La Guerra: 16

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La Guerra
de Fernando Cos-Gayón

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XV.


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independencia de Bélgica, que ha tenido exigencias sobre el Luxemburgo, que ha hecho sentir el peso de su fuerza á Italia, no ha provocado, en los últimos cuarenta años, ninguna cuestión que haya comprometido sus buenas relaciones con España. Dirigidos sus gobiernos sucesivamente por un Orleans, por la República, y por un Bonaparte, han vivido en constante buena armenia con los nuestros, ya cuando reinaba en España un Borbon, ya cuando hemos tenido una prolongada interinidad. Soldados franceses pelearon, en compañía de los nuestros, en nuestra guerra civil, y juntos después han estado en Méjico y en Cochinchina, habiendo además manifestado su resuelta decisión de ponerse de nuestra parte, si nos convenia, en la guerra de Marruecos, y en nuestras cuestiones de Santo Domingo y de Cuba.

Hay, pues, en la historia material abundante, si sólo en los sentimientos han de fundarse, para alimentar nuestras simpatías ó nuestras antipatías respecto de Francia. Si hubiésemos de fundarlas en afinidades de raza ó de civilización, con dificultad podría sostenerse que son mayores las que nos ligan á los Germanos que las que nos unen á la más importante, en la actualidad, de las naciones latinas.


XV. [editar]

Una guerra larga, ó una paz con escasas probabilidades de ser duradera, y un crecimiento extraordinario del militarismo, son las dos grandes amenazas que pesan hoy sobre la Europa.

Mucho se temía de las trasformaciones hechas en el armamento de los ejércitos; pero los destrozos causados por los primeros combates han superado á los más tristes cálculos. Si se sigue peleando, aunque sólo sea por pocos meses, como se ha empezado, va á desaparecer la mayor parte de la población viril de Alemania y de Francia, comprendida entre los veinte y los cuarenta años de edad. Vamos á presenciar el exterminio de una generación entera en los países más civilizados de la tierra.

Y ante el espectáculo de esa Francia, tan marcial, tan aguerrida, que se creía á sí misma tan preparada para una lucha, en que no ha dejado de pensar desde 1866, ó más bien desde 1815, y que, sin embargo, se ha encontrado sorprendida por el descuido y [ pág. ]la inferioridad de sus preparativos, ¿van á deducir todos los pueblos la necesidad de adoptar el sistema militar prusiano, que impone á todos los hombres, sin excepción, la tarea de soldados durante los mejores diez y nueve años de su vida? Seria declarar á Europa toda en estado de sitio permanente, en un campamento ó en una trinchera inmensos.

Para mezclar alguna dulzura al amargo dejo de estas tristes reflexiones, concluyamos recordando las mejoras que la mayor suavidad de las costumbres y de las ideas ha introducido en las prácticas de la guerra. Los rigores de ésta están circunscritos, en lo posible, á los ejércitos beligerantes; los ciudadanos inermes no son tratados por el vencedor como enemigos, y los derechos de los neutrales son respetados. No se entregan las poblaciones al saqueo ni al degüello; no se expiden patentes en corso; está admitido y observado el principio de que el pabellón neutral cubre la mercancía, y de que la mercancía neutral no puede ser apresada bajo ningún pabellón. Los prisioneros son guardados con humanidad, y no están expuestos á represalias. Los heridos son atendidos con esmero por amigos y por contrarios. Asociaciones internacionales los amparan desde los mismos campos de batalla, al abrigo de una neutralidad concedida á la filantropía. Pero nada de eso basta: es necesario desear que el progreso del derecho imposibilite ó dificulte sobremanera las guerras, ó que, á falta de otro remedio más noble y más honroso para la civilización, podamos á lo menos abrigar la esperanza de que la misma lamentable perfección de las armas evite la repetición de esas espantosas carnicerías humanas, siendo á un mismo tiempo remora para las invasiones ambiciosas, y fuerza de resistencia formidable para los pueblos, relativamente débiles, que se defienden dentro de sus confines.


Fernando Cos-Gayón.


Madrid 12 de Agosto de 1870.


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