Cancionero, Al sitio donde Amor hoy me arrebata

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Fragmento CXXVII
Cancionero

de Francesco Petrarca


Al sitio donde Amor hoy me arrebata
es bien volver mis rimas y querellas,
que efecto son de mi agitada cuita.
¿Cuáles primero irán? ¿Cuáles tras ellas?
Aquel que de mi mal conmigo trata
habla confuso y lo que dudo excita.
Mas cuanto de la historia encuentro escrita
por la mano de Amor dentro del alma
que a menudo recorro y en mis venas,
diré; porque los penas
si se hablan, dan un poco alivio y calma.
Y digo que, aunque plenas
mil cosas varias en mirar me apresto,
sólo una dama veo y sólo un gesto.

Después que, despiadada, mi ventura
apartado del bien mayor me tiene,
soberbia, inexorable y enojosa,
Amor con su recuerdo me mantiene;
y asì, si veo en juvenil figura
el mundo revestir de hierba y rosa,
creo ver en esa edad tierna y hermosa
la que, hoy siendo mujer, zagala era.
Después que el sol sobre los montes vuele
paréceme cual suele
llama de amor que sobre el alma impera;
mas, cuando el día se duele
de que él atrás se vuelva poco a poco,
en su perfecta edad la veo y toco.

La hoja en la rama, la violeta en tierra,
la estación viendo en la que el frío se pierde
y toma fuerza más benigna estrella,
tengo en los ojos el violeta y verde
con que era en el principio de mi guerra
armado en modo Amor que aún me atropella,
y aquella cascarilla dulce y bella
con que los tiernos miembros recubría,
donde hoy un alma angelical anida
que otro placer olvida;
tan fuerte es el recuerdo todavía
de aquella humilde vida
que florecía entonces, e hice luego
razón sola y alivio de mi fuego.

Mirando en la montaña tierna nieve
desecha por el sol correr el llano,
como a la nieve el sol, Amor me trata,
si pienso en aquel gesto más que humano
que hace de lejos que en mis ojos llueve
y ciega cerca, y pecho vence y ata;
entre la áureo color y aquel de plata
siempre se muestra aquel que el mortal ojo
no ve, si no es el mío, según creo;
y este ardiente deseo,
si en risa al sospirar sorprendo y cojo,
me inflama, según veo,
que no teme el olvido, pues, eterno,
ni estío muda ni lo apaga invierno.

Jamás tras la nocturna lluvia he visto
cruzar el cielo alguna estrella errante
y relumbrar entre rocío y hielo,
sin sus ojos tener también delante,
con que el hartazgo de vivir resisto,
tal como vi a la sombra de un su velo;
y así como el día aquel brillaba el cielo
de tal belleza, así también ahora,
brillar los veo y causa es por que ardo.
Si el alba ver no tardo,
siento la luz salir que me enamora;
y si al ocaso aguardo,
figuro ver cuando de mí se aleja
y el sitio donde estoy oscuro deja.

Si blancas junto a rojas florecillas
mis ojos nunca en vaso de oro vieron,
de mano virginal recién cogidas,
su gesto a la memoria me trajeron
que excede las más grandes maravillas
por tres gracias que en él son contenidas;
las rubias trenzas sueltas y esparcidas,
el cuello en que la leche el blanco prueba,
y la mejilla a la que el fuego sale.
Y un poco apenas vale
que la aura florecillas varias mueva,
para que en mí recale
el día y lugar que vi por vez primera
a la aura el pelo de oro en el que ardiera.

Contar una por una las estrellas
o en un vaso encerrar el mar entero
quizá es pensar, cuando en sutil dictado
cifrar una vez más con letra espero
en dónde la flor bella entre las bellas,
quedando en sí, su luz ha derramado
para que nunca yo deje su lado;
y no lo haré jamás; pues, si lo hago,
me cierra el paso, a cielo o tierra huya,
pues la belleza suya
siempre mis ojos ven, y me deshago.
Y, sin que me escabuya,
a otra así no veo, ni ver clamo,
ni nombre de otra en mis suspiros llamo.

Bien sabes tú, canción, cuán poco digo
de todo cuanto el pensamiento encierra,
que día y noche en mí tengo encubierto;
sólo por cuyo cierto
alivio no perezco en esta guerra;
pues bien me habría ya muerto
este del corazón lejano trato,
si no fuese por él que el fin dilato.