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Evaristo Carriego.



 ¡Oh, la carne, que se va tan resignada
que, soñando una esperanza, ya no espera!...
¡Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera!

 ¡Oh, las frígidas blancuras! las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposan
con los tísicos donceles de la escarcha!...