Don Sancho Garcia conde de Castilla/2

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ACTO SEGUNDO.

SCENA PRIMERA.

Alek, y Almanzor.
Alm. Como te dixe, a la Condesa viste?

 Di, cómo la encontraste?
Alek. Señor, triste.
 Al verme conocí se conmovía;
 apenas al principio profería,
 en llanto prorrumpió; yo, que ignorante
 del secreto me hallé, quedé un instante
 inmóvil, sin saber de qué pendía;
 pero en medio del llanto que vertía,
 su pecho abrió, me reveló el secreto.
 Luego que me explicó tu fiero objeto......
Alm. Qué hiciste, Alek......
Alek. Temblar, como temblaba
 la amante y madre, la infeliz Doña Ava.
Alm. Después del susto, que a tu edad anciana
 causó mi idea, al parecer tirana,
 como de un Rey prudente consejero...
Alek. Prudente sí, mas nada lisonjero.
Alm. No lo apruebas acaso?
Alek. Hablar me mandas?
 Pero ha de ser con las palabras blandas
 con que la adulación dora el veneno;
 o con el firme estilo con que el bueno
 guarda de la verdad las sacras leyes?
Alm. Habla como se debe con los Reyes.
Alek. Un Rey del Ser supremo es un retrato;
 a Dios solo será lenguaje grato
 la voz de la verdad; así es debido
 que te hable con estilo no fingido.
 Adule, finja y mienta, si gustare,
 quien menos tu carácter venerare;
 tal vez de sus lisonjas más gustoso
 oirás el atractivo delicioso,

 que el acento severo que pronuncia
 la dura voz que la verdad anuncia.
 Yo te diré verdades: satisfecho
 quedará con decirlas este pecho,
 como queda tu oído desgraciado
 cuando necias lisonjas ha escuchado.
Alm. Es áspero el principio, duro y fuerte.
Alek. Paso pues, ¡oh mi Rey!, a responderte.
 Que la Condesa mate al niño tierno,
 objeto digno de su amor materno,
 por su consejo, es crimen más tirano
 que si tú lo mataras con tu mano.
 Y di, señor, tu diestra no temblara
 si al inocente pecho se acercara
 con el hierro, o veneno, conducido
 solo de tu ambición? A su gemido
 y blandas manos, que alzaría al cielo,
 pidiendo al Ser supremo su consuelo,
 no temblaras? No temes la venganza
 del pueblo, que en él funda su esperanza.
 Y de su misma madre el triste llanto
 al ver su infante muerto; y el quebranto
 de toda aquesta Corte conmovida,
 tu mano no apartaran atrevida?
 Pero supón que el cielo tolerase
 delito tan atroz, y te dexase
 en el trono usurpado castellano:
 te gustara ser Rey, siendo tirano?
 Ay!, no señor. La Púrpura manchada
 con la inocente sangre derramada,
 fuera carga a tus hombros horrorosa.
 Dexa á la fama que coloque ansiosa

 entre los Dioses sacros á los hombres,
 que por el lustre de gloriosos nombres
 roban despojos para adorno infame;
 deja que a fieras semejantes llame
 hijos amados la fortuna ciega;
 al darles triunfos, la quietud les niega.
 Los prospectos, yá sé, de una conquista
 son agradables á la régia vista;
 y los que la ambicion llenar desean,
 no distinguen los medios que se emplean.
 Mas no conoces tú del castellano
 el invencible amor al Soberano.
 Adora a su Monarca. Aunque pudieras
 sus pueblos añadir á tus primeras
 tierras, en que dominas coronado,
 nunca conservarás este Condado.
 Soberbio el español su sangre vierte
 defendiendo a su Rey. Gustosa muerte
 se le ofrece en la sangre que derrama,
 donde la guardia de su Rey le llama.
 Del Padre hereda el hijo la constancia:
 éste es el alimento de su infancia.
 Las madres comunican fortaleza
 con la leche que nutre su terneza.
 Al páso que leales son valientes:
 en las fatigas duros y pacientes.
 En mi joven edad, señor, mi mano
 mandó tu tropa contra el castellano:
 venciome, y le vencí, mas siempre fiero
 de batallar con pueblo tan guerrero.
 Su exército no tiene el aparato,
 superflua compostura y falso ornato,

 que otras tropas ostentan en campaña,
 pues solo tiene de marcial la saña.
 Lo ví descalzo, flaco, pobre, hambriento
 buscar al enemigo, no al sustento.
 Si alguna vez murmura un orden dado,
 ejecuta obediente lo mandado;
 y el enemigo paga la imprudencia
 del jefe que mandó sin experiencia.
 No es fácil que jamás tal pueblo admita
 el yugo atroz que tu ambición medita.
 Si quieres dar á siglos venideros
 timbres para tu fama verdaderos,
 imita á los Monarcas virtuosos,
 que se tienen por grandes y gloriosos,
 como sus pueblos venturosos sean.
 Cuán dignamente su vigor emplean
 en hacer respetar á la justicia,
 en cortar el progreso á la malicia
 premiar virtudes castigando vicios,
 y ofrecer a los cielos sacrificios
 en tantas aras, como son los pechos
 de vasallos que viven satisfechos.
 De mi verdad el cielo me es testigo:
 esto pienso, señor, y esto te digo.
Alm. Corta fue mi pregunta; y tu respuesta
 no fue menos osada que molesta.
 Yo pedí pareceres, no consejos.
 Desde hoy de mi persona vive lejos,
 y no contristes más mi augusta mente.
 Huye de mi presencia prontamente.
Alek. Señor, no extraño la desgracia mía,
 aun antes de empezar ya la sabia;

 mas la veía mientras más hablaba.
 La verdad contra el riesgo me alentaba;
 si ésta te ofende, tu desgracia siento;
 obedezco, mi Rey, de tí me ausento,

SCENA II.

Alma. solo.De qué sirve vasallo que no adula
 De qué sirve ser Rey, si se le anula,
 por rígidos consejos de un anciano,
 el despotismo, que hace al Soberano?

SCENA III.
Almanzor, y la Condesa.

Alma. En tu semblante hermoso, aunque tan triste,
 ya conozco, Señora, que leíste
 aquel papel que mis designios muestra.
 Alek también, aunque su voz siniestra
 solo me vaticina culpa o muerte,
 me ha dicho que te ha visto: he de deberte
 fineza tal, que si parece odiosa
 a tus ojos por madre, es más gloriosa
 mirada como Reina, á quien se humilla
 con el noble Condado de Castilla
 el cordobés Imperio. Lo presento
 á tus plantas en prueba y monumento
 de que sabe Almanzor agradecido
 premiar el beneficio recibido.
 Bien sé que en la pueril ternura amante
 cuesta resolución tan arrogante;
 pero espero, que ya considerado
 el gran valor de la razón de estado,
 habras juzgado acción menos impia

 sacrificar la vida de García.
 Por si su muerte causa en esta tierra
 alboroto civil é interna guerra,
 en Córdoba tendré dispuesta gente,
 que sostenga mi idea. Diligente
 á verte volveré, donde tu mano
 me asegure el Condado castellano.
 Esto pienso, Condesa, y me asegura
 mi amor, que me lo aprueba tu hermosura.
Cond. Pues yo pensé, Almanzor, bien al contrario:
 creí, que si al principio temerario
 la muerte pretendías de García,
 porque obstáculo fuerte parecía
 a tu ambición para obtener ufano
 el supremo dominio castellano,
 al conocer el crimen horroroso,
 que cruel propusiste á mi piadoso
 materno corazón, que siempre viste
 colmado de blandura, te corriste
 de idea tan atroz; y que rendido
 me querías pedir diese al olvido
 las líneas, que tu crimen comprehendían,
 y en que a un tiempo ofendidos quedarían
 la humildad, el Cielo, la nobleza,
 tu fama, mi virtud y mi terneza.
 Creí que un héroe como tú tendría
 por falta de valor la tiranía,
 y por carga insufrible al brío hermano
 el cetro y el puñal en una mano.
Alm. No, Condesa, no pienses que yo pueda
 ceder: tu corazón al mío ceda.
 No me puedo apartar de lo propuesto:

 sin este sacrificio me es funesto
 tu amor; con él me fuera delicioso,
 y á mí y á mis vasallos ventajoso.
 El tiempo por instantes va faltando:
 mi genio altivo con el tuyo blando
 lo pasará en superfluas reflexiones.
 A la razón de estado no hay razones
 que superiores sean, ni hay ideas
 que pesen más.
Cond. Tyrano! Porque veas
 cuánto anhela mi pecho a complacerte,
 y a costa de un delito obedecerte,
 me resuelvo a que Sancho separado
 de mí, y en un castillo aprisionado,
 (diciendo yo que ha muerto) pase triste
 la vida, que arrancarle pretendiste.
 Así conseguirás tu idea basta.
 No te basta este crimen?
Alm. No me basta.
 No pienses con tal arte entretenerme:
 ó Sancho ha de morir, o has de perderme.
 Resuelve, y breve, lo que más te importe,
 o déjame ausentarme de tu Corte.
 Condesa.
 Qué escucho? Qué impiedades me propones?
 Trataste con humanos corazones,
 ó solo con las fieras, que produce
 la adusta tierra, de que se deduce
 tu origen africano? ¿Al pecho mío
 propone tu ambición tal desvarío?
 La pérdida de un hijo o de un amante?
 Ay! Cómo merecieras que inconstante

 te negase, tyrano !mi cariño,
 y le ofreciese entero al régio niño!
 Pero tú me conoces dominada
 de esta pasión, y mi alma esclavizada.
 Bien lo sabes; y abusa tu fineza
 de mi pecho embriagado con terneza;
 pero no apures, no, mi pecho altivo:
 sabré morir si con martirio vivo,
 por no perderte, ni á mi Sancho amado;
 (duda, que tiene á el pecho acongojado).
 Yo moriré; Almanzor, y con qué gusto.
 Acaso al inocente imprime susto
 el lúgubre aparato de la muerte?
Alm. Fuera causa más breve, y aun más fuerte
 de la muerte de Sancho. Sin respeto
 mi brazo emprendería tanto objeto.
 Esta menor edad de Don García
 disensión en Castilla sembraría;
 y con tan favorable coyuntura
 sería su conquista más segura.
 Y pues esa amenaza de matarte
 puede ser en tus labios sutil arte,
 te digo, que bien muerta ó viva, quiero
 coronarme en Castilla.
Cond. Tan severo,
 prosigues con tu intento?
Alm. Sí, Condesa.
 Yo parto, pues mi ausencia me interesa,
 oh muera el que se opone a mi fortuna.
 Cualquiera dilación es importuna.
 Firma en estos papeles, fementida,
 el órden que acompañe mi partida

 hasta llegar al fin de tu frontera;
 ó toma aqueste acero, con que muera
 Sancho. No digo más. Condesa, advierte
 que mi ausencia decretas, ó su muerte.

SCENA IV.

Cond. Qué es esto, cielos! Qué fatal confliƈto!
 Cada mano cargada de un delito,
 y el débil pecho a cada cual propenso,
 mirando á la virtud, queda suspenso!
 En tanta confusión, en duda tanta,
 lo que más me complace, más me espanta....
 Pero qué digo? El pecho acongojado
 no caiga bajo el peso del cuidado.
 No con vanas fantasmas de terrores
 han de dudar las almas superiores.
 En su ignorancia temblará la plebe:
 el noble pecho más vigor se debe.
 Sí: vamos. Pero dónde? Yo lo ignoro:
 a mi hijo quiero, y a mi amante adoro.
 Pero mi amante una maldad me pide;
 merece por su crimen que le olvide.
 Pero mi hijo me priva de un amante;
 debe ser inmolado el tierno infante.
 Seré, si mató á Sancho, madre impía;
 si se ausenta Almanzor, ay triste día!
 Qué pocos seguirán tu luz, ingrata!
 Mas, ¿qué interior impulso me arrebata?
 Sí, ya siento de madre la terneza;
 yá me habla al pecho la naturaleza.
 Ay, Sancho! Vive; sí, vive, y la suerte
 dexe á tu madre que consiga verte

 reynar como tu padre. Quiera el cielo
 que seas tú de mi vejéz consuelo;
 y que después de verte, ¡oh Sancho amado!
 mandar gloriosamente este Condado,
 yo muera entre tus brazos quietamente.
 Entonces sí que miraré presente
 del ciego amor el sacrificio que hago;
 entonces sí que me sería aciago
 el haberte pospuesto á mis amores.
 Dame, virtud, tus fuerzas superiores.
 Sí: de Almanzor firmemos la partida.
 De mi Almanzor? Del dueño de mi vida?
 Ay! No puede caber accion tan dura
 en quien él mismo halló tanta blandura.
 Aparta, pluma, de mi mano impía,
 y no marche Almanzor; muera García.

SCENA V,
La Condesa, y Doña Elvira.

Elv. Señora, con cuidado...... Mas, qué veo?
 Lo que turbada miro apenas creo.
 En tu mano un puñal? Ay!, dí: qué es esto?
Cond. Otro tengo en el pecho más funesto.
 Todo mi pecho ocupan los terrores,
 negros remordimientos y rencores.
 Qué sombras! Qué visiones me amedrentan!
 Qué invisibles verdugos me atormentan!
 Conózco el mal horrible, lo aborrezco;
 y lo que á otros preparo, yo padezco.
Elv. Y de qué nace tu infeliz estado?
Cond. La muerte de Don Sancho he decretado.
Elv. Qué delito! Señora, no decías

 que á la virtud sacrificar querías
 tan horrenda pasion? Tu pecho mismo
 no te mostró de errores un abismo,
 al ver del Moro Rey las pretensiones?
Cond. Qué leves sois, humanos corazones!
 A un ímpetu de amor, ó de locura
 cedió de justa madre la ternura.
 Pintóme amor del Moro la partida
 con tan tristes colores, que la vida
 perdiera por no verle yá marchando.
 Su bella imagen, su atractivo blando,
 fueron fuertes motivos que se unieron,
 y á un crimen suficientes parecíeron.
 Con tal resolucion la mano mia
 firmó la injusta muerte de García.
 Pero fuerzas del vicio producidas,
 cuando han sido algún tiempo mantenidas.
 Desvanece sus sombras el delirio,
 y entonces, qué dolores !qué martirio!
 Ahora que con justas reflexiones
 exâmino el rigor de mis pasiones,
 ahora que yá veo quán mudado
 está en sensible mi felíz estado;
 al ver que en otros tiempos yo pasaba
 quieta la vida, que felíz lograba;
 y al presente entre sustos comprimida,
 toda muerte es más dulce que mi vida;
 yo misma me aborrezco, me abomino;
 contra mi vida, con rigor camino;
 y no tengo valor para arrancarme
 un corazon, que supo acriminarme?
Elv. Qué intentas, pues, señora?

Cond. Yo lo ignoro:
 solo sé que suspiro, gimo y lloro;
 que cada vez se aumenta mi tormento;
 que temo el crimen, y temerle siento.
 Llama á García, y dile... No, detente;
 sigueme; y mira en mi dolor presente
 lo que cuesta el delito más gustoso:
 qué lejos de la culpa está el reposo,
 y qué cerca del crimen el castigo!
Elv. Desgraciada Condesa, yá te sigo.