenle UU. la chaquetilla de manga larga, cerrada por el puño, un ponchito ligero, un pañuelo de seda al cuello y un sombrerillo con flores y plumas, bajo de cuyas faldas colgaba el cabello en dos trenzas iguales con remate de cinta negra, y tienen una señora de aquellos tiempos en elegante traje de montar á caballo. En los hombres privaba la polaina atada sobre la rodilla con un cordón cuyas borlas caían á los lados. En lo demás el arreo caballeril era ni más ni menos que el de los no elegantes de hoy en día: poncho, tamaño sombrero, grandes espuelas, pellón lanudo. ¿Guantes? Ni en ellos ni en ellas. Algunas mujeres, en especial las maltratadas por muchas navidades, se hacían llevar por delante sentadas de lado en el pico de la silla suavizado por un cojín ó por un paño envuelto en él. El jinete la enlazaba con el brazo siniestro por la cintura, mientras con la otra mano manejaba la brida; ella le asía por la nuca, y ¡adelante!

 De esta manera iba doña Tecla, vieja de seis cuartas de estatura, apergaminada y de ojos que, con ser lo mejor que Dios le había dado, no eran para envidiados, á causa de la divergencia con que tiraban sus vistazos; pues si el uno lo hacía á la derecha, su compañero se empeñaba en que lo había de hacer por la izquierda. El caballero que la aguantaba era su primo hermano don Bonifacio, entrado en años como ella, regordete, de rostro amoratado, ojos colorados y aire entre cachazudo y abellacado. Cuando iba de paseo ó de viaje, su distintivo principal era una bota pipona do cuello de cuerno y boca de metal, provista siempre de anisado. Ya se comprende cuál sería el gusto predilecto del buen viejo.

 Al lado de doña Tecla y de manera que estuviese siempre bajo los tiros de uno de sus ojos, iba Juanita, su sobrina. A poca distancia seguía á la joven el amartelado Antonio, fija en ella la mirada, y más que la mirada, el corazón. No era para menos la belleza de Juanita y las cosas que ya se habían dicho, á pesar de la vigilancia de la celosa tía.

 A las ancas del caballo de un paje y asido de la cintura de éste con ambos brazos, iba un ciego arpista, infalible pieza en toda diversión de arroz quebrado, como solemos decir. Otro paje llevaba por delante el instrumento del ciego, y las bolsas de los pellones, henchidas de botellas, tras los muslos de los ginetes. Agréguese el buen humor de todos, y se verá que había lo necesario para darse un verde de los más soberbios.

 Llegados al huerto designado para la diversión, desmontáronse todos, y los hombres bajaron en brazos á las mujeres. Antonio quiso hacerlo con Juanita; pero doña Tecla le echó un No se moleste Ud. con tal tono, que el pobre retrocedió asustado. La vieja se resbaló del caballo; don Bonifacio echó pie á tierra y ayudó á hacerlo á su sobrina.

 Ataron los caballos á estacas y árboles, no sin que hubiese corcobos, coces, relinchos y amagos de cosas más serias de parte de esos bribones, y sustos y gritos de niños y mujeres. ¡Qué quieren UU.! había también entre los cuadrúpedos algunas damas de su raza, si se me permite decirlo, y no pocos galanes...

 En fin, señoras y caballeros acudieron á la sombra de un capulí ya acostumbrado á dar posada á gente alegre. Era un árbol gigante, cuyas ramas dobladas á la redonda y vestidas de hojas tupidas formaban un magnífico pabellón capaz de contener cuarenta personas. Allí se tendieron pellones y ponchos sobre la grama y las hojas caídas, y de tan muelles asientos tomaron inmediatamente posesión mujeres y hombres; si bien muchas parejas, desafiando los rayos del sol, que eran á la sazón vivísimos, quedáronse fuera y se dieron á recorrer el huerto, comiendo frutas á discreción. El arpista, entre tanto, se había sentado en una piedra al pie del tronco del famoso capulí, y tocaba el costillar. El contento y la animación tomaban creces. Trajéronse canastas de duraznos y peras que se regaron en la verde grama, y á ellas acudieron todas las manos y se abrieron todas las bocas; menudeaban las copas del mallorca y de la esquisita aristela. —Tras la pera, la frasquera, se repetía; ó bien para hacer beber á una señora se le decía que era preciso cocer el durazno en licor. El efecto de las frecuentes libaciones se manifestaba ya en una tumultosa alegría y comenzó el baile. Zapatearon hasta las viejas, y no se diga más. ¡Imaginen UU. que sería ver danzando á doña Tecla! Pero como no hay gusto cabal en esta vida, el de la tía de los ojos extraviados, al verse en tanta gloria, fué amarrado por unos versos que le echó el bendito ciego, soplados por Antonio en venganza del desaire que sufriera cuando quiso desmontar á Juanita.

 El baile para los mozos,
 Para viejos, el rezar;
 Que ver á un viejo bailando
 Es cosa de vomitar.

 — ¡Ciego canalla! dijo entre dientes doña Tecla, y se sentó precipitadamente á medio hacer una pirueta. Don Bonifacio, que se había puesto en cuclillas para alentar en el arpa, reprendió al ciego; pero éste se alzó de hombros y siguió desempeñándose á pedir de boca de todos.

 — ¡Otro par! ¡otro par! gritaron muchas voces. Fulanita con Zutanito.

 Un mozo de cara en vísperas de barbar invitó á una señorita que, no obstante su deseo de lucirse, se excusó con un "si no sé" y un "no puedo", palabras rituales en semejante ocasión en boca de nuestras pudorosas damiselas. El mancebo le tomó la mano y la obligó á ponerse de pies. Ella, con los ojos bajos, colorada y sonreída, tiró á un lado el pañolón, echó las trenzas atrás, cruzó un pañuelo de seda por las espaldas, asidas las esquinas con la mano izquierda sobre el hombro y con la derecha en la cadera, y esperó que su compañero comenzara. Hízolo en seguida, la una mano en el cinto y batiendo con la otra en alto su sombrerito de paja.

 — ¡Viva! ¡viva! gritaron todos y daban recios palmoteos; y quien tiraba á los pies de la joven flores y ramillas y hojas verdes, y quien tendía su pañuelo para que lo pisara.

 Sentóse la joven, dióle gracias el mozo, y volvieron las voces: — ¡Otro par! ¡otro al agua!

 Antonio se animó á invitar á Juanita. ¡Pobre Antonio! un vistazo y un gesto de doña Tecla le hicieron como rayos y me le dejaron patitieso. No paró en ésto: la vieja hizo una seña á don Bonifacio, éste la comprendió, se sacó el poncho y lo botó á un lado, quedándose con el chaquetón de pana cuyos bordes no bajaban del nivel de las caderas, la camisa que se le escurría sobre la pretina, á pesar de los tirantes que le cruzaban pecho y espaldas, y su querido cuerno pendiente al costado izquierdo; y en esta facha y derramando sonrisa por la entreabierta enorme boca, se acercó á Juanita, haciendo piruetas y batiendo el pañuelo que sacó del bolsillo del chaquetón. La muchacha se puso como un ají, se mordió los labios y, echando un vistazo furtivo a Antonio, dijo con desdén: —¡Yo no bailo!

 —¿Comó? dijo doña Tecla muy molesta.

 —Digo que no bailo.

 —Has de bailar. ¿Conque has de desairar á tu tío?

 Y añadió en voz baja —¡Malcriada!

 —¡Que baile! que baile Juanita! gritaron muchos de los concurrentes. ¡Arriba la linda! ¡Viva don Bonifacio! ¡Hurra!

 Doña Tecla le tiró y quitó el pañolón con violencia, y Juanita se vió forzada á hacer lo que no quería.

 —Para don Bonifacio, el minuete, dijo alguien.

 —Bueno, bueno. Ciego, échale un minuete, contestaron muchos.

 —¿Y quién alienta?

 —Antonio.

 —¡Magnífico!

 El baile duró poquísimo, y Juanita durante él tenía cara de vinagre y seguía maltratándose los labios con los dientes.

 El ciego cantaba:

 La dama que está bailando
 Se parece á San Miguel,
 Y el galán que la acompaña
 Al que está bajo sus pies.

 Don Bonifacio comprendió que esta pulla no venía del arpista, y quedó picado. Cuando tornó al pie del arpa y bailaba otra pareja, —Antoñito, dijo al amante do su sobrina, atiende bien al canto del cieguecito.

 Y la copla dictada por el viejo decía:

 El pobre que está queriendo
 Por la fuerza se anonada,
 Porque no tiene qué dar
 Para nada ¡ay! para nada.

 —¡Muy bien, tío Bonifacio! exclamó el joven aparentando buen humor, pero tragando acíbar.

 Y se cruzaban él y Juanita miradas inteligentes. Por dicha de ambos, doña Tecla comenzaba á dar señales de que las copitas se le habían ido á la cabeza y hacían efecto de narcótico: la tía cabeceaba y cerraba y abría los ojos lánguidos y vidriosos. Al fin, no pudo resistir, hizo una maleta del poncho de don Bonifacio, arrimó en ella la oreja, se cubrió la cara con el sombrero y se durmió; pero tuvo cuidado de asir el traje de Juanita para tenerla presa.

 Nació una esperanza en el corazón de los dos amantes; y mientras el ciego, acompañado de Antonio, cantaba en una tonada melodiosa, y don Bonifacio salía del rústico pabellón medio tambaleándose, Juanita tiraba suavemente su traje y lo desprendía de los leñosos dedos de su tía. Luégo se puso en pie, se desperezó, dio unas vueltas entre los concurrentes, y con mucho disimulo salió al huerto. Se metió en un callejón sombrío y apretó el paso, no sin volver la cabeza á cada momento. Nadie la seguía ni veía.

 ¡Que Morfeo no abandone los párpados de doña Tecla! ¡Que la alegría y el baile no dejen salir á nadie, excepto a uno sólo, de bajo las ramas del capulí!

 Tales eran los deseos de Juanita mientras caminaba.

 Cerca estaba el río que, puro, cristalino, y bullidor y travieso, descendía ora enlazando en fajas de plata las azuladas y bruñidas piedras que hallaba al paso; ora cayendo de encima de ellas y formando al pie un hervidero de perlas que brillaban á los rayos del sol; ora metiéndose en suaves oleajes bajo los arbustos y árboles de la orilla, como buscando manera de descansar siquiera breves instantes de tanto correr y saltar. Un molle, que por su enorme tronco agrietado y sus infinitas y nudosas ramas daba á conocer que había presenciado el nacimiento del siglo anterior, se inclinaba sobre un remanso, cubriéndole ampliamente de sombra. Por el tronco y las ramas había trepado, á fuerza de agarrarse con sus retorcidas tijeretas, un tagso de corta edad, cuyas hojas de figura de potencias y color de esmeralda, contrastaban con las del viejo árbol, y cuyas flores de pétalos rojos y largo cáliz, y pendientes de delgados pedúnculos se columpiaban mirando su imagen en las dormidas aguas. En la orilla había grama, entre la grama variadas florecillas silvestres, en el río un pajarillo acuátil, negro y brillante como un azabache y de cabeza blanca, que saltando de piedra en piedra y gorjeando alegre parecía acompañar á las ondas en su travesura y ruído. Entre las ramas del molle se veía un nido, por cuyos bordes asomaba la cabeza de la tórtola como un botón de rosa no abierto aún. Por último, excepto el ruído del río y el gorjeo del pajarillo, todo era silencio, misterio, paz. ¡Qué sitio! en él la naturaleza llamaba al alma y la poesía al amor. Juanita acertó á dar con él. Sentóse en la grama, después de haber arrancado maquinalmente una flor del tagso, y se puso triste y pensativa á contemplar el suave vaivén de las olas del remanso. Suspiró; dos lágrimas rodaron por sus mejillas y cayeron como rocío en la flor que había acercado á los labios. Indudablemente se había desatado en su corazón una terrible tempestad, la tempestad del amor y del dolor en rudo choque. En seguida, sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó á desprender con los dientes los pétalos del tagso y á echarlos, soplándolos, a las olas que casi le mojaban los pies.

 Sonaron unos pasos tras ella; volvió precipitadamente la cabeza y se halló con Antonio junto á sí. Púsose colorada y su primer movimiento fué para ponerse en pie.

 — Sigue como estás, Juanita, se apresuró á decirle Antonio, sentándose incontinenti junto á ella. Comprendí la seña que me hiciste con los ojos, y te he seguido y hallado fácilmente.

 — Cierto, Antonio, quise hablarte á solas; pero no es para decirte ninguna cosa agradable.

 — ¿Qué nuevo contratiempo tenemos, amor mío?

 — No es nuevo: es el mismo que viene persiguiéndonos hace un año; pero que cada día se hace más insoportable. ¿Sabes que me voy da Ambato? O más bien, mi tía me destierra.

 — ¡Cómo!

 — Como me oyes.

 — Pero ¿por qué te destierra?

 — Porque nos amamos; porque quiere impedir nuestra unión á todo trance; porque mi tía es muy mala conmigo.

 — ¡Qué injusta y qué caprichosa es doña Tecla! Te amo, pero mi amor es honesto y puro; te amo, pero mi intento es santificar mi amor con el matrimonio; te amo, y mi único vehemente deseo, si te pido felicidad para mí, es dártela también tan grande y tan cabal cuanto pueda con mi vida de fidelidad, honradez y trabajo. ¿Cómo, pues, se justifica la opinión de tu tía? ¿Acaso mis honrosos antecedentes no le son conocidos?

 — Todo cuanto dices es cierto, Antonio; pero ya te indiqué mis sospechas acerca del motivo de esa injusta oposición: ella y yo vivimos de la pensión que tengo en el Tesoro; una vez casada, dejaré de percibirla, y tú eres muy pobre para que puedas reemplazarla; y aun cuando lo pudieses, tía Tecla no dispondría de ella con la libertad con que lo hace ahora.

 — Muy probable es tu sospecha. ¡Ah! la pobreza... mi pobreza!... Pero ¿á dónde quiere enviarte?

 — A Quito, encargada á mi tía Marta, que quizás sea más fastidiosa que tía Tecla.

 — ¿Cuándo te vas?

 — Dentro de ocho días.

 — Pues bien, en estos ocho días abriremos nueva campaña y agotaremos todos los medios. Hasta ahora no he hablado directamente del asunto á doña Tecla, que es tan intratable; pero lo haré mañana. Si se niega, si se obstina, nuestra voluntad allanará de otro modo las dificultades.

 — Ya sé tu proyecto: ya me lo has dicho antes. ¡Ah, cómo me repugna! ¿No hay otro arbitrio?

 — ¿Qué otro nos queda?

 — Seguir instando.

 — ¿Y si ella sigue en sus trece? Mira, Juanita, es preciso que te fijes también en una circunstancia que te hará menos repugnante el acto á que doña Tecla nos obligue.

 — ¿Cuál es esa circunstancia? preguntó con viveza la joven.

 — Yo sé cuándo naciste y, por lo mismo, cuándo cumples veintiun años.

 — Los cumplo el día de mi santo.

 — Bien: hoy estamos á 24 de febrero, y dentro de cuatro meses cabales, la ley te habrá dado la libertad que hoy no tienes.

 — Es verdad; ¿y entonces?

 — Entonces, á pesar de doña Tecla nos casamos.

 — Esto sí es aceptable.

 — Conque, tengamos paciencia cuatro meses; pero, no obstante, mañana haré la tentativa que te he dicho; pues perder cuatro meses de felicidad, es cosa que me duele.

 Habría continuado el diálogo de nuestros dos amantes; pero los sorprendió un ruído repentino tras el tronco del molle y de unas matas. La sorpresa se cambió en susto, cuando advirtieron que quien hiciera el ruído era el viejo Bonifacio, que se ponía en pie, y tambaleándose y tarareando un yaraví, se dirigía al sitio de la diversión.

 Don Bonifacio, vencido de la embriaguez, había buscado también la sombra del árbol para echar su siesta. Ni Juanita ni Antonio le repararon, pues trajeron camino opuesto al lugar en que yacía. ¿Escucbó el viejo el diálogo de los dos? Pudiera ser, y en tal caso habrían empeorado de causa, pues todo lo sabría doña Tecla.

 Antonio y Juanita, muy tristes, dijéronse algunas palabras de ardiente cariño, y se separaron. Y en tanto la prudencia los obligaba á dar sendo rodeo para llegar por distintos puntos al árbol que parecía estremecerse al ruído del canto, el baile, las carcajadas y el choque do botellas y vasos, ya doña Tecla y don Bonifacio, á unos veinte pasos de distancia, sostenían animada conversación, pero á media voz. Nadie oyó lo que decían; mas la primera puso cara feroz á Juanita, sin decirle palabra, y Juanita palideció; y después poniendo la vieja de lado los ojos para que el tiro fuera derecbo, clavó en Antonio una mirada de víbora, seguida de una sonrisa y cierto meneo de cabeza que valían por una interjección y un desafío. El buen joven se puso colorado de ira, se mordió el labio inferior, volvió los ojos á Juanita y le dijo con ellos: Estamos perdidos; mas ¡ya veremos!.....

 No faltó pretexto á doña Tecla para adelantarse, con Juanita y don Bonifacio, á sus compañeros de paseo en la vuelta á la ciudad. En puridad, no fué para éstos muy sensible la ausencia de los viejos: pero sí la de la simpática y amable joven.

 Antonio, desazonado por extremo, no quiso continuar en la diversión, y fué á pasar las últimas horas del día recostado y meditabundo en la orilla del remanso.

 Durante el camino, doña Tecla se desató en injurias y amenazas contra su sobrina y contra Antonio. Iba furiosa. —¡Ah! decía, ¡ah, loquilla! ¿conqué ya está arreglado el clandestino? ¿conqué ya vas á cumplir veintiun años para hacer lo que te dé la gana? ¡Perra mal agradecida! por casarte con un mozo pordiosero y despreciable ¿quieres abandonar á la tía que te ha criado como si fuese tu madre, y te ha educado y te ha querido tanto? ¡Infame! infame! Pero, eso sí; yo soy quien soy; veremos quien puede más. De aquí á Quito mañana mismo; y como yo sepa que sigues con tus locuras, á un monasterio: allí, allí te mantendrás aunque sea de lega ó de china; pero no serás mujer de un desnudo sin provecho.

 Juanita lloraba sin decir palabra.

 Por la noche, después de preparar lo poco que se necesitaba para el viaje improvisado de la triste joven, doña Tecla dictaba á don Bonifacio la siguiente carta, y don Bonifacio la escribía pintando con tarda mano letras chicas, redondas é iguales en medio pliego de papel de venado, doblado por el medio y cuyas orillas fueron cuidadosamente igualadas con unas tijeras: —"Ambato, á los 24 días de febrero del año de 1840. A mi sra. doña Marta de N. —Quito. Querida hermana de mi corazón. Como ya te anuncié el otro día, nuestra sobrina Juanita se halla trabucada por las cosas que le ha dicho ese desnudo y pillo del Antonio N., y he descubierto que va á salirse de casa con él, lo que sería un escándalo para todo el pueblo y una afrenta para nuestra familia. Como ya te dije el otro día, es preciso evitar esto, y como te dije, conviene que se vaya á tu casa á pasar bajo tu cuidado lo menos un año, pues nuestro hermano político [Q. E. P. D.] á entrambas nos encargó su hija, y no debo ser yo sola quien aguante las cosas de esa dementada, que hecha la novia me quiebra tanto la cabeza. Como te dije y ahora te lo repito, es preciso que la tengas muy sujeta, que no la pierdas de vista y no consientas que salga de casa sino para ir á misa; pues como te digo es una dementada, y allá puede ir á aficionarse de algún otro mozo parecido al tal Antonio. Lo demás te dirá nuestro primo Bonifacio, que la lleva, y que como sabes es tan formal y honrado y digno de nuestra confianza". [Aquí don Bonifacio levantó la pluma, volvió á ver á doña Tecla, é inclinando la cabeza dijo: muchas gracias primita; siempre á tus órdenes y á las de mi prima Martita]. La conclusión de la carta fué, como puede imaginarse, llena de salutaciones, ofrecimientos, etc.

 Al siguiente día á las cuatro de la mañana salían de casa de doña Tecla dos personas á caballo, y descendían por las calles del sur de la ciudad. La que iba delante tarareaba una tonata popular, y de cuando en cuando volvía la cabeza y decía á la que iba detrás: —Juanita, tente firme y no me vengas con alguna voltereta que me obligue á desmontarme. ¡Ea! ea! Traca, traca, traca: hoy tempranito en Mulaló; mañana tempranito en el Tambillo; pasado mañana tempranito á tomar el chocolate con la tía Martita. ¡Ea! traca, traca, traca. Luego don Bonifacio aplicaba á la boca el pico del cuerno provisto de anisado, y miraba unos cinco segundos á las estrellas. Juanita se enjugaba los ojos en silencio...

 Esa mañana misma una criada vieja de doña Tecla entregaba á Antonio una cuartilla de papel, que en letras gordas y desiguales decía: "Señor enamorado, ya sé todos sus milagros y los de la loca de mi sobrina, y que Ud. quiere venir hoy á hablar conmigo; véngase, y verá lo que le pasa: aquí le esperan mis criados con buenos troncos y mi perro con buenos dientes".

 Antomo leyó, rompió el papel, y preguntó á la criada fingiendo calma: ¿Y la niña Juanita?

 La vieja, que ignoraba si debía ó no guardar secreto, le contestó: —La niñita estará ya cerca de Tacunga.

 —¿Conqué se fué?

 —Se fué á Quito.

 Ya es tiempo de decir algo más acerca de Juanita y Antonio, sus tías y Bonifacio.

 Juanita era hija de un jefe veterano de la independencia, que había casado con una hermana de doña Tecla y doña Marta. Enviudó, murió á poco, y al morir encargó á sus cuñadas que criasen y educasen á la huérfana, recabando del Gobierno el Montepío militar que la correspondía.

 Juanita era linda muchacha, alta, gallarda, blanca y algo pálida, de ojos negros y grandes, boca animada de sonrisa dulcísima, y una cabellera castaña, larga y sedeña, envidia de las demás jóvenes ambateñas. Su índole y talento hacían realzar su belleza.

 Doña Tecla, que había cuidado especialmente de la crianza de la sobrina, debía su celibato á su sobresaliente fealdad, genio áspero y otras condiciones muy á propósito para ahuyentar de sí á todo hombre por valiente que fuese. Su pasión dominante era la codicia, y había aprovechado siempre más que Juanita la pensión del Montepío.

 Doña Marta, menos fea y mala que su hermana, se había separado de ella por evitar las continuas reyertas á que la provocaba, y vivía en la capital. Era sinceramente dada á la piedad; pero ¡quién diantre aguantaba sus escrúpulos y celos! Cambiaba de confesor lo menos cada mes, porque no había uno que pudiera sujetar y enderezar esa conciencia asustadiza, inquieta, sombría y llena de desigualdades y espinas. Pretendía saber más teología que todo clérigo y todo fraile, y sus confesiones eran más bien controversias porfiadas, hasta que el sacerdote le daba con la puertecilla de la reja en las narices, y ella se iba en busca de otra víctima. No le aguantaban las criadas, las amigas le temían... Imaginen UU. qué vida se pasaría la desdichada Juanita con su tía Marta!

 Don Bonifacio, primo hermano de las dos, era un solterón de sesenta años, como ya lo he dicho, de rostro abotagado y de cabellos entrecanos, ralos y como pegados en mechones por la amarilla serosidad de una cabeza que no había conocido más agua que la del bautismo. Sus gustos, levantar el codo con frecuencia, cantar coplas populares, buscar noticias y trasmitirlas á otros curiosos, y fumar peralillos de pie en las esquinas ó sentado en el umbral de una tienda. Su profesión, 000. Pero aunque algo secarrón, era comedido, se santiguaba cuando oía un falso testimonio, y siempre estaba dispuesto á servir á sus primas, sobre todo á doña Tecla, en cuya casa vivía y á cuya mesa sacaba la tripa de mal año.

 Antonio, huérfano como Juanita, era un joven de simpática figura, honrado y laborioso, condiciones que á los ojos de doña Tecla y de muchísimas doñas Teclas, nada valían, porque sobre tales buenas prendas prevalecía la pobreza. Ésta para ciertas clases sociales es casi un crimen, y la riqueza, aunque tenga cimiento de crimen, es virtud. Y lo peor es que tal trocatinta del mundo no tiene tranzas de acabarse jamás; por eso vemos nosotros, como lo vieron nuestros tatarabuelos, tanta y tanta gente que pasa hollando la virtud para buscar tesoros y llegar á ser.... virtuosos, y merecer el aprecio y las consideraciones de la sociedad.

 Antonio se ocupaba en las labores de un huerto que había arrendado á una legua de Ambato, río abajo y en su margen izquierda. Siempre había gustado del trabajo y de una economía, entendída y prudentemente practicada; pero redobló su actividad desde que se enamoró de Juanita con el honrado propósito de hacerla su esposa. Cuándo comenzó su amor y de qué manera, no lo sé; lo que llegó á mi noticia fué, que Juanita le correspondía; que en ambos la pasión era ardiente; que Antonio había dado á conocer de modo bastante claro á doña Tecla su deseo de casarse con la joven; que doña Tecla se le mostró adversa y puso el mayor cuidado en evitar que los enamorados se viesen y hablasen á solas. ¡Qué necedad la de la vieja! como si el amor no hablara con los ojos, con la sonrisa, con disimuladas señas; como si no supiera hacer volar misteriosamente papelitos que van á dar á manos de la dama ó del galán; como si no supiese saltar murallas ó abrir en puertas y ventanas resquicios por donde meter la mano ó hacer pasar palabras y frases como balas candentes ó como ráfagas eléctricas, mientras duermen ó se distraen los centinelas y los cancerveros. En punto á estrategia y estratagemas, el amor puede poner cátedra para los capitanes más científicos y experimentados del mundo.

 Juanita se pasaba en Quito vida tristísima. Doña Marta le tenía vivo cariño; pero no la desamparaba ni un solo momento, expiaba todos sus movimientos, interpretaba todas sus palabras, seguía la dirección de todas sus miradas; era su sombra: si iba doña Marta a la iglesia, á Juanita había de llevar; si á una visita, con ella; si á paseo, con ella; si la joven se asomaba al balcón, tras ella la bendita tía. Conque vean UU. si la desdichada huérfana era para envidiada.  Con todo, había inquilinos en casa, y doña Marta, como era natural, solía dormir. Y Antonio hizo de incógnito un viaje á la capital, y se entendió con una inquilina, y la inquilina, burlando la vigilancia de la patrona, se entendió con Juanita. Hubo más: una mañana, mientras doña Marta al salir de misa se volvió para hacer la reverencia, Antonio y su amada se dijeron cuatro palabras con los ojos: Estoy firme: no hay cuidado.

 Antonio no podía permanecer muchos días en Quito, y se volvió á su quinta; pero trajo algún consuelo y lo dejó también á la pobre Juanita. Sobre todo, pudo dejar arreglada la manera de corresponderse con ella.

 Cerca de cuatro meses habían trascurrido. Una mañana tía y sobrina salían de misa de la iglesia de la Compañía de Jesús, y dieron de manos á boca con un grupo de oficiales, que fumaban y charlaban alegremente. Juanita, para embozarse mejor, abrió un instante el pañolón tirando de los bordes á derecha é izquierda, y este acto inocente descubrió su belleza á los ojos maliciosos de aquellos militares. —¡Cáspita! dijo el más joven, cuadrándose delante de ella, ¿de dónde ha asomado por acá esta maravilla? Por vida de sanes, qué ojos, y qué boca y qué todo!

 Doña Tecla se santiguó, tiró del traje á su sobrina, y esquivando al oficial apretaron ambas el paso —Encomiéndate á la Virgen, decía por lo bajo á Juanita; di Jesús, Jesús, Jesús. Y repetía las santiguadas, y casi corría arrastrando á la sobrina. Seguíalas el oficial y decía: —Chica, ¿dónde vives? Mira que quiero ser tu amigo. Señora; oiga señora, no apriete tanto el paso; mire que no soy el diablo ni voy á cargarme con su hija.

 —¡Jesús! vida mía, ¡Jesús! ¡Qué tentación ésta! ¡Santo ángel de nuestra guarda! Juanita, mira que no puede una venir ni á misa. ¡Cuándo vuelvo contigo á esta Compañía!

 El joven soldado continuó detrás sin contener su torrente de requiebros; ellas al fin se metieron á su casa y cerraron violentamente la puerta. El oficial pudo decirles todavía: —¿Conque aquí viven, hé? Muy bien, muy bien. Linda, hasta luégo; yo volveré y te haré una visita.

 —¡Hija, misericordia! exclamó doña Marta, fatigada y sudando; hija Juanita, esto está peor que lo del Antonio; peor, peor. Este Satanás de pantalón colorado verás lo que hace. ¡Misericordia! si estoy medio muerta.

 Juanita, que en verdad estuvo también bastante asustada, procuró dominar su emoción y calmar á su tía. Pero ésta le dijo al fin: —Hijita mía, á Ambato, no hay más remedio: te mando á Ambato, pronto, pronto. Allá tu tía Tecla verá lo que hace contigo, y tú misma abrirás los ojos, verás tu suerte y no harás la locura de casarte con ese tal Antonio. ¡Un soldado! ¡Jesús me valga! Esto está horrible. A Ambato, hija, á Ambato. Un soldado es peor que mil Antonios: es el mismo enemigo malo.  —Como Ud. quiera, tía Martita, contestó la joven con modestia; pero no podía ocultar que un rayo de esperanza había bajado á iluminar su corazón, y sonreía y le brillaban los ojos.

 —Hijita, cuánto me gusta tu sujeción á mi voluntad. ¿Qué día es ahora?

 —Miércoles.

 —¿Día de correo?

 —Día de correo para el sur.

 —¿También para Ambato?

 —Precisamente.

 —Pues voy á escribir á mi hermana Teclita. Que venga al momento Bonifacio y te lleve.

 Se encerró, pués, en su cuarto, y en dos horas largas, piensa que piensa, y pinta que pinta letra tras letra, escribió lo que sigue: "Mi querida Teclita de mi alma. —Después de saludarte con todo mi cariño, es preciso que te diga que la Juanita en todo el tiempo que ha estado conmigo no ha dado qué decir de su persona; es muy buenita y un suelo de humildad; ha oído misa todos los días y ha vivido al pie deL confesor. Pero como las tentaciones del enemigo malo no faltan, y á las almas de Dios persiguen más, cata aquí que esta mañana al salir de misa, el maligno en figura de militar se presenta derrepente, y encarándose á nosotras le dice á la chiquilla unas cosas del infierno, que de sólo recordarlas me da escalofrío. Y no paró aquí, sino que nos vino siguiendo repitiendo las mismas cosas y otras peores, hasta que nos metimos á la carrera y cerramos las puertas. Yo le dije á la Juanita que diga Jesús y se encomiende á la Vírgen Santísima; pero como el demonio es tan atrevido, dijo que había de volver. Ya ves, hijita mía, el peligro en que está nuestra sobrina, y que es necesario guardarla como á las niñas de los ojos. Con harto sentimiento de mi corazón te digo, pues, que la lleves á tu casa, y mandes por ella al primo Bonifacio. Yo no puedo cuidarla, porque una pobre mujer desvalida no vale para lidiar con un soldado, y si sucediera alguna desgracia, me moriría; y si me descuidara un solo momento, tendría que dar cuenta á Dios, y cada una con su propia conciencia tiene demás para vivir temiendo y temblando. Conque así, pues, hijita mía, llévala para Ambato, y tú sabrás cómo la libras del tal Antonio. Sobre esto le he echado yo muy buenos sermones, y creo que está bastante convertida. Conque adiós, Teclita de mi alma; yo no dejo de encomendarte á la divina Providencia, y te pido que hagas lo mismo con esta tu hermana que mucho te quiere. —Marta. —Nota. Por Dios, no te descuides: que venga pronto el primo Bonifacio; pero volando".

 Mientras la tía redactaba esta carta, la sobrina no se descuidaba: metióse en una faltriquera, que le servía de cuarto de costura, tocador y oratorio, y escribió también una esquela con mano trémula y mala letra, cosa inusitada en ella que la tenía muy regular La dobló cuidadosamente y puso el sobrescrito; para quién, ya UU. pueden imaginar. Metióla en el seno y, dirigiendo una mirada tierna y triste á una imagen de la Vírgen que pendía de la pared, mirada que fué una súplica y juntamente, quizás, un presentimiento del que la joven huérfana no podía darse cuenta, se encaminó al cuarto de doña Marta.

 —¿Ya está la carta? la preguntó.

 —Ya, hijita. Llama á quien la lleve al correo.

 Juanita tuvo cuidado de llamar á la inquilina de sus confianzas, á quien, al salir las gradas, hizo una seña para que pasara tropezando con ella como al descuido, pues la tía estaba presente.

 —¡Jesús! ña Juanita, creo que la pisé, dijo la mujer, tomando rápidamente algo que le daba la joven sin que lo advirtiese la patrona.

 Pocos minutos después la inquilina dejaba en la estafeta dos cartas en vez de una.

 A doña Tecla disgustó profundamente, no tanto lo ocurrido con el oficial, cuanto la necesidad de hacer volver á Juanita á su lado. Su primer pensamiento fué negarse á la solicitud de su hermana, y pedir que encerrase á Juanita en un monasterio; pero algunas reflexiones de don Bonifacio, justas ó no, la hicieron comprender que eso no era muy fácil para personas que no tenían valimiento en la capital. Entonces se le ocurrió á doña Tecla enviar á su sobrina al monasterio de Riobamba, en donde contaba con el apoyo de una religiosa, su parienta. —Resuelto, dijo á don Bonifacio; te vas á Quito lo más pronto posible á traer á esa loquilla que me da tantos dolores de cabeza. Durante tu viaje, haré las diligencias con la madre N..; llegas aquí, y por la misma, á Riobamba, sin perder un momento. Ya veremos si la loquilla y el desnudo del tal Antonio pueden más que yo. Tú me conoces: yo soy quien soy.

 Don Bonifacio no pudo ponerse en camino sino el lunes siguiente al día en que doña Tecla recibiera la carta de su hermana, y por mucho que anduviera, no podía llegar á Quito sino el martes por la tarde, ó á lo menos algunas horas después del correo. Así, pues, tiempo había para que Juanita recibiese contestación á la carta que había dirigido á Antonio, y tal sucedió. Leyóla, palideció, tembló y regó abundantes lágrimas, que aunque trató de ocultar á doña Marta, no le fué posible; pero ésta juzgó que emoción y llanto provenían de la proximidad del viaje, y áun llegó á imaginar que eran señales de lo mucho que la joven se apenaba por la separación de su querida tía, lo cual para ésta fué causa de tierna gratitud, y lloró también.

 ¿Por qué se afligía tanto Juanita? La carta de Antonio rebosaba en amor, en juramentos de fidelidad y en promesas halagadoras, y contenía, además, un plan de operaciones, como él decía, encaminado á vencer toda dificultad v coronar su deseo mutuo con el matrimonio. El plan, en concepto de la joven, era atrevido y peligroso, y esto quizás la desazonaba. Cuantas veces podía burlar la vigilancia de doña Marta, repetía la lectura, y otras tantas temblaba y lloraba.

 Además, ¿quién sabe qué otros motivos de temor y pesar se encerraban un pecho? El amor aun cuando no es contrariado, pero mucho más si lo es, crece y se desarrolla acompañado de no sé qué amargura, de no sé qué recelo doloroso, de no sé qué presentimientos tristísimos de los que uno no puede darse cuenta cabal. Por eso la persona verdaderamente enamorada nunca está alegre, suspira muucho y derrama lágrimas secretas. ¡Ay! el pasado, por bello que sea, no es más que un recuerdo, el presente tan lleno de zozobras y el porvenir tan oscuro y medroso! ¡Pobre Juanita!

 Llegó don Bonifacio bastante cansado, y más que cansado, con la cabeza en malas condiciones y los ojos encandilados, á causa del bendito cuerno, vacío desde el último beso que el buen viejo le diera al pasar el Machángara. Tambaleándose y balbuciente, dijo á doña Marta cuanto su hermana le había encargado decir, y saludó y abrazó á Juanita. Después se echó á desollar la zorra.

 A la mañana siguiente, tomado muy temprano el desayuno de locro, huevos fritos y chocolate, montaron á caballo Juanita y don Bonifacio, y emprendieron el viaje. Precedió naturalmente la despedida, que en verdad fué triste. Doña Marta, llorando, abrazó á Juanita y le dio la bendición, no sin haberle dirigido antes larga letanía de consejos. Juanita lloraba también, y lloraban enlazándola una y otra vez en sus brazos las criadas y las inquilinas, que habían salido de sus habitaciones para decir el adiós, á su querida señorita. ¡Buen viaje! ¡Dios me la lleve con bien! ¡adiós! adiós! Repetían todas.

 Don Bonifacio, antes de echarle la pierna á la cabalgadura, había dado un largo beso á su querido cuerno, nuevamente provisto de anisado.

 Las inquilinas salieron á la puerta de calle para ver á los viajeros hasta que torcieron la primera esquina; doña Marta, con igual objeto, se había asomado al balcón, y mientras con la siniestra se enjugalia las lágrimas, con la diestra echaba á Juanita bendiciones una tras otra.

 El trayecto de algunas leguas que hacía el caminante en la última jornada para llegar á la histórica ciudad de los Shiris y de los Incas, á la capital de la Presidencia española de Quito, y de la actual República del Ecuador, no era camino, y es punto resuelto por la sana crítica que se le daba ese nombre sólo por decencia: pues ¡como no se había de llamar camino esa sucesión de fangales, resbaladeros, abras estrechas, gradas de piedras movedizas que se hallaba en las vecindades de una gran ciudad! Y se lo llamaba camino real; ¡qué ironía! En la estación de las lluvias, no había hipérbole que alcanzara á pintar lo que era aquel trayecto; en la estación seca se ponía magnífico, en el decir de nuestra gente; y magnífico estaba el 22 de junio de 1840, pues don Bonifacio rodó sólo tres veces, Juanita se enlodó cuatro en otros tantos fangos, y dos más dió consigo en tierra al saltar su caballo unas gradas.

 La pobrecita venía muy melancólica, y ora rezaba con fervor y alzaba al cielo sus hermosos ojos negros, ora lloraba sollozando; ora inclinaba la cabeza y se entregaba por completo á sus pensamientos. Pensaba sobre todo en su querido y fiel Antonio y en el plan que se proponía realizar, quizás ese mismo día, cuando ella menos lo espere, ó al siguiente, ó al tercero; porque, en fin, Antonio no era hombre á quien amedrentaban las dificultades. Cavilando sobre este punto venía, y sin contestar á tal cual palabra que le dirigía don Bonifacio, siempre delantero, pues se había propuesto hablar lo menos posible con el impertinente viejo, cuando penetraron en Jalupana. Suelo perpetuamente lodoso y con piedras sueltas esparcidas; peñascos laterales de cuatro, cinco y seis metros de alto, equidistantes dos ó tres á lo más uno de otro, y sudando en todo tiempo gotas de agua que de minuto en minuto caían dando leve y triste sonido; en la cima de esos muros sombríos y medrosos una barda natural y espesa de juncos, helechos y otros arbustos silvestres que tendían sus ramas sobre el camino, impidiendo el paso á los rayos del sol: esto era Jalupana. Aquí se aumentó la tristeza de Juanita. Don Bonifacio se echó un trago y se puso á cantar imitando el cro cro de las ranas y el piar de tal cual avecita escondida entre el chaparro. Media hora después se hallaban en el Tambillo, calle igual y descampada con hileras de casucas á uno y otro lado, en las cuales solían hallar no muy cómoda posada los cansados viajeros. En una de ellas quiso quedarse Juanita, pero no lo consintió don Bonifacio, que había determinado pernoctar en Machache. Siguieron, pues, adelante.

 El camino ya no era malo; pero la tarde se puso nebulosa y sombría. Los chagras anunciaban que esa noche habría nevazón y tal vez llovizna. A las tres llegaron nuestros caminantes al punto en que debían rendir su primer jornada. Había por ahí una casa en que sonaban un bombo y un clarinete y voces de gente alegre, pues era la víspera de una fiesta que debía hacerse en el pueblo, y los parientes y amigos del prioste, dueño de la casa, habían acudido á celebrar al santo comiendo, y bebiendo y bailando muchas horas antes de la función de la iglesia. Indudablemente estos agasajos gentílicos y semisalvajes no eran del gusto del bienaventurado; pero el dejar de hacerlos tampoco era del agrado de sus devotos, como no lo es todavía hoy que ha trascurrido cerca de medio siglo desde la fecha á que me refiero.

 Don Bonifacio tuvo por conveniente buscar hospedaje en una casa cercana á la de aquel ruído que le cayó muy en gracia; siempre le parecía buena la vecindad de la gente alegre, y luégo, ¿eran pelos de cochino esos traguitos que allí tomaría, sin necesidad de destapar su cuerno?

 Era esta casa como tantas otras de nuestros chagras; techo de paja que el tiempo y las lluvias habían cubierto de una capa de moho verdoso, sobre paredes de un metro de altura; corredor estrecho con dos pilares toscos y torcidos; una puerta al centro forrada de cuero de res; y por dentro, á un lado el hogar formado de tres piedras negras, al otro una tarima de juncos larga y alta, y aquí y allá algunas canastas, ollas y otros utensilios, por entre los cuales se paseaban unos cuantos cuyes.

 —¡Casero! gritó don Bonifacio, ¿hay posada?

 —Sí, señor, contestó un hombre chiquitín, flaco, calado hasta las cejas de un sombrero con funda de tafilete y cubierto de un poncho de bayeta que le bajaba á los talones.

 —¿Y alfalfa?

 —La tenemos.

 —¿Y algo que comamos nosotros?

 —También.

 —¡Magnífico! Pues pie á tierra.

 Se desmontó con dificultad; tomó en brazos y bajó también á Juanita, que medio renqueando de cansada dio unos pasos y se sentó en un banco que había en el corredor. En seguida ató los caballos á los pilares, y gritó á una mujer que soplaba el fogón para encenderlo: —¡Ea! señora, apure Ud. un poco esa comida, porque ha de saber Ud. que esta niña y yo tenemos tripas que llenar. ¿Me entiende Ud.?

 —Sí le entiendo, señor, contestó el segundo tomo del posadero, asomándose un poco á la puerta, y seguido de una chica de cabeza enmarañada y camisa rota y sucia que le caía hasta los pies. Era el suplemento de la obra, ó sea la hija de los posaderos. El tomo segundo era digno del primero: mujer-muñeca, de ojos no muy sanos, nariz en proyecto, caverna por boca y en el cuello tres bolas de billar —vulgo cotos- que no son raras en la gente de esa tierra. Su vestido, camisa de ex-percala, brial de bayeta, y... nada más.

 Juanita se había arrimado de codos en las rodillas y apoyado la cara en las manos abiertas, en tanto que sin alzar el talón, daba con la punta de un pie golpecitos en el suelo.

 —¡Qué niña tan bonita! murmuró la posadera al verla; y volviéndose á don Bonifacio añadió: —Sus mercedes tengan un poquito de paciencia, pues la comida no estará sino á las oraciones.

 —Aunque no estuviera hasta mañana, dijo á media voz sin levantar la cabeza Juanita.

 —¿La niñita no tiene hambre?

 —No, señora.  —¡Cáspita! lo que tiene estar enamorada, observó don Bonifacio en voz baja también; esta mí sobrina se contenta con mascar ilusiones.

 Y dejándola sola se encaminó hacia donde sonaba el bombo tentador que parecía decirle: Ven, que aquí hay aguardiente.

 Durante la ausencia de su tío, Juanita había salido del corredor y daba á paso cansado algunas vueltas por el camino y los contornos de la casa; pero no veía los objetos que iba encontrando, sino sólo el fondo de su propia alma, abismo de sombras é inquietudes. La naturaleza no tenía nada que la distrajese; el Rumiñahui, cuyos picachos negros salpicados de nieve brillaban con los últimos rayos del sol, y cuyas faldas cubiertas de raquítica selva franjaba esos momentos parda niebla; y los extensos prados tendidos por todas partes y resonantes con los mugidos de las vacas y los balidos de los rebaños; y el labrador que, entonando su yaraví en el rústico rondador, volvía de rematar su tarea; y las cabañas de cumbres coronadas de humo, nuncio del fin de las fatigas del día, y de la anhelada comida y del descanso: todo esto que en otras circunstancias habría encantado á Juanita, que tenía corazón de poetisa, pasaba entonces desadvertido para ella.

 Al fin sacó del bolsillo del traje la carta de Antonio y se puso á repasarla. Andaba y leía; paraba algunos momentos y seguía leyendo; luégo la apartaba de la vista y bajaba, dejando caer el brazo á lo largo de los pliegues del vestido, y puesto el índice de la mano izquierda sobro los labios fuertemente cerrados, recapacitaba. En seguida se enjugaba las lágrimas, suspiraba y volvía á la lectura.

 Así pasó media hora, y en tanto don Benifacio, que tornaba de la diversión, donde le fuera bastante bien, se le acercaba por las espaldas. Advirtiólo Juanita, dobló precipitadamente la carta y la metió al bolsillo, con no poca inquietud. El viejo pasó de largo como si tal cosa; pero dilató su boca sonrisa maliciosa y dijo para su sayo: —Conque tenemos cartita; ¡hum! me alegro de saberlo, y ya la veremos. En seguida, ayudado por el posadero, quitó las sillas á los caballos y les puso su pienso, quedándose en jarras buen espacio y viéndoles comer.

 Eran las seis. ¡Qué hora! en ninguna parte muere el día más tristemente que en el campo. Muere y mata con su lúgubre aspecto la alegría de quien no está habituado á la soledad.

 La posadera anunció que la comida estaba lista. Juanita lo oyó con indiferencia, y don Bonifacio exclamó —¡Santa palabra! Miren UU. que ya las tripas se quejaban amargamente.

 Corta, baja y negra era la mesa, y de pies no muy seguros, y los asientos dos bancos que reclamaban el hacha para qe los hiciese leña. La dueño de casa había cubierto la primera con un trapo jubilado, que quizás comenzó sus servicios por ser falda de camisa, puso al centro un cabo de vela chisporroteadora clavado en el gollete de una botella, y sirvió dos platos de fábrica nacional, contemporáneos del mantel en el servicio y colmados de papas humeantes y de salza capaz de abrasar lenguas de vaqueta: tal era de picante. Juanita y su tío se sentaron frente á frente. La primera tomó con los dedos, pues no había cuchara ni tenedor, la papa más pequeña y la comió con desgana. Don Bonifacio se engulló todas una tras otra; y en seguida vinieron sendos trozos de carne en un solo plato, y dos panes, en la ocasión pasaderos. La joven no pudo vencer las dificultades que oponía á toda diligencia, eso que fuera res y que el fuego no había podido convertir en manjar capaz de ser triturado por humanas muelas. ¡Don Bonifacio mismo se declaró vencido!

 —Señora, dijo á la posadera algo molesto, Ud. nos ha servido carne de macho, como dizque se acostumbra por esta tierra.

 —Ave María, señor, contestó la mujer algo corrida, no me tenga por tan mala cristiana: es lomo de vaca.

 —Pues la vaca fué su bisabuela, vieja de... Traiga Ud. un pedazo de queso.

 Felizmente lo había fresco y no malo. Juanita lo comió con pan; imitóla su tío; bebieron unos bocados de agua en un jarro de lata, único utensilio de lujo en tan grata posada, y... no hubo más, y se levantaron los manteles, y la buena casera dijo el Bendito juntando devotamente las manos y dio las buenas noches.

 —Juanita, dijo don Bonifacio, tú no has comido nada y vas á pasarlo mal.

 —No he tenido hambre.

 —Es raro: las chiquillas siempre la tienen.

 —Yo no soy chiquilla.

 —¡Ah! es verdad, y por eso piensas ya como mujer, en cosas serias; ¿no es así, Juanita?

 —Pienso como debo pensar.

 —¡Ja ja ja! ¡qué Juanita! Tus pensamientos andan... Pues, hija, lo mejor es pensar en dormir.

 La joven se mordió suavemente el labio y guardó silencio. Sabía á dónde tiraba el viejo con sus palabras y sus reticencias.

 La posadera les pidió permiso para irse un momento á la diversión. La había precedido su esposo; pero les indicó antes que podían pasar la noche en la tarima, en la que había tendido paja. Don Bonifacio puso encima su pellón, se envolvió en su poncho, y se recostó diciendo: —Después de la mala comida, mala dormida. Con todo, Juanita, es preciso que me imites, pues tenemos que madrugar.

 —No tengo sueño.

 El silencio no era completo: parecía que la naturaleza no podía dormir y pasaba mala noche: ladraban los perros, gritaban las ranas, y de cuando en cuando fuertes ráfagas de viento azotaban los costados de la choza haciéndola estremecer; además se percibía bastante claro el rumor de la diversión vecina, y los caballos atados á los pilares daban monótono sonido al masticar la alfalfa. Item: los cuyes como que se divertían también y danzaban bajo la tarima cantando en tiple á su manera.

 Juanita sacó del bolsillo su rosario de corales, y se puso á rezar en silencio. Después pasó largas horas revolviendo sus tristes pensamientos. Confiaba en Antonio, esperaba que cumpliría sus promesas, no dudaba que el plan que la había comunicado era parto de su buen juicio y en el cual habría meditado mucho; quizás al siguiente día, más de seguro al tercero, iba á cambiar la situación de ambos; poco faltaba para que se llenaran sus deseos: se aproximaba el momento de verse esposa del hombre á quien amaba y libre de las impertinencias y tormentos á que la había condenado doña Tecla; y sin embargo, tenía en el alma una nube que no la dejaba, y en el corazón un no sé qué amargo y terrible que la mataba. El plan mismo de Antonio la disgustaba; pero ¿cómo evitarlo?...... Al fin vino el llanto, lenitivo del dolor. Tras este desahogo acudió el sueño: ¡bendito sea! Mas ¡ay! cuántas veces el sueño es también ocasión de desgracias!

 Eran las doce de la noche cuando don Bonifacio asomó en casa del divertido prioste. Fué recibido con algazara y, por supuesto, no faltó el agasajo de las copitas. En seguida el viejo se acercó al farol de papel que pendía en la entrada del aposento, y se puso á leer con avidez una carta. Después de cada línea decía á media voz: —Amores.... Requiebros.... Majaderías. ¡Oh! dijo al fin: aquí está lo bueno, y leyó para sí: "Es seguro que saldrán de Quito el 22 y que harán tres jornadas; yo, acompañado de mi amigo N. N. y de mi sirviente, saldré á tu encuentro en cierto punto del camino que yo sé; entonces te pondremos al centro y partiremos camino del pueblo N. El viejo Bonifacio se opondrá, gritará y se desesperará; pero seremos tres contra uno, sin contar contigo, y todas sus cóleras y sus chillidos serán inútiles. El cura del pueblo de N. es mi pariente y amigo: con él allanaremos volando las dificultades que se presenten y dentro de tres ó cuatro días nos habrá dado la bendición. Si nos descubren y doña Tecla quiere hacer de las suyas, le daremos en la cara con tu fe de bautismo, que ya está en mi poder. Conque, amor mío, ¡ánimo! ¡mucho ánimo!".

 —¡Aaah! dijo al terminar don Bonifacio, en cuyas manos temblaba la carta, la cosa es seria. Conque el teje maneje va por ahí. ¡Pícaros! Y esa mogigata de la Juana, que parece que no quiebra un plato. Bueno, bueno: á mí no me la pegan. Tres contra uno; ¡hum! A otro tonto con esa: yo.... pues veremos.... no me faltarán arbitrios.... A mí no me la pegan.

 El viejo caviló un buen espacio, y al fin se dijo, dándose una palmada en la frente: —¡Caletre! ya dije que á mí no me la pegaban: esto es: asunto concluído. ¡Me lucí! ¡Ja ja ja!  Y se retiró á la posada, después de guardarse la carta en el bolsillo de la chaqueta.

 Juanita seguía en profundo y sosegado sueño. Antes de las cuatro de la mañana le gritó don Bonifacio: —Sobrinita, ya es hora: ¡ea! los huesos de punta! ¡al caballo!

 La joven se recordó sobresaltada y el viejo salió á arreglar las cabalgaduras. Había encendido el cabo de vela que sobrara la víspera, y Juanita quiso dar una nueva mirada á la carta, acudió al bolsillo ¡y no la encontró! Imagínese la sorpresa, el disgusto y la pena que esto le causaría. Volvió á meter la mano al bolsillo, sacó el pañuelo de narices y lo sacudió, se palpó el seno repetidas veces, removió la paja, anduvo á gatas por el aposento, ¡y nada! Se aumentó su palidez, estaba fatigada, temblaba. —¡Dios mío! ¿qué fué? ¿qué se me hizo? repetía en voz muy queda.

 En estos afanes y angustias la encontró don Bonifacio.

 —Juanita mía, ¿que buscas?

 —Nada.

 —¿Qué has perdido?

 —Nada.

 —Pero, hijita, si veo que buscas algo y estás inquieta.

 —Se me ha caído...

 —¿Qué cosa?

 —Una cosa.

 —¿El pañuelo?

 —¡Qué pañuelo!

 —Si no es de importancia, déjalo y vamos, que la jornada de hoy es larguísima y no podemos perder tiempo.

 —¡Dios mío!...

 —¡Eh! bien digo que estás inquieta, y á mí me vas molestando con tus tardanzas. ¡Vamos! ¡al caballo!

 —Pero... si aquí la tenía...

 —¿Qué tenías en el bolsillo?

 —No le importa saberlo.

 —Si fué algo que pudieran comerlo los cuyes, no cuentes con eso: se te cayó, lo agarraron entre diente y diente, y no hay más. ¡Vamos, niña! ¡al caballo! Lo perdido, perdido, y no hay sino dejarlo.

 Don Bonifacio hizo el pago al posadero, ayudó á cabalgar á Juanita, mientras éste tenía con la diestra la brida y con la otra mano el estribo que pisaba la joven para subir trabajosamente á la silla; montó el viejo y echaron á caminar.

 La mañana era oscura, lloviznaba, soplaba incesante viento y era intenso el frío. El viejo cantó con voz gangosa:

 Quiero más bien que me falte
 La funda y el encauchado,
 Y no que el frío me asalte
 Sin cigarro ni anisado.
 Y dió un toque al cuerno y encendió un papelillo. Estoy alegre, dijo, y siguió cantando:

 Sin repugnancia ni quejas
 De mulo más bien haré;
 Pero ser paje de viejas,
 Liberanos, Dominé.

 —¡Ja ja ja! ¿Qué te parece, Juanita? Pero estos versos no son para tí que eres joven y linda. Hijita, sirviéndote de paje daría yo la vuelta al mundo.

 Juanita iba tristísima, y por extremo turbada é inquieta, y apenas paraba la atención en las burlas de su impertinente compañero. Fijaba la vista aquí y allí, á derecha é izquierda del camino, pero no veía sino sombras y las masas informes de los matorrales que se levantaban á las orillas de las zanjas. —¿Dónde estará? pensaba; ¿si estará cerca? ¿si estará por aquí? ¿cuándo asomará? Y á veces la fantasía le presentaba tres ginetes que salían á su encuentro; ¡Antonio! murmuraba, y se estremecía; pero lo que había visto eran matas oscuras que sobresalían de las demás. ¡Un ruido!.... ¡vienen!.... ¡se aproximan!...... Era el ruído de un arroyo que caía al fondo de un barranco.

 A don Bonifacio se le había pasado el momento de buen humor, y llevaba consigo un compañero malísimo en toda ocasión, pero sobre todo en la soledad y entre las sombras —el bendito miedo. —¿Si estarán ya por aquí esos bribones? se decía; ¡guapa me la pegarían! Yo solo, ellos tres, esta loquilla determinada...... ¡Hum! ¡hum! Hasta Tiopullo ¡qué peligro! ¿Y si en Tiopullo nos aguardan?.... Y el viejo veía también fantasmas y temblaba.

 Pero no hay noche eterna, ni fantasmas que no se desvanezcan, ni miedo que no pase. Amaneció. Seguía cayendo una llovizna que semejaba polvo, al través del cual se veían todos los objetos confusos y vagos. Hallábanse nuestros viajeros en la cima de la cuesta de Romerillo; á la derecha se descubría la pequeña selva de Monte-redondo, á la izquierda había unos cuantos árboles propios de aquella fría región; y árboles y arbustos destilaban abundantes gotas que el aguacerillo depositaba en sus hojas y flores. Los mirlos cantaban aquí y allá metidos entre las ramas, y los conejos saltaban y huían sacudiendo la mojada grama, al aproximarse los caminantes. El día se dispertaba alegre como siempre, pero estaba contrariado por la naturaleza que había querido llorar á esas horas, y rehusaba quitarse su manto de nieblas. Buena estaba para compañera de Juanita.

 —¡Eh! dijo don Bonifacio, ya tenemos luz, ¡gracias á Dios! En la oscuridad no hemos tenido ladrones; ¡quién sabe si en la claridad no vengan á hacernos una diablura! Con todo, más vale tener luz que sombras. ¿Qué dices, Juanita? ¿No tienes miedo? Yo sí lo tengo. Mira, no tardaremos en atravesar Tiopullo, guarida de ladrones. Despué no habrá motivo de temor.

 La joven nada contestó.

 —¡Eh! Juanita, prosiguió el viejo, ¿has enmudecido? Yo creo que lo que perdiste esta madrugada en el tambo, fué la lengua.

 Juanita prosiguió en silencio.

 —¿Quieres echarte un buche? Mira que en este frío de los diablos provoca darle un beso á mi cuerno.

 Juanita en sus trece: calla que calla.

 Don Bonifacio se alzó de hombros, levantó el codo largo rato y no volvió á chistar.

 La joven había sospechado que fué su tío el ladrón de la carta, y el enojo vino á acompañar su tristeza, y se aumentó su inquietud. Sin embargo, mucho había que caminar, y quizás luégo, quizás más tarde, quizás por la noche.... En fin, Antonio cumpliría su palabra.

 Dejaron atrás la esplanada de Huincha y llegaron á la Cruz de Tiopullo. En sus inmediaciones y á la derecha se hallaba la entrada de un camino estrecho que tocando en algunos pueblos de Latacunga y dando un gran rodeo iba al fin á dar á las cercanías de Ambato. En esa división de los dos caminos se detuvo don Bonifacio, y volviéndose á Juanita la dijo con sonrisa maliciosa y en tono de triunfo: —Hijita, por aquí.

 —¡Por aquí! repitió la joven dolorosamente sorprendida.

 —Como lo has oído.

 —Pero si no es este el camino.

 —Camino es y bueno, y en él no hay ladrones.

 —¿A dónde vamos por aquí?

 —A Ambato.

 —¡Si se da una vuelta inmensa!

 —No importa.

 —Si no hay posadas y......

 —No importa: esta noche llegamos á casa.

 —¡Pero tío!

 —¡Pero sobrina!

 —Yo no me voy por aquí.

 —Te irás quieras que no quieras.

 —Váyase Ud. solo, que yo sigo adelante.

 — ¡Ja ja ja, loquilla! Sígueme.

 —No quiero.

 —¿Qué?

 —Que no quiero.

 —Pues yo sí quiero. ¡Adelante!

 Y el viejo poniéndose detrás dio un fuerte riendazo en las ancas del caballo de su compañera, que disparado y poniendo en riesgo de una caída á la joven, se metió por el deshecho.

 —¡Qué despotismo! ¡qué crueldad! exclamó la infeliz, agarrándose con ambas manos del pico de la silla.  — Hija, si lo hago por salvarte; mira que en el camino real te esperan ladrones.

 —Comprendo por qué me dice Ud. eso.

 —¿Lo comprendes? Me alegro. ¡Ja ja ja! á mí no me la pegan.

 —Está bien; pero......

 —Pero ¿qué?

 —Pero no siempre mi voluntad estará sujeta á la voluntad agena.

 —Calla, tonta, y camina. ¿Dónde hallaste la lengua que se te perdió en el tambo?

 Juanita conoció que era inútil continuar lidiando con su tío, y que era preciso ceder á la mala estrella que la perseguía. No volvió á desplegar los labios sino para dar salida á los sollozos que atropellados se le escapaban de lo más hondo del pecho. Media hora después el pañuelo que llevaba á la mano estaba empapado de tanto aplicarlo á los ojos.

 Caminaron todo el día; la llovizna había cesado, el sol los quemó largas horas, y el viento los envolvió muchas veces en nubes de polvo. Por la tarde la nevazón, que no había cesado en las cimas de los Andes, descendió á las llanuras y volvió á caer lluvia menuda que azotaba los rostros de los caminantes. Tales son los cambios atmosféricos en nuestras serranías. Vino el crepúsculo, cerró ls noche, ¡y faltaban todavía leguas por andar! Los ginetes se hallaban maltratadísimos del cansancio, y los caballos, con las cabezas inclinadas, apenas andaban. ¡Era para menos una jornada de más de veinte leguas!

 Eran las diez de la noche, de una noche semejante en todo á la actual: así lloviosa, así ventosa y fría; y el río crecido y negro como ahora, como ahora bramaba también de manera que infundía espanto. El socavón que tenemos aquí cerca, abierto en el recodo que forma el barranco, no alcanzaba á recibir todo el inmenso caudal del río, y las ondas, atorándose en la estrecha garganta, saltaban y retrocedían con violencia, levantando crespos penachos que luego caían y se derramaban en el antiguo cauce, formando otro río considerable y no menos precipitado. El barranco temblaba al choque de la mole de agua contra los bordes del boquerón, y con el furioso hervir de la que pasaba por debajo, y el ruído era semejante al de un volcán en los momentos de la erupción. Todo era terrible y amedrentaba el alma: el cielo donde no brillaba ni un solo lucerito, las sombras densas que cubrían la tierra, el río que descendía como fantástico monstruo á tumbos y saltos y amenazando ruína á todo cuanto se hallase en sus márgenes, y la soledad y el silencio, pues parecía no haber más ser viviente que ese temido elemento, ni se escuchaba otra voz que la suya.

 Esto que es hoy la amena quinta de La Liria, por entonces no era sino un erial, interrumpido sólo por tal cual pedacillo sembrado de tunas y dos ó tres chozas de gente miserable. La noche memorada y á la hora dicha se presentaron dos montados delante de una de esas cabañas. Estaban empapados de pies á cabeza y temblaban de frío, y los caballos daban señales de estar muy cansados. Es excusado decir que eran don Bonifacio y Juanita, que siguiendo siempre el dilatado camino vecinal del occidente habían venido á caer aquí.

 — ¡Casero! gritó don Bonifacio, ¡casero! ¡casero!

 Al tercer grito contestó una voz de hombre soñoliento desde el fondo do la choza: —¿Quién es?

 — Un caminante.

 — ¿Qué quiere?

 — Que me guíes hasta el puente de La Delicia.

 — No puedo.

 — Pues hasta el de Atocha.

 — No puedo.

 — Mira que no lo harás debalde: te pagaré una peseta.

 — Aunque me pague un peso. ¿Y para qué quiere irse por La Delicia ó por Atocha?

 — Pues, hombre, ¿para qué ha de ser sino para pasar á Ambato?

 — Si Ud. quiere pasar volando...

 — ¿Cómo es eso?

 — Quiero decir que no hay puentes: ambos se los llevó la avenida.

 — ¡Diajos! Juanita, nos amolamos.

 — No ha quedado, añadió el casero, otro paso que la tarabita de Pishilata.

 — ¡Linda noticia! ¿y quién da esa vuelta?

 — Pue» no la dé.

 — Díme, amigo, ¿va mucha agua fuera del socavón?

 — Bastante.

 — ¿Se puede vadear?

 — ¿Qué sé yo?

 — Pero, hombre, si va mucha agua...

 — Pues, señor, si va mucha agua, no se vadea.

 Don Bonifacio guardó un momento de silencio. El caso era apurado, aunque podía vencerlo con sólo quedarse á pasar la noche en la quinta de Atocha, donde yo residía con mi madre y mi abuela, que eran tan bondadosas y habrían acogido con gusto á los dos caminantes. O no se lo ocurrió ó no quiso don Bonifacio adoptar este medio, y sesgueando á la izquierda por unas torcidas callejuelas de cabuyos, descendieron al río, él delante, Juanita detrás, muda, triste y aterrorizada. Detuvíéronse á la orilla del brazo de río que arrancaba de la boca del socavón. Allí, en medio del pequeño semicírculo que forma dicho brazo para juntarse con el río principal, y en medio de unos árboles de molle y capulí había una cabaña habitada por una excelente familia algo conocida de don Bonifacio.

 — ¡José! ¡José! gritó éste y la contestación no se hizo esperar.

 — Me alegro que no hayas estado dormido.

 — Señor, qué se ha de dormir con este ruido de los diablos! Y diciendo esto salió José á la puerta de la choza. —¡Ah! el caballero Bonifacio, añadió; no le había conocido. ¿Qué hace, señor, por aquí á estas horas? Buenas noches.

 — Vengo de Quito y voy á Ambato.

 — ¿Y la señora? continuó el mozo acercándose al grupo.

 — Es Juanita.

 — ¡Ah! la niña Juanita. Buenas noches, niña.

 — Díme, José, tú que conoces á tu vecino...

 — ¿A cuál vecino?

 — Quiero decir á tu río. Díme, pues, ¿estará vadeable?

 — Hasta un poco entrada la noche, era imposible; pero ha ido mermando la avenida, y ya se puede pasar.

 — Conque si rebajado el río está todavía que brama como un diablo, ¿qué sería antes?

 — Señor, era cosa de espanto. No ha quedado un puente.

 — Ya lo sé. Pero, vamos, lo que conviene es que nos enseñes el punto menos peligroso para ponernos del otro lado.

 — Hágalo, señor, si los caballos son buenos y no están cansados.

 — ¿Los caballos? de primera! Un poco cansados... Pero...

 José se acercó y examinó el par de bestias. —Cierto, dijo, ¡qué caballos! Este blanco que monta la niña es un elefante. Niña, no tenga miedo. Hace media hora pasaron tres caminantes, y con no ser sus caballos ni la mitad de estos, salieron al otro lado sanos y salvos.

 — ¿Tres caminantes? preguntó don Bonifacio sin poder ocultar su sobresalto.

 — Sí, señor, y personas decentes.

 — ¿Los conociste?

 — No, señor.

 — ¿Tenían trazas de forasteros ó te parecieron ambateños?

 — No pude fijarme. ¡La noche está tan oscura!

 — ¿Hablaban?

 — Sí, señor.

 — ¿Les entendiste algo?

 — Poco. Uno de ellos se quejaba de haberle salido mal no sé qué empresa.

 — ¡Diajos! dijo entre sí don Bonifacio, ¡de qué nos hemos escapado! Y todavía hay algún peligro. ¡Lindo fuera que me la pegaran después de tanto rodeo y tanta mecha! Esto sería quemarse el pan en la puerta del horno. Pero ¿quién va á suponer que á esta hora y en noche tan oscura y lluviosa se atreva nadie á caminar con una mujer? ¡Vamos! nadie me la pega. Pasemos.

 —José, añadió resueltamente, enséñanos el punto más vadeable.

 —Con mucho gusto, señor; pero aguarde un momento mientras prepare un mechón de paja.

 Juanita, que no había perdido ni una sílaba de la última parte del diálogo, se estremeció y sintió oprimírsele el alma, y acudieron á su mente todos los pensamientos que ya se puede suponer. Antonio había salido en busca de ella; había pasado mal día; se había cansado y aburrido y, fallida la empresa, se volvió triste y sin saber qué juzgar de su amada. Se quejaba, según ha dicho José. Interiormente maldecía la joven á su viejo tío, causa de tanto contratiempo.

 José encendió el mechón de paja; don Bonifacio le dio á beber de su cuerno, y bajaron.

 —Este es el vado, dijo el mozo deteniéndose. ¡Oh! ya esto no es nada: puede uno pasarlo á pie.

 —¡Cómo que no es nada! habló por fin Juanita: si hay mucha agua, ¡y tan precipitada!

 —Nada, nada, en efecto, agregó don Bonifacio; si esto parece sólo una asequia.

 —Tengo mucho miedo.

 —Miedo infundado.

 —Tengo horror.

 —¡Cobarde!

 —Yo no paso.

 —¿Volvemos á lo de Tiopullo?

 —¡Bárbaro!

 —Mira, Juanita, el anisado quita todo miedo y horror: échate un trago.

 —Peor con eso, pues sólo de ver el río se me va poniendo muy mal la cabeza, y me da vueltas el mundo.

 El viejo no la instó; pero aplicó los labios al cuerno, levantó el codo y se estuvo largo rato con la cara vuelta al cielo que le echaba su cernidillo.

 —Conque, Juanita, ¡adentro! dijo en seguida.

 —No paso, repitió ella; me quedo en casa de José hasta mañana.

 —¡Qué más te quisieras! ¿Me tienes por un zopeneco?

 —Pero tío ¡Por Dios! ¿quiere Ud. matarme?

 —Lo que quiero es llevarte á tu casa, y te llevaré.

 —¡Bárbaro!

 —¡Vamos!

 Y poníéndose detrás el viejo repitió lo que hiciera en Tiopullo: dió un riendazo en las ancas del caballo y éste se precipitó al río.  —¡Jesús! exclamó Juanita. ¡Bárbaro! ¡hombre bárbaro!

 El bárbaro metió con fuerza las espuelas á su caballo que de dos saltos y levantando plumas de agua tomó la delantera al de la joven.

 —¡Sígueme sin miedo! gritó don Bonifacio.

 —¡Animo! niña, ¡ánimo! gritaba también José desde la orilla, levantando el mechón que no tardó en apagarse.

 El agua azotaba el costado de las cabalgaduras subiéndose hasta dar en la cintura de los ginetes; aquí tropezaban los fatigados brutos, allá resbalaban, más allá se hundían; pero la fuerza de la corriente, si los obligaba á descender, no podía voltearlos. Don Bonifacio los animaba á gritos; Juanita se agarraba con ambas manos del pico de 1a silla, mas tenía en tal estado la cabeza que le parecía que las olas subían en vez de bajar y que el vado se ensanchaba á medida que ella se acercaba á la margen opuesta. Pasaron al fin. En la orilla, veinte varas abajo del punto por donde penetraron en el agua, había un salto. El caballo de don Bonifacio asentó en el borde las manos, hizo un gran esfuerzo y se puso en seco. El de Juanita lo imitó con más trabajo y dando fuerte sacudida. —¡Jesús me valga! exclamó la joven con voz desfallecida.

 —¡Ea! ya no hay cuidado contestó el viejo. ¿Ya ves que no había motivo para tanto miedo y tantas alharacas? Pero este paso, como quiera que sea, merece cuatro buches de seguida. A tí para qué es decirte nada: seguro es que volverías á desairar á mi cuerno. Bebió en seguida; luégo prendió un papelillo, volvióse á mirar á su compañera, y espoleando su caballo dijo: —Sígueme; y ahora sí no hay más ladrones, rodeos ni vados, y dentro do media hora vamos á dispertar á tu tía Tecla, que debe estar ya en lo más dulce del sueño. Ella nos esperaba para mañana. ¡Ja ja ja! qué sorpresa vamos á darle.

 Los últimos tragos habían hecho efecto más que regular en la cabeza del viejo, y comenzó á inclinarse á la derecha, á la izquierda, adelante y atrás, como sauce movido por el viento. Luégo se dió á cantar; pero su voz trémula y confusa dejaba apenas oír, entrecortada, esta estrofa:

 Ojitos de indio borracho,
 Nariz de pupo de lima,
 Boca de bolsa rasgada:
 ¡Bonita es mi carishina!

 —¡Juanita!.... qué te.... parece...... No digo.... esos.... versos.... por tí.... ¡Linda!.... ¡Eh!.... linda.... Juanita.

 Y calló, y se durmió, y ya no se oía sino el golpear de los cascos en las piedras del camino y el jadear de los caballos, y el ruído de las rodajas de don Bonifacio. Felizmente esas bestias habían andado mil veces por allí é iban á su casa. Subieron la primera parte de la cuesta de Cashapamba, tomaron á la izquierda, y desde el punto en que, á la izquierda también, hay una bonita quinta y á la derecha un mal tambo, ontraron en camino llano. A poco, al mismo diestro lado, hay la entrada á callejón estrecho y tortuoso, y el camino principal sigue ligeramente empinado y cubierto de arena. Los caballos se inclinaban á tomar el callejón; pero se había oído unos segundos antes fuerte tropel que se acercaba por detrás. Eran tres montados que venían al galope. Los caballos de nuestros viajeros se excitaron con el ruido, don Bonifacio se recordó y echó un ¿Quién va? con voz balbuciente. Mezcláronse unos ginetes con otros, el viejo quiso detener el caballo de Juanita y se atravesó en el camino; pero dió en tierra, logrando apenas detener su rocín por las bridas. El de su compañera... voló en medio de los demás.

 No obstante el estado de su cabeza, el viejo penetró la gravedad del caso y comenzó á gritar entre iracundo y desesperado: —¡Diajos! ¡me la pegaron! ¡Juanita!... ¡Juanita!... ¡Juana del... ¡Carambas!... ¡Antonio!... ¡ladrón Antonio! ¡malvado! ¡canalla! ¡Pero me la pagarás!

 Y al mismo tiempo sofrenaba el caballo y buscaba el estribo para volver á cabalgar; pero la embriaguez, la turbación y la oscuridad se lo impedían.

 — ¡Diajos! ¡me la pegaron ! ¡quién lo hubiera pensado! Y ahora ¡qué dirá mi prima Tecla! ¡con qué cara me presentaré á ella! ¡Ay ay ay! Va á rabiar y á echarme de su casa. ¡Ay ay ay!

 Y se puso á llorar.

 Quiso consolarse con su cuerno; pero el último beso le había dejado seco.

 Al fin pudo pisar el estribo y cabalgó, no sin gran esfuerzo; se inclinó á la derecha para tomar la ación y dar con el segundo estribo, perdió el equilibrio y cayó de nuevo. ¡Vamos! el pobre viejo estaba de mala espalda; y lo peor que ahora soltó las bridas y el caballo se le alejó. Anduvo un trecho con las piernas y los brazos abiertos, echando tacos soldadescos y repitiendo ¡shó! shó! para ver de hacer parar al rocín. Dio con él, se santiguó á fin de neutralizar los malos efectos que podían producir los tacos, y tornó á montar. Su primer designio fué volar en seguimiento del raptor de Juanita; mas recapacitó y vió que era imposible darle alcance. Y luego ¿qué iba á hacer solo contra tres? Lo mejor era comunicar cuanto antes el suceso á doña Tecla, volar á la policía, levantar gente y ponerse en persecución de los prófugos. Se metió por el callejón, rasgó las ijadas al caballo, que hizo los últimos supremos esfuerzos que pudo para trotar largo, después de diez y nueve horas de viaje, y llegó á la ciudad.

 Doña Tecla se hallaba en el primer sueño, pues eran las once de la noche; mas se recordó con los golpes que don Bonifacio daba á la puerta de calle, y mandó á la criada que salióse á ver quién era el que metía tanto ruido. La criada conoció por la voz al viejo, abrió la puerta y, viéndole solo, se apresuró á preguntar.

 — ¿Y la niña?

 — No viene, contestó con disgusto don Bonifacio.

 El telégrafo de las criadas es muy antiguo, especialmente para trasmitir malas noticias: ni un segundo tardó el no viene la niña en llegar á oídos de doña Tecla.

 — ¿Pues quién viene?

 — El señor Bonifacio.

 —¿Solo?

 — Solito.

 — Si no debía llegar ahora: ¡algo ha sucedido!

 Y doña Tecla, entre tanto, se sentaba en el lecho.

 En efecto, Juanita no viene, dijo don Bonifacio metiéndose á la pieza oscura en que oía la voz de su prima.

 — ¿Qué significa esto, primo Bonifacio?

 — ¿Qué ha de significar, primita, sino que el diablo ha metido la cola en el negocio?

 — Explícate.

 — Pues me la pegaron ¡diajos!

 — Pero ¿qué ha habido?

 — Que el bribón del tal Antonio cargó con la Juanita.

 — ¿Qué estás diciendo?

 — Lo que me oyes.

 — ¿Y tienes valor de venirme con esa noticia? ¡Ah, pillo! ¡ah, canalla de ese desnudo! Y esa loquilla! esa malvada de la mogigata de mi sobrina! Y tú, viejo gallina...

 — Alto ahí, prima Tecla!

 — Y tú, digo, ¿nó has sido capaz de cuidar de esa muchacha? ¿Te has dejado embobar de ese miserable del Antonio?

 — Escucha, Teclita: ¡si no sabes lo que hay!

 — Pues ¿qué? Lo que hay es que Juana ha sido robada, que está deshonrada nuestra familia, y que tú has contribuido á ello.

 — ¡Tecla, por Dios! cálmate un poco y escucha, y no seas tan injusta.

 En cuatro palabras impuso á su prima todo cuanto había ocurrido, y añadió: —Aquí tengo la carta que pone en claro todo el complot y que me justifica; encendamos la vela para que la leas. Sacó del bolsillo la herramienta, golpeó repetidas veces el pedernal que echó mil centellas, se prendió la yesca, encendió un papelillo, que entre tanto había permanecido preso atravesado en los labios del viejo; en la candela del tabaco aplicó doña Tecla un pabilo bañado en azufre, la llama del pabilo pasó á la vela. La tía de Juanita arrebató la carta de manos de su primo, é inclinándose fuera de la cama para acercarse á la luz, y poniendo el papel junto al ojo derecho, mientras la puntería del izquierdo daba á la pared, leyó...... Ya saben UU. lo que leería. Después de cada frase de la carta amorosa de Antonio, que temblaba en manos de la vieja, ésta soltaba alguna palabra reveladora de la tempestad de ira que arreciaba en su alma: —¡Bribón!.... ¡infame!.... ¡esa muchacha malvada!.... ¡esa ingrata!.... ¡darme este pago!.... ¡cómo no vomito sangre! ¡cómo no me muero! Al fin estrujó el papel dando un rugido, y don Bonifacio creyó que iba á caer con pataleta.

 —Teclita, cálmate, la dijo, y sobre todo, no rompas la carta, pues nos ha do servir ante el juez.

 —El juez; dices bien. No pordamos tiempo: veamos al comisario de policía, á todos los jueces, para perseguir á esos canallas. Los he de perseguir hasta el fin del mundo y los he de hacer castigar. Para algo habrá justicia. Y no se han de casar. A la mogigata la he de meter en un convento, aunque sea para china de monjas. Yo valgo más que ella: yo puedo más. A doña Tecla de N.... no se la burla ni se la infama.... ¡Canallas!.... ¡infames!......

 Y saltando del lecho mal forrada en un camisón que la ponía semejante á una de aquellas almas santas que nuestros rústicos campesinos sacan en las procesiones, se vistió precipitadamente, envolvióse en un pañolón y, precedída de la vieja criada que llevaba un farol, salió con don Bonifacio en busca del comisario.

 Este tomó á pechos el asunto, pues no quería perder ocasión tan excelente (era comisario nuevo) de lucir su actividad y energía. Con todo, y á pesar de todas sus diligencias y sus afanes para reunir una escolta, armarla y montarla á caballo, se pasaron largas horas, causando angustias á doña Tecla y aumentando su cólera.

 La escolta se dividió en tres grupos á fin de perseguir á los prófugos por distintas direcciones. El comisario en persona, acompañado de don Bonifacio y cuatro gendarmes, se resolvió á caer de improviso en la quinta arrendada por Antonio.

 El río había bajado mucho, y lo pasaron sin peligro, aunque con no poco miedo del valiente empleado público.

 Al descender la bajada que iba á terminar en la quinta, comenzaba á rayar la aurora y se oía tal cual voz de las aves que la saludaban en el huerto tendido allá á la orilla del río. El cielo se había desembarazado de la mayor parte de las nubes negras que lo cubrían la víspera, y dejaba ver algunas estrellas, pálidas con la proximidad del día; las lomas de los contornos iban enseñando sus perfiles irregulares y las matas que crecían en sus pendientes costados; grupos de neblina semejantes á copos de algodón cardado se movían perezosos aquí y allá á lo largo de la ribera, y soplaba un vientecillo frío, pero agradable, que hacía inclinar las pajas de los bordes del camino y silbaba suavemente entre las ramas de loa molles y de las chileas. Los peros, los duraznos y otros árboles exóticos, fieles á su costumbre en el clima nativo, se habían desnudado en el invierno y presentaban aspecto ceniciento y triste; los árboles indígenas y los naranjos y limoneros, burladores del frío y del viento, conservaban su pomposo y alegre vestido, y hasta el lujo de sus plateadas flores y de sus pomos de oro.

 El comisario y sus compañeros encontraron algunos indios que bajaban al río, en busca de los troncos y ramas que la avenida pudiera haber dejado en las orillas, y que aquellos infelices aun hoy en día, suelen ir á recogerlos para proveerse de leña.

 Cerca ya de la casa, don Bonifacio se acercó al comisario y le hizo notar en voz baja que había en el patio tres caballos con sillas, y gente que iba y venía. —¡Eh! añadió, como que los vamos á pillar descuidados y mansitos. Piquemos.

 En lo de los caballos y la gente, el viejo no se engañaba. Apresuraron el paso y penetraron todos en tropel al patio. ¡Qué sorpresa para Antonio, su amigo N.... y el paje! Arrimados al pasamano del corredor y con polainas y espuelas, se ocupaban todos en vaciar sendas tazas de humeante agua de azúcar con anisado y en comer unos biscochos. La sorpresa hizo soltar á Antonio su taza, que se volvió pedazos.

 —Caballeros, dijo sin embargo, saliendo al encuentro de sus extraños huéspedes, á quienes no conoció de pronto por lo escaso de la luz, ¿qué se les ofrece á UU.?

 —¿Qué se nos ofrece? contestó el comisario en tono agrio y poniendo muy mala cara al joven; ¿qué se nos ha de ofrecer, sino agarrar á Ud. y su presa?

 —¡A mi presa! señor......

 —Como Ud. lo oye: soy el comisario de policía, y es mi deber pesquizar los crímenes, y sepa Ud. que de mí nadie se burla.

 —No he cometido crimen ninguno.

 —¿Cómo ninguno? ¿No es crimen el rapto de una joven?

 —¡Señor comisario!......

 —No perdamos tiempo. Entregue Ud. al punto á la señorita Juana N...., y dése preso á la justicia: se lo intimo en nombre de la ley.

 —¡Señor comisario!.... Juanita N......

 —¡Pillastre! dijo don Bonifacio, creíste pegármela y quedarte con el hecho; pero te has equivocado.

 —¿Qué dice Ud.? preguntó Antonio encolerizado con el insulto y encarándose con el viejo, á quien pudo conocer al fin.

 —Digo que tú te robaste anoche á mi sobrina, y que......

 —¡Juanita!.... Juanita no está conmigo.

 —¡Y lo niegas, tuno!

 —¡Viejo!......

 El joven iba á tirarse sobre él con los puños levantados; pero se interpuso el comisario gritando —¡Al orden!  Antonio estaba aturdido, y aunque no comprendía aún lo que pasaba ese momento, sí penetró que todo su plan estaba descubierto.

 —Señor comisario, dijo al cabo en voz enérgica, puedo jurar á Ud. que la señorita Juana N.... no está conmigo.

 —¡Bah! lo creo: no está aquí con Ud.; pero de seguro se halla en algún cuarto de la casa ó en un escondite.

 —Ni en casa ni en escondite alguno.

 —¿Y esos caballos? ¿No son para largarse Ud. y ella al pueblo N....? ¿No han venido en ellos desde Cashapamba?

 —Señor.... Al pueblo......

 —No venga Ud. con más excusas.

 —Esos caballos......

 —Están en vano ahí; ó más bien servirán para el viaje á Ambato. He llegado á tiempo para impedir que Ud. consuma su crimen.

 —Señor, puedo explicar á Ud......

 —No necesito explicación: lo sé todo, y la misma turbación de Ud. confirma cuanto sé.

 —Padece Ud. un engaño. Yo iba á montar......

 —¡Yo engañado! ¡Bah! Poco me conoce Ud. Ni el diablo con toda su astucia es capaz de engañarme.

 —Pues, señor......

 — Pues, señor, repito que no perdamos tiempo.

 —Cierto, señor comisario, esto es perder mucho tiempo, dijo don Bonifacio; amarremos á este bribón y procedamos al punto á buscar á Juanita. Yo doy con ella en uno de esos cuartos: ¡segurito!

 —Viejo insolente, gritó Antonio.

 —¡Pillastre!

 —¡Al orden! Soy el comisario y no me dejo faltar al respeto. ¡Eh! muchachos! añadió dirigiéndose á los gendarmes, pie á tierra, volando, y vamos tras la presa. Un premio al que me la entregue.

 Desmontáronse é iban á ejecutar la orden de la autoridad, cuando entre las sombras de una avenida de naranjos se notó que venía gente. Eran unos indios; estos indios traían algo; este algo era una cosa blanca suspendida en sus brazos. Todas las miradas so fijaron en ella y todos los labios dijeron: —¿Qué es? ¿qué es eso? Y el comisario, y don Bonifacio, y Antonio y todos se adelantaron llevados de la curiosidad. Era un bulto; era un sér humano; era un cadáver, y cadáver de mujer, cuyo cabello arrastraba y cuyos brazos y pies blanquísimos colgaban hasta el suelo; ¡era el cadáver de Juanita!......

 Antonio dio un espantoso alarido, abrió los brazos y se echó sobre él, y lo ajustó juntando su rostro pálido y desencajado al rostro helado y húmedo de su amada Juanita.  Don Bonifacio, abiertos desmedidamente ojos y boca y cruzados los brazos, parecía la estatua de la estupefacción.

 El comisario no estaba menos aterrado.

 Nadie hablaba palabra y todos tenían fijos los asustados ojos en el inanimado y cándido cuerpo de la desventurada joven, mal cubierto con sus vestidos interiores, únicos que, aunque desgarrándolos, habían respetado las ondas.

 Un indio viejo, sumamente apenado, habló al fin y dijo haber encontrado esa difunta en la orilla, cuando él y sus compañeros recogían las ramas y troncos que había traído la avenida.

 Pasado el primer impulso de la terrible sorpresa, preguntó el comisario: —¿Quién me explica este misterio?

 —Señor, contestó temblando don Bonifacio......

 —Ud. me aseguraba, le interrumpió el empleado, que Juanita N.... había sido anoche robada por Antonio, y ahora asoma ahogada: ¿cómo es esto?

 —Señor.... señor......

 El viejo no podía articular más palabra; ni era posible que pudiese explicar el suceso. Después, haciendo averiguaciones y congeturas y atando cabos, pudo saberse que Juanita cayó al agua al saltar su caballo en la margen del vado; la oscuridad y el estado de la cabeza de don Bonifacio, le hicieron que creyese ver á la joven cuando iba el caballo solo tras él; el silencio de su compañera no era para extrañado, pues lo guardó obstinada todo el día. Los tres montados que habían esguazado el río antes de ellos, fueron unos caminantes que luego se detuvieron en el tambo de Cashapamba para descansar y dar un pienso á sus caballos, y tornaron después á caminar, porque deseaban llegar esa misma noche á Pelileo. Iban de prisa, y al paso el caballo de Juanita que no tenía quién le guiase, se juntó con los de los viajeros y se fué con ellos. Antonio, su amigo y el paje se disponían á salir al encuentro de Juanita, quitársela á don Bonifacio y huír con ella; pero tomaban antes una ligera refacción, y en este acto los sorprendió la autoridad.

 La continuación y remate de la tristísima escena, dejo á la imaginación de UU. Sólo añadiré que los mismos indios que hallaron el cadáver, hicieron unas angarillas y, envuelto en una sábana, lo condujeron á la ciudad.

 Al día siguiente se celebraron en la iglesia de la Merced solemnes exequias. Estaba presente el cadáver vestido de blanco y coronado de azucenas, y muchas mujeres lloraban en torno de él. Sepultáronlo en el mismo templo. Dos ó tres días después, Antonio penetraba por la noche en él, seguido del sacristán que llevaba una luz y le enseñó el punto de la sepultura. El joven se hincó de rodillas, postró la frente en el suelo y oró y lloró largo espacio. En seguida grabó en un ladrillo con la punta de una navaja: "¡Juanita! juro que te amo aun después de muerta y que nadie poseerá mi corazón en este mundo. ¡Adiós!" Salió del templo, tomó su caballo que había dejado á la puerta y tiró camino de Guayaquil. Nadie volvió á saber del infeliz.

 Doña Tecla lloró mucho la muerte de su sobrina; pero crecía su pena el primero de cada mes, porque ya no podía acudir á la Tesorería.

 No fué menor la pena de doña Marta y don Bonifacio, que anduvo mucho tiempo cabizbajo y triste, sufriendo las acusaciones que le hacían sus primas y, lo que es peor, las de su propia conciencia.

 Doña Tecla murió en extrema pobreza algunos años más tarde, y su hermana no tardó en seguirla á la eternidad, con un cortejo de escrúpulos y gazmoñerías que la acompañaron hasta sus últimos instantes.

 Don Bonifacio fué al cabo víctima del delirium tremens, pues la pena y los remordimientos parecía que habían duplicado su amor al consabido cuerno.




 Ahora, mi querida Cornelia, elige y ejecuta al piano la pieza que juzgues más en armonía con el estado de tu ánimo producido por la suerte de la desventurada Juanita. ¿Será el Miserere del Trovador? ¿será la Oración de la Sonámbula? ¿será el trozo en que Lucrecia Borgia lamenta y se desespera por la muerte de su hijo? No sé lo que elegirás; pero será de lo más triste. En cuanto á mí, siempre estoy más dispuesto á la tristeza que á la alegría, áun sin mis recuerdos como el que acabo de referirte.

 En seguida vendrá una hermana de Paulina, linda como ella, ¿no es verdad?


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