La noche inquieta
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Fantasía - La última luz [editar]
- I - Hay unas horas sin hora En que nuestras horas cesan, lloras que en el alma pesan Como inmensa eternidad. Unas horas sin oriente, Sin occidente y sin nombre, En que atosigan al hombre La mentira y la verdad. Horas sin voz, en que quiere Escuchar algo el oído, Y el aire no tiene ruido Que poderle dar a oír; En que quiera hablar la lengua Y se detiene medrosa, Porque teme alguna cosa Que la pueda interrumpir. En que con ojos avaros Miramos lo que no vemos, En que delirar creemos Y deliramos creer: Horas en que duerme entero Este mundo que habitamos, Y nosotros despertamos Su descanso a sorprender. En los pliegues de la sombra, Como antípodas del día, Estas horas de agonía Caminando amargas van: El tiempo abortó esas horas Para el alma que medita, Que el cuerpo no necesita Horas de tan noble afán. Pasan sobre el grato sueño Del labrador fatigado, Sobre el sueño descuidado Del indolente señor; Sobre el del tranquilo esposo, Y el del necio indiferente, Y el de la hermosa inocente Que sueña el primer amor. Pasan sobre la sonrisa De la madre cariñosa, Que amante, madre y esposa, En un amor goza tres: Pasan respetando el sueño Del olvidado mendigo, Que al dar a la sien abrigo Deja desnudos los pies. Y buscan el sueño inquieto De algún pensador profundo, Que aguarda más ancho mundo De este otro mundo detrás; Buscan al hombre que piensa, Y que al pensar que es eterno, Cambiara por un infierno El posible de ser más. Al asentarse en su lecho A sus párpados llamando, El ánima, despertando, Por el párpado miró. Presentósele la sombra Como imagen de la nada, A la roja llamarada Que la lámpara brotó. Escucha, y oye silencio, Mira, y los ojos ven sombra, Habla, y el eco le asombra Sin responder a su voz: Sólo aprende que es de noche, Que su mente inquieta vaga, Que su lámpara se apaga Y que el sueño huyó precoz. Entonces lucha afanado El cuerpo con la costumbre, El ojo busca la lumbre, Busca el oído rumor; Y el alma, sin luz ni ruido Que su pensamiento estorbe, Vuela libre por el orbe En pos de mundo mejor. Pero estando condenada A la cárcel de la tierra, Vuelve al cuerpo que la encierra Para meditar en él. Entonces, sujeta al cuerpo, Mar que en las rocas se estrella, Para sentir como aquélla Sentidos le presta aquél. Débil corno el cuerpo entonces, Por ojos de carne mira, Y ve lo que ver delira Por aquel turbio cristal. Ve que la lámpara seca La luz postrera derrama, Y ve en la convulsa llama Un no sé qué de infernal. Aquellas ráfagas tibias, Llamaradas de un momento Que alumbran el aposento Para ofuscarle otra vez; Que confundiendo las formas, Dando espacio a los objetos, Pintan manchas y esqueletos Que cruzan por la pared. Aquella lumbre oscilante Que en torno al pábilo flota Aérea, vibrante, rota, De indefinible color, Dibuja en los pardos vidrios Y en las blancas muselinas Creaciones peregrinas Que nos llenan de terror. Asoma rostros, deformes De diabólicos contornos, Que en colgaduras y adornos Nos parece ver girar; Ya son gigantes monstruosos Que desparecen livianos, Ya ridículos enanos Que se juntan a danzar. Ya son pájaros flotantes, Ya son repugnantes viejas, Ya son fantasmas distantes, Negras visiones sin luz; Ya son vivientes que pasan, Ya son antorchas que cruzan, Cuyo fulgor desmenuzan Líneas hendidas en cruz. Ya charolado vacío De estrellas rojas orlado, u hondo hueco iluminado Por agonizante hachón; Ya pardos grupos de sombra, Ya misteriosos paisajes, Ya pabellones de encajes O tapices de crespón. La llama trémula, en tanto, De un momento a otro momento Su resplandor ceniciento Amaga inquieta matar: Flota en el aire exhalada Del pábilo desprendida, Y torna, al pábilo asida, Segunda vez a brotar. O lame blanda los bordes Del vaso que la contiene, Y a reconcentrarse viene En el pábilo otra vez: Y moribunda vacila, Como vibra y pestañea Mal herido en la pupila Un ojo con rapidez. Acaso un insecto imbécil, De nuestro pavor objeto, Viene a revolar inquieto De la llama en derredor; Y en su fantástico vuelo Cruzando la luz, parece Que aumenta en formas y crece Como ensueño aterrador. Se desvanece un momento, Luego flotando aparece, Y con la llama se mece Cual si la hiciera vivir; Mil veces la hiende y cruza, Cual si un espíritu fuera Que danzara en una hoguera Donde alguno ha de morir. Se le ve sobre la llama Volar errante zumbando, O bien, las alas plagando, La opaca lumbre beber; Se le ve en el vidrio hueco, Sobre sus pies transparentes, Sus pasos indiferentes De uno a otro lado mover. Y si, del fuego aturdido, La claridad evitando, y su vuelo acelerando, Se le ve cerca pasar, El rostro se hunde en las ropas; Y mientras el miedo pasa, La luz, que ilumina escasa, Se acaba al fin de apagar.
El silencio y la oscuridad. [editar]
- II - Cuando tras vela afanosa Fatigados nos dormimos, Soñamos con lo que vimos O lo que creímos ver. Así en tropel misterioso Se agitan confusamente Los delirios que la mente Despreció velando ayer. Por huir de ella tan sólo, En ella se cobijaron, Y dentro de ella aguardaron De revelarse ocasión; Que esos fantásticos sueños Que turban nuestro reposo, Del ánimo religioso Secretos abortos son. Porque el que cree y el que duda, Por descuidado que viva, En algo el creer estriba Y en algo estriba el dudar; Y alguna vez engañado Por las que creyó evidencias, En sus dadas y creencias Ha por fin de vacilar. El ruido y el movimiento, La voz y la compañía Que nos da la luz del día, Impiden pensar tal vez; Y entonces creencias, dudas, Dentro del ánimo callan, Y en él guarecidas hallan Asilo en su timidez. Por eso en órgia insensata El disoluto mancebo Dice: «En el licor que bebo, Ahogo cuanto creí.» Por eso, en placer sumido, Dice el embriagado amante: «Yo no creo en este instante, ¡Vida mía!, más que en ti.» Por eso ante sus monedas El jugador avariento Dice con audaz acento: «Creo en el oro y no más.» Y por eso el pendenciero Que el triunfo lidiando alcanza, Dice osado a su venganza: «Honra, satisfecha estás.» Pero si en la noche umbría Tras sueño inquieto despierta, Cada sentido una puerta A sus creencias le da; Y duda, y tome, y vacila, Y azorado el hondo pecho, En derredor de su lecho Fantasmas fingiendo está. Su lámpara ya apagada, Al matar la última lumbre Dejó sombra en la techumbre, Dejó sombra en la pared; Cerrado dentro la alcoba, El aire falto de ruido, Escucha en vano el oído La voz de la lobreguez. En vano miran los ojos La sombra descolorida; Con una ilusión mentida Vienen a topar al fin; Doquier que avaros se tornan, Ven una masa uniforme, Una sombra espesa, enorme, Que no se ciñe a confín. La mente duda medrosa, Los sentidos se adormecen, Y embriagados se estremecen Con cada nueva ilusión: Todo en la mente se agita, Todo en la mente se embota, Todo en torno nuestra flota En callada confusión. Y a tanto mirar los ojos, A tanto oír los oídos, Fatigados, aturdidos, Rumor oyen, sombras ven; El ánima se amedrenta, Y brotan los pensamientos Medrosos y antiguos cuentos Que la atosigan también. Entonces es cuando el eco De un cabello que tropieza Nos retumba en la cabeza Con chasquido colosal; Entonces semeja el roce De la ropa mal plegada La voz seca y prolongada De rápido vendaval. Entonces es cuando el ruido De nuestro azorado aliento Nos parece el sordo acento, La lejana confusión De las invisibles alas De aves mil desconocidas, Que van cruzando perdidas Los aires en rebelión. Y escuchamos a lo lejos Huellas de pies recelosos Y vagidos vaporosos Que se apagan al nacer; Y crujen en las vidrieras Confusos sacudimientos, Y aullidos, gritos y acentos, De rabia, espanto y placer. Entonces fingen los ojos A compás de estos rumores Mil fantásticos colores, Sombras y delirios mil; Bultos que ruedan informes, Círculos de luces bellas, Vagas y raudas centellas, Del miedo aborto febril. Y fantasmas que en tumulto Pasan, corren, flotan, vuelan, Y se apagan y rielan Sin tener luz ni color; Y parece que, cruzando Por las tinieblas oscuras, Arrastran sus vestiduras Con repugnante rumor. Caprichos, menos que nada, De esencia desconocida, Delirios sin voz, sin vida; Nada pueden, nada son: Mas sin cuerpos ni colores, Tienen cuerpos y semblantes Que los ojos delirantes Les prestan en su ilusión. Les presta voz el oído, Y movimientos la mente, Y vienen confusamente Mente y oído a acosar; Y mente, y ojos, y oídos, Con tan fantástico empeño Alejan el blando sueño Y empiezan a delirar. Llenan entonces el aire Peregrinas ilusiones Y frágiles creaciones De la duda y de la fe, Donde entre iguales contornos, Una en otra confundida, La miseria de la vida y la religión se ve. Allí, entre un miedo mundano Y entre una creencia errada, Va una idea de la nada o una olvidada verdad; Y en tan cumplidas tinieblas, En silencio tan completo, Se transparenta un objeto Inmenso...: la eternidad. ¿Quién no cree y quién no dada Cuando a solas en su lecho, En el reloj de su pecho Sus horas contando está? ¿Quién no cree y no duda entonces En el silencio y la sombra? ¿Quién pensando no se asombra o que existe más allá? Porque esos seres aéreos Que en redor nuestro sentimos, El rumor que percibimos En torno nuestro bullir; Aquel extraño delirio, En que creemos dudando Que hay quien nos está mirando Sin podérselo impedir; Ese rumor misterioso Con-que la sombra murmura, Esa luz leve, insegura, Que radia la oscuridad; Ese temor sin objeto Que la sombra nos infunde Y en la mente nos confunde La mentira y la verdad; Ese insectillo nocturno Que nos asalta y aterra, Que con nosotros se cierra Importuno a combatir; Que en monótona algazara, En ronco y sonoro ruido, Acosa nuestro descuido Sin dejar de ir y venir; Ese insecto, a quien juzgamos En nuestra aflicción medrosa Un ser, un soplo, una cosa, Que nos dice no sé qué, Un no sé qué misterioso Que nos traspasa de miedo, Que de un labio revoltoso Se derrama y no se ve; Y aquel afanoso empeño Con que dormir procuramos, Y con quien tanto porfiamos, Que hace inútil nuestro afán, Son voces de nuestra nada Que soñando comprendemos, Y que a gritos -si creemos- Preguntándonos están. Por eso, si en órgia inmunda El disoluto mancebo Dice: «En el licor que bebo, Ahogo cuanto creí»; Por eso, si en sus placeres Dice el insensato amante: «Yo no creo en este instante, ¡Vida mía!, más que en ti»; Por eso, si ante su oro El jugador avariento Dice con seguro acento: «Creo en el oro y no más»; Por eso, si el pendenciero Que el triunfo lidiando alcanza Dice altivo a su venganza: «Honra, satisfecha estás», En la sombra de la noche, Con su corazón a solas, Luchan con las turbias olas De la duda y el temor: El uno por sus festines, El otro por su dinero; Por su honor el pendenciero, Y el amante por su amor. Porque ese fugaz murmullo, Ese crepúsculo vago, Son el reflejo, el amago Del final de nuestro ser: Y dudar en el silencio, Temer en la sombra oscura, No es ni dada ni pavura, Es conocerse y creer. Que la sombra y el silencio Reflejan la eternidad Como la luz de los cielos Reverbera en un cristal; Y recordando su polvo A la flaca humanidad, Son clamor de nuestra nada Que diciéndonos está: «Creed, o velad.» Que el no atreverse a creer Es decidirse a dudar, Y dudar es tener miedo De creer una verdad; Dudar es estar en vela, Creer es tranquilo estar, Y es fuerza por duda o miedo, Puesto que tan juntos van, Creer o velar. Pues no es más el corazón Que un indestructible altar De donde nuestras creencias No se separan jamás; Y el jugador y el valiente, Y el disoluto galán, Tienen allá en la alta noche Un momento sin solaz En que sus vagos temores Y su inquietud y su afán Les están diciendo a voces En la muda oscuridad: «Creed, o velad.» Que ese rumor del silencio, Y esa ráfaga fugaz Que deliramos que alumbra La callada oscuridad, Y ese temor sin objeto, Y ese insecto pertinaz Que zumba, y silba, y se agita, Sube y baja, y viene y va, y ese empeño, esa porfía Con que en nuestro torpe afán Procuramos el descanso, ¡Vive Dios! que no son más Que el miedo a nosotros mismos, Que nos impone tenaz Creer o velar. Es la sombra incomprensible De ese oculto más allá Tras de cuyo pensamiento No alcanzamos a ver más Que lo que envuelve la noche: Silencio y oscuridad.
El amanecer. [editar]
- III - Y al fin de tanto temer, Tanto soñar sin dormir, Y tanto afán, El alba esperando ver, Cerrándose ¡sin sentir Los ojos van. Al menor ruido que oímos, Vuelven a abrirse otra vez Lentamente, Mas apenas los abrimos, Tornan a su lobreguez Muellemente. Y todavía creemos Que sentimos y miramos Desvelados, Y lo que oímos y vemos Es sólo lo que soñamos Fatigados. Todavía en la cabeza Se agitan los pensamientos Confundidos, Y con lánguida pereza Dejamos sus movimientos Vagar perdidos. Y las nocturnas visiones Quo nuestro capricho loco Nos fingía, Sus medrosas ilusiones Desvanecen poco a poco Con el día. Una luz tibia, insegura, EL quicio de alguna reja Iluminando, Sobre la pared oscura La luz que fuera refleja Va pintando. Y en el rayo fugitivo Que se pierde en el flotante Polvo leve, Aquel insectillo esquivo, Cruzando a su torno errante, La luz le bebe. Y pasa, y se mece, y gira, Sube y baja, y huye, y viene Sin recelo, Y se pierde y se retira, Y sobre la luz se tiene En ronco vuelo. De alguna torre cercana El esquilón nos despierta Un momento, Y en una ilusión liviana Concibe la luz incierta El pensamiento. Y el rayo del sol naciente Y el insecto pertinaz Que bulle en torno, Pasan un punto en la mente Como una sombra fugaz Sin contorno. Y en la duda vacilando Si velamos o dormimos, Nos parece Que el sueño a que nos rendimos Nos va la luz apagando Que amanece. Y pasando del dudar Al descanso del dormir, Olvidamos Lo que nos vino a turbar Y lo que pudo existir O soñamos. Y al despertar otro día Ya no guardamos memoria Ni recelo De la inquietud y agonía, De la fantástica historia De aquel desvelo. Porque así pasan sombrías Las horas de nuestros días Revoltosos, Las noches de dudas llenas, Los días llenos de penas Y azarosos. Las noches creyendo ver Lo que habemos de creer Y dudamos, Y los días sin pensar En lo que hemos de soñar Cuando durmamos. ¡Oh! Verted blando beleño, Tardas noches, en mi sueño Al resbalar, Y tras sueño inquieto y largo No tenga un recuerdo amargo Al despertar.