La Virgen al pie de la Cruz

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Stabat Mater dolorosa

Juxta crucem lacrymosa

Dum pendebat Filius.

Velaba entonces el cielo
Su lumbre en opacas nieblas,
Y, crespón de tanto duelo,
Tendió la sombra en el suelo
Anchos pliegues de tinieblas.
Ni un pájaro por el viento,
Ni una fiera por la roca,
Ni entre el musgo amarillento
Asoma reptil hambriento
La desenterrada boca.
Ni el ronco mar a lo lejos
En sordo tumulto brama,
Vibrando en turbios espejos
Tornasolados reflejos
Que por la playa derrama.
Ni una brisa, ni un gemido
El aire pesado encierra,
Que, doliente y abatido,
Yace sin fuerzas tendido,
Las alas contra la tierra.
Grupos de nubes impuras,
En la alta región inmobles,
Ciñen en bandas obscuras
La lumbre de las alturas
Con sus cortinajes dobles.
Ráfaga de luz sangrienta,
El negro ambiente cruzando,
Amaga pronta tormenta,
Una natura alumbrando
Dormida o calenturienta.
La rosa que el aura riza
Se dobla en el tallo seca,
Y de la hierba pajiza
Sostiene la raíz hueca
Campo estéril de ceniza.
Y del desierto a la entrada,
En torpe paso el Jordán
Arrastra el agua pesada;
Una con otra amarrada,
Sin ruido las ondas van.
Y en los anchos arenales,
Por donde las ondas crecen,
Los penachos desiguales
Saludándolas no mecen
Palmas y cañaverales.
Todo entre sombras callaba;
El mundo, en reposo inerme,
Curioso se contemplaba,
Cual de despertar acaba
Un hombre, y duda si duerme.
Víanse al lejos enhiestas,
Cerrando los horizontes,
En dobles hileras puestas,
Las enmarañadas crestas
De los escarpados montes.
Entre los troncos desnudos
Alzando las blancas losas,
Los esqueletos agudos
Sacaron, de asombro mudos,
Las calaveras medrosas.
Ninguno osó preguntar
Lo que era triste saber;
Ninguno acertó a dudar
Lo que salió a contemplar
Y alcanzó temblando a ver.
Allí Adán el pecador
Asomó el gesto confuso
Mirando en su derredor;
De rodillas, de pavor,
Sobre la piedra se puso.
-¿Es esa mi raza?…, dijo
Hiriendo la calva frente,
Y llorando se maldijo,
A su Dios mirando fijo
En un palo entre su gente.
Secos, vacilantes, flojos,
Malditos en él también,
Los otros yertos despojos
Volvieron hacia Salén
Los sin luz cóncavos ojos.
Allá en la vasta llanura
Está la impía ciudad,
Como meretriz impura
Que falsa ostenta hermosura
Merced a la obscuridad.
Y el Gólgota misterioso
Levantado detrás de ella
Entre ufano y vergonzoso,
Con un suplicio horroroso
Rota la frente, descuella.
Estaba en honda agonía
Al pie de la cruz llorosa
La Madre Virgen María,
Y de la cruz afrentosa
El Hijo muerto pendía.
Desgarrado el santo pecho,
Herido y alanceado,
Y en el madero derecho
Desconocido y deshecho
El cuerpo descoyuntado.
Tan rasgadas las heridas
De ambos pies y de ambas manos,
Que cayeran divididas
A no estar tan sostenidas
En brazos tan soberanos.
Y porque culpa tan fea
Ofrenda tan santa borre,
La hirviente sangre gotea,
Y en el peñasco en que corre,
Avaro el viento la orea.
Allí, por tierra postrada,
Moribunda y desolada
La castísima María,
Con el suplicio abrazada
La ardiente sangre bebía.
Y parado el mundo entero
Asombrado la miraba,
Que sola en dolor tan fiero
A su Dios muerto lloraba
Al pie del santo madero.
-¡Ella llora, y yo pequé!…
¡Madre amorosa, perdón,
Que yo le crucifiqué,
Yo su sangre derramé
Y manché la creación!
Yo le robé de tus brazos
Sin respeto a su deidad;
Le até con estrechos lazos
Para arrancarle, es verdad,
Las entrañas a pedazos.
Y tú, Madre, en tu dolor
Mesándote los cabellos,
Al verdugo matador
Tendiste los brazos bellos,
Demandándole favor.
Por templar su sed rabiosa,
Tú, Madre de Dios bendita,
Pálida la faz de rosa,
Te prosternaste llorosa
Ante la raza maldita.
-No humana, de tigres fue;
Que si te vieron acaso
Los hombres en quien pequé,
Cual brezo que estorba el paso,
Te apartaron con el pie.
¡Tú hollada, Virgen, así!…
¡Tú, que pisas de rubí
Vistosa, viviente alfombra,
Y besa el ángel tu sombra
Si pasa cerca de ti!
¡Tú, de estrellas coronada,
Del ardiente sol vestida,
Y de la luna calzada,
Tan triste y tan dolorida
Por raza tan condenada!
¡Tú llorando, Madre mía,
Cuando una lágrima tuya
El mundo rescataría,
Cuando el tiempo le concluya
En el postrimero día!
¡Tus ojos llorosos tanto
Cuando al sol prestan su luz!
¡Oh Madre, por tal quebranto!
Que me salve a mí tu llanto
Al pie de la santa cruz!
Yo tengo un recuerdo
De edad más dichosa;
Tú, Madre amorosa,
Lo sabes tal vez.
Entonces alegre,
De afanes segura,
Soñaba ventura
Mi loca niñez.
Brindábame entonces
La vida placeres,
No vi en las mujeres
El mal del amor.
Reía y cantaba
Un día, otro día,
Y siempre el que huía
Tornaba mejor.
Que aun no me acosaban
Mis débiles años
Con duelos y engaños
De vana amistad;
Aun no de mis horas
De paz y esperanza
Rompió la balanza
La estéril verdad.
El aire era un velo
De ricos colores,
Brotaban las flores
A impulso del sol;
La noche tranquila
Que en paz me velaba,
Del cenit colgaba
Su turbio farol.
La vida era un sueño
Ligero y flotante;
Fingí delirante
Del mundo un jardín,
Creí que los días
Que pasan huyendo
Felices volviendo
Serían sin fin.
Entonces ¡oh Madre!
Recuerdo que un día
Tu santa agonía
Contar escuché:
Contábala un hombre
Con voz lastimera;
Tan niño como era,
Postréme y lloró.
El templo era obscuro
Vestidos pilares
Se vían, y altares,
De negro crespón;
Y en la alta ventana
Meciéndose el viento,
Mentía un lamento
De lúgubre son.
La voz piadosa
Tu historia contaba;
El pueblo escuchaba
Con santo pavor.
Oía yo atento,
Y el hombre decía:
«Y ¡quién pesaría
»Tamaño dolor!
»El Hijo pendiente
»De cruz afrentosa,
»La Madre amorosa
»Llorándole al pie…»
El llanto anudóme
Oído y garganta;
Con lástima tanta,
Postréme y lloré.
La voz conmovida
Seguía clamando,
El viento zumbando
Seguía a la par;
El pueblo lloraba
Postrado en el suelo,
Contaba tu duelo
La voz sin cesar.
Mi madre, a sus pechos
Mi pecho oprimiendo,
Posaba gimiendo
Sus labios en mí;
Y yo, Santa Virgen,
En son de querella,
No sé si por ella
Lloraba, o por ti.
Tu imagen estaba
Doliente a mis ojos,
Mi madre de hinojos
Oraba a tus pies:
Por quién lloró entonces
Mi pecho afligido,
Ya nunca he podido
Saberlo después.
¡Mi madre tan joven,
Tan bella y penada!
¡Mi madre adorada
Llorando también!
Perdón ¡oh María!
Soy hijo y la adoro,
Su aliento y su lloro
Quemaban mi sien.
Convulso, agitado,
En ámbito estrecho
Latir en su pecho
Sentí el corazón;
El niño creía
Y oró al Crucifijo…
El niño era hijo
Y ahogó su oración.
Ha poco, en mis horas
De cuita y de duelo,
Amparo en el cielo
Con ansia busqué;
Tu nombre me trajo
Mi fe solitaria,
Y en honda plegaria
Tu nombre invoqué.
Que yo también lloro
Mundanos pesares,
También tengo altares,
Y fe y religión:
Que el gozo y la risa
Que ostento en la frente,
Del alma doliente
La máscara son.
¡Ay, triste! Olvidado,
No hallé en mi abandono
Más luz que tu trono,
Más paz que tu amor;
Y ciego y perdido,
Sin lumbre y sin guía,
A ti te pedía
Llorando, favor.
A ti que llorabas
El día tremendo
Que viste muriendo
Al Dios de la luz:
¡Oh Madre, que el día
De cuentas y espanto
Me salve tu llanto
Al pie de la cruz!
¡Madre mía! Si en tu cielo
Se oye el murmullo mundano,
Y mi cántico liviano
En su cóncavo sonó;
Si la estéril armonía
Llegó a ti del arpa loca,
Y los himnos que mi boca
Sacrílega murmuró;
Tiende los divinos ojos
¡Oh Madre! desde la altura,
Que es polvo la criatura;
Cieno y nada encontrarás;
Que en la senda de la vida
Cada paso que adelanta,
Más débil la torpe planta,
Se acerca a su nada más.
Acuérdate, Madre Virgen,
Que allá en la niñez tranquila
Por ti la clara pupila
Con mis lágrimas nublé;
Que hubo un día en que, escuchando
La historia de tus pesares,
Delante de tus altares
Acongojado lloré.
Olvídate, que insensato,
Sin curar de tus dolores,
Canté profanos amores
Del arpa lúbrica al son;
Acuérdate que, nacido
De flaca y terrena gente,
Tengo de tierra la mente,
Y de tierra el corazón.
Acuérdate, Madre mía,
Que nací niño y desnudo,
Y que hoy a tus pies acudo,
Mi nada al reconocer;
Que mi lengua irreverente
Cambia en himnos inmortales
Los cánticos criminales
Que alzó delirando ayer.
Pues mi postrera esperanza
En tu noble amparo fijo,
Ruega ¡oh Madre! por un hijo
Al Dios que engendró la luz.
Y en aquel tremendo día
De justicias y de espanto,
Que me salve a mí tu llanto
Al pie de la santa cruz.