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XXVm BIBLIOTECA DE LOS AMERICANISTAS.

motzin y los suyos fuesen pacíficos y leal la sumisión jurada, pudieran verse obligados por sus adeptos á cumplir los de- beres de raza, aceptando ó conformándose con las aclama- ciones que en su favor hiciesen los más celosos defensores de la independencia; por eso Cortés, que fiaba en gran par- te el éxito de su ardua empresa al auxilio que como tlame- mes ó bagajeros y aun como combatientes le prestasen los indios mexicanos, y que tenía por cierto que mientras sus señores naturales viviesen no reconocerían otro superior; necesitando serlo él en absoluto, y mandarles por sí, y quitarse aquella sombra de poderío que cohibía su libertad de acción, para consolidar la conquista que, según las máxi- mas de su tiempo y las de muchas otras épocas, consistía en el exterminio de cuantos con legítimo ó tradicional derecho pudieran entorpecerla con reclamaciones ó con restauracio- nes; decidióse, aunque con pena, cual lo demostraron sus consiguientes preocupaciones, al sacrificio de Cuauhtemot. zin y de los otros caciques, aun sabiendo que se exponía á una general censura, antes de que las penalidades apremia- sen más, y la defensa propia y los disgustos llegaran al extremo de obligarle á usar correctivos sangrientos en más extensa escala. La política y no el caudillo extremeño mató por tanto á aquellos caciques: cúlpese, pues, más que al hé- roe, á las doctrinas de su edad, y á esa pantalla, cómoda y ^ necesaria muchas veces, que con el nombre de razón de Es- tado tantos absurdos ha encubierto y tantos encubrirá aún. Cortés como Cuauhtemotzin y los suyos fueron víctimas de las circunstancias; que si privaron de la vida á los indígenas, también al español le disminuyeron mucho el reposo y la tranquilidad en gran parte de la suya.

Siguiendo los expedicionarios su viaje hacia la tierra de Nito, á donde unos sacerdotes de ídolos les encaminaron, diciéndoles que á siete soles de allí había hombres como ellos, atravesaron los pueblos Mazotecas, abundantísimos en venados mansos que discurrían por los campos confiada- mente y con la libertad de dioses; pues como á tales los adoraban, y con su divina carne acudieron próvidos á la hu-