Don Sancho Garcia conde de Castilla/1

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ACTO PRIMERO.

ESCENA PRIMERA.

Almanzor y la Condesa sin guardias ni acompañamiento.

Condesa.

No te encuentro, Almanzor, como solia,
 el rostro y pecho lleno de alegria.
 Dime la causa atroz de tu disgusto,
 mi alma hasta saberlo está con susto.
 Quanto placer tu amor me ha concedido,
 no equivale al dolor con que he sabido
 tu tristeza: si me amas, dilo presto.
 ¡Ay! Mientras mas continúo, mas funesto
 es tu silencio. Un alma vacilante,
 ¿con quién podrá mejor que con su amante
 su tristeza contar para aliviarla?
 Acaba de matarme, ó relatarla;
 si alguna vez mi pecho..........
Alm. No, Condesa;
 no bastará el amor que me profesa.
 Mayor que tu cariño es el cuidado
 que ves en mi semblante, fiel traslado
 de lo que mi alma siente: es un abismo
 en que peleo yo conmigo mismo.
 En ansias tales consultar debía
 con tu talento la desgracia mia;
 pero lejos, te juro, de aliviarme,
 la primera serás á atormentarme.

Cond. Si supieras la pena con que veo,
 que lejos de agradar a mi deseo,
 aumentas con tus dudas mi quebranto,
 ese secreto no ocultaras tanto.
 ¿Qué habrá en el mundo que ocultarme debas?
Alm. Mi pena contaré, como te atrevas
 a darme tú el remedio con tu brío;
 pero lo dudo.
Cond. De este pecho mío,
 ¿qué dudas? Qué, ¿te olvidas que en él mandas?
 ¿Cuándo tus leyes no me han sido blandas?
 ¿No sabes cuánto anhelo a complacerte?
 ¿Qué me pides? ¿La vida? Dame muerte.
 Gustosa te daré el postrer aliento:
 ese sera mi más feliz momento.
 ¿A Córdoba me mandas que te siga?
 ¿Ser yo tu esclava? ¿España mi enemiga?
 ¿Qué habrá, Almanzor, que de tu amor me aparte?
Alm. Haber nacido Rey.
Cond. Llega a explicarte;
 haré cuanto me digas.
Alm. ¿Lo aseguras?
 ¿Cumplirás lo que ofreces? ¿Me lo juras?
Cond. ¡Ay cielos! Yo pensaba que tu pecho
 podía estar del mío satisfecho.
 Esas desconfianzas de tus labios
 son de mi tierno amor nuevos agravios.
 ¿Por qué me pides nuevo juramento?
 ¿Por qué nuevas sospechas? ¿Con qué intento
 me pides otra vez nueva promesa?
Alm. Porque es mayor que todas, oh Condesa,
 la nueva gracia que a pedirte vengo,

 por eso a tu pasión tanto prevengo.
 No recelo me falte tu fineza,
 mas sé de las mujeres la flaqueza:
 emprenden fácilmente cuanto intentan;
 mas si dificultad experimentan,
 se apartan de la empresa que intentaron
 tan fácilmente como la idearon.
Cond. No con razón arguyes de ligero
 al sexo mío; acuérdate primero
 del tesón que he mostrado por mi parte:
 oh, quánto me ha costado el estimarte!
 Lo sabes; mis vasallos se opusieron
 luego que mi cariño conocieron
 en tu persona puesto. Ellos osados,
 y contra tu nación preocupados,
 de nuestro amor hablaban con injurias;
 corté sus vuelos y calmé sus furias.
 Yo sola, sin auxilio, ni consejos,
 rompí la nube que tronaba lejos.
 Calló Castilla ya. Ya no se opone
 al yugo extraño que mi amor te pone:
 qué habrá que yo no alcance y te conceda?
Alm. Tal vez será lo que tu amor no pueda.
 Es tal, que no me atrevo a proferirlo;
 pero en este papel quiero escribirlo. Escribe.
Cond. Cielos, qué miro! Qué turbado escribe!
 Qué nuevo susto el corazón recibe!
 Su mano tiembla, y tiembla el pecho mío!
 Ay! qué será? Parece desvarío
 el susto que al turbarle me conmueve;
 agüero infausto contenerse debe
 en el papel: parece que se anega

 en sangre, que a mi mismo pecho llega.
 Ya lo acabó. Si dura más, ¡ay Cielos!,
 mi vida acabarían mis recelos.
Alm. Si mi cariño, si mi bien deseas,
 lee el papel; y luego que lo veas,
 harás, Condesa, cuanto en él te pido.
 Dándola el papel.
 Si te falta valor, desde hoy te olvido.

SCENA II.
Condesa sola.

 Oh terrible amenaza, tente, espera...
 Qué dirá este papel! Suerte severa!
 Qué susto da su vista! Y qué tormento
 al leerle temblando experimento!
 Parece que una mano oculta y fuerte
 (ó funesto papel!) me quita el leerte.
 Leeré para salir de mis rezelos.
 Qué densa nube se interpone, ó cielos!,
 entre mi débil vista y tus renglones?
 Salgamos con valor de confusiones;
 bebamos de una vez todo el veneno
 con firme labio y corazón sereno.
 No tiembles, mano, vista no te alteres;
 porque vea Almanzor, que las mujeres
 no tienen menos brío que los hombres.
 Atiende, corazón, y no te asombres. Lee
 Mas, Cielo, qué he leído! Si me engaño!
 Si grande fue el temor, mayor el daño:
 O bárbaro Almanzor, indigno amante!
 Qué daño has de temer de un tierno infante?
 Del ídolo de amor, Deidad demente,

 será mi hijo víctima inocente?
 Aceptarás mi mano ensangrentada
 en el seno filial (ay Dios!) manchada?

SCENA III.
La Condesa, y Doña Elvira.

Elv. Llegó, señora, el deseado día,
 que ha de colmar tu alma de alegría.
 Hoy del moro Almanzor la regia mano,
 temor del granadino y sevillano,
 tuya será. A tu Corte fue traído
 por tu fama, y fue en ella detenido,
 su venida ocultando y su morada,
 con la tregua que al fin está paƈtada.
 Faltó yá la ficción; yá descubristeis
 ambos el fuego que ocultar quisisteis.
 De Castilla los pueblos y nobleza
 se opusieron en vano á tu fineza.
 Recibe de mi pecho... Mas, qué mira
 tu criada leal? Lloras?
Cond. Elvira,
 cómo se muda en horroroso objeto
 el gústo que parece más completo!
 Verdad es cuanto dices, fiel amiga;
 pero si quieres que mi horror te diga...
 cómo podré? Almanzor, fiero y turbado,
 este papel con inquietud me ha dado,
 diciendo: si me quieres, ó Condesa!
 si mi bien y mi mal hoy te interesa,
 haz quanto este papel por mí te pida;
 si no te atreves, Almanzor te olvida.
 Fuese: tomé el papel, lo abrí: leílo...

 Mas, Cielos, qué rigor! ay Dios, qué estílo!
 No lo repetiré; si tú deseas
 saber del Moro el fin y las ideas,
 toma::::::
Elv. Señora, qué es lo que contiene?
Cond. A los más fuertes sustos te previene
 al leerlo: en él verás... Pero no, Elvira,
 dígantelo tus ojos. Qué, te admira
 el principio? Prosigue. Amor tyrano!
Elv. "No te puedo ofrecer mi regia mano,
 Leyendo.
 "si contigo no parto el poderío.
 "Como tú lo serás del reino mío,
 "he de ser yo señor de tus estados.
 "Deben ser a mi amor sacrificados
 "cuantos puedan el cetro disputarme;
 "un hijo tienes, si has de desposarme,
 "si tu mano, Condesa, ha de ser mía,
 "primero ha de morir Sancho García."
  Acaba de leer.
 Qué horror, señora!
Cond. Elvira, quién creyera
 de dueño tan amable acción tan fiera?
 Tal me pide Almanzor! Un hijo mío!
 Dónde hallará mi pecho tanto brío?
Elv. Qué resuelves?
Cond. Acaso dudar puedo?
 Si tal delito a mi pasión concedo,
 qué fuego habrá en los cielos vengadores,
 que no prorrumpa en rayos y en horrores?
 Qué tierra habrá que sufra ser pisada
 por mujer tan infame y desgraciada?

 Pero aun cuando la tierra me aguantase,
 cuando el cielo sus iras no ostentase,
 (pues sufre alguna vez su ofensa el Cielo)
 me dexaría el interior recelo?
 El pecho, de su culpa fiel testigo,
 de la interna quietud duro enemigo,
 me dexaría acaso un solo instante?
 Entre los mismos brazos de mi amante
 hallaría terror en vez de gustos.
 De su amor, qué lográra sino sustos?
 Junto al tálamo mismo yo vería
 la deplorable imagen de García;
 y su inocente pecho, atravesado
 por mi bárbaro brazo ensangrentado,
 fuera vista más triste y horrorosa
 que del Infierno la morada umbrosa,
 La imagen de su padre, que glorioso
 de esta infame mujer fue noble esposo,
 me parece que veo, y que me dice:
 de un esposo tan fiel, viuda infelice,
 no basta profanar mi augusto lecho
 con un dueño Africano? Satisfecho
 no estaba tu delirio? Aún no basta?
 A España privas de mi egrégia casta
 de nobles sucesores destinados
 a ser por todo el Orbe respetados?
 De amor, Elvira, abraseme la llama
 antes que yo consienta que la fama
 publique tanto horror. El cielo quiera
 que antes que Sancho por mi mano muera,
 mi brazo, al tiempo que el delito intente,
 salvando el corazón del inocente,

 se vuelva contra mí, porque mi espada,
 librándole, me deje castigada.
Elv. Allí viene Don Sancho por un lado:
 por otro viene á páso acelerado
 Alek, que es de Almanzor el confidente.
Cond.Elvira, ó noble Elvira! aquí mantente:
 impide que Don Sancho hoy me mire;
 forzoso es que de aquí yo me retire,
 porque mi confusión me turbaría
 al ver y hablar al infeliz García.
 Dile que vuelva hacia mi propia estancia.
 A Alek oiré; tal vez la arrogancia.
 del moro Rey se habrá trocado el ceño.
 Ay! qué dirá de parte de su dueño?
 Salgo a encontrarle; tú con gran cuidado
 haz que no me halle Sancho desgraciado,
 y que Almanzor.....
Elv. No pierdas un instante,
 pues ya llega García, y de tu amante
 el confidente. Entiendo tus ideas;
 y haré, señora, lo que tú deseas.

SCENA IV
Don Sancho, Doña Elvira y Don Gonzalo.

Elv. Adónde vas, señor?
D. Sancho. Qué? No me admira
 en poco tu pregunta. Dexa, Elvira:
 siguiendo voy mi madre y mi señora,
 que he mirado de aquí salir ahora.
D. Gonz. Luego que el sol ha comenzado el día,

 á su madre tributa Don García
 su obsequio, en tantos modos merecido
 por madre y Soberana. No es debido
 el embarazo que á su anhelo pones.
Elv. Yo tengo, Don Gonzalo, mis razones.
Sanch. No las puedes tener.
Elv. Mi soberano
 eres, Don Sancho, y dueño tan humano,
 que audacia altiva mi rigor parece,
 y que por tanto tu furor merece.
 Pero tu madre y mi señora......
Sanch. Aleve!
 Qué es lo que el labio a pronunciar se atreve?
 Mi madre acaso puede haber mandado
 que el paso impidas a su hijo amado?
 Elvira, no lo creo: está mi pecho
 del amor de mi madre satisfecho.
Elv. Yo no tengo más causas que exponerte
 que la de la obediencia; y es tan fuerte,
 que ella me hará sufrir cuanto castigo
 invente airado tu rigor conmigo.
Gonz. Señor, pues Doña Elvira se mantiene
 en observar las órdenes que tiene,
 y en no explicarlas, como injusto fuera
 obligarla a decirlas, ven, y espera
 á más tarde; vendrás, y así, García,
 podrás dejarte de la tiranía.
 mal dixe, la dureza con que quiso
 no verte, como sueles. Ya es preciso
 dejar para otro lance tu demanda.
Sanch. Tú me persuades, y mi madre manda.
 Obedezco y venéro, como es justo;

 pero mi corazón queda con susto.
 Elvira, volveré. Dirás, te pido,
 á mi madre, que la amo tan rendido,
 que ya la obedecí.

SCENA V.


Elvira sola. Guardete el Cielo.
 Mas la Condesa vuelve. Qué rezelo
 y susto viene impreso en su semblante!
 Si tendrá nuevas priesas de su amante?

SCENA VI.
La Condesa, y Doña Elvira.

Cond. Volvióse Sancho?
Elv. Sí.
Cond. Y qué te dixo?
Elv. Con dominio y dolor tu tierno hijo
 pidió y mandó que el paso le dexase;
 representéle; instó que no estorbase;
 mantúveme; irritóse; mas prudente
 Don Gonzalo calmó su pecho ardiente.
Cond. O hijo tierno! ó Sancho! mi esperanza!
 y de toda Castilla confianza!
 Tu madre tu verdugo! El trono mío
 suplicio habrá de ser, en que mi brío
 condene y ejecute los horrores
 que te anuncian del Moro los rencores.
 Ay! no Mi pecho no se atreve
 á dár al uno lo que al otro debe.
Elv. Con que al Moro despides?

Cond. Calla, calla.
 No sabes los asaltos en que se halla
 mi pecho combatido al escucharte.
 No es todo de García, mucha parte
 ocupa el Moro; y en afán dudoso,
 al bien de mi hijo cede el de mi esposo.
 Al ir á resolverme titubéo,
 segunda vez mudando mi deseo,
 despreciando á Almanzor, vuelvo á García;
 desecho mi pasión, la llámo impía;
 yo misma me echo en rostro la locura
 con que olvidé de madre la ternura;
 me cubro de rubor, horror y espanto
 al ver que cupo en mí delito tanto.
 Ya quiero publicar del Moro aleve
 el cruel designio que á formar se atreve;
 y cuando contra el Moro más me irrito,
 cuando mi error y su furor medito,
 á la dulzura de su nombre, Elvira,
 en tierno halago se convierte mi ira.
 Alek me acaba en este mismo instante
 de apresurar de parte de mi amante
 a que acelere el golpe. Alek, anciano,
 ignoraba el rigor del Soberano
 que daba la orden. Yo, temblando el labio,
 se lo expliqué; y él noble, humilde y sabio
 temblaba al escucharlo.
Elv. Y tú, señora,
 resuelves por el hijo que te adora,
 o por el Moro, que á reinar aspira?
Cond. Por quién resolverá mi pecho, Elvira?
 Aún dudo sin querer. Ay!, yo quisiera

 un alma fuerte, que ahogar supiera
 de una indigna pasión el fuego aleve,
 y que quisiera a un tiempo lo que debe.
Elv. Cedes al Moro acaso?
Cond. Cielo santo!
 Teme mi corazón delito tanto;
 pero no obstante, en mi virtud no fío:
 dudo entre el hijo y el amante mío;
 qualquiera de los, dos que yo despida,
 una mitad fallece de mi vida.
 No me dejes en tantas confusiones,
 mezcladas de delirios y razones;
 escarmienta en mi pecho combatido.
 A ninguno el amor ha parecido
 más suave, más ameno y más gustoso
 en el principio amable y engañoso;
 y a ninguno ha causado tal tormento,
 como en su curso infausto experimento.
 Yo pensé que su imperio me sería
 blando sin su rigor, ni
 y al ligarme sus rígidas cadenas,
 cargada me miré de susto y penas.
 Huye, Elvira, de amor. ¡Ay! ¡Joven eres!
 Mira que en sus pesares y placeres
 la pena siempre fue mayor que el gusto:
 ligero el bien, y continuado el susto.