Un escudo de armas

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El dicho virrey era Gabriel de Avilés y el libro que publicó su padre, 1er Marqués de Avilés, intitulado la Ciencia Heroica, fue editado en el 1725. Sobre los impuestos de lanzas y media annata, resaltar que el único exonerado fue su hermano mayor, Jose. Confío agradezcan la corrección indispensable que le sugiero al autor de este texto.

El excelentísimo señor don Gaspar de Avilés y Fierro, virrey del Perú, no obstante ser hijo de marqués (y de marqués que escribió una obra en dos tomos, impresa en Madrid en 1780, sobre heráldica o ciencia del blasón), daba poquísima importancia a las distinciones y pergaminos que halagan la vanidad de los mortales. Su excelencia no pensaba más que en cumplir como leal vasallo para con su rey y señor natural, y en ponerse bien con Dios y con sus santos para alcanzar la gloria eterna.

En esta cristiana disposición de espíritu se encontraba cubierto de años, achaques y cicatrices; atando a principios de este siglo recibió la noticia de que, muerto su hermano mayor sin sucesión, recaía en él el marquesado, haciéndole su majestad la merced de exonerarlo del pago de lanzas y medias anatas.

Entre los infinitos títulos de Castilla que en el Perú asistieron, tal vez no llegan a seis los que acordó gratuitamente la corona y como tributo al mérito o recompensa de eminentes servicios. Cuando el real tesoro (y esto era un día sí y otro también) se hallaba limpio de metálico, explotaba el rey la candidez peruviana y, como quien cotiza hoy bonos de la deuda pública, se echaban al mercado pergaminos nobiliarios, que hallaban colocación en la plaza de Lima por treinta o cuarenta mil duretes. En aquellos tiempos la aspiración suprema de los hombres era adquirir fortuna para poder comprar título y sostener el lujo que éste exigía. Siempre se encontraba a mano un rey de armas que, por duro más duro menos, pintase un árbol genealógico muy frondoso y bonito, con entroncamientos reales y haciendo descender a cualquier petate nada menos que por línea recta del mismísimo Salomón y una de sus concubinas, o del tálamo matrimonial de la reina Sabá con el Cid Campeador. Así leemos en una comedia:


«Nosotros venimos de una
doña Aldonza Coronel
que, allá en el siglo catorce,
era la moza del rey».


Para un heraldista, ni la honestidad de la casta Susana está libre de calumnia y atropello; pues si un paleto se empeña (y paga) lo harán por a + b descender de madama y uno de los libidinosos vejetes. Así, decía, y con razón, cierto ricacho noble de cuño falsificado: «Si buen abolengo tengo, buenos dineros me cuesta».

Según la minuciosa relación del cronista Córdova, bajo el reinado de Felipe IV se compraron en el Perú ocho títulos, veintiuno bajo el de Carlos II, quince bajo el de Fernando VI, pasan de veinte los que vendió Carlos III, y la cuenta se pierde en los reinados de Carlos IV y Fernando VII.

En los días del emperador invicto, de Felipe II y Felipe III, sólo se crearon cinco títulos en el Perú, y nótese que, entre los conquistadores, únicamente Francisco Pizarro alcanzó el de marqués (sin marquesado, como decía su hermano Gonzalo) que, francamente, bien ganado se lo tuvo.

En Méjico fue también el comercio de pergaminos mina de cortar a cincel.

Según mis apuntes, en Santiago de Chile no se compraron más títulos que los de conde de Quinta-alegre, conde de la Conquista, marqués de Poveda, conde de Villa-Palma, marqués de Montepío, marqués de Camada-hermosa y otros dos que no recuerdo.

Sólo los bonaerenses tuvieron el buen sentido de no gastar plata en boberías; pues si hay constancia de que en esos pueblos se vendiera, y mucho, la Bula de la Santa Cruzada, no la hay de que tuvieran demanda los títulos nobiliarios. En Buenos Aires nadie quiso título ni regalado. Ahí los hombres estaban conformes con descender de Adán por línea recta y de Noé por línea corva. En Buenos Aires, todos y todas son canalla legítima, y ni para remedio se encuentra, como entre nosotros, quien tenga en las venas añil en lugar de almagre.

En el Perú y en Méjico era, pues, noble todo el que pagar podía su nobleza en buena moneda; y pongo punto, no sea que me tiente el diablo y me eche a remover el avispero.

Para Avilés fue una verdadera sorpresa encontrarse de la noche a la mañana convertido en marqués, cosa que él no había soñado en pretender.

Probablemente olvidáronse en España de enviarle junto con el título un dibujo de escudo de armas; y mientras le llegaba éste, mandó Avilés pintar un cuadrito que colocó en su dormitorio y que enseñaba a sus amigos de confianza, diciéndoles que si el rey se lo permitiera no tendría otro escudo de armas.

Cruz roja encima de una espada en campo azul, y debajo un hombre (Adán después del pecado) removiendo la tierra con un azadón. En la parte inferior leíase el siguiente mote en oro sobre fondo de plata:


DE ESTE DESTRIPATERRONES

VENIMOS LOS INFANZONES.


¿Era esto orgullo? ¿Era humildad? Tanto puede haber de lo uno como de lo otro.