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I — El incendio de los Pirineos
Temeroso quizá de que un día recuperase el trono, quemó para abrasarme, las selvas circunvecinas, y al ver cerrado el cerco de llamas, emprende el Camino de Gades, con sus tardas vacas por delante.
¡Espiro! Heredera soy de sus aldeas y rebaños: si te placen, de ellos te hago merced, suplántale acucioso, de Túbal vindica el nombre, y es tuya su corona; quiera el Omnipotente agrandarla en tus sienes!—
Dice, y la muerte, con frío y helante beso, petrifica y deja para siempre mudos sus labios, y junto al yerto cadáver llora y gime el griego, como árbol al que tronzaron las ramas florecientes.
Mas ya, enrojecidos por el fuego, estallan los montes, y por horados y espeluncas, hileras de volcanes escupen los derretidos tesoros de sus entrañas, que las verdeantes planicies aparan en su falda.
Y las volcadas ánforas manan hasta agotarse auríferos arroyos de virginal fulgor; por él, al verse atestado el cielo de chispas y humo, diera el de los luceros que rutilan en su fondo.