Cancionero, Al dulce abrigo de las bellas hojas

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Fragmento CXLII
Cancionero

de Francesco Petrarca


Al dulce abrigo de las bellas hojas
huí corriendo una inclemente lumbre
que me abrasaba desde el tercio cielo;
a par que ya la nieve de los montes
barría la aura que renueva el tiempo,
y brotaban por los prados hierba y ramas.

No hubo en el mundo tan hermosas ramas,
ni viento meneó tan verdes hojas,
como aquella que vi ese primer tiempo;
y así, temiendo por la ardiente lumbre,
no quise sombra yo que dieran montes,
sino la planta que es más grata al cielo.

Un laurel me guardó entonces del cielo,
por lo cual, deseoso de sus ramas,
vagué después por selvas y por montes;
mas nunca reeencontré tronco ni hojas
que tanto premia la suprema lumbre
que no le muda su valor el tiempo.

Y así más firme aún de tiempo en tiempo,
siguiendo allá donde llamaba el cielo,
guïado de una suave y clara lumbre,
volví devoto a las primeras ramas,
ya cuando en tierra caen secas las hojas,
ya cuando verdes hace el sol los montes.

Selvas, rocas, campañas, ríos, montes,
cuanto es creado, vence y cambia el tiempo;
y así pido disculpas a estas hojas,
si, tras haber girando tanto el cielo,
pretendí huir las enviscadas ramas
al punto que empezó a verse lumbre.

Tanto adoré al principio aquella lumbre
que pasé con regalo grandes montes
por arrimarme a las amadas ramas;
ahora la vida breve, el sitio y tiempo
me muestran otra senda de ir al cielo,
y dar más fruto que la flor y hojas.

Otro amor, otras hojas y otra lumbre,
otro subir al cielo entre otros montes,
busco, pues es ya tiempo, y otras ramas.