Manifiesto de Cabrera «Al Partido Carlista»

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AL PARTIDO CARLISTA
de Ramón Cabrera y Griñó

Nota: París,11 de marzo de 1875


AL PARTIDO CARLISTA


 Debo y deseo explicar á mi partido el acto voluntario, espontáneo y patriótico que he llevado á cabo, reconociendo á Don Alfonso XII como Rey de España, y á fuer de soldado que tiene acreditada su lealtad, voy á hacerlo con entera franqueza.

 Ofenderia á mis amigos de siempre, á mis compañeros, á mis hermanos, y me ofenderia á mi mismo, si protestase de la rectitud de mis intenciones y de la nobleza de mis sentimientos.

 DIOS, PATRIA Y REY, dice nuestra bandera: DIOS primero, luego la PATRIA, despues el REY. Olvidar á Dios y destruir la Patria por un Rey, es romper en girones nuestra bandera. No haré yo tal: como católico, como español, no puedo hacerlo. Y porque la Religión y la Patria reclaman imperiosamente la paz, y porque la Providencia en sus altos designios así lo quiere; sobre el deber de una consecuencia estéril, está el deber de una abnegación fecunda.

 Yo cumplo este deber con profunda convicción; y al aceptar un hecho, al reconocer como Rey á Don Alfonso XII, pongo en sus manos para que la guarde y la honre la bandera que siempre he defendido, en donde están inscritos los santos principios de nuestra causa.

 No formularé aquí un capitulo de culpas; no responderé á los insultos, á las calumnias y á las indignidades de que he sido blanco, con censuras acerbas y ni siquiera con acusaciones razonadas: veo en todo lo que pasa una gran desdicha, y mi corazón es demasiado noble para no respetar la desgracia de mi partido.

 Las mismas causas que en 1839 y en 1848 destruyeron nuestros esfuerzos, han retoñado en 1875. ¿Hemos de sostener siempre esta lucha sorda, este gérmen de discordia, que condena á un eterno martirio á nuestra patria? ¿Hemos de predicar sobre cadáveres la caridad, hemos de levantar el órden sobre la perturbación, hemos de practicar nuestros principios sobre las ruinas de un pueblo? Nuestra causa ha tenido siempre soldados heróicos, mártires sublimes, sacrificios admirables. ¿Por qué no hemos triunfado?

 Permitidme que guarde respetuoso silencio; pero creedme bajo mi palabra de caballero y de soldado, yo conozco los motivos; y porque los conozco y amo á mi patria, doy este paso con el intento de salvar los principios que siempre he defendido, que seguiré defendiendo y que espero me ayudareis a defender, en un terreno noble, generoso, fecundo; donde yo estaré á vuestro lado, y donde moriré, si Dios oye mis ruegos, habiendo alcanzado para vosotros la admiración de vuestros mismos enemigos.

 Es necesario para saber lo que valeis, haber vivido entre vosotros, conocer vuestras necesidades, vuestras aspiraciones; en una palabra, saber que lo que defendeis son los principios fundamentales de toda sociedad honrada. Pues bien, yo quiero consagrar el resto de mi vida á influir con la energia propia de mi carácter, para que el soberano á quien deseo confiar nuestra causa, haga justicia á vuestras aspiraciones; para que los gobiernos hagan menos política y mas administración, piensen menos en la ciudad y mas en el campo; para que atiendan á vuestros sentimientos, á vuestra educación, á vuestro bienestar; y vosotros podeis ayudarme en esta empresa, con la cual quiero terminar mi vida, robusteciendo el principio de autoridad y estimulándole con vuestra fuerza y vuestro ejemplo á hacer justicia á todos.

 Si yo creyera que por el camino que seguís, podiais ir al triunfo, mi sangre regaria ese camino. Para vosotros nací, con vosotros he vivido; ¡qué mayor gloria que morir por vosotros! Siempre he estado dispuesto á acudir á vuestro lado y á daros cuanto soy: no han querido ni mis consejos ni mi persona. Lejos de vosotros, en mi retiro, os he seguido paso a paso, os he visto sacrificar, y el alma se me iba tras de vosotros. Acatando la voluntad de Dios, lamentaba la ceguedad que malograba vuestros esfuerzos.

 Yo hubiera deseado que la Providencia nos hubiese favorecido. Por mi parte he cumplido mi deber en todo tiempo, anunciando los peligros, dando los consejos que mi edad y mi historia me obligaban á dar.

 La sangre generosa de los soldados, se malgasta en gloriosos pero estériles combates; el pais ha visto su valor y pericia, pero espera en vano conocer la política de sus hombres de gobierno. Tenemos á la Europa liberal enfrente, y nada se ha hecho por asociar á nuestra causa los elementos afines que en ella contamos; somos católicos, y sin embargo, no hemos logrado que el Jefe de la Iglesia nos bendiga siquiera. En esta situación, la guerra podrá prolongarse muchos años, pero al fin y al cabo, aun dado el triunfo, colocariamos nuestra bandera sobre un monton de ruinas.

 Es dolorosa esta verdad; pero es una verdad.

 Don Alfonso, que por circunstancias Providenciales, y sin ser responsable por su edad, de errores funestos, ha sido colocado en el trono, ha sentido un deseo que le engrandece: ¡la Paz! Sus partidarios le han secundado. Uno y otros, admirando vuestras virtudes, reconociendo vuestra voluntad, han creido que era preciso terminar la lucha con una gran abnegación y un gran espíritu de justicia. Me han hecho saber estos nobles propósitos; y yo que podia haber abandonado á los que en el abandono me han tenido, he querido, con un gran sacrificio, dar á todos ejemplo.

 Creo que después de oirme, habrá en el partido carlista la discreción y el respeto debidos para juzgar mi conducta; porque si hasta hoy he sabido sufrir ataques y calumnias, ejercitando mi abnegación, deberes mas imperiosos que los de la prudencia, me obligarian á hacer manifestaciones, que es mejor para el bien de la historia que se pierdan en un olvido generoso.

 Hablo á vuestra razon y á vuestro sentimiento, os espongo lealmente mi resolucion. Si la imitais, hareis una gran cosa obedeciendo á la voz del patriotismo, que pide sobre todo la paz. Si no, quedará rota nuestra bandera: ¡vosotros os quedareis con REY, yo llevaré conmigo DIOS y PATRIA!