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NUESTRA SEÑORA DE PARIS.

el Paris del siglo xv; miremos el ciclo al trasiuz de aquel laberinto singular de agujas, de torres y de campanarios; derramemos en medio de la inmensa ciudad , quebremos en la punta de los istas, dobleguemos en los ojos de los puentes del Sena con sus anchos charcos verdes y amarillos, mas variables gue la piel de una serpiente; destaquemos con limpieza sonre un horizonte azul el perlil gótico del viejo Paris, hagamos flotar su contorno en una bruma de invierno que se engancha en sus infinitas chimeneas; sumergámpste en una noche profunda, y consideremos el juego singular de las tinieblas y de las luces en aquel sombrio laberinto de edificios; derramemos sobre él un rayo de la luna que le dibuje confusamente, y hagamos resaltar de entre la niebla las grandes cabezas de sus torres ó consideremos esta negra silueta; bañemos en sombra los mil ángulos agudos de las agujas y de las fachadas, y veánnosia destacarse mas festoneada que la mandibula de un tiburon, sobre el cielo dorado de Occidente. — Y en seguida, comparemos.

Y si queremos recibir de la antigua ciudad una impresion que en vano buscariamos en la moderna, subamos una mañana de gran festividad al salir el Sol de Pascua 6 de Pentecostes, subamos á algun punto elevado desde donde dominemos la capital entera, y oigamos el primer repiqueteo de las campanas. Veamos á una señal que viene del cielo, porque el sol es el que la dá, estremecerse á la vez aquellas mil iglesias. Oyense primero campanadas sueltas. que van de una iglesia á otra como cuando prueban-ios músicos sus mstrumentos para empezar: y luego repentinamente, veamos, porque parece que en ciertos momentos tambien el oido tiene su vista particular, veamos alzarse en el mismo instante de cada campanario, como una columna de ruido, como una humarada de armonia. Al principio, la vibracion de cada campana sube recta, pura y por decirlo asi, aistada de las otras, al espléndido ciclo de la mañana; luego, poco á poco, ahuecándose se confunden, se borran unas con otras, se amalgaman en un magnifico concierto. Y ya no se oye mas que una masa de vibraciones sonoras que se desprende sin cesar de los innumerables campanarios, que flota, ondea, rebota, hierve sobre 'a ciudad y prolonga muy mas allá del horizonte el circulo atronador de sus oscilaciones. Pero aquel mar de armonia no es un caos: por mas tempestuoso y profundo que sea, no ha perdido su trasparencia; vése en él serpentear aparte cada grupo de notas que se exhala de los campanarios. En él se puede seguirel diálogo, ya grave, ya chillon, de la carraca y del órgano; se ven saltar las octavas de un campanario á otro; se las ve lanzarse aladas, lijeras y agudas de la campanilla de plata, caer quebrantadas y cojas del esquilon de madera; adnurase en medio de ellas el rico diapason que baja y sube sin cesar de las siete campanas de S. Eustaquio; vénse circular por en medio las notas claras y rápidas que hacen tres ó cuatro eses luminosas, y se desvanecen como relámpagos. Alli está la abadía de S. Martin cantora ágria y cascada; alli la voz siniestra y tétrica de la Bastilla; mas allá, la ancha torre del Lpuvrc con su voz de bajo. La régia campana del palacio arroja de continuo á todos lados sus brillantes trinos sobre los cuales caen en uniforme cadencia los pesados golpes de la campana de Ntra. Sra. que los hacen retumbar como el yunque bajo el martillo. Por intérvalos se ven pasar sonidos de todas formas que vienen del triple repiqueteo de S. Gertnan de los Prados, y luego ademas, de cuando en cuando, esta masa de voces sublimes se entreabre y da paso á la stretta del Ave Maria, que estalla y chispea como un penacho de estrellas. Debajo, en lo mas profundo del concierto, distingue el oido confusamente el canto interior de las iglesias que traspira por los vibrantes poros de sus Bóvedas.—Cierto que es esta una ópera que merece la pena de ser escuchada. Por lo general , el rumor que se exhala de Paris durante e) dia es que la ciudad habla; de noche, es que la ciudad respira; ahora es que la ciudad canta. Prestemos el oido á este tutti de campanarios; derramemos sobre el conjunto el eco de medio millon de hombres, el eterno murmullo del rio, los soplos infinitos del viento, el cuarteto grave y lejano de los cuatro bosques colocados en las colinas como inmensos cañones du órganos; suprimamos en él, como en una media tinta , los sonidos demasiado roncos ó demasiado agudos del repiqueteo central, y digan todos si conocen en el mundo algo mas rico, mas jubiloso, mas dorado, mas destumbrador, que este tumulto de torres y de campanas; que este horno de música; que estas diez mil voces de bronce cantado á la vez en ilanlas de piedra de trecientos piés de extension; que .esta ciudad convertida en una inmensa orquesta; que esta sinfonia tonante como una tempestad.


LIBRO CUARTO.

I.

LAS BUENAS ALMAS.


Dieciseis años hacia en la época en que pasa esta historia, que en una hermosa mañana del Domingo de Quasimodo, fué depositada una criatura viva, despues de la misa, en la iglesia de Ntra. Señora, sobre la tabla clavada en el átrio, á mano izquierda, frente por frente de aquella grande imágen de San Cristobal, que la estátua esculpida en piedra del señor Antonio de Essarts, caballero, contemplaba de rodillas desde el año 1413, hasta que el santo y el fiel han sido juntamente derribados de los sitios que ocupaban. Sobre aquella especie de tablado era costumbre ofrecer á la caridaa pública los niños expósitos; cargaba alli con ellos el primero á quien se le antojaba hacerlo.—Delante del tablado habia una bandeja de cobre para las limosnas.

La especie de ser viviente que yacia en aquel sitio en la manana de Quasimodo, en el año del Señor 1467, parecia escitar en muy alto grado la curiosidad del grupo no poco considerable que se babia aglomerado alrededor del tablado. Formarian el grupo casi exclusivamente personas del bello seso, pero casi todas bastantes ancianas.

En la primera fila y entre las mas inclinadas sobre el tablado, veianse cuatro, cuyos monjiles grises claramente anunciaban que pertenecian á alguna devota cofradia. No veo por que razon no ha de trasmitir la historia á la posteridad los nombres de aquellas cuatro discretas y venerables señoritas. Eran, pues, las tales, Inés la Herme. Juana de la Tarme, Enriqueta la Gualteire, la Gauchére la Violette, Jas cuatro viudas buenas mujeres las cuatro de la capilla Ettiene-Hau dry, que salieron de la casa con permiso de su superiora, conforme á los estatutos de Pedro de AiIIy, para ir á oir el sermon.

Aunque si aquellas dignas ancianas observaban á la sazon los estatutos de Pedro de Ailly. violaban en cambio sin reparo los de Miguel de Brache y del cardenal de Pisa, que tan inhumanamente las prescribian el silencio.

—¿Que quiere decir esto, hermana? decia Inés á Gauchére, considerando la criatura expósita que berreaba y se. retorcia sobre el tablado, asustada de tantas miradas fijas en ella.

— ¿ Que vil á ser de nosotras, decia Juana, si hacen asi los muchachos en el dia?

—Yo por mi entiendo poco de criaturas, añadia Inés, pero debe ser un pecado mirar á esta.

—Esto no es una criatura, Inés.