Una trampa para cazar ratones

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Tradiciones peruanas - Cuarta serie
Una trampa para cazar ratones

de Ricardo Palma



I[editar]

Al capitán don Pedro Anzures Henríquez de Camporredondo, sobre cuyo ingenio y bravura hablan con elogio los historiadores, encomendó Pizarro en 1539 la fundación de Arequipa, así como las de Guamanga y Chuquisaca, ciudades que han alcanzado gran renombre. Decididamente, Pedro Anzures fue lo que se llama hijo de la dicha, aunque es probable que pocos recuerden su nombre en los pueblos que fundó.

Parece que los más notables entre los compañeros del marqués conquistador quisieron avecindarse en Arequipa, pues en la lista de los primeros pobladores vemos al caballero de espuela dorada don Juan de la Torre. También figura entre ellos Miguel Cornejo, el Bueno, gran soldado y que anciano ya y con el grado de maestre de campo murió en las pampas de Villacurí, ahogado por el polvo, por no haberse podido levantar la visera del casco borgoñón para tomar aliento, cuando Francisco Girón perseguía a los derrotados en esa jornada.

Pienso que Pedro Anzures de Camporredondo no anduvo muy atinado en la elección de sitio para fundar la ciudad; pues ésta se halla a la falda del Misti y no distante de otros volcanes que, como el de Ubinas y el Huayna-Putina, han hecho erupciones en los últimos siglos. Tal vez a tan peligrosa vecindad debe Arequipa el que en ella sean frecuentes los temblores.

Dando fe a don Ventura Travada, eclesiástico que en 1753 escribió un curioso libro que manuscrito existe en la Biblioteca de Lima, con el título El suelo de Arequipa convertido en cielo, se encuentran en ese territorio ciertas particularidades que valen bien la pena de ser aquí apuntadas.

Dice que en una ladera del valle de Majes hay una cueva en cuyo interior se siente el ruido del mar en borrasca, y que en el terremoto del 23 de enero de 1773 salió de ese agujero viento tan impetuoso que desarraigó árboles añosos y de grueso tronco.

Cuenta también que en Caylloma existían en una peña dos chorros de agua a los que llamaban Adán y Eva, porque respectivamente ofrecían a la vista la figura que distingue a un sexo del otro. El agua de estos manantiales era astringente, y los que de ella bebían se tornaban mudos. Congresante conozco yo que probablemente ha bebido de aquella agua, sin embargo de que el autor agrega que en su tiempo fueron tapadas con muchas piedras tan peligrosas fuentes.

Este mismo cronista es quien refiere que en 1556 nació en Azapa, jurisdicción de Arica, un rábano tan portentoso que bajo sus ramas tomaban sombra cinco caballos. ¡Digo si sería pigricia el rabanito! Añade que para agasajar al hijo del virrey marqués de Cañete, le presentaron en el almuerzo el rábano colosal, que fue muy sabroso de comer y alcanzó para dejar ahítos a los comensales y servidumbre.

Imagínome que don Ventura Travada debió ser andaluz; pues no contento con hacernos tragar un rábano gigantesco, añade que en 1741 se encontró en el mineral de Huantajaya una pepita de plata pura que pesaba treinta y tres quintales, habiéndose empleado cables de navío y aparatos mecánicos para desprenderla de la roca.

Aquí era el caso de decirle al bueno de don Ventura lo de «¿Y a eso llama usted pepita? Pues a eso, en toda tierra de cristianos, se llama doña Josefa». A propósito de pepitas, dice don Cosme Bueno en su interesante libro, que a Carlos V le obsequiaron una de oro, encontrada en Carabaya, que tenía la forma de una cabeza de caballo y que pesaba poco más de un quintal.

A Felipe II le enviaron también del Perú una pepita del tamaño de la cabeza de un hombre, la cual se perdió con otras riquezas en el canal de Bahama.

¡Vaya con las pepitas!

He traído a cuento todas estas noticias que he leído en el susodicho libro inédito, sólo porque en él se habla también de la tradición que voy a referir y que es muy popular en Arequipa. Ya ven ustedes que busco autoridad en que apoyarme, para que nadie pueda decirme que miento sin temor de Dios.


II[editar]

Érase un viejecito macrobio, de un feo contra el hipo, con dos dientes ermitaños en las encías, con más arrugas que fuelle de órgano, que vivió en Arequipa por los años de mil ochocientos y pico. Su nombre no ha pasado a la posteridad; pero los muchachos de la tierra del mocontuyo y del misquiricheo lo bautizaron con el de don Geripundio.

Nuestro hombre era hijo de los montes de Galicia, y en una tienda de los portales de San Agustín se le veía de seis a seis, tras el mostrador, vendiendo bayeta de Castilla y paño de San Fernando. La fortuna debió sonreírle mucho, porque fue de pública voz y fama que era uno de los más ricos comerciantes de la ciudad.

Don Geripundio jamás ponía los pies fuera del umbral de su tienda, y con el último rayo de sol echaba tranca y cerrojo y no abría su puerta a alma viviente. Bien podía el Misti vomitar betún y azufre, seguro de que el vejete no asomaría el bulto.

Vestía gabardina color pulga, pantalón de pana a media pierna, medias azules y zapatones. Su boca hundida, de la que casi todos los dientes emigraron por falta de ocupación; su nariz torcida como el pico de una ave de rapiña, y un par de ojillos relucientes como los del gato, bastaban para que instintivamente repugnase su figura.

Las virtudes de don Geripundio eran negativas. Nunca dio más que los buenos días, y habría dejado morir de hambre al gallo de la pasión por no obsequiarle un grano de arroz. Su generosidad era larga como pelo de huevo. Decía que dar limosna era mantener holgazanes y busconas, y que sembrar beneficios era prepararse cosecha de ingratitudes. Quizá no iba en esto descaminado.

Pero este hombre ¿tendría vicios? Nequaquam.

¿Jugar? Ni siquiera conocía el mus o la brisca.

¿Beber? ¡Ya va! Con una botella de catalán en un litro de agua, tenía de sobra para el consumo de la semana.

¿Le gustarían las nietas de Adán? ¡Quia! Por lo mismo que por una mujer se perdió el mundo, las hacía la cruz como al enemigo malo. Para él las mujeres eran mercadería sin despacho en su aduana.

¿Cumplía tal vez con los preceptos de la Iglesia? ¡Quite usted allá! Adorador del becerro de oro, su dios era el cincuenta por ciento. Ni siquiera iba a misa los domingos.

Eso sí, como el desesperado cuenta siempre con un cordel para ahorcarse, así un amigo podía contar con él para un apuro; se entiende, dejándole en prenda una alhaja que valiera el cuádruplo y reconociéndole un interés decente.

Cuentan de don Geripundio que una tarde llegó un mendigo a la puerta de su tienda y le dijo:

-Hermano, una limosna, que Dios y la Virgen Santísima se la pagarán.

-¡Hombre! -contestó el avaro-, no me parece mal negocio. Tráeme un pagaré con esas dos firmas y nos entenderemos.

Tanta era la avaricia del gallego, que con medio real de pan y otro tanto de queso tenía para almuerzo, comida y cuna. Así estaba escuálido como un espectro.

No tenía en Arequipa quien bien le quisiera. Ni sus huesos podían amarlo; porque después de tenerlos de punta todo el santo día, los recostaba de noche sobre un duro jergón que tenía por alma algunos centenares de peluconas.

Este viejo era de la misma masa de un avaro que murió en Potosí en 1636, el cual dispuso en su testamento que su fortuna se emplease en hacer un excusado de plata maciza para uso del pueblo, y que el resto se enterrase en el corral de su casa, poniendo de guardias a cuatro perros bravos. En ese original testamento, del que habla Martínez Vela en su Crónica Potosina, mandaba también aquel bellaco que a su entierro y lujosamente ataviados a costa suya concurriesen todos los jumentos de la población. Así dispuso el miserable de tesoros que en vida para nada le sirvieron.

Una mañana don Geripundio no abrió la tienda. Aquello era un acontecimiento, y el vecindario empezó a alarmarse.

Por la tarde dieron aviso al corregidor don Ramón Vargas, caballero del hábito de Santiago, quien seguido de escribano y ministriles encaminose a los portales de San Agustín. Rompiose la puerta, y por primera vez penetraron profanos en la trastienda que servía de dormitorio al comerciante.

Allí lo hallaron rígido, difunto en toda regla. En torno de su cama se veían algunos mendrugos de pan duro y cortezas de queso rancio.

Don Geripundio había muerto ahogado de la manera más ridícula.

Atraído por el olorcillo del queso y aprovechando el profundo sueño del avaro, un pícaro ratón se le entró por la boca y fue a atragantársele en el esófago.

Convengamos en que hay peligro en cenar queso, porque se expone el prójimo a convertirse en trampa para cazar ratones.