La Guerra: 15

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La Guerra
de Fernando Cos-Gayón

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XV.


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que la abandone, ni ella siente estímulo alguno para abandonarla. Le conviene hasta tal punto, y con tal evidencia, que todos sus hombres políticos y sus partidos convienen en proclamarla como útil y como necesaria, siendo éste el único asunto sobre el cual no hay cuestión ni pareceres distintos.

A Francia, cuyo territorio separa nuestra península del resto de Europa, le conviene igualmente nuestra neutralidad. La prefiere á nuestra alianza. Siendo neutrales, le guardamos una extensa línea de fronteras, y puede dedicar toda su atención al Este; pelea con la grandísima ventaja de tener las espaldas guardadas por una posición inaccesible. Durante la paz, tiene una situación céntrica en Europa, por hallarnos nosotros á su Occidente; durante la guerra, no sufre los inconvenientes naturales de esa situación céntrica, porque nuestra neutralidad cierra en los Pirineos el área posible de extensión de las hostilidades.

Siendo sus aliados, tendría que satisfacer nuestras exigencias. Los aliados no pueden ser tan desinteresados como los neutrales. Ademas los aliados son elementos activos, que conservan su albedrío y su independencia, que pueden variar á cualquier momento de actitud y convertirse en enemigos. Hay que considerarlos con recelo, sobre todo cuando se hallan en situación de hacer mucho más daño con sus hostilidades que servicios con su amistad.


[editar] XIV.

Pero la neutralidad no se entiende si no respecto de las armas. En punto á simpatías, no hay español que sea neutral. Unos desean el triunfo de Prusia, otros el de Francia. Más exacto es decir que unos ven con placer las victorias de los Franceses y otros su derrota.

Nuestra historia está mezclada desde hace siglos con la de Francia, y puede escribirse muy bien sin tomar en cuenta la de Prusia. Aunque esta representa en Alemania las tradiciones del protestantismo y de los principados secundarios que nos combatieron constantemente y que ó nacieron ó crecieron para combatirnos cuando nuestra política nacional estuvo unida á la de la casa de Austria, ni aquella política es ya la nuestra, ni Prusia figuró en el mundo como nación de alguna importancia mientras los [ pág. ]Españoles sostuvimos nuestra influencia sobre ese Rhin, ese Mosela y ese Mosa, que si hoy se tiñen tan abundantemente de sangre de otros pueblos, con tanta frecuencia se enrojecieron, durante los siglos XVI y XVII, con la de nuestros soldados.

En época mas reciente, Prusia tomó parte, como miembro del Congreso de Verona, en decretar contra España la intervención armada de 1823, la mayor ignominia que hemos sufrido en el presente siglo. A eso están reducidas nuestra relaciones políticas con aquel reino.

Contínuas y de contrarias naturalezas, las hemos tenido con Francia, que fué nuestro enemigo tenaz cuando éramos los más fuertes y temidos en Europa. Desde Cerinola hasta Rocroy luchamos sin descanso, enfrente los Españoles de los Franceses. Después, en la guerra de Sucesión, unimos nuestras armas para pelear contra el resto de la Europa coaligada. Durante el siglo XVIII y los primeros años de este, nos mantuvimos en una amistad pocas veces interrumpida, y con mas frecuencia llevada al exceso de funestos pactos de familia, y de perniciosas alianzas con la República y el Imperio. La invasión aleve de 1808, y la heroica resistencia de nuestros padres, han dejado huellas profundas en el alma noble y altiva del pueblo español, que vé con razón en aquella guerra una de sus más grandes glorias. La intervención de 1823, aunque menos antipática, cuando se verificó, á numerosos partidos españoles, llena de justa amargura los sentimientos de la generación actual.

Pero desde 1830, entre los pueblos cuyos intereses están vecinos á los de España, Francia es el único con quien no hemos estado en peligro de reñir; asi como, entre los vecinos de la Francia, somos los únicos con quienes no ha tenido esa nación conflictos.

En las cuestiones de Cuba, de Santo Domingo y del Pacífico, hemos tropezado muchas veces con la rivalidad de los Estados-Unidos. En Portugal y en Marruecos, con las intimaciones hostiles de Inglaterra. Hemos tenido guerras con Méjico, con el Perú, con Chile, con el Ecuador, con Santo Domingo, con Marruecos, con Cochinchina. El pueblo portugués, nuestro más natural amigo, no pierde ocasión de manifestar hacia nosotros recelos infundados. Y Francia, que ha peleado contra Rusia, contra Austria, contra Prusia, que hizo temer varias veces á Inglaterra con la amenaza de un desembarco, que ha puesto con repetición en peligro la [ pág. ]independencia de Bélgica, que ha tenido exigencias sobre el Luxemburgo, que ha hecho sentir el peso de su fuerza á Italia, no ha provocado, en los últimos cuarenta años, ninguna cuestión que haya comprometido sus buenas relaciones con España. Dirigidos sus gobiernos sucesivamente por un Orleans, por la República, y por un Bonaparte, han vivido en constante buena armenia con los nuestros, ya cuando reinaba en España un Borbon, ya cuando hemos tenido una prolongada interinidad. Soldados franceses pelearon, en compañía de los nuestros, en nuestra guerra civil, y juntos después han estado en Méjico y en Cochinchina, habiendo además manifestado su resuelta decisión de ponerse de nuestra parte, si nos convenia, en la guerra de Marruecos, y en nuestras cuestiones de Santo Domingo y de Cuba.

Hay, pues, en la historia material abundante, si sólo en los sentimientos han de fundarse, para alimentar nuestras simpatías ó nuestras antipatías respecto de Francia. Si hubiésemos de fundarlas en afinidades de raza ó de civilización, con dificultad podría sostenerse que son mayores las que nos ligan á los Germanos que las que nos unen á la más importante, en la actualidad, de las naciones latinas.


XV. [editar]

Una guerra larga, ó una paz con escasas probabilidades de ser duradera, y un crecimiento extraordinario del militarismo, son las dos grandes amenazas que pesan hoy sobre la Europa.

Mucho se temía de las trasformaciones hechas en el armamento de los ejércitos; pero los destrozos causados por los primeros combates han superado á los más tristes cálculos. Si se sigue peleando, aunque sólo sea por pocos meses, como se ha empezado, va á desaparecer la mayor parte de la población viril de Alemania y de Francia, comprendida entre los veinte y los cuarenta años de edad. Vamos á presenciar el exterminio de una generación entera en los países más civilizados de la tierra.

Y ante el espectáculo de esa Francia, tan marcial, tan aguerrida, que se creía á sí misma tan preparada para una lucha, en que no ha dejado de pensar desde 1866, ó más bien desde 1815, y que, sin embargo, se ha encontrado sorprendida por el descuido y


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