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BIBLIOTECA DE GASPAR Y ROIG.

- ¿Consientes -repuso Clopin-, en alistarte en la compañía de la Llamita?

- De la Llamita precisamente -respondió Gringoire.

- ¿Te reconoces miembro de la ciudadanía franca? -repuso el rey de Tunia.

- De la franca ciudadanía.

- ¿Súbdito del reino de Germania?

- Del reino de Germania.

- ¿Truan?

- Truan

- ¿En el alma?

- En el alma.

- Has de observar -repuso el rey-, que no por eso dejarás de ser ahorcado.

- ¡Cáspita! -dijo el poeta.

- Solamente -continuó imperturbable Clopin-, serás ahorcado más adelante, con más ceremonia, a costa de la buena ciudad de París, en una horca de piedra y por gente honrada. Siempre es un consuelo.

— Bien dicho -respondió Gringoire.

- Tendrás también otras muchas ventajas. En tu calidad de ciudadano franco, no tendrás que pagar ni lodos, ni pobres, ni linternas, cargas a que están sujetos los vecinos de París.

- Amén -dijo el poeta-, consiento. Soy truán, hampón, ciudadano franco, llamadme todo lo os dé la gana; y tanto más, cuando ya lo era yo de antemano, señor rey de Tunia, porque soy filósofo; et onia in filosofia continentur, como bien sabéis.

El rey de Tunia frunció las cejas.

- ¿Por quién me tomas a mí compadre? ¿Qué caló de judío de Hungría es ese en que nos charlas? Yo no sé el hebreo; se puede ser bandido sin ser judío, además que yo ya no robo; eso es demasiado ruin para mí; yo mato. Asesino, sí, ladrón, no.

Procuró Gringoire deslizar algunas excusas entre estas breves palabras, cada vez más fuertemente acentuadas por la cólera. - Perdonadme monseñor, esto no es hebreo sino latín.

- Repítote -dijo Clopin montado en cólera-, que no soy judío, y que te haré ahorcar,¡vientre de sinagoga! como a ese jabalí de Judea que está junto a ti, y a quien espero ver clavado algún día en mostrador como lo que se hace con una moneda falsa.

Esto diciendo señalaba con el dedo al judío húngaro barbudo, que había saludado a Gringoire con su facitote caritatem, y que no entendiendo otra lengua, miraba con sorpresa caer sobre él el mal humor del rey de Tunia.

Serenóse en fin monseñor Clopin. - Canalla -dijo a nuestro poeta-. ¿Con que quieres ser truán?

- Sin duda -respondió el poeta.

- Es que no basta querer -dijo el severo Clopin-; los buenos deseos no añaden una cebolla en el puchero, y no sirven más que para ir al cielo; y el cielo es una cosa y el hampa es otra. Para ser recibido en el hampa, es preciso que pruebes que eres útil para algo y para eso, es necesario que registres el maniquí.

- Registraré -dijo Gringoire-, todo lo que queráis.

Hizo Clopin una señal: salieron del círculo algunos hampones, y volvieron un momento después trayendo dos vigas terminadas en su extremidad inferior por dos espátulas de madera con que podían sostenerse en el suelo. Adoptaron a las extremidades superiores de ambas vigas un madero transversal, con lo que formaron una horca portátil sumamente cuca, que Gringoire tuvo la satisfacción de ver armada en una santiamén, y a que no faltaba adminículo alguno, ni aún la cuerda que se mecía con suma gracia debajo del travesaño.

- ¿Adónde irán a parar? -dijo para sí Gringoire con alguna inquietud cuando puso fin a su agonía un ruido de campanillas que oyó en el instante mismo, producido por un maniquí que suspendieron los hampones por el escuezo a la cuerda, especie de espantajo, vestido de colorado y tan cubierto de cascabeles y campanillas que hubiera bastado con ellas para enjaezar treinta mulas castellanas. Aquellas mil campanillas sonaron un buen rato con las oscilaciones de la cuerda, fueron luego callando poco a poco, y callaron por fin cuando quedó inmóvil el maniquí por aquella ley del péndulo que ha destronado a la clepsidra y al reloj de la arena.

Entonces Clopin, indicando a Gringoire un anciano banquillo perlático, colocado debajo del maniquí: - Sube ahí.

- ¡Diablo! -exclamó Gringoire- voy a romperme la crisma. Ese banquillo cojea como un dístico de Marcial; tiene un pie exámetro y otro pentámetro.

- Sube -repitió Clopin.

Subió Gringoire sobre el banquillo, y logró, no sin algunas oscilaciones de la cabeza y de los brazos, topar con su centro de gravedad.

- Ahora -prosiguió el rey de Tunia- eleva tu pie derecho al rededor de tu pierna izquierda, y empínale sobre el pie izquierdo.

- Señor -dijo Gringoire- ¿luego decididamente, tenéis empeño especial en que he de fracturarme algún miembro?

Clopin frunció el gesto.

- Mira, hermano -le dijo-, charlas demasiado. Oye en dos palabras de lo que se trata; vas a empinarte sobre el pie izquierdo, como te iba diciendo; de este modo alcanzarás hasta el bolsillo del maniquí; le registrarás; sacarás de él una bolsa que contiene, y si logras sin hacer sonar una sola campanilla, venciste: serás hampón. Ya no tendremos que hacer más que derrengarte a palos durante ocho días.

- ¡Vientre de Dios! él me libre -dijo Gringoire-. ¿Y si hago sonar las campanillas?

- Entonces serás ahorcado. ¿Entiendes?

- Ni mía -dijo Gringoire.

- Pues oye. Vas a registrar el maniquí y sacarle la bolsa; y si en esa operación mueves una sola campanilla, serás ahorcado. ¿Lo entiendes?

- Bueno -dijo Gringoire-. ¿Y luego?

- Si sacas la bolsa sin que se oigan las campanillas, eres hampón y te derrengaremos a palos durante ocho días. ¿Entiendes ahora?

- No señor; maldito si entiendo ¿Pues dónde está lo que gano? Ahorcado en un caso, derrengado a palos en otro...

- ¿Y el ser hampón? -repuso Clopin-, y el ser hampón, ¿lo cuentas por nada? Te apalearemos por tu bien, para acostumbrarte a los porrazos.

- Mil gracias -respondió el poeta.

- Ea, despachemos -dijo el Rey dando una patada en su tonel que resonó como un timbal-. Registra el maniquí y basta de escrúpulos: vuelvo a decirte que si oigo una sola campanilla, te pongo en lugar del maniquí.

Aplaudió la compañía de hampones las palabras de Clopin, y se formó en círculo alrededor del patíbulo, con una risa tan despiadada que Gringoire no pudo menos de conocer que los divertía demasiado para no temerlo todo de aquella gente. No le quedaba pues ya otra esperanza que el triste azar de salir bien en la temible operación que le estaba impuesta. Decidióse pues a aventurarla; no sin haber antes dirigido una ferviente súplica al maniquí a quien iba a desvalijar, ente más fácil de enternecer que los hampones. Aquella infinidad de campanillas con sus lengüecitas de cobre le parecían otras tantas bocas de áspides abiertas y prontas a silbar y a morder.

- ¡Oh! -decía en voz moribunda-, ¿es posible que mi vida dependa de la menor de las vibraciones del menor de estos cascabeles? ¡Oh! -alzando las manos- ¡sonajas, no sonéis! ¡campanillas no campanilleéis! ¡cascabeles, no cascabeleéis!!

Probó aún otro para salvar la vida.